Extracto de “Las entrañas de Nidavellir II: Promakhos”

Hoy he recibido un correo de Amazon Prime, el servicio de Amazon de recomendaciones elegidas por ellos, sobre libros de ciencia ficción. Después de revisar el correo, he comprobado, para mi sorpresa, que el título del correo no era el clásico “Recomendaciones” o similar, sino el nombre del último libro de la saga Aesir-Vanir.

Efectivamente el título del mismo es el nombre de “Las entrañas de Nidavellir II: Promakhos”. Y el primer libro de la lista de recomendaciones. Pensé que era un correo personalizado para mí, pero primero, no tiene sentido que al autor le recomienden su propio libro, digo yo, aunque puedo equivocarme claro. Y además está el libro en primera posición de las recomendaciones, y eso sí es genérico.

En cualquier caso, sea como sea, siempre es agradable ver que un gigante como Amazon publicita el libro de uno. De momento mi campaña de ventas funciona bastante bien; mi hermana ha recibido varias amenazas de que lo compre, o dejaré de arreglarle el ordenador cuando le salga algún virus o se le cuelgue.

Para celebrarlo, va aquí un fragmento de “Promakhos”. Sandra, que ha viajado al pasado junto a unos compañeros por un accidente, vuelve con Arístides a Atenas tras el ataque de las tropas persas, y ha hecho parada en la tienda de una madre con su hijo, con los que pasará la noche. Sandra encontrará en esa tienda a alguien especial…

calipso_odiseo

Fragmento “Las entrañas de Nidavellir II”.

Sandra, Arístides y el grupo que se desplazaba con ellos habían hecho noche antes de llegar a Atenas en un campamento improvisado al oeste de la ciudad. Sandra había sido acogida en una de las tiendas de una de las familias de refugiados, formada por un joven muchacho y su madre, que la recibieron con un cariño y atención que la dejó sorprendida, en medio de tanta tristeza y desolación por la guerra.

Por la tarde el dron de Sandra, volando alto, había observado algunas nubes de humo lejanas, provenientes de la ciudad de Atenas y los alrededores, ardiendo aún por la acción de la destrucción provocada por las tropas persas, y por su líder, Jerjes I. Gran parte de la población, entre ellos mujeres, ancianos y niños, habían sido trasladados a diferentes puntos seguros desde Atenas, especialmente al norte, aunque también a la isla de Salamina, y al oeste, hasta el Peloponeso, camino de Esparta, siendo uno de esos grupos el que había contactado con Robert y Sandra…

Eos se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titonio, para llevar la luz a los inmortales y a los mortales, cuando los dioses se reunieron en junta, sin que faltara Zeus altitonante cuyo poder es grandísimo. Y Atenea, trayendo a la memoria los muchos infortunios de Odiseo, los refirió a las deidades; interesándose por el héroe, que se hallaba entonces en el palacio de la ninfa:

¡Padre Zeus, bienaventurados y sempiternos dioses! Ningún rey, que empuñe cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni emplee el entendimiento en cosas justas, antes, por el contrario, proceda siempre con crueldad y lleve al cabo acciones nefandas; ya que nadie se acuerda del divino Odiseo, entre los ciudadanos sobre los cuales remaba con blandura de padre. Hállase en una isla atormentado por fuertes pesares: en el palacio de la ninfa Calipso, que le detiene por fuerza; y no le es posible llegar a su patria porque le faltan naves provistas de remos y compañeros que le conduzcan por el ancho dorso del mar. Y ahora quieren matarle el hijo amado así que torne a su casa, pues ha ido a la sagrada Pilos y a la divina Lacedemonia en busca de noticias de su padre.

—¡Fidias! ¡Qué pesado! —Exclamó la madre—. ¡Otra vez recitando la Odisea de Homero! Deja de molestar a la joven muchacha recién llegada… —La madre observó los ropajes de Sandra, y preguntó:
—Por cierto, ¿eres de Esparta?
—No, de un poco más lejos —respondió Sandra amablemente. El joven muchacho protestó:
—Pero madre… —La madre interrumpió al joven.
—¿Es que no hay otro libro que leer, incluso en esta penuria? Hasta los inmortales necesitan descansar de vez en cuando. Y sigue con tus ejercicios de pintura. —Sandra sonrió, y comentó:
—No se preocupe, señora, no me molesta, al contrario. Me encanta escuchar recitar la Odisea, y más con ese acento ateniense tan peculiar. Siempre es agradable ver a un joven artista y guerrero leer con avidez. Todo joven que desee conocer el mundo debería leer La Odisea. —Medea, la madre del muchacho, se acercó al joven Fidias, y le acarició el pelo mientras se sentaba a su lado diciendo:
—Tiene alma de artista. Prefirió llevarse un par de lienzos y las pinturas, en lugar de otras cosas más inmediatas para la supervivencia. Y el arte es noble, pero el estómago no se llena con arte o sueños. Por otro lado, es como su padre. Sueña con emular a Odiseo, o a Aquiles, y luchar contra los persas, para vengar la muerte de mi marido, y los hombres caídos en batalla. —El joven Fidias intervino:
—¡Pagarán con su sangre lo que le hicieron a mi padre! —La madre negó con la cabeza y le recriminó:
—¡Sangre, sangre, sangre! ¡Esta gente joven solo sabe hablar de sangre, de divertirse, y de desentenderse de las tradiciones! ¿A dónde vamos a llegar? En mis tiempos éramos serios y responsables con nuestros padres… Ahora los jóvenes solo piensan en disfrutar, y en tener sueños de gloria. Y algunos incluso se atreven a decir que el mundo puede explicarse de forma racional, qué tontería. ¡Ya ni temen a los dioses!
—Es un joven bello y elegante —argumentó Sandra defendiendo al joven Fidias. Y dirigiéndose a él, le pregunto:
—¿Qué edad tienes?
—Doce años —contestó él orgulloso—. Y vengaré a mis antepasados. Con mi espada, mi escudo, y mi lanza. Y tú eres extremadamente bella.
—¡Fidias! —Exclamó la madre. Sandra rió. Fidias insistió:
—Madre, es muy bella.
—¡Y tú aún muy joven para esas cosas! —Sandra intervino:
—Me siento halagada, joven Fidias. Muchas gracias. —La madre continuó:
—Venganzas, venganzas… Te lo he dicho una y mil veces, hijo mío: ya basta de venganzas —exclamó Medea con un tono preocupado—. Parecería que tú solo vas a vencer a los persas con tu cabeza loca. Guarda tu espada para cortar las hojas del jardín a nuestro regreso. Eso sí será útil. —Sandra intervino de nuevo:
—Los jóvenes tienen sueños de juventud. Luego la vida se va imponiendo, y este joven tendrá el criterio de los sabios filósofos sin duda. Se cultiva con la mejor literatura, y el mejor arte. Veo en él a un artista inmortal.
—Que Zeus te oiga, joven… ¿Cómo dijiste que te llamabas?

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