Nadie leerá nuestros libros cuando hayamos muerto

Eras joven. Tenías sueños. Esperanzas. Ilusiones. Habías comenzado a leer libros a edad muy temprana, animado por unos padres lectores, que le enseñaron que leer era el camino más corto para alcanzar los lugares más lejanos del universo, y los más profundos de la mente y el corazón. Y comenzaste a escribir con tan solo doce años tus primeros cuentos, tus primeras historias, tus primeros sueños.

Pasaron los años y algunos segundos o terceros premios en el colegio y en los estudios secundarios, luego incluso algún primer premio, cuando escribiste tu primera novela corta. Con diecisiete años, y el corazón vibrando como las alas de una mariposa, llevaste tu novela hasta los ojos y las almas de tus padres, de tus tíos, de tus amigos.

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Todos te contaron maravillas. Te dijeron que aquello debía ser publicado. Que había que mandarlo a una editorial. Que se podría hacer una película maravillosa con aquella historia. Que tu trabajo era genial. Y que eras grande entre las grandes. Que tu historia derramaba sentimientos y amor, compasión y piedad, ternura y dulzura, dolor y quebranto, y una enorme cascada de sensibilidad. Que eras la ninfa Calipso enamorada de un Odiseo llamado literatura de ficción, y que aquel amor sería eterno e irrompible. Ni el tiempo ni el espacio podrían quebrar aquel sueño. Escribiste un par de novelas, y los ánimos y sonrisas volvieron. Aunque notaste algo raro; esta vez, no todo era tanto entusiasmo. Cada nueva novela captaba menos la atención que la anterior, y algunos parecían desentenderse de tu magna obra. Es el cansancio, dijiste. Es que no entienden, señalaste.

Luego, como ocurrió con la ninfa, llegaron las primeras decepciones. La primera editorial te mandó un escrito de vuelta, agradeciéndote el texto, pero indicando que no entraba dentro de los parámetros de su línea editorial. Otras editoriales nunca contestaron. Y tú sentiste tu primer vacío en el corazón. Odiseo recordaba a Penélope, y tú eras Calipso, sola en la isla de un amor que comenzaba a convertirse en algo muy distinto.

Luego llegó Internet, y todo aquello fue una revolución. Organizaste un blog, mostraste tu obra en ciento y mil webs del Facebook, gritaste a los cuatro vientos del Twitter la maravilla de tu existencia literaria, y cantaste a todos las maravillas de una obra nueva, distinta, diferente, llena de emoción y de esperanza.

Y con ello, llegó el silencio. Y la paradoja de encontrarte que, lejos de estar sola, eran miles, muchos miles, las almas que, como tú, habían vivido una vida en paralelo. Eran miles los que habían caminado tu camino, eran miles los que habían soñado tu sueño, y eran miles los que buscaban mostrar al mundo que, por fin, una nueva forma de literatura había llegado. Pero todo fue, de nuevo, silencio. Algún comentario, alguna palabra de ánimo, y luego, de nuevo, silencio.

Escribiste algunas novelas más, casi por inercia, mientras los años pasaban, y la desesperanza crecía. Poco a poco dejaste de publicitar tus obras, dejaste de creer en tus sueños, dejaste de ignorar el silencio, porque el silencio ya no estaba a tu alrededor; al contrario, había pasado a formar parte de  tu vida. El silencio de aquellas páginas, de aquellos personajes, de aquellas risas, de aquellos misterios, que con tanto ahínco habías desarrollado en las cientos de páginas de tus libros, se volvían polvo y viento, llanto y tristeza, dolor y miedo. Miedo a tener miedo de haber perdido aquel sueño.

Luego te retiraste, porque la vida manda, y hay que trabajar, hay que llevar adelante la familia, y hay que ocuparse de los sueños de otros que han venido tras de ti, y que esperan que les enseñes a amar la literatura, como te enseñaron a ti.

Pasados los años, dejaste este mundo, y el tiempo anegó aquellos sueños, y aquellas novelas maravillosas duermen aquella utopía eterna contigo, en algún disco duro, en alguna web perdida, en algún cementerio de sueños.

El viento sopla de nuevo entre los recuerdos que dejaste, como gotas húmedas en forma de lágrimas por tus anhelos convertidos en palabras, y luego en frustración, y luego en rabia, y luego, por fin, en silencio. Han pasado treinta años desde que dejaste el mundo de los sueños, y te convertiste tú misma en sueño. Hasta que un día, en algún lugar, alguien, por casualidad, encuentra una de aquellas novelas, la abre, y la lee. Luego la cierra, sonríe, y piensa: “fue una buena novela”. Quizás podría gustar a una editorial.

Quizás podría…

 

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