Extracto de “Alice Bossard: historias de una cibercriminal”

“Alice Bossard: historias de una cibercriminal” formarán una serie de relatos cortos ambientados en los años cincuenta a setenta del siglo XXI, que narrarán su lucha contra la Global Security Agency y su compañía de investigación genómica, GenLife. Estos relatos son la continuación de la novela “Las cenizas de Sangetall” donde el personaje aparece por primera vez. Alice tendrá el apoyo de Sandra, un androide de infiltración y combate, que cuenta con su propia serie de novelas en la saga Aesir-Vanir.

Alice tiene en estos momentos veintidós años, y hace dos que descubrió que su vida es un experimento avanzado en genómica. Ella es en parte ella, y en parte otra persona con la que han cruzado sus genes, una tal Helen Parker. La combinación genética se ha reforzado de tal modo que Alice dispone de capacidades cognitivas y fisiológicas avanzadas, y ha heredado aspectos de la personalidad de Helen.

Sandra fue creada entre 2049 y 2050, y es un modelo Quantum Computer System Model 60 basado en lógica difusa y algoritmos de resolución n-dimensionales. Incorpora un dron camuflado en su brazo derecho, y un cañón phaser experimental en su brazo izquierdo, además de otros complementos. Además, alguien modificó su programación original, aunque Sandra no sabe por qué o con qué objetivo.

Alice Bossard
Alice Bossard

Un bar perdido al norte de San Francisco. Otoño 2058.

—Jaque mate. ¡Te he vuelto a ganar! —Peter, el camarero androide del bar, estaba perplejo.
—No entiendo cómo lo has hecho, Alice.
—No hay nada que entender, Peter. Tú eres un androide, y yo la mente más brillante del universo. —Peter asintió levemente, y concluyó:
—Algún día yo seré la mente más brillante del universo. Y no podrá ganarme nadie.
—Sí, pero ese día no será hoy —respondió Alice sonriente—. ¡Ah, mira! ¡Hablando de androides! —Peter giró la vista a la entrada. Por la puerta apareció una mujer morena, de pelo largo, que sonreía y saludaba a los congregados. Uno de ellos se acercó a ella.
—¡Sandra, por favor! ¿Puedes pagarme una ronda? Te lo devuelvo mañana.
—¿Cuántas rondas me vas a pagar mañana, Pitt?
—Antes me las pagaba Pavlov, pero ese idiota no sé dónde está, o dónde se mete. —Sandra tomó del brazo al tambaleante Pitt, y le llevó a su mesa, diciéndole:
—Te invito a un café con seis aspirinas, si quieres, y un neutralizador de alcohol. A otra cosa no.
—Pero, ¿de qué me sirve estar sereno, Sandra? —dijo esto, y se quedó dormido sobre la mesa. Sandra lo miró compasiva, le acarició el pelo suavemente, y lo dejó durmiendo. Caminó hasta la mesa del final, donde estaban Alice y Peter jugando al ajedrez. Sandra miró la partida, y recuperó los datos de las jugadas previas hasta el jaque mate.
—Peter, por favor, ¿cómo pudiste mover la torre ahí?
—Parecía lo más lógico. Amenazaba a la reina.
—Sí, pero dejabas descubierto el caballo, que protegía al rey. ¿Es que no has aprendido nada de lo que te he enseñado?
—Lo siento, es que … No me entra. Soy un pobre QCS-35 que…
—Sí, lo sé, lo sé, siempre lo repites… Pero eres capaz de mucho más, Peter. Tienes que esforzarte. Siempre dices que quieres ser algo más que un camarero. Pues presta atención.
—Te agradezco tu confianza en mí, Sandra. Eres genial.

—Mira qué tortolitos —comentó Alice—. ¿Va a haber boda de androides pronto? —Sandra ignoró el comentario, y le dijo a Peter:
—Ya seguiremos con las prácticas. Ahora ponme uno de los tuyos. Extra fuerte.
—¡Marchando un combinando extra fuerte para la señorita! —exclamó Peter sonriente, mientras se dirigía a la barra.
—¡Cómo grita este camarero androide! —se quejó Alice.
—Sí, siempre lo hace. Yo siempre se lo digo, y nunca me hace caso. Él es así.
—¿Qué sabes de Isabel?
—Hablé con Javier ayer. Sigue muy agradecido por nuestro trabajito, sacando a su hija de aquel agujero de Genlife. Y luego está el tema de Isabel. —Alice notó que se le caía el techo encima.
—Ya lo sé. No la he llamado.
—No la has llamado, efectivamente. ¿Te parece bien?
—Para nada. Soy un monstruo. —Sandra negó con la cabeza, y contestó:
—No eres un monstruo. Pero tienes miedo. Ya lo hemos hablado.
—Es cierto. Tengo miedo. De hacerle daño. —Sandra abrió la mano. Apareció un emisor holográfico. Dijo:
—La voy a llamar. Pero vas a decir que eres tú la que llamas.
—No serás capaz de hacerme eso.
—Está a punto de contestar.
—¡Sandra! —De pronto, la llamada recibió contestación, y del proyector surgió la imagen de una joven. Estaba sonriente. Y parecía pletórica.
—¡Alice! ¡Qué sorpresa! —Alice sonrió, y contestó:
—Ya ves. Para mí también lo es.
—¿Cómo estás, Alice?
—Bien. No me puedo quejar. Excepto tener que aguantar a Sandra.
—Es implacable con las normas, ¿verdad? —rió Isabel.
—Es inaguantable. Pero se deja querer, a pesar de todo. ¿Y tu padre?
—En el portaaviones, como siempre. Él, y su manía de salvar el mundo.
—Sí, eso lo tiene muy asumido —aseguró Alice.
—No esperaba que llamaras —reconoció Isabel.
—¿Por qué?
—Me rehúyes. Es evidente. Tengo ojos en la cara, Alice.
—No digas eso. Somos amigas. —Isabel asintió.
—Ese es el problema, ¿no? Según tú.
—No te entiendo, Isabel.
—Me entiendes perfectamente, no te hagas la tonta. Puedo no tener tu mente, pero me doy cuenta de todo, Alice.
¬—No te entiendo.
—¿Ah, no? Pues es muy sencillo. Tú sabes lo que yo siento por ti. Y yo ya sé que no te vas a enamorar de mí, como yo lo estoy de ti. Y sé que se te hace difícil hablar conmigo, porque sabes lo que yo siento. Pero si algo he aprendido de mi padre, es a superar las dificultades. Todas las dificultades. Y esto ha sido un error. —Alice negó con la cabeza.
—Isabel, sentir amor nunca puede ser un error.
—¿No? ¿Y qué soy yo? Según dicen, soy un error de la naturaleza, una especie de monstruo. Eso es lo que dicen todos. Desde que se derogó el derecho al matrimonio homosexual, y se inculcó por parte de Genlife y otras empresas que la homosexualidad puede eliminarse mediante manipulación genética, se nos ha vuelto a considerar una enfermedad. Somos proscritos, Alice. No tenemos derecho a sentir. Ni a amar. Ni a expresar nuestros sentimientos. Somos perseguidos, y juzgados. Y pronto, seremos modificados, para que nuestros sentimientos sean los que una fábrica de genes quiera que seamos. Así que no te preocupes por mí; yo estaré bien, aunque sea Sandra la que te dé la consabida patada en el culo para que te decidas a llamarme.

Alice bajó la cabeza. Sus ojos se humedecieron. Luego levantó el rostro, y dijo:
—Pero yo no puedo amarte, Isabel. Te quiero muchísimo. Pero no puedo amarte. —Isabel sonrió.
—¿Lo ves? En eso al menos te aventajo. Tú eres un ser superior, modificada genéticamente. Alterada para cumplir unos estándares imposibles para otros seres humanos. Pero no puedes amarme, como yo te amo a ti. En eso te aventajo, Alice. No sabes ver la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que mi amor por ti no es mío; es tuyo. Es todo tuyo. Yo siempre te amaré, Alice. Siempre. Ese es tu error; pensar que, porque no me amas, tienes que esconderte de mí. Y a mí lo que me hiere es tu huida. Quieres protegerme. Pero solo me castigas.

Ambas se mantuvieron en silencio unos segundos. Finalmente, habló Alice.
—¿Puedo ir a verte?
—¿Cuándo?
—Ahora, en cuanto termine lo que estoy haciendo. Necesito abrazarte. No será un abrazo de amor. Será el abrazo de una amiga que te quiere. Pero será sincero. —Isabel sonrió, y contestó:
—Vaya, vaya… Ahora, en realidad, es cuando empiezas a demostrar tu amor por mí. Porque yo no quiero que sientas lo que yo siento. Yo quiero que sientas lo que sientes por mí, sinceramente, sin tapujos, libremente. Sin ataduras. No pretendo tener tu amor conyugal. Pretendo tener tu amistad sincera. Quiero de ti tu verdad, Alice. Tu sinceridad. Ahora estás, por primera vez, siendo sincera conmigo. Llevo mucho, mucho tiempo esperando que seas sincera. Ese es el mejor regalo que me puedes dar. Claro que puedes venir. Cuando quieras. Te estaré esperando. Esta será tu casa. Ahora y siempre. Pero trae contigo la verdad, Alice. No una forma oculta que aparente mostrar culpabilidad. No te quiero culpable. Te quiero libre. —Alice sonrió, y dijo:
—Me encantará hacer enfadar a tu padre —comentó entre lágrimas.
—Ya sabes que a él le encanta que le intentes fastidiar. Se lo pasa bien contigo, “la mocosa” como te llama.
—Ahora tengo que salir con Sandra. Pero mañana a estas horas estaré en tu casa. —Isabel sonrió.
—Espero que no me desplumes otra vez al póker. Ah, y trae lo último de Ibosim. En papel, por supuesto, ya sabes que soy muy clásica.
—Así lo haré. Cuídate, Isabel.
—Tú también Alice. ¡Chao!

La comunicación se cortó. Sandra guardó el proyector en su mano. Miró a Alice, y esta a ella.
—Menuda paliza me ha dado —confesó Alice. Sandra asintió.
—Te lo dije. Tú eres un huracán. Pero ella es el viento del sur. Cálido, y que llena el rostro de calor.
—Eres muy poetisa para ser un androide, Sandra.
—Me lo dicen mucho. Vamos, tenemos un trabajo pendiente. Y creo que no va a ser muy romántico…

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