“El cuarto de las luces” dio a luz

Tengo el placer de anunciar de que el nuevo libro solidario “El cuarto de las luces y otros relatos” ya está disponible a través de la editorial Donbuk. En este libro participamos una serie de escritores con una serie de relatos sin ánimo de lucro, con el fin de que los beneficios obtenidos por la venta de esta obra sea destinada, como lo fue la del año pasado, a una ONG de ayuda infantil.

Por mi parte colaboro con un relato ambientado en el universo de la saga Aesir-Vanir, con el título “La isla de las mil promesas”, de la cual he incluido aquí un extracto, por si es de interés del lector conocer algo más de esta obra. Poder colaborar en un proyecto así es un honor para mí, y si una sola de mis letras sirve para arrancar una sonrisa a alguien que lo necesite, habrá merecido la pena. Muchas gracias.

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El cuarto de las luces – Ed. Donbuk

Extracto de “La isla de las mil promesas”. Skadi duerme en el bosque sola, cuando algo la despierta.

Hasta que, de pronto, algo, o alguien, la despertó del sueño. Tomó con agilidad la espada tal como su padre le había enseñado, y miró alrededor en la oscuridad de la noche. Una luna creciente iluminaba suavemente piedras y el cercano río, y podía ver las ramas mecerse al viento de la madrugada.

Había algo, o alguien, oculto tras el claro del bosque. Skadi se volvió, y lo que vio la dejó asombrada. Era una figura. Una figura humana, frente a ella, que la contemplaba. Skadi se levantó de un salto, espada en mano, y preguntó:
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —La figura contestó:
—¿Y tú? ¿Quién eres tú? ¿Por qué diriges a mí tu espada? —Era una voz femenina. Sonaba con dulzura. Y poderosa. Skadi contestó:
—Soy la princesa Skadi, del Reino del Sur, hija de la reina Eyra y del rey Holger, señora del condado de Raukawa, heredera del Trono Blanco, elegida…
—¡Basta, basta! —Exclamó la figura. ¿Todos esos títulos son tuyos? —A Skadi le sorprendió la pregunta. Parecía absurda.
—Míos son, por supuesto. ¿No conoces el Reino del Sur? ¿Ni a los reyes Holger y Eyra? ¿Ni los…?
—¡Basta de nuevo! —Cortó la figura, que correspondía evidentemente a una dama, que Skadi entendió debía ser adulta, aunque era imposible distinguir su rostro en la oscuridad. La dama inquirió:
—¿Cómo una niña como tú tiene tantos títulos? ¿Los coleccionas?
—¿Yo? No… Los tengo desde que nací…
—¿Desde que naciste? Vaya, eso es genial. Yo no tengo ningún título de esos. ¿Podrías prestarme alguno? —Skadi enarcó las cejas, aún más sorprendida.
—¿Prestarte uno? Los títulos no se pueden prestar. Pero, ¿quieres decirme quién eres?

La figura se adelantó unos pasos. Entonces extrajo lo que parecía una especie de bastón de un extraño material brillante. Skadi se asustó y alzó la espada en un gesto instintivo, pero el material brillaba cada vez más, y no parecía peligroso, ni tampoco la dama. Al contrario, su presencia parecía emanar una paz especial.

Al cabo de unos segundos, el bastón iluminaba perfectamente ambos rostros. Y entonces, Skadi, por fin, la vio asombrada. Con un susurro, preguntó:

—¿Eres Nuestra Señora, la Divina Atenea? —La dama sonrió.
—No soy una diosa, si a eso te refieres. Mi nombre es Idún, y vivo en estos bosques desde hace años.
—¿Y qué haces aquí? ¿Vives con alguien?
—Vivo sola. No es mi misión tener compañía.
—¿Y cuál es tu misión?
—Eso depende. —Skadi frunció el ceño.
—No te entiendo.
—Depende de a quién tenga delante. Si es a una joven princesa terca y cabezota, mi misión es esperar su llegada a este bosque. A este lado del río. A este claro a la luz de la Luna.
—Pero nadie sabía que iba a llegar hasta aquí. Ni siquiera mis padres.
—Tú sí lo sabías, ¿no es así? De todas formas, tus padres te han enviado a esta isla para que crezcas en experiencias, y para que combatas tus miedos, tus temores, tus dudas. Quieren que la princesa se convierta en reina, la joven en mujer, y la imprudente en precavida, reflexiva, y cautelosa. Mi misión es que tu camino se abra ante ti, para que puedas caminar segura en las difíciles decisiones que te esperan en la vida.
—¿Eres una enviada de mis padres? —Idún sonrió de nuevo, y respondió:
—No, mi dulce princesa: eres tú la que me envías.

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