Mensajero del Nastrond. Capítulo IV

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Este es el cuarto capítulo de “Mensajero del Nastrond”, relato ambientado tres años después de “Las entrañas de Nidavellir”. Este relato se incluirá al principio del Libro XII cuando esté terminado.

En este capítulo  las cosas se van complicando. Sandra y Martin parten para la estación espacial, mientras este no cree una palabra de lo que le dice Sandra sobre el origen de la crisis que investigan. Están a punto de abandonar el hotel, y el viaje parece que va a ser un momento de relax y tranquilidad para ambos…

—¡Sandra! ¿Lista para salir? ¡Vamos a perder la nave!
—¡Ya voy, ya voy! —gritó Sandra desde el lavabo. Por fin salió. Martin la miró, y no pudo reprimir una risa.

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—¿De qué te ríes ahora? —Preguntó Sandra mientras cruzaba los brazos.
—Me río de ti. ¿De dónde has sacado eso? ¿Qué haces vestida así?
—Es la moda ahora en Titán. Blusa de cuello en V oscura, y falda corta asimétrica lateral de algún color complementario. Y botas de media altura. ¿No me queda bien?
—Cualquier cosa que te pongas te va a quedar bien, Sandra. Pero ¿no se supone que eres un androide?
—¿Qué pasa? ¿Los androides no tenemos derecho a elegir cómo vestirnos según nuestros gustos? Además, no puedo llevar el uniforme de combate negro habitual si hemos de pasar como amantes.
—Estoy de acuerdo. En todo. Y menos mal que no me superas en altura. Al menos no haré el ridículo. Y vámonos ya.

Sandra y Martin salieron del hotel, y pasaron la zona de control de embarque para la nave con destino a la estación espacial donde se celebraría la Math Combat Challenge. Era una estación espacial comercial de paso, que permitía gestionar el tráfico de naves entre los satélites de Saturno, y servía como punto de control del personal en ruta. También disponía de áreas de investigación de la Titan Deep Space Company, completamente cerradas al personal no autorizado. Habían llevado allá los laboratorios tras abandonar la base en Titán tres años atrás. La misma base donde Sandra había sido convocada por Susan, y donde tres años atrás había vivido una experiencia traumática y durísima.

Ambos se iban a sentar en los asientos con cúpula de grafeno, cuando Sandra observó lo que evidentemente parecía una pareja en su luna de miel. Sandra les comentó si querían cambiar sus asientos de clase turista por aquellos sofisticados asientos. Ambos miraron sorprendidos a Sandra, y aceptaron encantados. El joven le dio la mano a Martin y le dijo:

—¡Su hija es encantadora y muy amable! ¡Tiene usted mucha suerte!
—Eso es porque no la has visto enfadada, te aseguro que no es tan agradable. Pero disfrutad de los asientos muchachos, y no rompáis nada.

La pareja asintió encantada, mientras Martin se acomodaba en su asiento, que justo daba a una ventana, aunque en realidad no era una ventana, sino una proyección del exterior, mientras Sandra lo hizo en el suyo. La nave despegó rumbo a la estación espacial. Pasados unos minutos, fue Martin el que habló primero:

—Creo que no estamos dando una imagen de amantes muy efectiva. Ahora me confunden con tu padre.
—Yo no estoy de humor ahora para este juego de los amantes. Quiero volver a la Tierra, y seguir con mi trabajo de investigación genética. Quiero viajar a San Francisco, y tomarme una copa en el bar de Peter, un amigo, por si se te ocurre preguntar. Quiero llevar una vida sencilla, salir con amigos, reír, disfrutar de un paseo. Y quiero dejar este trabajo de una vez y para siempre.
—Todo eso es perfectamente normal, Sandra. Y, por lo que he visto de ti, y por lo que has vivido, creo que te lo has ganado.
—Es posible. Pero tengo que encargarme de este asunto. Y de ti.
—Siento ser una carga.
—No eres una carga. Creo que no he sido justa contigo. Te pedí que actuásemos como amantes, y es lo que has hecho. Soy yo quien está haciendo mal las cosas.
—Tampoco te culpes.
—No me culpo. Pero ahora tú eres una nueva víctima de todo esto. Y ya tuve bastante hace tres años.

Martin no dijo nada más durante un rato. Luego comentó:

—¿Hemos despegado ya? No me he enterado —comentó Martin con asombro.
—Hace bastante. Es uno de los avances que incorporó Yvette Fontenot en ese libro que conoces de ella pero que no entiendes. Toda la nave está equipada con amortiguadores de inercia, que junto al campo gravitatorio artificial variable permiten aceleraciones muy superiores a las anteriores. De hecho esta nave es una de las nuevas clase Yvette, nombre que han usado como homenaje a sus investigaciones avanzadas.
—Ah, ya, había leído sobre estas nuevas naves de la Titan Deep Space Company. Sin duda su presidente, Richard Tsakalidis, es un genio, y será recordado como un benefactor de la humanidad.
—Seguro —contestó Sandra, mientras observaba en el monitor de entretenimiento cómo se decoraba un pastel de manzanas al estilo Titán, mediante una receta de un famoso chef del satélite de Saturno. Casi todos los platos de los satélites de Saturno solían tener una decoración con algo circular, como homenaje a los anillos de Saturno.
—Bueno, pues aquí estamos, camino de la estación espacial por fin, y dispuestos a salvar el mundo. ¿Cuándo empiezan las batallas galácticas?
—Será mejor que te vayas tomando esto en serio, Martin. Porque es la pura verdad.
—¿Que me tome en serio tu historia de seres de otros mundos? Vamos, Sandra, por favor, que ya tengo una edad como para creer en fantasías… Esta historia de un grupo de fanáticos extraterrestres, dispuestos a ayudar a un grupo de fanáticos humanos para dar a conocer la existencia de vida fuera de la Tierra, y activar con ello una antigua ley galáctica que provocará el fin de  la humanidad… Es el peor cuento que me han contado en toda mi vida.
—Pues tendrás que irlo aceptando. Porque el hecho de que no creas lo que te he explicado no te inhibe de que no puedas volver a la Tierra.
—¿Y a qué planeta me van a llevar? ¿Puedo elegirlo yo? ¿Hay algún catálogo de planetas para el exilio?

Sandra no respondió. El personal de cabina repartió unos aperitivos y bebida. Martin tomó una bolsa de frutos secos y una cerveza, y le indicó con un gesto a Sandra si quería algo. Sandra con otro gesto indicó que se olvidara de ello.

Martin observó a Sandra unos instantes. Esta se dio, cuenta, le miró, y preguntó:

—¿Qué miras ahora? ¿Al final te va a gustar mi falda?
—Te miro a ti. Estamos aquí, camino de esa estación espacial, y tienes el peor humor del mundo. Solo te falta ladrar.
—Ya te lo dije: no me siento precisamente contenta de estar en Titán, ni cerca de Richard Tsakalidis, ni de la Titan Deep Space Company, ni de un pasado que me persigue. Por no hablar del Alto Consejo, que seguramente a estas alturas ya conoce todos los detalles de lo que está pasando aquí.
—¿Es por eso que me has contado en el hotel? ¿Eso de que lideraste una guerra estelar en la galaxia?
—Eso es lo de menos. Perdí amigos. Perdí una parte de mí. Me perdí a mí misma. Y tuve suerte de salir entera de aquello.
—Como neurosis hay que reconocer que tu historia es de lo más elaborado que he visto nunca. Ahora bien, si hay solo una centésima posibilidad de que perdieras amigos, lo siento. Perder a gente querida durante nuestras operaciones es lo peor que puede pasarnos. ¿Eras amiga de Yvette Fontenot?
—Sí. Digamos que pasamos un tiempo corto pero intenso, que nos unió mucho.
—Pero dices que sigue viva.
—Viva, sí. Pero no tengo forma de contactar con ella. Y también perdí…
—¿A quién?
—A un amigo especial. Se llamaba Robert. Robert Bossard. —Martin se sorprendió al oír ese nombre.
—¿Robert? ¿Ese cascarrabias destructor de corazones? —Martin sacó su dispositivo de datos personal del bolsillo delantero de su guerrera. Una imagen apareció en la pantalla 3D. Se le veía a él con otro hombre años atrás. Entonces fue Sandra la que se sorprendió:
—¡Robert! ¡Pero… estás con él!
—¿Con él? ¡Claro que estoy con él! Colaboramos en algunas operaciones importantes. Nos hicimos buenos amigos. Tampoco he vuelto a saber nada de él. —Sandra suspiró.
—No podrás saber nada más de él. Está…
—Vaya, lo siento. Veo que eso que pasó hace tres años debió de ser duro de verdad. Empiezo a entender tu mal humor. Robert era un gran tipo. Yo le admiraba. Se hacía respetar y querer.
—Para mí, su pérdida fue quizás lo peor de todo aquello…

Martin miró unos instantes con ojos cada vez más grandes, y con una sonrisa creciente. Sandra se dio cuenta, y le espetó:
—¿Y a ti qué te pasa ahora?
—¡Eres tú! ¡Claro que sí! ¡Eres tú! —Exclamó Martin.
—¿Yo soy qué? ¿Quieres explicarte de una vez?
—¡Tú eres el amor perdido de Robert! ¡Claro que sí!
—¿Quieres dejar de decir tonterías, y concentrarte en la misión?
—¡Es increíble! ¡Al fin he conocido al gran amor de Robert! La he tenido delante de mí, todo este tiempo, sin saberlo.
—Yo no era el amor de Robert, ni de nadie. —Martin ignoró el comentario, y continuó:
—Nunca me dijo tu nombre. Mucho menos tu naturaleza. Pero me dijo que trabajabas en operaciones especiales de alto riesgo, que eras la mejor agente de infiltración que nunca ha habido, y te describió perfectamente a todos los niveles: morena, esbelta, larga melena, de uno ochenta de altura, ojos azules claros, con una personalidad fuerte pero serena, y con una mirada magnética. ¡Eres tú!
—Ahora eres tú el que está imaginando cuentos.
—Ni mucho menos. Él estaba completamente enamorado de ti. Estaba loco por ti. Pero tú le habías dejado, por alguna razón que nunca me quiso explicar. Él tuvo varias aventuras, era un hombre muy atractivo, era fácil para él tener éxito con las mujeres. Pero siempre sus conversaciones volvían a ti. Siempre terminaba recordándote. Siempre terminaba hablando de ti.
—Eso es absurdo. Y deja el tema ya.
—Y me dijo que tú también estabas muy enamorada de él.
—Soy un androide de infiltración y combate. No puedo enamorarme.
—Normalmente estaría de acuerdo. Pero tú no eres un androide normal, Sandra. Yo…

En ese momento alguien se levantó,y se colocó en la parte frontal, en el pasillo central. Iba vestido con unos extraños ropajes. Alzó los brazos, miró hacia arriba, y habló:

—”Domine, accipere in sinu haec animas damnatorum, et ut suum sacrificium esse principium tuum reditum, ut genus humanum, ut redimeret, eius peccata et vitia. Revelation 6:9-11.”

—¡Sandra! ¿Qué diablos…? —Pero Sandra ya no estaba en el asiento. Se oyó una explosión en la parte frontal, en la zona de pilotos, y la nave empezó a temblar con fuerza. Martin se levantó, y vio que aquel hombre se sacaba un grueso ropaje. Su pecho estaba rodeado de algo que parecía claramente una bomba de antimateria muy avanzada. Si estallaba, la nave simplemente se desintegraría. Sería imposible incluso hacer un análisis de los restos, pues estos, además de muy fragmentarios, se esparcirían por el vacío del espacio a enormes velocidades.

Martin salió corriendo de su asiento sin dilación, y se lanzó sobre aquel hombre. Era evidente que tenía el activador de la bomba en la mano derecha. Podría haberlo activado, pero tenía que terminar su discurso apocalíptico y su estado de catarsis, lo cual había sido crucial para poder acercarse a él. Eso le dio la oportunidad a Martin de sujetarle la mano, doblarla, y hacer que soltara aquel dispositivo. La nave seguía temblando cuando Martin por fin pudo reducir a aquel individuo, para luego dejarlo inconsciente de un golpe. Sacó la bomba de antimateria del pecho, y se la llevó hacia la parte frontal de la nave, intentando esquivar todo lo que volaba por el aire, mientras la nave seguía temblando. El sistema de gravedad artificial se había desactivado, y aquellos que no llevaban puesto el cinturón de seguridad volaban de un lado para otro tratando de volver a sus asientos, junto a cientos de objetos.

Martin consiguió llegar a la puerta de la cabina de pilotos. Miró por el pequeño cristal, y lo que vio le dejó asombrado: parte de la izquierda de la cabina simplemente había desaparecido. Los pilotos también, y el cableado de los sistemas de control de la nave flotaban libremente. Y, en el asiento del copiloto, que aún se encontraba en su sitio al vacío del espacio, la vio: era Sandra. Manipulaba algunos cables, y ella misma estaba físicamente conectada al terminal central de la computadora de la nave.

Martin miró la bomba. Y entonces empezó a preocuparse de verdad. El dispositivo tenía un sistema secundario de detonación. Si era extraída, la bomba estaba programada para explotar en tres minutos. Y quedaba un minuto. Martin golpeó la puerta, pero el vacío impedía que Sandra escuchara nada. Entonces se le ocurrió conectar su escáner personal a plena potencia. Aquello provocó que el aparato emitiese una potente señal electromagnética. Sandra detectó inmediatamente la señal, y miró. Martin gritó algo, que pudo interpretar como “bomba”. Luego el propio Martin puso la bomba sobre el cristal.

Sandra se acercó a la puerta, y la abrió ligeramente. Inmediatamente se produjo una fuerte descompresión, mientras ella sujetaba a Martin con una mano, y este le daba la bomba con la otra. Luego Sandra se aseguró de que Martin se sujetara a un saliente con fuerza, y rápidamente cerró la puerta. Tomó la bomba con la mano, y la lanzó por el lateral abierto de la nave.

La bomba estalló a poca distancia, creando un fuerte resplandor. Pero, al estallar en el vacío del espacio, los daños que provocó en la nave fueron mínimos.

Luego Sandra terminó de conectarse con la computadora de navegación de la nave, y volvió disimuladamente a la cabina de pasaje, deslizándose por la parte inferior de la estructura, entrando por la bodega. Había conectado el sistema de piloto automático y navegación a su propia computadora mediante un sistema de telecontrol. Sandra habló a través del sistema de comunicación con una voz claramente modificada:

—”Señoras y señores, soy el comandante. Como han podido comprobar, hemos sido el objetivo de un atentado de naturaleza desconocida. Afortunadamente, nuestros sofisticados sistemas de seguridad y de control han impedido que los terroristas hayan podido cumplir su amenaza. La gravedad artificial ha sido restaurada. La nave se dirige ahora de nuevo a Titán, donde ustedes podrán tomar otro transporte, o recibir un abono por el billete de su compra. El personal de cabina atenderá sus necesidades y lesiones que puedan requerir asistencia. Rogamos se mantengan con calma hasta el aterrizaje. Sigan las instrucciones del personal de cabina y de tierra, así como el de las autoridades del espaciopuerto. Muchas gracias”.

Mientras se oía la voz, Sandra había llegado a la cabina de pasaje, donde estaba de nuevo Martin, una vez este había atado al terrorista, y lo había metido en la cocina de la nave con la ayuda del personal de cabina. El terrorista mientras tanto había muerto, envenenándose a sí mismo mediante un sistema automático, que le inyectaría un potente veneno si seguía vivo tras una hora determinada. Sandra, antes de sentarse, examinó a aquel hombre. Era un humano estándar, no cultivado. No tenía identificación, ni el chip integrado de la GSA. El ADN le indicó que era un estudiante de ciencias, sin más información. Su ficha de ciudadano era tan normal que era evidente su manipulación.

Sandra se sentó de nuevo en su asiento, miró a Martin, y preguntó:

—¿Cuánto tardaste en ocuparte de ese tipo? Hay que moverse más rápido. Te vi por las cámaras de control.
—¿Qué? ¡Me dejaste solo frente a ese loco fanático religioso! Y repito: religioso. Ese tipo no es un terrorista.
—Lo sé. Pero no podemos ir diciendo por ahí que un grupo fanático religioso que implora el fin del mundo estaba controlando la nave. Tuve que ir a la cabina de mando, por dos razones: porque sabía que te encargarías del fanático de la cabina de pasaje, y porque tenía que intentar conectarme a la computadora de control de la nave para evitar que explotara todo. Afortunadamente llegué a tiempo.
—¿Qué dijo exactamente ese loco en latín?
—Dijo: “Señor, recibe en tu seno a estas almas perdidas, y que su sacrificio sea el comienzo de tu retorno, para que la humanidad pueda redimir sus pecados y faltas. Apocalipsis 6:9-1”.
—Fantástico —susurró Martin—. ¿Estos son esos que se han asociado con tus amigos extraterrestres? ¿Los que han pronosticado el fin de la Tierra?
—No son mis amigos —aclaró Sandra—. Y sí, son los fanáticos que han pronosticado el fin de la humanidad. Al parecer son una secta religiosa, que mezcla mitos cristianos y de otras religiones monoteístas, y algunos elementos de religiones paganas. Se hacen llamar “Hijos del Náströnd”.
—Fantástico nombre. Pero Sandra, atentados de este tipo han existido siempre. Por motivos religiosos, políticos, medioambientales…
—Lo sé. Y ciertamente esta gente no son en realidad nuestro objetivo. Nuestro objetivo es su líder, que compite en la Math Combat Challenge. Ese es el que tiene el contacto con el grupo disidente del Alto Consejo.
—Ya. Ese órgano de gobierno de los seres de otros mundos.
—Exactamente.
—Ahí es donde empiezo a perderme, Sandra.
—Pues ahí es donde empieza nuestra misión, Martin. Esto que ha ocurrido aquí no es un atentado como tal, aunque lo parezca; es una maniobra para acabar con nosotros. Saben que vamos a por ellos. Afortunadamente han fracasado por ahora. Pero es evidente que nos vigilan y siguen perfectamente nuestros movimientos. Lo vimos con aquella androide QCS-160. Y ahora con esta gente. Y no consigo ver cómo realizan nuestro seguimiento, aunque tengo alguna sospecha. Tendremos que viajar a la estación espacial de incógnito. Sin planes de vuelo. Sin que quede constancia de registros de ningún tipo.

La nave se dirigió de nuevo a Titán, donde aterrizó en modo automático. Los dos pilotos se dieron por desaparecidos, y hubo algunos heridos graves en la cabina de pasajeros, pero no muertos. Los técnicos de la nave que la analizaron nunca pudieron entender cómo la nave volvió aparentemente sola, y de dónde había salido aquella voz del comandante. Entendieron que debió de haber algún tipo de control externo, pero nunca pudieron conectar esa teoría con Sandra.

Al cabo de seis horas, los pasajeros, aquellos que no estaban heridos o no se habían arrepentido de realizar el vuelo, estaban en otra nave camino de la estación espacial. Esa nave era más antigua e incómoda. Pero todos esperaban que no volviese a explotar y a temblar. Afortunadamente, no lo hizo. La nave llegó a la estación espacial, y atracó sin mayores problemas.

Pero Martin y Sandra no subieron a bordo. Ambos se habían quedado en Titán. Sandra tenía un plan alternativo para viajar. Caminaron sonrientes de la mano hacia el espaciopuerto privado, Martin no sabía por qué, aunque podía imaginarlo. Ella solo le había dicho que ya hablarían. Martin sospechaba que querría conseguir una nave propia. Pero el control de cada nave, privada o no, era realmente exhaustivo.

Sandra aparentaba sentirse feliz. Incluso comentaba algo en torno a los maravillosos matices de los colores de los anillos de Saturno, que podían verse a través de los campos de fuerza de la bóveda que guardaba la estructura habitable. Martin la miraba sonriente, no por la apariencia de querer pasar por una pareja de amantes, si es que seguían en ese papel, o por ocultar la verdadera identidad de ambos, sino por la sorprendente capacidad de aquel androide de ser y comportarse de una forma tan humana. ¿Estaba realmente actuando? ¿Hasta qué punto era su dolor real, y sobre todo, humano? ¿Qué secreto guardaba aquel extraño androide, que incluso había hecho perder la cabeza a Robert Bossard?

Había algo especial en ella, era evidente. En un momento dado era una jovencita dulce y suave de una apariencia de algo más de veinte años. Al momento siguiente era una fría y eficaz máquina de muerte y destrucción como nunca se había visto o concebido. ¿Dónde estaba la frontera? ¿Dónde dejaba de ser una máquina, y comenzaba a tomar forma humana? Toda ella era un misterio en sí misma.

De pronto, un grupo de cuatro hombres se acercó a ellos. Eran policías federales de Titan. El que parecía el oficial al mando ordenó:

—Identificación, por favor. —Los dos extendieron el brazo, y los datos aparecieron en la pantalla del oficial. Este asintió levemente. Dijo:
—De acuerdo. Ustedes son los que han intervenido en la nave de transporte a Titán. Han salvado al pasaje.
—Sí, pero no tiene importancia —comentó Martin—. No necesitamos medallas, ¿verdad que no, cariño? —El oficial replicó:
—Nosotros evaluaremos la importancia que tiene. De momento, me va a acompañar. No, usted no, la señorita solamente. Usted se queda aquí con dos hombres que le escoltarán hasta nuestro regreso.

Martin iba a decir algo, pero Sandra le hizo un gesto para que no hablase. El oficial y otro hombre acompañaron a Sandra hasta una puerta. Dos drones de combate les seguían detrás, apuntando a Sandra en todo momento. Entraron, anduvieron por un pasillo, y luego hicieron pasar a Sandra a una sala. Y vio, detrás de la mesa, algo que no hubiese querido ver.

—¡Richard! ¿Qué absurda historia tramas ahora? —El presidente de la Titan Deep Space Company sonrió desde detrás de su mesa. Dio una calada a su puro, y contestó:
—Estás encantadora, como siempre, Sandra.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un cerdo? —Richard rió,  y contestó:
—Ya te dije que todo lo que pasa en Titán, y en su zona de influencia, es de mi incumbencia, y, de un modo u otro, termino informándome de lo que ocurre. Y te reitero, una vez más, que te tomas todo esto de una forma demasiado personal. Se supone que eres una profesional, no deberías dejar que tu trabajo interfiera en tus sentimientos.
—Deja de darme discursos. ¿Vas a acabar conmigo ahora?
—¿Podría hacerlo?
—Puedes intentarlo. —Richard la miró unos instantes antes de contestar:
—No. No voy a intentar nada. Sé lo de esa pandilla de locos religiosos que quieren acabar con la humanidad.
—¿Cómo te has enterado?
—¿Disculpa? Acabo de decirte que lo sé todo aquí. Yo soy el dueño de estas instalaciones, y de las de la estación espacial. Tengo mis informadores. Y mis fuentes. El caso es que no voy a acabar contigo. Voy a hacer algo más práctico. Te voy a pedir que colaboremos juntos en este asunto.

Sandra no podía creer lo que oía. Richard le pedía colaboración. Otra vez. Ella repuso:

—Tienes que tener muy poca vergüenza, y muy poca memoria, para pedirme que vuelva a trabajar contigo, después de lo que pasó hace tres años.
—Aquello es historia antigua. Hay que renovarse, Sandra. Y este asunto tiene un interés que compartimos.
—Tú y yo no compartimos nada.
—Yo creo que sí. Ese grupo religioso que te persigue es peligroso. Normalmente me ocuparía yo. Ya sabes, un sospechoso, un muerto. Uno que no lo es, pero que podría serlo, un muerto. Pero estos fanáticos están conectados con ese grupo disidente del Alto Consejo. Quieren destruir la Tierra empleando la Quinta Ley. Y sabes que mi sueño es conquistar y dominar el sistema solar al completo. No puedo usar mi sistema habitual de trabajo de eliminación sistemática de sospechosos. Eso podría alterarlos, y provocar algún desastre. Y si esos fanáticos destruyen a la humanidad…
—Te quedas sin tu juguete —sentenció Sandra—. Ya no podrás convertirte en el estúpido emperador de la especie humana que siempre has soñado ser.
—Exacto. Veo que lo vas entendiendo. Cuando llegues a la estación espacial, no podré darte cobertura con personal. Se notaría demasiado, y podrían huir. Que ese idiota con el que vas, ese tal Martin, y tú seáis la punta de lanza de la operación ya me parece bien. Más personal llamaría la atención.
—Martin no es idiota. Es un buen agente. Y un buen hombre. —Richard sonrió.
—Claro, Sandra, claro. Es la eterna figura del padre que siempre andas buscando. Un padre que sustituya a Vasyl Pavlov.
—¿Qué tontería es esa?
—Mira, no estoy aquí para psicolanalizarte ahora. Sino para ofrecerte ayuda. Única y exclusivamente para acabar con esos locos religiosos. Luego, seguiremos jugando al juego del gato y el ratón. ¿Te interesa, sí o no? —Sandra se mantuvo en silencio un momento.
—Está bien. Es increíble, pero me parece bien. Y vuelvo a colaborar contigo.
—Es algo puntual, no te agobies. Luego podré destruirte rápidamente y de forma segura.
—Es muy amable de tu parte.
—Bien. Te daré acceso a todas las fuentes de información que trabajan para mí. Y a drones de vigilancia, y cámaras de control. Sé que puedes acceder a las que están conectadas en la red, pero en la estación espacial hay cámaras que trabajan con una red interna cableada, que usa pulsos cuánticos para transmitir la información. Ahí ni siquiera tú puedes acceder. Te daré la forma de hacerlo, para que puedas monitorizar la estación al completo. Y tendré un retén de hombres preparados para cualquier operación de apoyo que sea necesaria, pero solo como última instancia. Sabrás quiénes son mis agentes en la estación, para que puedas solicitarles información, o ellos te la den, si lo creen conveniente.
—Pero, si me das los nombres de ese personal, quedarán al descubierto. No podrás usarlos más para ninguna otra operación, porque los he conocido. —Richard asintió levemente. Dio una calada a su puro, y contestó:
—Lo sé. Pero este asunto tiene máxima prioridad. Esos hombres, bueno, luego serán convenientemente retirados.
—Querrás decir, asesinados.
—Sandra, por favor, ¿por qué tienes que usar siempre ese lenguaje tan rudo? Recuerda: tenemos un pacto. ¿De acuerdo? —Sandra suspiró, y contestó:
—Hasta que termine esta operación. Necesito una nave. Sin registro de vuelo. Y con un transpondedor falso.
—No. Debes acudir a la estación espacial por tus propios medios. Allí podré ayudarte. Aquí la GSA sigue teniendo demasiado poder. Todavía.

Richard hizo un gesto al oficial para que la acompañara. Sandra iba a salir, pero antes se volvió, miró a Richard, y le dijo:
—Acabaré contigo, Richard. Y con tu megalomanía de poder. —Richard no contestó. Sandra dejó aquel lugar, volvió con Martin, y este le preguntó:

—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
—Estoy bien, gracias.
—¿De qué iba todo esto?
—Ya te lo contaré. Tenemos que llegar a la estación espacial. Vamos.

Llegaron al espaciopuerto privado principal de Titán. Sandra se acercó a una de las oficinas de espaciotaxis sin piloto, en realidad, la única que estaba abierta a esas horas. Necesitaban la nave para viajar a la estación espacial. Pero también necesitaban que nunca quedase constancia del vuelo en el registro de la empresa. Y eso requería intervención humana. Sandra había indicado a Martin que se quedara fuera, a cierta distancia. Martin podía observar la escena desde fuera disimuladamente. Además, ejercía labores de control de individuos, drones o sistemas sospechosos de estar controlando la zona. Mientras, Sandra examinó al joven que estaba en la tienda. Parecía claro cómo proceder.

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—Hola —comentó sonriente al joven, de unos veinte años, que se encontraba detrás del mostrador tras entrar en el local. Previamente ya había analizado los datos vitales del muchacho, su nivel de hormonas, testosterona, dopamina, y estado general. También sus datos sociales, e historial de actividad en la red. El joven sonrió inmediatamente. Sandra notó cómo el corazón del muchacho se aceleraba y su producción de oxitocina se disparaba. El muchacho preguntó:
—Hola, me llamo Wilmer, bienvenida a Espaciotaxis Titán. ¿en qué puedo servirle, señorita? —Sandra sonrió, y esperó un instante a contestar mientras le miraba dulcemente. La actividad sináptica se había disparado en el chico, así como su metabolismo y ritmo cardiaco. Finalmente, contestó:
—Hola, Wilmer, encantada. Verás: necesitaría un espaciotaxi sin piloto para un vuelo de tres horas, con retorno automático. —El joven asintió levemente, y comentó:
—La verdad es que lo siento mucho, pero todos los espaciotaxis están reservados o en vuelo. No dispondremos de unidades hasta finales de la semana que viene. Si quiere, puede dejarme su identificación, y yo la llamaré si se produce alguna cancelación, aunque la lista de espera por cancelaciones también es larga, me temo. —Sandra puso su cara más triste, y comentó:
—Ya; es por todo eso de la competición, todo el mundo quiere ir a verla, ¿verdad?
—Sí, señorita, es que…
—Llámame Sandra, por favor, que no soy tan importante —dijo ella con voz tenue y una ligera risa, mientras comenzaba a aproximarse a él y le clavaba el azul de sus ojos.
—Sí, señorita Sandra.
—Sandra, simplemente. Vamos Wilmer, inténtalo. Sé que te gusta más así. —Sandra colocó su mano sobre el hombro de Wilmer. Este empezó prácticamente a temblar. Sonrió torpemente, y comentó:
—Sandra…
—Muy bien… Eso está mejor. Te gusta ese aerodeslizador ¿verdad? —La pregunta terminó de desarbolar por completo a Wilmer.
—¿Perdón?
—Vamos, Wilmer, no te hagas el despistado conmigo. Modelo Z21 Alpha Plus, con postcombustión en los tres reactores. Quince metros de eslora. Computadora de competición Clase Echo 5 integrada. Biplaza. Altura máxima de vuelo 650 kilómetros. Capacidad para órbitas de dos semanas. Velocidad máxima hipersónica en atmósfera de Mach doce. —¿No es increíble? Es una belleza…
—Sí, es un sueño… Veo que… conoce…
—Como sigas tratándome de usted voy a tener que enfadarme… —sugirio Sandra, mientras le miraba fijamente con una ligera sonrisa, y le ponía un dedo en la nariz, que casi le hizo caerse. Y añadió:
—Lo sé todo de ti, Wilmer.
—¿Todo?…
—Naturalmente. Hasta tus sentimientos más íntimos. Y los más prohibidos. Esos que nunca confesarías a nadie, pero que viven en ti. Sé que quieres el éxito. Quieres la fama. Quieres que algunos se traguen sus burlas cuando les has hablado de tus proyectos. Y les vas a hacer que se coman sus palabras… Estás reuniendo dinero en este sucio y perdido trabajo a millones de kilómetros de tu sueño, todo para poder comprar el aerodeslizador. Quieres competir con él. Sabes que puedes ganar el Campeonato de los Tres Mundos. Solo necesitas demostrarlo. Pero nadie ha confiado en ti. A pesar de que has demostrado tu total destreza como piloto.
—Sí, es… cierto… Es mi sueño… Y ellos… ellos se burlan… Pero… ¿cómo lo…?
—¿Cómo lo sé? Es muy fácil, Wilmer: lo has divulgado por toda la red de la WDW.
—Ah, eso es cierto, he llenado mi muro de fotos…
—De fotos, y de promesas. Que ahora vas a hacer realidad. Yo sí confío en ti. Yo sé que ganarás. Solo necesitas una oportunidad. Yo te la daré. ¿Quieres el aerodeslizador ya? ¿Y un billete de vuelta a la Tierra? ¿Quieres dejar este trabajo que tanto te aburre y te tiene amargado y esclavizado?—Wilmer abrió los ojos como platos, sonrió, y comentó:
—¿Yo? ¡Claro! ¡Sin duda! Pero, ¿cómo?…
—Mira tu cuenta corriente. —El joven accedió a su cuenta bancaria mediante el dispositivo integrado de su brazo. Tenía una cantidad suficiente como para pagar aquel aerodeslizador de una vez, y aún más.
—¿Cómo?…
—No preguntes cómo. ¿Acaso le debes explicaciones a alguien? Es tu oportunidad, Wilmer. Es un regalo —afirmó Sandra.
—¿Un regalo?
—Sí. Una muestra de mi confianza en tus habilidades como piloto. Nadie confía en ti. Hasta tu pareja en la Tierra dice que dejes de perder el tiempo en sueños imposibles.
—Eso es cierto —comentó el joven apenado.

Sandra saltó al otro lado del mostrador, con una agilidad que sorprendió a Wilmer. Le puso la mano en la barbilla, y le levantó suavemente el rostro, clavando de nuevo sus ojos en él mientras acercaba su rostro a pocos centímetros. El corazón de Wilmer estaba a punto de estallar. Sandra continuó:
— Tu novia no confía en ti. Nadie confía en ti. Sin embargo, yo sí confiaré en ti. Y lo haré solo porque accedes a dejarme volar el espaciotaxi durante seis horas, sin que quede registro del vuelo en la base de datos, y sin que nadie sepa nunca que lo tomé prestado ese tiempo… Y nunca se lo contarás a nadie. Te irás a la Tierra, a cumplir tu sueño. Será nuestro secreto. Te irás ya. Ahora. —La persiana del local comenzó a bajar. El joven comentó:
—La persiana… está bajando sola.
—Se cierra, es cierto, debe sufrir algún extraño fallo —comentó Sandra—. Nos quedamos los dos solos. Y las comunicaciones fallan también. Debe ser una pérdida general de energía en la zona. Qué situación. ¿Qué podemos hacer aquí, los dos solos, hasta que alguien repare la persiana?
—Yo… —Sandra le puso el dedo en los labios, y dijo:
—Creo que hemos hablado demasiado ya, Wilmer. Es hora de que empiece a cumplirse el primero de esos sueños prohibidos que llevas siempre contigo. —Se acercó aún más, y miró fijamente a Wilmer. El joven no dijo nada más. Sandra tampoco…

 

Al cabo de un tiempo la persiana se abrió de nuevo. Wilmer salió del local, y fue corriendo a su hotel, donde hizo una maleta con lo más necesario. Luego salió hacia la terminal de naves hacia la Tierra, donde esperaría al siguiente transporte. No dejó ningún mensaje, excepto una nota de baja voluntaria a la compañía.

Sandra hizo una señal a Martin, que esperaba cerca. Los dos se dirigieron a la terminal 29, donde un espaciotaxi les esperaba. Sandra se acercó, y el portón se abrió. Ambos subieron al espaciotaxi, y este inmediatamente despegó, con destino a la estación espacial.

Pasados unos minutos, Sandra comentó:

—Bien. Ahora no podrán volver a intentar atentar contra nosotros, ni matarnos. No tienen constancia de esta salida, que no está registrada, ni lo estará, ya me he asegurado de eso. Y la terminal de los espaciotaxis está cerrada. El joven responsable del local ahora mismo sale para su hotel, para recoger sus cosas y volver a la Tierra, a hacer su sueño de ser piloto de carreras realidad. No tiene otra cosa en la mente desde hace dos años. Creerán cualquier cosa en la empresa de espaciotaxis sobre su marcha, y nunca detectarán este vuelo no autorizado. El transpondedor también es de un vuelo anterior todavía autorizado. Así pues, todo en orden.

Martin la observó con curiosidad. Había trabajado con androides algunas veces. Pero nunca con esa implicación. Ni mucho menos con un androide como Sandra, que era desde cualquier punto de vista un ser especial. Tardó unos segundos en contestar.

—Vaya, sin duda esto sí que ha sido efectivo y expeditivo. Y directo. —Sandra, sin volver la vista de la pantalla delantera, respondió:
—No podía quedar ningún registro del vuelo.
—No necesito explicaciones.  —Sandra ignoró el comentario, y continuó:
—El joven estaba frustrado en ese negocio. Revisé su vida, sus pasiones, sus frustraciones, sus registros personales con sus comentarios, con sus sueños, con sus fantasías… Comprobé que su locura era un aerodeslizador, y que estaba allá para ganar el dinero necesario para pagar la entrada. Ahora podrá pagarlo completo, y le quedará un remanente. El dinero parece haber llegado de una donación anónima, y así ha quedado registrado. En cuanto a la empresa de aerotaxis, pensarán que se ha cansado de que lo exploten y lo maltraten, como hacen con todos, y el joven ha decidido volver a la Tierra. Pero no lo notarán hasta mañana, porque le dejan solo por las tardes. Cuando se den cuenta de que se ha ido, este espaciotaxi estará de nuevo en su sitio. Yo me encargaré de borrar el log con el vuelo. Fin de la historia.
—Ya veo. Muy eficaz sin duda. Robert tenía razón sobre ti, ciertamente.
—No metas a Robert en esto. En cuanto al chico, es lo que tenía que hacer.
—Te repito que no necesito explicaciones. —Sandra insistió:
—Su libido estaba por las nubes. De hecho, estaba como loco por lanzarse sobre mí. Y existía la posibilidad de que el temor a ser descubierto permitiendo el vuelo sin registro no fuese suficiente como para convencerlo solo con el dinero. No podía arriesgarme, había que animarlo a que accediese a mi petición. Y el sexo tiene un poder de convicción enorme.
—No me digas, nunca me lo hubiese imaginado —susurró Martin con ironía.
— Tiene una novia en la Tierra a la que no ha visto en siete meses. Y aquí no ha tenido tiempo de tocar a una mujer ni en sueños. Era un objetivo perfecto para la manipulación. Y no me vengas con esas historias de ética y moral. Me ves como a una jovencita porque me han dado este aspecto. Pero soy una máquina, Martin. Programada y diseñada para este tipo de tareas. Los aspectos morales y éticos que puedas ver en todo esto son solo producto de tu imaginación, y de tus valores como individuo. No existen daños morales o éticos en mi comportamiento, porque no soy una mujer.
—¿De qué hablas? Yo no te he dicho nada.
—No has dicho nada. Pero lo estabas pensando.
—Yo no estoy pensando en nada. Eres tú la que te estás justificando a ti misma. Y yo no soy quien para juzgarte, Sandra. Sé lo que es un androide de infiltración y combate, y sus marcos de actuación. Pero debes entender que esta actuación que estamos llevando a cabo es cualquier cosa menos la de un par de amantes. ¿Quieres que cambiemos nuestros roles? Adelante. Pero debes concentrarte. Porque nos va a los dos la vida en ello. Y eso que has hecho con ese chico lo has hecho porque considerabas que era necesario. Forma parte del trabajo. No le des más vueltas. No te digo que sea fácil, ni siquiera que sea ético; te digo que es necesario para la misión, y por eso se hacen estas cosas. No es agradable. No es divertido. Es, sencillamente, lo que debe hacerse.

Sandra se mantuvo en silencio unos instantes. Su rostro era serio. Frío. Luego dijo:

—Lo sé. Hacemos esto porque ha de hacerse. Porque forma parte de la consecución de un objetivo. Antes no me importaba. Antes ni pensaba en ello. Los primeros años, cuando comencé, ni me planteaba estos temas. El sexo formaba parte de mi programación, y lo usaba mecánicamente, sin más, para conseguir mis objetivos. Pero luego comencé a cambiar. Empecé a preguntarme qué estaba haciendo. Y ahora no me siento bien. Mi programación dice que debo acostarme con ese chico. Eso asegura que el chico se vaya convencido de hacer lo que he dicho que haga. Pero dentro de mí hay algo que me dice que eso va en contra de mis valores. Yo no quiero acostarme con nadie, excepto con aquel con el que lo desee. Pero la misión es prioritaria. Y debo actuar. La misión está por encima de todo.

—Exacto, Sandra. Lo has definido muy bien. La misión está por encima de todo. Y ahora, dime una cosa: ¿no hay un evidente conflicto en tu interior? ¿Un conflicto entre la mujer y la máquina? ¿Un conflicto entre dos seres que luchan por controlar tu cuerpo y tu mente? Tus palabras parecen demostrarlo claramente. ¿No lo ves?
—¿Conflicto? Eso es absurdo. No hay conflicto. No hay mujer. Soy una máquina. —Martin rió, y contestó:
—¿Una máquina? Eso es incluso más difícil de creer que tu historia de los extraterrestres, Sandra. Hay una mujer debajo de esa piel sintética. Creo que entiendo por qué Robert se enamoró de ti. Vio que había mucho más que una máquina de acero y grafeno en tu interior. Había una mujer. Una mujer intentando surgir de ese interior sintético. Una mujer maravillosa sin duda. Y él lo vio. Vio más allá de la máquina. Vio a la mujer.
—Deja eso, Martin. Estás entrando en un terreno muy peligroso.
—Cobarde. Te asusta hablar de ello. Te asusta hablar de tu relación con Robert. Porque tú sentías lo mismo por él. ¿No es así?
—¡Cállate!
—Por supuesto. Me callo. Pero ese conflicto que vives es algo que tendrás que resolver, Sandra. Si quieres alcanzar algún tipo de paz, tendrás que analizar tu interior. Este trabajo destruye el espíritu y la mente. Pero alguien ha de hacerlo. Con esa idea nos levantamos cada día, y con esa idea iniciamos cada nueva misión.

Sandra no contestó. El viaje transcurrió en silencio, hasta llegar a la estación espacial. Ambos salieron del espaciotaxi, y este volvió a su base sin incidencias.

Luego fueron hasta el alojamiento que tenían reservado. Era más parco que la habitación del hotel, pero suficiente para Martin, acostumbrado a dormir en lugares extremadamente insospechados. En cuanto a Sandra, cualquier lugar con una temperatura mayor de menos ciento cincuenta grados centígrados era perfecta para pasar lo que se podía entender por una noche. Temperaturas inferiores, cercanas al cero absoluto, eran soportables junto al vacío del espacio, pero solo durante una cantidad limitada de tiempo.

Martin entró en el baño, y se lavó la cara. Luego comentó:

—Muy bien: ¿quién duerme en el sofá?
—Tú, por supuesto —comentó Sandra, mientras se alisaba el cabello frente al espejo. Ella sabía que la pregunta de Martin era retórica. Pero no le iba a seguir el juego.

En ese momento alguien llamó a la puerta. No sonó el timbre, sino que golpearon con los nudillos. Martin sacó su phaser, y se escondió tras la puerta del baño. Sandra fue a la puerta. Exclamó:

—¿Quién es?
—Servicio de habitaciones. Le traemos el catálogo del viaje de novios.
—Nosotros no hemos pedido ningún catálogo de viajes.
—Yo creo que sí lo han pedido. Un catálogo de un viaje especial, a las estrellas. Señorita Sandra,  y señor Martin.

Sandra extrajo el phaser del brazo, y colocó el dron en una zona que le permitía obtener una cobertura ideal cuando abriese la puerta. No podía detectar exactamente quién estaba detrás. La señal de rastreo daba negativo.

Finalmente, abrió la puerta levemente. Miró, y lo que vio la dejó completamente consternada. Allí, frente a ella, se encontraba un hombre de unos sesenta y tantos años, con un traje de los años cuarenta del siglo XX, un sombrero de la misma época, y una absurda gabardina y corbata. El hombre sonrió levemente, y dijo:

—¡Querida! ¡Qué sorpresa! ¡Qué pequeña es la galaxia! —Sandra abrió la puerta, y empujó a aquel hombre hacia dentro, antes de cerrarla de nuevo. Martin salió del baño, y preguntó:

—¿Qué haces empujándole? ¡Es casi un anciano, y desarmado! —Sandra miró al hombre, y luego a Martin. Finalmente, sentenció:
—No es un anciano, Martin. Ni siquiera es humano. Es… una pesadilla.

Aquel hombre sonrió toscamente, se inclinó levemente mientras saludaba con el sombrero, y les dijo:

—Soy Deblar, representante del Alto Consejo. A su servicio. —Martin le miró extrañado, y contestó:
—¿El Alto Consejo? ¿Ese absurdo organismo gubernamental galáctico del que habla Sandra? ¿Quiere usted hacerme creer que es un ser de otro planeta? —Deblar contestó:
—Véalo de este modo, señor Martin. Usted cree que yo estoy loco. Y yo creo que pertenece usted a una de las especies más primitivas e irracionales que se pueden encontrar en la galaxia. Y, como estamos en una zona de apuestas, quiero hacerle una: vamos a apostar quién es el loco. Y quién va a descubrir una nueva dimensión de la realidad de las cosas. Y del futuro de la Tierra. Espero, amigo mío, su respuesta.


Para acceder al capítulo V pulse en este enlace.

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2 comentarios en “Mensajero del Nastrond. Capítulo IV”

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