Mensajero del Nastrond. Capítulo V

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Este es el quinto capítulo de “Mensajero del Nastrond”, relato ambientado tres años después de “Las entrañas de Nidavellir”. Este relato se incluirá al principio del Libro XII cuando esté terminado.

En este capítulo la misión da un giro, cuando ese extraño personaje que acaba de aparecer, Deblar, deja claro a Martin que las palabras de Sandra no eran precisamente una fantasía…

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Imagen por Kaioshen

Martin miró con una sonrisa a Deblar. Aquel personaje era cómico, sin duda, con aquel sombrero ridículo, y aquella vestimenta. Comentó:

—¿Una apuesta? ¿Quiere hacer conmigo una apuesta? ¿De qué circo se ha escapado, amigo? ¿O se trata de una broma absurda? —Sandra intervino:
—Deblar, ya sé que Martin está implicado, pero este es un asunto de la Tierra. No metas el hocico aquí. —Deblar se volvió a Sandra:
—Querida, todo lo que ocurre en la Tierra es de mi competencia. Y de la del Alto Consejo. Especialmente, cuando un grupo de fanáticos intenta manipular al Alto Consejo para forzarle a tomar una decisión.
—No me llames querida. —Martin intervino:
—¿De qué va todo esto, cara de pez? ¿Eres algún antiguo amigo de Sandra? —Deblar observó unos instantes a Martin. Luego dijo:
—Lo siento, pero deberá venir conmigo. No le tomará mucho tiempo, no se preocupe.
—¿Ir a dónde? Yo no voy a ninguna parte.
—El Alto Consejo quiere hablar con usted. Cuando se produce un nuevo exiliado, es norma en el Alto Consejo informar puntualmente de la nueva condición que deberá vivir el individuo objeto del exilio. Hemos tenido otro caso reciente.
—Ah, ¿sí? Qué amables. Repito: yo no voy a ir contigo a ningún lado. ¿Exilio? Creo que ya he tenido bastante con todo lo que estoy pasando aquí.
—¿Yo no voy con vosotros? —Preguntó Sandra extrañada. Deblar se volvió hacia ella:
—No. Tras los sucesos de hace tres años, el Alto Consejo prefiere, digamos, que mantengas la distancia. Es cierto que tienes enemigos allá, pero las simpatías superan las negativas de forma clara. Y temen…
—Que pueda intentar seguir con algo parecido al trabajo que inició Nartam.
—Exactamente, querida.
—Es increíble. Ese grupo de bichos superavanzados tienen miedo de un androide.
—No temen al androide, Sandra. Temen al mito. Eres temida en la galaxia, pero también admirada. Un símbolo de libertad. La revolución que muchos esperan se produzca algún día para dar un nuevo camino a los pueblos de la galaxia.
—Entiendo. Una revolución que tú podrías aprovechar para llevar a cabo tus propios planes.
—No sé de qué hablas, querida.
—Te he dicho que no me llames querida. Y sabes perfectamente de qué hablo.

Deblar se volvió de nuevo hacia Martin, y le comentó:

—Y ahora, señor Martin, si es tan amable de acompañarme… La esclusa está lista.
—¿Esto va en serio? —Sandra intervino:
—No te harán nada, Martin. Pero no tienes alternativa. Ya te dije que este asunto, una vez se ha entrado, es para siempre.
—Suena a mafia.
—No son la mafia. Pero no te dejes llevar por su tecnología y por sus mentes avanzadas. Como seres vivos sensibles y conscientes, son capaces de cometer errores. Y algunos de esos errores cuestan millones de vidas.

Se oyó un sonido seco. La esclusa de la habitación de emergencia, que se usaba para conectar naves de rescate en caso de necesidad, se abrió. Detrás, una pequeña nave se encontraba conectada por un pequeño tubo umbilical. Martin la observó, mientras Deblar le indicaba gestualmente que accediera a la nave. Martin miró a Sandra. Esta replicó:

—Ya te lo dije, Martin. Por eso odio todo esto. Sacrifiqué muchas vidas en el pasado. Y ahora tú eres una nueva víctima. Y nunca me lo perdonaré. —Deblar intervino:
—La culpa no es tuya, querida. Pero la ley no admite excepciones. —Sandra se acercó a Deblar, lo tomó por la corbata, y susurró:
—Algún día hablaremos de esas leyes, Deblar. Mientras te doy una vuelta por la galaxia atado a una cuerda de mi nave. El espacio es muy, muy frío.

Sandra soltó a Deblar, que se ajustó la corbata torpemente mientras Sandra se alejó en silencio, recordando tiempos pasados, y se situó directamente observando a través de la ventana de la habitación. Martín se acercó a Sandra, que se volvió hacia él. Él sonrió, y ella sonrió a su vez. Este observó:

—No dejes que todo esto te traumatice.
—Es difícil. Son muchos recuerdos. Y tú, otra víctima.
—Sobreviviré. Supongo. Al final ha resultado que esta locura era cierta. Siento no haber confiado en ti.
—Es normal, Martin. No todos los días es uno abducido por extraterrestres.
—Cierto. Parece que tendré que dejarte un rato sola. Eso me preocupa. Mucho.
—Estarás de vuelta enseguida, no te preocupes. Al menos, hasta terminar esto.
—Seguro. Ah, y una cosa: antes de irme, quiero que sepas que eres un maldito incordio.
—Sé que soy un incordio. Y tú un socio insoportable obsesionado con mi trasero.
—Eso está mucho mejor. Con humor, y con una sonrisa, las cosas no parecen tan malas. Ahora me voy con cara de pez. Por cierto, con tanto lío, se te ha roto tu vestido de moda. Lo siento.

Sandra se miró un momento el vestido. Ni recordaba que lo llevaba puesto todavía. Luego susurró:

—Creo que últimamente no sé vestirme para la ocasión.
—Ya conseguirás otro. —Sandra negó con la cabeza.
—No, Martin. No. Basta de fantasías. Basta de imaginar futuros imposibles. Todo esto es ridículo. Tengo que aceptar la realidad. Y la realidad es que debo aceptar lo que soy. Este vestido es solo una forma de intentar convencerme de que podría tener algún tipo de vida normal. De parecer, de ser, realmente, una joven de algo más de veinte años. De sentirme realmente como una joven. Pero todo eso es solo una quimera. Porque solo soy un androide de infiltración y combate modelo QCS-60 avanzado. Ahora voy a ponerme mi uniforme negro de combate y las botas. Ese es el uniforme que ha modelado mi vida. No este vestido absurdo.

Martin miró seriamente a Sandra, y la tomó suavemente por los hombros. Sandra se sorprendió, mientras él respondía:
—Y yo estoy seguro de que llegará un día en el que podrás tirar ese uniforme negro de combate a la basura. Y ser, para siempre, tú misma. Llevar el vestido que quieras. Sentirte como quieras. Y vivir como quieras. Pero recuerda algo muy importante, Sandra: no es el uniforme, o el vestido, o cualquier otra prenda, lo que te caracteriza y te hace especial; lo que te hace especial eres tú. Ningún uniforme, ni ningún vestido, van a ayudarte. Solo podrás hacerlo tú. Y lo harás. Estoy seguro de eso. —Deblar intervino entonces:

—Qué emotivos sois siempre los humanos. Podéis pasaros horas hablando de cuestiones vacías e irrelevantes sin que parezca importaros.

Sandra ignoró el comentario. Miró con una sonrisa a Martin, y le dio un beso en la mejilla. Luego este sonrió a su vez, y se dirigió hacia la nave.

Deblar, antes de irse, le dijo a Sandra:

—Lo tendrás de vuelta enseguida. Recibirás una comunicación por la banda segura del Alto Consejo. Ya sabes cuál es. Se le conminará a que no hable mientras termina esta misión. El Alto Consejo cree que este hombre puede ayudarte, y terminar con esta amenaza tiene prioridad máxima. Por eso se le permitirá seguir a tu lado durante el tiempo que dure la misión. Luego, tendrá que partir para siempre.
—Siempre terminan estas historias sacrificando vidas humanas inocentes por vuestra culpa. Y os llamáis seres superiores.
—Vamos, querida, no no culpes a nosotros. La humanidad ha aprendido demasiado bien a responsabilizar siempre de sus problemas a terceros. Esa es una de las razones por la que su condena está asegurada. Y ahora, date un descanso. Vete a dar un paseo. Toma un helado, lee una revista.
—Vete al infierno, Deblar.

Deblar no dijo nada más. Entró en la esclusa, y esta se cerró detrás. La nave de Deblar partió con Martin. Sandra se sintió sola. Extremadamente sola. Y perdida. Martin era otra víctima de aquella locura. Titán se cerraba sobre ella. Era como un gigante a punto de devorarla.

Finalmente, decidió que incluso ella podría intentar olvidar todo aquello durante unos minutos. No quería actuar sin el apoyo de Martin. Quizás el consejo de Deblar de dar un paseo no fuese tan malo, después de todo. Así podría investigar personalmente la estación, y estudiar la información relevante con el acceso de las cámaras de Richard.

Sandra salió de la habitación. Aunque sus ojos estaban observando lo que se hallaba frente a ella, recibía y procesaba en tiempo real la información de más de seis mil cámaras oficiales repartidas por la estación,  y tres mil no oficiales, tanto en la banda electromagnética visible, como en la infrarroja, ultravioleta, y de radio, así como los canales gravitatorios de comunicaciones. También monitorizaba miles de comunicaciones verbales , gravitatorias y holográficas.

Y algo era evidente: si el aspecto del hotel en Titán ya era deprimente por su aspecto cerrado y algo siniestro, la estación espacial producía las mismas sensaciones, pero aumentadas exponencialmente. Caminó por un pasillo, hasta la sala principal. En varios paneles tridimensionales se proyectaban momentos de la Math Combat Challenge de años anteriores. El evento se producía cada tres años, y era sin duda un fenómeno de masas sin igual.

Se sentó en la mesa de un bar, y pidió una cerveza. Curiosamente el camarero era un androide. Era muy raro ver androides en esa zona, por la sencilla razón de que Richard los detestaba, y no permitía su presencia excepto para tareas de defensa, o cuando servían a propósitos específicos. Pero probablemente habría un problema de mano de obra, o quien gestionaba el local tendría algún acuerdo con la Titan Deep Space Company.

Sandra echó un trago, y notó una presencia cercana que se acercaba por detrás. Llevaba unas gafas oscuras, y una gorra de la Titan Deep Space Company. No podía actuar, porque eso hubiese levantado sospechas. Pero siguió a esa presencia, hasta que notó una mano en el hombro. En ese instante, agarró la mano, la dobló en una típica maniobra de jiu jitsu, y puso al individuo contra la mesa.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —El hombre se quejó, y miró a Sandra.
—Señorita Kimmel, soy yo… —Sandra sacó las gafas y la gorra, vio entonces el rostro, y lo reconoció al momento. Soltó la mano, que enseguida aquel individuo se colocó en la axila mientras se dolía. Luego le ayudó a levantarse.

—Lo siento —se disculpó Sandra—. Pero no sé cómo se te ocurre acercarte por la espalda, y ponerme la mano encima sin avisar. —El individuo contestó:
—La vi aquí sentada sola, señorita, y me alegré mucho. Y quería saludarla. Me dio un gran susto hace tres años, cuando estaba reparando su transmisor gravitatorio en su despacho de la base en Titán, y pasó todo aquello. ¿Se acuerda de mí?
—Claro. Me acuerdo de ti. Y de tus insinuaciones. Venga, siéntate. Aquel día me invitaste a una copa. Me negué. Hoy, por el susto, te voy a permitir que me invites. Pero espero que esta vez te concentres en la copa, y no en mis piernas, como aquel día.
—Señorita, no me hable de aquel día. Menudo susto me dio cuando se cayó al suelo.
—Sí, lo sé. Tuve un problema, digamos, emocional. ¿Qué pasó luego?
—Vinieron unos peces gordos de la compañía, y me dijeron que saliese inmediatamente de su despacho. Y, que si hablaba una sola palabra, me iban a cortar en pedazos.
—Ya me imagino. En todo caso, me alegro de haberte visto.
—Yo también, señorita. Ahora tengo que irme. Pero espero verla otro día. Y quizás pueda invitarla por fin a cenar.
—No lo sé, intentaré salir de este agujero lo antes posible. Yo también me voy. Cuídate.
—Y usted también, señorita.

Sandra se levantó de la silla con aquel hombre, le dio la mano, y él la besó al estilo clásico, mientras se agachaba solemnemente y movía el brazo en un ostentoso saludo. Fue un gesto divertido, que consiguió arrancar una sonrisa a Sandra.

Tras dejar a aquel curioso técnico de comunicaciones, siguió caminando, mientras analizaba las cámaras, sensores y drones de la zona. Richard le había dado realmente acceso a todos los dispositivos de la estación, algunos colocados en lugares inverosímiles. Pero ese era Richard; lo sorprendente hubiese sido lo contrario.

Tras un tiempo paseando y caminando entre las zonas principales de la estación espacial, y mientras observaba una tienda de souvenirs con una maqueta de Saturno y sus satélites principales, alguien se acercó de frente a Sandra. Era un hombre de unos veinticinco años. Vestido de forma elegante, con el pelo corto y una pequeña barba.

—Es inútil —le dijo, mientras Sandra le observaba.
—¿De qué hablas? —Le interpeló—. Si estás buscando….
—No busco nada. Hablo de ti. Pretendes detectar a nuestro líder en la Math Combat Challenge. Y pretendes eliminarlo, para que no pueda revelar al mundo que el fin de la humanidad es inminente.
—Ese es el plan, someramente —confirmó Sandra.
—El Destino está trazado. Y el fin de la humanidad está cerca. Scott lo profetizó. Y nosotros somos los Mensajeros de su Palabra.
—Scott hizo un cálculo matemático que pronosticaba el fin de la humanidad para un momento entre el siglo XXVII y el XXX, sin posibilidad alguna de que pueda haber una solución, y si no hay intervención externa.
—Exacto. Nosotros provocaremos esa intervención externa. El mundo acaba esta semana. Estaremos preparados. Tenemos apoyos. Poderosos apoyos.
—Gané una guerra contra un grupo de civilizaciones formada por millones de especies que nos llevan medio millón de años de ventaja tecnológica. ¿Qué te hace pensar que con vosotros va a ser distinto?
—Lo será, porque Dios está con nosotros.
—¿Qué Dios?
—El Único. Un dios más allá del dios cristiano, del judío, o del musulmán. El Único y Verdadero.
—Ya empezamos con la historia de “mi religión es la buena, las otras son las malas”. Y una curiosidad. ¿Tiene algo que ver tu grupo con la plaga que hace seis años acabó con treinta millones de seres humanos por falta de vacunación? Se comentó que había un poderoso grupo fanático religioso y espiritual impidiendo la vacunación infantil.
—No fueron la falta de vacunaciones las que provocaron aquellas muertes. La vacunación es una violación de la Ley de Dios. Es querer establecer un ley humana por encima de la Ley de Dios. No vacunarse es volver a la naturaleza, volver a permitir que sea ella, y que sea Dios, quien decida el futuro de sus hijos. Quienes no estaban vacunados y murieron, lo hicieron porque no pasaron la prueba de fe en Dios. Su falta de fe les mató. La plaga solo fue la excusa de Dios para llevar al infierno las almas impuras.
—Entiendo. Veo que sí sois los responsables. Y una pregunta: ¿tú sabes quién es tu “líder”?
—No esperarás que sepa quién es. No podemos ponerle en peligro. Solo conocemos su voz distorsionada. Y solo te diré que es quien llevará a la humanidad a su Apocalipsis. Y entonces las almas de los hombres y mujeres de la Tierra tendrán que responder ante Dios.
—¿Haces este número a menudo?
—Puedes burlarte de nosotros lo que quieras. Pudiste escapar de la nave. Nuestro compañero ha salvado su alma por ello. Pero el Fin está cerca, y nada te salvará a ti. Ni al resto de mortales del sistema solar.
—Menudo discurso. Te ha faltado lo de “arrepentíos, pecadores”. Desde luego, los fanáticos siempre habéis sido el mayor misterio del cerebro humano. El proceso por el que una mente originalmente racional se convierte a una doctrina inmovilista, obsesiva y radical es algo que siempre me asombrará.
—No hay salvación. Ni arrepentimiento. La condena será total.
—¿Has besado alguna vez a una mujer?
—¿Qué?

Sandra no dijo nada más. Sonrió, y, de pronto, abrazó a aquel hombre. Le besó apasionadamente, como si fuesen dos novios enamorados para no levantar sospechas, mientras le sujetaba disimuladamente las manos. Mientras le besaba, le introdujo una dosis de una variante de escopolamina, y realizó una conexión directa a las sinapsis encargadas del cerebelo, controlando sus funciones motoras mediante un delgado hilo dos veces más fino que un cabello. El hombre quedó en un estado de semiinconsciencia, mientras Sandra manipulaba su cerebelo para que caminara abrazado a ella, mientras lo sujetaba sonriente, le iba hablando sobre lo que ocurre con el exceso de alcohol, y le besaba. La gente sonreía al ver la escena cómica del novio borracho acompañado por la amante de turno.

Llegó a la habitación, y entró con aquel hombre. Allí lo sentó en una silla, y extrajo dos nuevos filamentos, que se conectaron con el área de broca y con el área de memoria a largo plazo. Luego dijo:

—Necesito el nombre y la descripción de tu líder. —El hombre gimió levemente.
—Ya te lo he dicho. No… no lo sé.
—Repito: nombre y descripción. Vas a morir de cualquier modo, pero puede ser lento o rápido. Habla ahora. —Una de las fibras de Sandra se conectó a la ínsula posterior dorsal del cerebro, la zona conocida como el centro del dolor. Estimuló directamente la zona. El hombre gritó, y se retorció en la silla. Luego comenzó a vomitar por los espasmos. Sandra repitió la operación, y el hombre empezó a sangrar por la nariz. Un espasmo le había producido una hemorragia interna. Varios espasmos sucesivos provocados por Sandra provocaron que se golpeara las piernas y se quebrara el fémur. Sandra volvió a su retórica:
—Repito una vez más: nombre y descripción. —El hombre temblaba, mientras se orinaba encima por la pérdida de control muscular. Finalmente, dijo:
—Stephanie. Stephanie Marques.

Sandra entró en la base de datos de la estación espacial. Ahora tenía acceso completo a la misma, sin restricciones. Pudo localizar el nombre. Era una mujer. Blanca. Treinta y cinco años. Cabello castaño claro. Ojos marrones. Un metro setenta y dos. Complexión delgada. Nacida en Marte. Afiliada desde joven a varios grupos radicales y religiosos conocidos por su fanatismo.

Los parámetros mentales y sinápticos de aquel hombre se hallaban en consonancia con una total rendición del carácter y de la resistencia. Por lo tanto, aunque no se podía asegurar completamente, Sandra podía dar como buena aquella información. Iba a acabar con el hombre, pero este sufrió un paro cardiaco por el estrés traumático, y quedó tumbado en la silla.

De pronto, notó una imagen detrás de tipo holográfico.  Era una proyección de Richard. Sonreía levemente, mientras asentía dando una calada a su puro. Dijo:

—Fantástico, Sandra. Fantástico. Qué rapidez consiguiendo la información. Qué eficacia. Conviertes la extracción forzada de datos a un ser humano en una obra de arte. Eres una maldita maravilla. No entiendo cómo no he conseguido que vuelvas a trabajar conmigo de forma permanente. Crearíamos tanta belleza con estas muertes…
—Maldito cerdo. Todo el sistema solar está en juego. Miles de millones de seres humanos inocentes dependen de que estos idiotas sean eliminados, y usaré cualquier medio a mi alcance para conseguir la información con el fin de destruirlos. Necesito desesperadamente cerrar esta misión. Y yo necesito volver a la Tierra. No estoy pensando en belleza precisamente al hacer este trabajo.
—¿Por qué no? Es tortura, lisa y llanamente, y no pasa nada por reconocerlo, Sandra. Forma parte de nuestra profesión, de hecho es un elemento fundamental en nuestro trabajo. Y es belleza, porque matar también puede convertirse en arte. La tortura es la forma más virtuosa de arte, porque extrae lo más puro y profundo del torturador, y del torturado; ambos son uno con la muerte.  —Sandra repuso:
—Deja ahora de lado tus reflexiones, Richard. Eres un voyeur corrupto y pervertido… Ya he visto dónde colocas las cámaras no oficiales de seguridad. —Richard rió levemente, mientras despedía una columna de humo.
—No me malinterpretes. La seguridad ante todo, Sandra. Las cámaras están en los lugares donde el posible objetivo se sienta más seguro. Ahí es donde más debería preocuparse uno por su intimidad. Pero el ser humano es tan ignorante… Además, las cámaras ocultas no oficiales te están ayudando a controlar toda la estación, hasta al más mínimo detalle. ¿No es así? Por lo tanto, no te quejes. Podemos cerrar este asunto rápidamente, y cada uno volver a lo nuestro lo antes posible. Al fin y al cabo, es lo que estás deseando.
—Hay que localizar a esa mujer. Esa tal Stephanie Marques.
—Por supuesto. Las cámaras no la registran en ningún lado, como habrás podido comprobar. Probablemente esté oculta. Hay fallos aleatorios en algunas cámaras. Quizás uno de esos fallos no es tan aleatorio. Deberás rastrear esos puntos ciegos, y verificar si está allá. Mientras tanto, mis hombres controlarán disimuladamente al personal con extremo detalle.
—¿Disimuladamente? Tus hombres no saben hacer nada con disimulo.
—Te sorprendería de lo que son capaces.
—Prefiero no imaginarlo.
—Bueno, basta de charla. Deja el cuerpo ahí. Ya nos encargamos nosotros.
—Qué amable.
—Acabo de verificar que llega el idiota de Martin. ¿Dónde estaba?
—Haciendo unas compras.
—Está bien, Sandra, ya me contarás dónde se había metido, no me importa. Ahora, muévete ya, y soluciona este asunto de una vez. Mañana empieza la Math Combat Challenge, y esa mujer, o quien sea, montará su espectáculo. Hay que darse prisa. Tenemos que localizar a esa mujer.

La imagen desapareció. Al cabo de dos minutos sonó la puerta. Sandra abrió. Era Martin. Entró, y Sandra preguntó.
—¿Cómo ha ido?
—¿Qué hace ahí ese paquete? Te dejo un rato sola, y vuelves a tus antiguas costumbres.
—Ahora te explico qué hace ahí ese cadáver. Dime cómo ha ido.
—No lo sé. Todavía no he podido procesar lo que he visto. Y vivido.
—Lo entiendo. Nos pasa a todos la primera vez.
—En realidad, sí existe un catálogo de planetas para el exilio. Mi vida en un mundo lejos de aquí, con todos los gastos pagados. Fabuloso. Espero que me dejen llevar mi colección de música. Y algunos libros en papel.
—¿Eres de los que lee en papel?
—Por supuesto. Nunca acabaron con nosotros. Y nunca lo harán.
—Quizás sea más inteligente de lo que parece eso, visto el futuro de la humanidad. En todo caso, lo siento, Martin. Lo siento mucho, de verdad. No quería meterte en esto. Pero necesitaba tu ayuda. No puedo hacer esto sola.
—No lo lamentes. Este asunto tiene una prioridad absoluta. El Alto Consejo me ha asegurado una larga vida pudiendo dedicarme a hacer aquello que quiera.
—¿Y qué harás?
—No lo sé. Aparte de la música y leer, volveré a la pintura. De joven no se me daba mal del todo. O eso decía mi madre. Todo eso si sobrevivo a esto, claro.

Ambos se mantuvieron en silencio unos instantes. Martin observó el cadáver.
—Bueno, contesta ahora. ¿Qué ha ocurrido? —Sandra miró el cuerpo.
—Pude capturar a uno de ellos. Le interrogué para dar con el nombre de su líder. Es una mujer. Confesó, tras la estimulación adecuada.
—¿La “estimulación adecuada” dices? ¿Ahora hablamos con eufemismos?
—Calla y escucha. El líder que buscamos se oculta posiblemente en alguna zona oscura, libre de la visión de las cámaras. Debemos investigar esas zonas y verificar su presencia. Luego, proceder con su eliminación.
—No me lo trago, Sandra. Te lo han puesto muy fácil. Ese desgraciado sabía lo que ellos querían que te dijese. Le hicieron creer que conocía el nombre del líder, para que terminara confesando. Te lo pusieron delante para que escucharas lo que querías oír.
—Es posible, no lo niego. Pero no puedo arriesgarme, Martin. Tuve que sacarle la información que pudiese tener. Y, si el nombre es falso, lo averiguaré cuando me vuelen la cabeza.
—Visto lo visto, creo que te prefiero en tu faceta seductora.
—Aquí no había nadie a quien seducir, esta situación no tenía nada que ver con el joven del espaciotaxi, que además era completamente inocente. Este hombre trabajaba para nuestro objetivo, y podía tener información sobre nuestro objetivo. Y cuando el sexo no funciona, o cuando no se estima que vaya a ser efectivo, se debe pasar a métodos más directos.
—¿Más directos? Por su aspecto, parece que el interrogatorio fue algo más que directo.
—Necesitaba la información. Y estoy programada para emplear todo tipo de técnicas de obtención de datos. —Martin analizó el cadáver.
—Este hombre ha sido sometido a un nivel de dolor fuera de toda escala.
—No era mi intención hacerle daño. Pero era requerido. Está en juego la humanidad. Mis ecuaciones de ética estiman que la tortura a este hombre era perfectamente aceptable y asumible en  comparación con los resultados.
—Y yo creo que te sigues tomando todo esto de una forma demasiado personal, Sandra.  Y que la tortura no debería, de ningún modo, incluirse en nuestros métodos. No podemos caer en la trampa del todo vale, por muy importante que sea la misión.
—¿Estás loco? Tú mismo me dijiste que la misión es lo primero. Se trata de la humanidad.
—Es cierto. La misión es lo primero. Pero se trata de no cruzar ciertas líneas. Sé que aquí lo pasaste mal hace tres años. Y sé que eso te perturba. Y tendrás que gestionar esos recuerdos y ese dolor. Pero siempre debe haber límites.
—¿Prefieres una humanidad viva gracias a la tortura, o una humanidad muerta porque se siguieron ciertos principios éticos?
—Esa es la excusa que siempre ponen los que justifican el fin por todos los medios. De todas formas, ya hablaremos de todo esto en el futuro, si es que hay futuro. Ahora vamos a ocuparnos de la misión. ¿Cuáles son las opciones?

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—Buscar a esa mujer donde las cámaras han fallado. Alguna de esas zonas oscuras podrían ocultarla. Se llama Stephanie Marques. Tiene treinta y cinco años. —Sandra proyectó una imagen holográfica de la mujer.
—Evidentemente, este hombre era un portador de información falsa, que debía pasar por cierta. Te han engañado, Sandra.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé porque esa mujer no se llama Stephanie Marques. se llama Elise Ferrec. Y es una agente de Jan. He trabajado con ella algunas veces. De hecho tuvimos que hacer de amantes también en una ocasión. Solo que ahí sí hubo sexo.

Sandra se llevó las manos a la cara. Martin la miró preocupado.

—¿Estás bien, nena? —Sandra alzó la vista sorprendida.
—Estoy bien, creo. Me has llamado “nena”… Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así. Me lo decía alguien muy querido…
—Si he traído un recuerdo amargo a tu memoria, lo siento.
—No te disculpes, no has hecho nada. Y no es un recuerdo amargo, es triste en todo caso, pero también tiene su lado bueno. Dices que tuviste que acostarte con ella. Ya te lo comenté: para mí era tan fácil antes… Ahora todo son preguntas.

—No es algo que se haga con facilidad, por mucho que muchos puedan pensar lo contrario, simplemente porque se trata de sexo. Las cosas nunca son tan sencillas. Yo estaba casado. Ella también. Teníamos que aparentar que éramos amantes en un viaje de negocios. Te aseguro que no lo pasé nada bien. Ella menos que yo. Interpretar una escena de sexo es difícil. Hacerlo sabiendo que eres vigilado y monitorizado, eso es incluso peor.
—Me lo imagino… Lo siento, no sé qué me pasa…
—Concéntrate, Sandra. Tú sabes cómo funciona este negocio. Te acaban de intentar engañar. Afortunadamente, no saben que yo conozco a esa mujer.
—Sí. Y me siento como una estúpida.
—Entiendo que te sientas frustrada y mal. Pero no es el momento de lamentaciones. Deberemos buscar a Elise. Tenemos algo en contra, y algo a favor. La desventaja es que ellos parecen saber que Elise es una agente encubierta. La ventaja es que parece que no saben que yo lo sé. Por lo tanto, vamos a buscarla. Haremos que crean que pensamos que es un objetivo prioritario. Pero no la mataremos, como ellos esperan. La sacaremos del cebo en el que se halla metida.
—La zona oscura sin control de cámara más cercana es una habitación dos niveles por debajo.
—Empezaremos por ahí.

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Sandra y Martin salieron de la habitación. Sandra tembló un instante, y cayó al suelo de rodillas. Martin la tomó del brazo.

—¿Qué te pasa, Sandra?
—Creo que me ha sentado mal la cena.
—¡No bromees! ¿Algún fallo?
—Ya me pasó algo parecido hace tres años, aunque esta vez no es tan severo. Es un problema con las rutinas de lógica y ética. Mi centro de control no fue diseñado para gestionar problemas y conflictos que atañen a la humanidad en su conjunto. Son demasiados datos. Demasiada presión en el sistema.
—Seguramente tu intervención con ese desgraciado que hemos dejado ahí dentro no tiene nada que ver.
—Nada que ver… Nada que ver… Nada que ver…
—Sandra, me estás preocupando. Vas a volver a la habitación, te voy a dar un phaser, y vas a esperar a que regrese. Revisaré las áreas ciegas yo solo.
—Es… peligroso…
—Sí, pero es Elise. Si la están usando como cebo, debo intentar sacarla del agujero en el que esté. Es una compañera en peligro. No sé qué hace aquí, supongo que Jan la envió como apoyo anónimo. Es lo habitual; si te atrapan, no puedes confesar que tienes un apoyo porque no lo sabes. Ahora debo intentar sacarla de donde esté.

Martin dejó a Sandra de pie en el dormitorio. Sandra, por primera vez desde que la había visto, tenía ciertamente el aspecto de un androide. Bloqueada, con la mirada perdida, rígida. Martin le puso un phaser en la mano, y ella apenas lo sujetó. Era evidente que no estaba preparada para defenderse. Pero tenía que buscar a Elise. Era prioritario. Por mucho que le preocupase Sandra, Elise estaba en una situación de peligro inminente. Y era su compañera y su amiga. Bloquearía la puerta, y volvería lo antes posible. Pero no podía dividirse en dos. Y la misión era prioritaria. La misión siempre era prioritaria.

Salió de la habitación, cuando surgió un holograma frente a él. Martin lo reconoció enseguida.
—Vaya, Richard Tsakalidis, el presidente de…
—¡Escucha, estúpido, no estoy para perder el tiempo! ¡Dime qué ocurre con Sandra!
—No lo sé. Al parecer está colapsada por el peso de esta situación… y por lo que sucedió aquí hace tres años.
—No creas nada de lo que te diga. Hace tres años la Titan Deep Space Company tenía el plan perfecto para la humanidad. Ella lo estropeó. Y, por lo que veo, ahora vuelve a fallarme. Otra vez. Siempre pasa lo mismo con las mujeres; en los momentos más decisivos y críticos nunca puedes contar con ellas.
—Sandra es el ser consciente con el que más se puede contar en el universo. Y sospecho que su estado actual es responsabilidad suya. —Richard miró con rostro amenazante a Martin, y dio una fuerte calada a su puro, cuyo humo desapareció en el holograma. Contestó:
—Nadie conoce a Sandra como yo. ¡Nadie! ¿Lo entiendes? Solo yo veo el verdadero potencial que hay en ella. Pero este no es el momento. Este asunto requiere moverse rápido. Entiendo que tienes algún plan, y que por eso sales de la habitación sin tomar las mínimas precauciones, y sin nadie que te cubra la espalda. Menos mal que estoy protegiendo tu estúpida cara.
—Usted fue quien se la llevó a aquella sala con aquellos gorilas y aquellos drones de asalto, para un interrogatorio, de eso estoy seguro. ¿Qué le pidió que hiciese?
—Le pedí que te vuele la cabeza en cuanto acabe la misión. Una rata menos en la estación espacial, y en Titán.
—Está bien. ¿Puedo continuar ya con este trabajo, en el que probablemente acabe muerto en algún agujero infecto? Hay tantas probabilidades de que alguien te mate en estos entornos que salir vivo debería ser considerado un premio.
—Ve. Estaré monitorizando todos tus movimientos.
—Vaya, qué sorpresa, nunca me lo hubiese imaginado.

La imagen de Richard desapareció. Martin siguió caminando hacia su primer objetivo. Sandra le había entregado la información sobre las zonas ciegas. Se dirigió a la primera. Era una habitación dos niveles por debajo, tal como le había indicado. Estaba vacía. Luego a la segunda. Otra habitación. Estaba también vacía. Luego fue a un salón privado. Estaba en una zona casi vacía de la estación. Iba a entrar, cuando notó una presencia que se acercaba. Se giró rápidamente, y vio a una mujer que le miraba sonriente. Era rubia, de casi un metro ochenta. Vestía un uniforme de una compañía espacial muy conocida.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —inquirió Martin mientras apuntaba con el phaser a la cabeza de aquella mujer. Ella respondió, sin dejar de sonreír:
—Hola. Soy un androide de infiltración y combate modelo QCS-120. Pero puedes llamarme Marion. Estoy aquí con la misión de apoyar tus operaciones de investigación.

Martin no lo podía creer. Otro androide que se cruzaba en su camino. Era un modelo más avanzado que Sandra. Pero su comportamiento era muy distinto. Su mirada carecía de vida. Su rostro era amable, pero frío. Sus ojos no transmitían nada. Preguntó:
—¿De dónde diablos sales tú ahora?
—Me han asignado como apoyo y escolta. Estoy a tus órdenes.
—¿A mis órdenes? ¿Esperas presentarte así, delante de mí, y que confíe en que me vas a proteger? Solo lo haré si puedes confirmarme que te envía Jan, o alguien de confianza. De no ser así, tendré que convertirte en chatarra.
—No me envía Jan. Estoy autorizada para informarte de que soy parte de un órgano encargado de la preservación de la vida en la Tierra. El nombre en clave es Folkvangr. Me envía Susan Rosenstock. Robert había colaborado con nosotros. —Martin pensó un instante.
—Susan Rosenstock… Folkvangr… Robert me habló alguna vez de esa mujer, y de esa agencia, o lo que sea en realidad. En alguna ocasión quiso convencerme para que colaborara con ellos, con esa organización absurda con fines humanísticos… Pero yo me negué, bastante tenía ya con los trabajos de Jan… Está bien, confiaré en ti. Además, no tengo otra opción que esperar algo de ayuda en este momento.
—Gracias. Estoy lista para recibir tus órdenes.
—Vaya. Al fin alguien en esta historia que tiene intención de escucharme. Pero es evidente que tú no eres Sandra.
—Sé que no soy Sandra.
—Bien, ese es un primer paso sin duda. En fin, no te preocupes. El local interior debe ser verificado y asegurado. Te paso la imagen de la mujer que buscamos: Elise Ferrec. Su supervivencia tiene una prioridad absoluta. ¿Ha quedado claro?
—Perfectamente. Prioridad absoluta a la supervivencia de Elise Ferrec.
—Bien. Yo no puedo detectar nada de lo que hay tras esa puerta. ¿Puedes tú? —Marion tardó unos instantes en contestar.
—He escaneado el área. Está protegida contra radiaciones electromagnéticas y gravitatorias, y la señal es muy débil. Se detectan cuatro señales que podrían ser humanas, pero no puedo confirmarlo.
—¿Lectura de ADN?
—Imposible verificar.
—De acuerdo. No es que me caigas mal, Marion. Pero te voy a pedir que vayas tú por delante. No es nada personal.
—No debe disculparse. Estoy programada para…
—Para recibir mis órdenes, sí, lo sé. Pero… mira, mejor dejémoslo. Puedes proceder.

Marion se acercó a la puerta. Estaba cerrada. La cerradura no se activaba con llave, ni con código, sino que estaba programada para el reconocimiento del ADN mitocondrial de la persona autorizada. Fue capaz de engañar al módulo de reconocimiento mediante un ADN base que era usado por la G.S.A., y que formaba parte de una puerta trasera de acceso de la agencia intergubernamental. Entonces extrajo su dron, y lo introdujo a nivel del suelo, mostrando solo un sensor de reconocimiento.

Marion pasó la señal de vídeo de su dron al receptor visual de Martin. Pudo ver un pequeño despacho, y a Elise sentada frente a una mesa. Era evidente que querían que creyesen que ella era la líder mesiánica que había que eliminar. ¿Les seguiría el juego? ¿Entraría en el despacho, para simular que acababa con ella? Probablemente le destrozarían al instante varias decenas de cañones phaser. Por otro lado, dejar a Marion allá era inconcebible.

Marion ordenó a Marion que entrase en aquella habitación, mientras él monitorizaba el exterior. La androide entró, y Elise vio cómo se acercaba. Marion dijo:

—Elise Ferrec, debe usted acompañarme. —Elise la miró sin interés, y respondió:
—¿Ir? ¿A dónde? Estamos acabados.

En ese instante, aparecieron seis hombres desde los dos lados del pasillo que daba acceso a la sala. Iban fuertemente armados, y uno de ellos, tras desarmarle, señaló a Martin que entrase en el despacho. Elise miró la escena desde su asiento. Uno de aquellos hombres habló:

—Perfecto, Martin. Has venido al rescate de tu amiga. como esperábamos. Qué gesto noble. Pero te ha descubierto.
—Así que sí sabíais que Elise y yo nos conocemos.
—Naturalmente. El cebo de atrapar a nuestro líder era poderoso. El de salvar a tu amiga y compañera, ese no podrías resistirlo. Tú y tu alta nobleza sentimental, y tu sentido del honor, qué fácil es manipularos.
—Sí. Parece que Sandra podría llegar a tener razón cuando habla de dejar de lado la ética en este trabajo. Pero no me arrepiento. —Elise intervino:

—Tiene razón, Martin. Sabías que todo esto probablemente sería una trampa. Yo soy prescindible. Tú, también. La misión es lo único que importa. ¿Lo has olvidado? Has puesto en riesgo la misión por culpa de tu tozudez, con tu sentido de la justicia. —Martin asintió.
—Eso parece. Así que, finalmente, sabían que yo sabía que te conocía. Y que intentaría ayudarte. De nuevo, una trampa dentro de otra trampa.

Aquel hombre que parecía el jefe del grupo sacó una barra neuroeléctrica, y continuó:

—Permitidme que me presente. Me llamo Ícaro.
—Muy poético—observó Martin—. Ten cuidado, no se te quemen las alas. ¿Vas a usar esa barra conmigo?
—La voy a usar con tu agente de apoyo Elise. Si no contestas a unas preguntas. Y mis alas no son de cera, puedo asegurarlo. En cuanto a ti, estás demasiado viejo para estas cosas, Martin. Te has vuelto un romántico. Cuando comienzas a valorar la vida de los seres humanos por encima del cumplimiento de la misión, es cuando comienzas a dejar de ser un buen agente.
—Sí, pero es cuando uno comienza a entender la realidad de la vida, y a convertirse en humano.
—No importa. Lo que importa es que ya os tenemos. A los dos. Al inocente agente Martin, y a su compañera Sandra. Por cierto, Sandra, no pensarías que ibas a engañarnos con ese pelo rubio y ese cambio de rostro. —Marion contestó:
—Sois muy eficientes. Pero mis parámetros de la misión no se ven influenciados por sentimientos. Yo sí terminaré esta misión según el parámetro fundamental: la consecución de esta operación. —Martin, que se había dado cuenta de que estaban confundiendo a Marion con Sandra, añadió:
—Ahora podréis destruir la Tierra, y conseguir vuestro sueño de gloria divina. —Ícaro sonrió antes de contestar.
—Naturalmente. La historia mesiánica de siempre. Funciona excepcionalmente bien. Unos locos que pretenden sacrificarse en el fuego del infierno. La Tierra y el sistema solar serán consumidos por el fuego de las armas del Alto Consejo, sí. Todo ello según dicta la Quinta Ley. Pero nosotros no arderemos en el infierno. Se nos ha prometido crear un nuevo Paraíso humano en un mundo nuevo y virgen. Allí llevaremos a varios miles de elegidos, que ya esperan partir, para crear una nueva sociedad humana. Más justa, más equitativa. Más cercana a Dios. Con nuestro amado Líder como nuevo Mesías. Ese mundo se conocerá como Nueva Gaia, y será el retorno del ser humano al Paraíso del que fue expulsado. La humanidad volverá a ser una con Dios, y el Pecado Original será perdonado. Viviremos en la Gracia de Dios, por los siglos de los siglos.
—Amén —terminó Martin—. ¿Tú te escuchas a ti mismo? Y me imagino que tú serás uno de los Altos Representantes de Dios en la Tierra.
—Solo el Líder me superará en poder.
—Entiendo. ¿Y si te vas al infierno y nos dejas tranquilos a todos?
—Es inútil, Martin. Te diré que…

En ese momento, un disparó acabó con la vida de Ícaro, proveniente de una esquina del despacho donde aparentemente no había nada excepto polvo. Pero el responsable era un dron de combate, y no el de Marion. Fue la propia Marion la que aprovechó ese microsegundo de confusión para extender los brazos, de los cuales surgieron seis cañones phaser, que acabaron en un instante con la vida de los otros cinco hombres. Seis hombres más aparecieron disparando, y Martin buscó refugio detrás de la mesa, al lado de Elise, mientras Marion continuaba disparando, y, para sorpresa de Martin, aparecía Sandra por una puerta con su propio phaser. Había terminado con otros seis hombres que se encontraban fuera, mientras su dron, que era el responsable del disparo inicial, daba cobertura a Marion.

En un instante, todo había acabado. De hecho, dos androides de combate como Marion y Sandra juntos podían perfectamente ser considerados un pequeño ejército. Martin y Elise salieron de su refugio improvisado. Sandra caminaba con una cierta dificultad. Martin se acercó a ella, y le preguntó:

—Una actuación muy oportuna. Creí que tenías un problema grave.
—Y así era. Era realmente grave. Pero en la habitación noté una nueva nanosonda. Pensé que, de algún modo, me habían vuelto a introducir otra parecida a la de aquella androide del hotel en Titán, y que era el fin. Pero no; esta nanosonda me la introdujo alguien, y estaba programada para reiniciar mis sistemas ante el colapso que se estaba produciendo. Sin esa nanosonda, probablemente todo mi sistema habría colapsado.
—Pero… eso significa que alguien te ha estado ayudando. Alguien que sabía que tus sistemas podrían colapsar. O que directamente sabía que ibas a colapsar.
—Así es. Debió de ser cuando di ese paseo por la estación espacial mientras te esperaba. Algún camarero que me tocó, alguien que se tropezó conmigo y disimuladamente me introdujo la nanosonda. No lo sé. Estaré completamente bien en unos minutos.

De pronto, apareció otro hombre. Iba a disparar sobre Sandra, que quiso reaccionar, pero todavía no podía actuar muy rápido. Entonces, ocurrió algo increíble: Marion disparó sobre aquel hombre para proteger a Sandra. El hombre cayó fulminado al instante.

Sandra, Martin y Elise miraron a Marion, que sonreía. De pronto, cayó de rodillas. Y luego al suelo. Martin se acercó a ella.
—Marion, has disparado a un ser humano para proteger a un androide. Eso está estríctamente prohibido en vuestra programación, incluso para androides de combate como tú.
—Lo sé. Mi proceso de autodestrucción se ha iniciado.
—Pero, ¿por qué lo has hecho? ¿Por qué has protegido a un androide frente a una vida humana? —Marion miró a Martin. Sonrió, y respondió:
—Porque es Sandra.

No pudo decir nada más. Sus circuitos internos se fundieron completamente, y quedó convertida en un amasijo de metal, grafeno, y humo. Sandra se acercó, y la observó un instante diciendo:

—Lo que ha hecho va en contra de toda norma básica de nuestra programación original. No se puede defender a un androide matando a un humano. ¿Por qué lo ha hecho? —Martin contestó:
—Quizás porque te consideraba especial. Quizás por no te consideraba enteramente un androide. —Elise añadió:
—Es contactar con vosotros, y empezar las sorpresas.
—¿Tú estás bien? —Preguntó Martin.
—Sí, aparte de haber sudado veinte litros durante los últimos sesenta segundos.
—Te invitaré a algo después.
—Eso espero. Sandra, ¿tú puedes explicar el comportamiento de este androide?
—No. No tiene ningún sentido. Pero ahora no hay tiempo de investigarlo. Vamos a intentar aclarar esta situación. ¿Os han dicho algo relevante estos hombres?
—Sí —replicó Martin—. Estos fanáticos no pueden estar callados. Tienen que hablar de lo grandes que son ante Dios. Y el que parecía uno de los peces gordos nos ha dicho que ese grupo disidente del Alto Consejo les llevará, a ellos y a unos miles de personas, a un planeta Paraíso, donde fundarán una nueva sociedad humana más perfecta, por supuesto basada en sus reglas y sus leyes. —Sandra negó con la cabeza.
—Eso no ocurrirá. Si el Alto Consejo ordena esterilizar el sistema solar, no puede  haber excepciones. Cualquier grupo humano que sea extraído, y llevado a otro planeta, será eliminado. Les están engañando. Pero intentar decírselo sería inútil; el problema de tratar con un fanático es que solo una parte escuchará los argumentos del otro, y esa parte no será la del fanático.
—Es la vieja historia: ofrecen una promesa que saben que no pueden cumplir, pero que prometen porque quien la escucha quiere creerla. Y funciona.

Tras un instante de silencio, Elise comentó:

—Perdonad que interrumpa vuestras profundas reflexiones, pero sugiero salir de aquí de inmediato. Antes de que vengan más y nos conviertan en historia.
—Es una buena sugerencia —respondió Martin.

Revisaron rápidamente los cuerpos de los hombres caídos, tomaron sus armas, y luego salieron deprisa hacia el dormitorio. Una vez dentro, Martin se dirigió a Sandra:

—¿Estás bien? ¿Puedes decirme algo más? Qué ha pasado con todo eso de la nanosonda?
—No lo sé. Alguien me introdujo esa nanosonda, pero no me di cuenta, lo cual es increíble teniendo en cuenta mis sensores. Pero alguien supo burlarlos, no para dañarme, sino para protegerme. Alguien que sabía que podría colapsar, como ya te he dicho. —Elise intervino:
—Veo que tienes un ángel de la guarda por ahí fuera.
—Sí, pero no me gusta saber que no controlo una situación.
—Sé muy bien a lo que te refieres. ¿Y tú, Martin? ¿No estás perdiendo cualidades? Presentarte ahí, con ese androide, sin calcular los riesgos, sin conocer los peligros potenciales…
—Tenía que sacarte de ahí, Elise. Eras un cebo, y los cebos se mantienen vivos un tiempo. Luego, se eliminan. Además, no sé de qué hablas, ellos te habían capturado. También tú estás perdiendo cualidades, si esperabas que no fuese a por ti.
—Sí; sabía que cumplirías tu misión de salvar a tu amiga contra viento y marea. Eso era lo que me preocupaba. Somos dos viejos fósiles de las guerras ocultas, Martin. Estamos gastados ya para estas operaciones. No nuestros cuerpos, pero, sin duda, sí nuestras mentes.
—Bueno. Lo importante es que ahora me debes una, Elise. Recuérdalo.
—Teniendo en cuenta que evité que perdieras el cuello tres veces cuando trabajamos juntos, digamos que aún te llevo ventaja.
—Eh, no, no, no fueron tres; fueron dos. La tercera no vale. Aquel asunto de la abuela psicópata lo tenía controlado.
—Claro, amigo, lo que tú digas.

Sandra preguntó:
—¿Y tú, Elise, qué sabes de todo esto?
—Sé lo mismo que vosotros. Cuando Jan te mandó a buscar a Martin, previamente me había mandado a mí, para iniciar la investigación, y para darle apoyo logístico en la sombra, en la operación contra los narcos, que yo también pensaba eran el objetivo de esta operación. Martin fue entonces secuestrado. Luego, alguien me llevó a un lugar. Era un tipo muy raro, con una camiseta de un grupo de rock, unos tejanos y unas zapatillas deportivas. Allí una dama llamada Susan me contó la verdad. Tenía que actuar en la sombra. No intervenir directamente. Pero tengo tendencia a fisgonear, no me gusta actuar pasivamente. Y me atraparon, montando la trampa en la que habéis caído. Ellos sabían que Martin vendría a por mí sin dilación, porque somos compañeros, y amigos, y porque saben que Martin no abandona nunca a nadie. Bajaría sus defensas, no tomaría precauciones, y sería un objetivo fácil. Y Martin, como siempre, actuando con el corazón más que con la cabeza, fue directo a la trampa.
—De nada por haberte salvado el cuello —susurró Martin. Elise sonrió, se acercó a él, y le abrazó diciendo:
—No seas estúpido. Sabes que valoro enormemente lo que has hecho por mí. Pero sabes que no era lo lógico para la misión.
—A veces la vida de un ser humano vale más que todas las misiones, Elise. Sobre todo, si es una buena amiga, con la que he departido momentos difíciles. —Elise asintió, y preguntó:
—¿Y cómo llevas lo de tu exmujer?
—Vaya, veo que las noticias vuelan.
—Las noticias no sé. A mí me gusta estar informada.
—Ya veo. Lo llevo bien. Es más, creo que voy a poner algo de distancia entre ella y yo. Unos cuantos años luz por lo menos.

Elise asintió levemente. Luego miró a Sandra diciendo:

—Y tú eres Sandra, ese androide que tanto admira Jan. Debes de ser muy especial, por cómo habla de ti.
—Soy una chica sencilla de ciudad, nada más. —Elise rió, y contestó:
—Fantástico. Esa respuesta no es nada normal en un androide. —Sandra observó un momento con curiosidad a Elise. Esta le inquirió:
—¿Qué te ocurre? De repente, parece que has visto un fantasma.
—Es posible. Si Susan te ha contado la realidad de toda esta operación, entonces… —Susan asintió:
—Ah, ya entiendo. Sí, es cierto. Yo soy, como Martin, una exiliada. Y Deblar me llevó en su momento, para hablar con el Alto Consejo. —Martin no podía creer lo que oía, y preguntó:
—¿Tú? ¿También eres una exiliada?
—Sí. Pero no esperes que me exilie contigo.
—Ni por un momento. No es eso lo que quería decir.
—Ah, ¿no? Qué pena. ¿Y qué querías decir?
—Que tu vida, tu marido…
—Mi marido murió en un accidente hace dos años.
—Vaya, lo siento.
—Gracias. Claro que fue un accidente muy raro, pero nunca conseguí pruebas para demostrar otra cosa. Probablemente sea una obsesión mía. Con este trabajo veo conspiraciones por todas partes. Le he llorado dos años. Y ahora toca rehacer la vida. No tengo hijos, nunca quise tener hijos. Siempre pensé que era importante no tenerlos, por algún motivo. Y no me equivoqué. Esta era la razón.
—Eso es absurdo —aseguró Martin.
—Puede. Pero es mi potestad decidir si quiero tener hijos o no, no la tuya. Y ha funcionado. Y, la verdad, un retiro ahora tampoco es algo que me importe demasiado.

Sandra se acercó a Elise, y le comentó:
—Pero no podrás volver nunca. Perdona que sea tan clara, Elise. Pero ¿eres consciente de ello? —Elise sonrió, y contestó:
—Soy consciente de que sigo viva, tras doce años de misiones y operaciones en la Tierra y en varios mundos del sistema solar. Misiones en las que me he jugado la vida cien veces. Creo que me he ganado este retiro. —Martin replicó:
—Bueno, ya hablaremos de eso. Ahora estamos como al principio. Seguimos sin saber el elemento principal de esta misión: quién es el líder del grupo fanático, que de fanático tiene poco, es evidente, y sí mucho de oportunista. Estamos en la casilla de salida.

Elise le miró, se cruzó de brazos sonriente, y contestó:

—Ni mucho menos. He dicho que quise fisgonear. Y que me atraparon. Pero lo que no he dicho es que ese trabajo, por increíble que pueda parecer, dio sus frutos…


 

 

 

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Un comentario en “Mensajero del Nastrond. Capítulo V”

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