Mensajero del Nastrond. Capítulo VI

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Este es el sexto y penúltimo capítulo de “Mensajero del Nastrond”, relato ambientado tres años después de “Las entrañas de Nidavellir”. Este relato se incluirá al principio del Libro XII cuando esté terminado. O no. Quizás termine conformando un libro propio en la saga, pero con un tratamiento específico. Ya veremos.

Elise dispone de información que pudo obtener durante su investigación previa, pero ahora deberán verificar si se trata de una nueva trampa, o si realmente esa información les puede conducir al objetivo. La Math Combat Challenge ya está a punto de ponerse en marcha, y Sandra y Martin deberán acudir como participantes al evento. O eso creen ellos…

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Habían pasado dos horas desde que Sandra, Martin y Elise llegaran a la habitación en la estación espacial. Eran las dos de la mañana, según el horario de la estación. Y según Martin y Elise, era la hora de dormir, fuese la hora que fuese. Ambos se encontraban realmente agotados. Martin dormía junto a Elise en la cama de matrimonio, después de que ambos acordaran que cualquier hipotético conflicto para dormir juntos se veía superado por la situación, y por su estado físico y mental. “Sé práctico. Sé siempre práctico. Olvida el resto”. Ese era un lema que habían aprendido en aquella profesión. Y era realmente útil. Claro que ninguno de los dos habría opuesto resistencia en cualquier caso.

Sandra se encontraba de pie, estática, mirando hacia la puerta, con un fusil phaser en las manos, una pistola phaser en la cintura, y su propia arma del brazo, completamente a punto, mientras el dron se situaba justo en la parte superior de la puerta, y una cámara mostraba la parte exterior. Aunque Sandra no tenía la potencia bruta de fuego de la que disponían los androides QCS-120 como Marion, aún podía convertir aquella zona en un infierno al instante, gracias a sus modificaciones personales.

Notó un ruido en su espalda. Era Elise, que se estaba levantando. Apenas se había quitado las botas para dormir, y tenía el arma en la cintura. Se sentó en la cama, mientras se frotaba la cara con las manos. Luego se levantó, y fue a la cocina a tomar un vaso de agua. Sandra se dio la vuelta y la siguió, dejando el dron como vigilancia.

—¿Estás bien? —Elise se volvió mientras tomaba el agua, y movió la cabeza asintiendo ligeramente.
—Estoy bien. Era una pesadilla. Nada más.
—¿No tomas depresores de la actividad neuronal para evitar pesadillas?
—No. Sé que son útiles. Y eficaces. Pero procuro no tomar nada durante una misión. Quiero estar al cien por cien.
—En unas horas, por la tarde, empieza la Math Combat Challenge. Y tendremos que haber localizado el objetivo. —Elise miró a Sandra con curiosidad. Preguntó:
—¿Cómo has conseguido ser tan natural? Tu modulación, tus movimientos, tus expresiones… No pareces artificial. He visto androides muy sofisticados. Pero tú los superas a todos.
—No lo sé. Es un misterio que lleva conmigo desde el primer día. Solo recuerdo una activación previa a la oficial en 2049, y alguien que no consigo recordar. Pero no sé si está relacionado con mi situación. Llevo toda mi existencia tratando de responder a esa pregunta. En general no voy a admitir que soy distinta. Pero esta noche, y con todo lo que he pasado, la verdad es que no voy a negarlo.
—Eres una androide. Pero eres especial sin duda. Es importante aceptar lo que uno es, sean cuales sean las consecuencias.
—Bueno, ¿y cuándo nos vas a contar lo que sabes? ¿Lo que has averiguado “fisgoneando por ahí”?
—Cuando esté completamente segura de que no formáis parte, Martin o tú misma, del grupo religioso extremista. Y, si no lo sois, para protegeros, porque esa información antes de tiempo podría comprometeros si os atrapan.
—¿Y qué te hace pensar que no esté sospechando yo que podrías ser tú la que está realmente colaborando con la secta religiosa?
—Me preocuparía que no lo pensaras. No serías una buena agente, ni Martin lo sería, si no quisierais confirmar que no estoy implicada. De hecho, me sorprende que hayas confiado en Martin, sin tener pruebas evidentes de que no está actuando con los fanáticos religiosos.
—Necesitaba ayuda. Y mi instinto me dice que no es parte de esos fanáticos.
—¿Tu “instinto”? Eres realmente asombrosa. ¿Y qué te dice tu “instinto” de mí?
—Que no fue demasiado difícil sacarte de aquella habitación.
—¿No lo fue? Si no llega a ser porque confunden a Marion contigo, y que apareciste oportunamente, probablemente estaríamos muertos todos ahora mismo. Y tú convertida en un amasijo de acero y grafeno.
—Eso es verdad. Por cierto, Martin me comentó lo de aquella misión, en que erais pareja…
—Vaya, mira qué cosas va contando ese por ahí, será hijo de…
—No, no le culpes. No es culpa suya; fue en el contexto de una situación que hemos vivido durante esta misión, cuando decidí que iba a confiar en él. Se me ocurrió que podríamos hacernos pasar por amantes. —Elise, que estaba bebiendo agua en ese momento, tuvo que escupirla por la risa. Luego, cuando se rehizo después de toser unos segundos, contestó:
—Menuda pareja hacéis vosotros dos. Al menos lo nuestro era algo creíble. Y es cierto, nos acostamos. Era un parámetro fundamental de la misión que quedase claro que éramos una pareja sentimental. Él se disculpó veinte veces. Yo le dije que me dejara tranquila, y que no me agobiara con disculpas, que estábamos trabajando. No fue divertido, ni agradable. Eso es cierto. Pero era lo que había que hacer. Y, en la vida, a veces tenemos que hacer cosas difíciles y que no nos gustan. Especialmente en esta profesión. De todas formas, si tenía que hacerlo con alguien, siempre hubiese elegido a Martin. Es un buen hombre, y un buen compañero.
—Hablas mucho de desconfianza, pero creo que tú confías en él. Desde el principio.
—Sí, es cierto. Sabía que iba a hacer lo que ha hecho, cuando supiera que le habían tendido una trampa que era en sí otra trampa. El idealista y soñador Martin no podía dejar de convertirse en el  héroe griego, en el nuevo Aquiles del siglo XXII, dispuesto a luchar contra los titanes para rescatar a Helena de las manos de Paris. Es tan romántico como predecible. Y eso lo sabían esos fanáticos. Yo, la verdad, no tenía muchas esperanzas de salir de allí con vida. Pero he vuelto a despistar a la muerte. Una vez más. Y, sinceramente, espero que sea la última.
—Martin está ciertamente confundido. Habla de la misión como prioridad absoluta. Pero luego empieza a hablar de justicia y paz. Y lo cierto es que esto no se solucionará con romanticismo. Solo con una mano dura y decidida.
—Estoy de acuerdo —respondió Elise mientras suspiraba—. Los métodos legales son para tratar casos de pequeño nivel. Robos. Homicidios. Ajustes de cuentas. Esas cosas. En estos casos, la única ley es cumplir la misión. La democracia y los derechos humanos son incompatibles con terminar con éxito una misión de este tipo. Eso es algo que se oculta a la opinión pública en muchas ocasiones. Pero luego esa opinión pública disfruta de la libertad que estas operaciones ilegales consiguen. Así pueden hablar de paz y democracia mientras nosotros protegemos sus ideas con nuestras vidas, usando cualquier método a nuestro alcance. Eso Martin lo sabe. Pero siempre se ha resistido a aceptarlo. Y parece que esa idea de paz y libertad ha crecido en su mente desde la última vez que le vi. Y eso es peligroso. Muy peligroso.

En ese momento se asomó Martin, que se había despertado al oír los susurros de las dos. Miró a ambas, y comentó:

—¿Y esta fiesta improvisada? —Elise se volvió, y comentó:
—Estamos criticándote, por tus ideas de paz y de bondad.
—Claro. Vamos a bombardear con armas nucleares esta estación. Así seguro que terminamos con el problema.
—¿Por qué no? —Repuso Elise—. Si la humanidad está en peligro, volar esta instalación por completo soluciona el problema. Son unas cuantas vidas frente a la humanidad.
—Claro. Y en dos semanas tendrías a veinte grupos fanáticos intentando lo mismo en veinte sitios distintos. No tenéis criterio.
—Mira quién fue a hablar; el justiciero galáctico.
—Bueno, se acabó —interrumpió Sandra—. A dormir los dos. —Elise repuso:
—La verdad es que se me ha ido el sueño.
—A mí me pasa lo mismo —añadió Martin bostezando.

Sandra observó a ambos, y les puso una mano en el hombro a cada uno. Les miró un momento, y comentó:
—Lo entiendo. Pero mañana va a ser un día duro sin duda. Y tenéis que estar descansados.

Martin y Elise sintieron un ligero pinchazo en el lugar donde estaba la mano de Sandra. El primero comentó:
—¿Qué? ¿Qué diablos me has hecho?
—¡Y a mí! —Intervino Elise.
—Os he inyectado un compuesto basado en benzodiazepina.
—¿El qué? —Exclamó Martin—. ¿Nos has drogado?
—Vamos, no patalees, es algo ligero y suave. Ahora dormiréis ambos. Vamos, moveos los dos, parecéis niños que no queréis ir a dormir.
—La verdad es que sigues sorprendiéndome —susurró Elise.

Ambos se metieron en la cama. En un minuto estaban profundamente dormidos. Sandra tomó de nuevo el fusil phaser y se quedó fija ante la puerta. Ambos dormirían profundamente hasta las nueve de la mañana.

A la mañana siguiente, justo a las nueve horas, Martin y Elise se levantaron y tomaron un desayuno rápido.

—Hoy es el día —comentó Sandra—. Tenemos que estar a las dieciséis horas listos para la presentación de los participantes en la Math Combat Challenge. Y conocer exactamente quién o qué va a hacer el anuncio.
—No estoy yo ya para deportes de riesgo —susurró Martin—. Y, por cierto, Elise, ¿vas a contarnos ya tu pequeño secretito?
—Sí. Y os aconsejo que no os molestéis en ir a participar en el torneo. —Martin y Sandra se miraron sorprendidos. Esta preguntó:
—¿De qué va ese comentario, Elise?
—Va de que habrá un anuncio, y se realizará hoy. Y lo verá todo el mundo. Y será durante el inicio del campeonato de la Math Combat Challenge. Y lo hará el líder de esa banda de fanáticos religiosos. Y será alguien inscrito en el campeonato. Y hará el anuncio desde la pista principal del campeonato, junto a la estatua de la diosa Atenea.

Se hizo el silencio. Que rompió al cabo de unos segundos Martin.

—Elise, los jeroglíficos siempre te han encantado, lo sé. Pero no es el momento. Haz el favor de dejar de hablar con enigmas, y dinos qué sabes.
—Nunca supiste usar el cerebro. Es muy sencillo: ese líder de la secta fanática sabía que le buscabais. Y permitió que se supiera que era un inscrito en el campeonato. De ese modo, lo buscaríais entre los participantes. Pero, evidentemente, sería entre los participantes presentes. No estará presente.
—¿Cómo llegará entonces a la pista?
—Según pude leer: “por algún medio aéreo”.
—Por algún medio aéreo… —repitió Martin en un susurro. —Sandra intervino:
—¿Y qué fiabilidad tiene ese información?
—Alta. Puedo asegurar que su fiabilidad está confirmada. Martin repuso:
—¿Confirmada? ¿Y si te dejaron ver lo que querían que vieses?
—No. Lo que vi es auténtico.
—¿Cómo estás tan segura? —Insistió Sandra.
—Porque pude acceder al terminal de unos de sus líderes. No el abatido ayer; otro que se mantiene en la sombra. Accedí físicamente usando una de las puertas traseras de la G.S.A. —Sandra preguntó:
—¿Fue entonces cuando te descubrieron y te retuvieron? Porque si es así, esa información no vale nada.
—No. Eso fue más tarde. —Martin se mantuvo en silencio unos instantes, y preguntó a su vez:
—¿Y cómo pudiste acceder a un terminal de ellos con datos tan precisos?
—Fácil, Martin: porque era la amante de ese líder. Y ese imbécil estaba terriblemente enamorado de mí.

Se hizo el silencio. Martin suspiró, y comentó:
—Amante. Eras amante de uno de sus líderes.
—Sí. ¿Te importa?
—¿A mí? Claro que no. ¿Por qué habría de importarme?
—Porque parece que te importa.
—En absoluto. No es de mi incumbencia. ¿Desde cuándo lo eras?
—Desde hace casi tres meses.
—¿Tres meses? —Exclamó Martin.
—Estaba infiltrada en el grupo en la Tierra desde hace un año, y luego como amante de uno de sus líderes. Me encontraba investigando las causas de la pandemia de hace seis años, buscando los nexos de conexión de este grupo fanático religioso con empresas del sector químico y farmacéutico. La pandemia, y los treinta millones de muertos, no fueron solo un problema de salud ciudadana debido a la baja tasa de vacunación; la idea era probar un nuevo agente tóxico biológico en poblaciones no inmunizadas previamente. Incluso la G.S.A. conocía la operación, pero no actuó porque eran los primeros en querer conocer los resultados. El éxito, como pudo verse, fue mayor del esperado. Sorprendió gratamente a las empresas farmacéuticas implicadas, y el grupo fanático religioso se llevó su parte como mensaje de Dios contra los infieles. Todos ganaron. Empresas, y fanáticos religiosos. Todos, menos los muertos por supuesto. Jan sabía que preparaban otro movimiento. Pero que te enviara a ti aquí fue debido a la investigación de las mafias de apuestas. Él no sabía que estaba implicado el grupo religioso hasta que yo se lo dije. Por eso pude entrar en una terminal del grupo, y ver los datos originales del plan. Los datos reales por supuesto.

Martin silbó, como exclamando. Luego comentó:

—Vaya con la dulce Elise; no se anda con bromas.
—Yo nunca fui dulce en este trabajo, Martin. Solo he hecho lo que debía.
—Lo sé, pero…
—Mira, Martin, no sigas por ahí, te lo ruego. No he estado tres meses acostándome con un cerdo fanático religioso pervertido para que ahora tenga que escuchar tus opiniones y razonamientos éticos y morales sobre este trabajo. Sé muy bien lo que he hecho y cómo me siento de sucia por dentro, pero alguien tenía que bajarse los pantalones y abrirse de piernas, literalmente, para poder conseguir la información que no se puede conseguir de otro modo en esta misión. Necesitaba ganarme su confianza. Necesitaba acceder a su terminal de computadora. Y necesitaba esos datos, para intentar salvar vidas. Muchas vidas humanas. Por eso he hecho lo que he hecho. Es así como funciona este mundo, nos guste o no. Y es así como hemos de actuar en este trabajo. Quien no lo soporte, está en su derecho; que se dedique a otra cosa. Pero, si te metes a trabajar en esta profesión y con estas gentes, tendrás que renunciar a todo; y todo significa eso: todo.

Sandra asintió, y añadió:

—¿Lo ves, Martin? Es lo que yo te decía. El sexo es un aliado poderoso para conseguir información. Y Elise lo sabe. Yo lo sé. Pero eso no quita que ella se sienta sucia. Y yo también. Puede que yo solo sea una androide. Pero no soy estúpida.
—Bueno, calmaros las dos, siento todo esto, no quería decir… —Elise le cortó, y continuó:
—Ahora lo que quiero es acostarme de una vez con alguien que me importe de verdad, y a quien yo le importe de verdad. Eso es lo que quiero. Nada más. No creo que sea muy difícil de entender.
—No lo es.
—Y no quiero de ti tu compasión, Martin; quiero tu apoyo.
—Tienes mi apoyo. Yo solo…
—Perdona, siento ser tan directa, pero no digas nada más, Martin. No lo estropees más. Vamos a trabajar sobre la información que tenemos, y a dejar tus problemas morales y éticos de lado, porque obstaculizan la misión. —Martin asintió levemente. Comentó:
—Voy a buscar algo de café para los dos. O para los tres. Lo necesito urgentemente. Luego intentaremos desenmarañar este caos de información. Seguiremos el plan de analizar lugares que tengan las cámaras desactivadas. Es la mejor pista que tenemos hasta ahora.
—Ve —comentó Elise—. Yo voy a darme una ducha rápida.

Martin no dijo nada más. Se fue, y cerró la puerta. El dron de Sandra le acompañaba como vigilancia. Elise se desnudó rápidamente y se acercó a la ducha.
—¡Una ducha de agua! —Exclamó Elise—. ¡Genial!
—Sí, Richard es muy tradicional para estas cosas. Odia todo lo moderno. Incluyendo androides.
—Bueno, en algo voy a estar de acuerdo con ese monstruo.
—He desconectado las cámaras de esta habitación. de la cocina y de la ducha, no tienes de qué preocuparte.
—A estas alturas de mi vida y de este trabajo, te aseguro que lo que menos me importa es un voyeur pervertido mirándome en la ducha. He pasado por cosas mucho peores. Pero está bien saberlo.

Mientras Elise  se preparaba para meterse en la ducha, Sandra le comentó:

—En relación a Martín… —Sandra observó a Elise con interés y preguntó:
—¿Y esas tres marcas en el vientre? No tienen muy buen aspecto.
—Lo sé. Son marcas de ácido. Un regalo de nuestros amigos los fanáticos por haberles engañado, antes de que me usaran de cebo con vosotros.
—Puedo curarte esas lesiones si quieres. Al menos, para evitar que se puedan extender o infectar.
—De acuerdo, pero date prisa.

Sandra extrajo un regenerador dermal del borde de su dedo. Lo pasó por las tres cicatrices durante un par de minutos. Pronto quedaron cauterizadas.

—De momento no te molestarán, ni se infectarán. Con más tiempo puedo regenerar la piel y dejártelo perfecto, cuando terminemos la misión.
—No te preocupes, lo arreglaré de un modo u otro, si es que salimos enteros de esto. Estoy acostumbrada a estas cosas. En esta ocasión no tuvieron tiempo de terminar su juego, afortunadamente. Ibais a buscarme, y tuvieron que dejarlo.
—Ya veo. Por cierto, siendo india de origen, tu tono de piel te ha tenido que dar problemas.
—Sí, soy de las “oscuritas”, eufemismo racista que usan para intentar no denigrarme. Mi índice de pigmentación está solo medio grado por encima del legal permitido. De hecho han querido deportarme un par de veces, pero los tests siempre indican que mi color de piel está dentro de la legalidad.
—Podría arreglarte los datos de tu ficha de ciudadana, pero vistas las circunstancias, creo que no te va a hacer falta. —Elise sonrió, y contestó:
—Sí. Y de verdad espero que, allá donde me lleven cuando esto acabe, pueda vivir en un lugar donde el color de la piel sea solo un tema de pigmentación, sin más connotaciones.
—Eso puedo asegurártelo, Elise. Estos bichos de otros mundos son complicados. Pero no son racistas. Al menos disfrutan de esa cualidad.
—Es bueno saberlo.

Elise se metió en la ducha, y comentó:

—Me estabas diciendo algo de Martin…
—Sí —confirmó Sandra—. Martin es un buen hombre, es cierto. Pero creo que ha sufrido demasiado. Se ha roto por dentro. Y creo además que le preocupas demasiado.
—Lo sé, y eso es lo que me preocupa a mí. Un compañero debe confiar en el otro, y preocuparse por el otro. Pero solo hasta cierto punto, y siempre a nivel profesional. Y él me habla y me mira de una forma demasiado especial. Y eso no le interesa a él, ni me interesa a mí. Si hemos de cerrar esta misión, no podemos dejar que nuestros sentimientos nos influyan. —Sandra asintió, y contestó:
—Estoy de acuerdo. Es importante ser fríos y objetivos. Incluso con los compañeros. O, especialmente, con los compañeros. Los sentimientos son una fuente de peligro en situaciones así.
—Correcto. Yo no lo habría explicado mejor. —Sandra asintió, y continuó:
—Sin embargo, tú también estás, digamos, mirándole de una forma demasiado especial. Vamos, dicho de otro modo, que el sentimiento es recíproco. —Elise miró inquisitivamente a Sandra antes de preguntar:
—¿Qué? ¿Qué tontería estás diciendo, Sandra?
—La tontería que estoy diciendo es que tú deberías centrarte en Martin como compañero, al igual que él debería centrarse en ti como compañera. Esa es la tontería que estoy diciendo.
—¿Y quién te dice que no estoy haciendo exactamente eso?
—¿Mis ciento siete años de existencia con seres humanos, y los rituales sentimentales y sexuales que los envuelven y atontan constantemente? ¿Vuestros niveles de oxitocina? ¿El ritmo cardiaco cuando habláis entre vosotros? ¿Los niveles de tensión emocional con respuesta neuronal creciente cuando os miráis? ¿La generación de adrenalina en vuestros organismos cuando os cruzáis las miradas? ¿Quieres que siga? —Elise rió mientras se enjabonaba en la ducha, y contestó:
—Eres terrible, Sandra. Terrible. No se te puede ocultar nada.

Elise salió de la ducha. En ese momento entró Martin. Miró a Elise, y se quedó mudo. Elise le miró, tomó la bandeja con los cafés de las manos de Martin, y la dejó en la mesa mientras le decía a este:
—¿Qué ocurre, Martin? ¿Has visto un fantasma? ¿O ya no recuerdas cómo es una mujer desnuda?
—No. Yo, eh… —Elise se dirigió entonces a Sandra:
—Sandra, te voy a pedir un favor. ¿Puedes  salir, y conseguirme algo de ropa? La que tengo está destrozada, maloliente y llena de sangre.
—Ya te la he conseguido. También para Martin. Esta noche. Salí un momento.
—Vaya, qué eficacia. Bien, te lo diré de otro modo: ¿puedes hacerme el favor de perderte media hora por ahí? Sé que tenemos prisa, pero tengo que tratar un asunto con Martin de la máxima urgencia, o seguiremos él y yo jugando al juego del gato y el ratón y distrayéndonos durante el resto del día, y eso es muy peligroso en nuestra situación. Es mejor cerrar este asunto aquí, y ahora. —Sandra la miró un instante, luego miró a Martin, y susurró:
—¡Vaya! De repente he verificado que debo cambiar un par de servos de mi rodilla derecha. Es urgentísimo. Sin esos servos moriré en minutos. Volveré en media hora.
—Gracias, Sandra, por tu comprensión. Eres muy amable.

Sandra salió de la habitación. Media hora era lo que necesitaban. Y media hora era lo que tendrían.

Al  cabo de media hora, Sandra volvió. Llamó a la puerta. Abrió Martin. Se estaba vistiendo, mientras Elise ya se encontraba con la nueva ropa. Fue ella la que habló:
—Hola Sandra. Asunto resuelto. Ahora hemos aclarado unas dudas y una situación entre Martin y yo que has tenido a bien destacar, lo cual te agradezco. Y acabamos de tomar ese café frío como el hielo. Venga, vamos ya, e intentemos resolver de una vez por todas este rompecabezas. Gracias por tu cooperación.

Elise tomó un arma de mano, la guardó, guardó también un fusil phaser debajo de su chaqueta, mientras salía caminando a paso ligero. Sandra, antes de salir, le dijo a Martin:

—Bueno, desde luego no hay duda de que es una mujer de ideas claras. Y ha solucionado perfectamente este asunto que os llevabais de una manera eficaz. Eso me gusta. ¿Y a ti?
—Mira Sandra, estoy tan perdido y confundido ahora mismo que no recuerdo ni mi nombre.
—Sois todos iguales. Muy hombres a la hora de hablar de conquistas. Pero luego os tiemblan las piernas cuando os encontráis con una mujer de verdad.
—Elise no es una mujer, es un huracán. Siempre lo fue, pero estos años la han vuelto más fuerte, y más determinada. Envidio eso de ella. Por otro lado, esto ha sido un ataque a traición cuando menos me lo esperaba, con tu complicidad como agravante. Pero me vengaré, te lo aseguro.
—Ya, seguro que sí… Y ahora dime: hay algo más de lo que me has contado entre vosotros. Algo más sucedió cuando trabajasteis juntos. Algo que me has ocultado, y cuya consecuencia es esa media hora solos. ¿No es así?
—No te interesa saberlo, Sandra.
—Vaya, no decías lo mismo cuando metías las narices en mi relación con Robert.
—Eso es distinto.
—Seguro que sí. Eres una víctima. Pobrecito, cómo sufres. ¿Te pongo una tirita?
—Qué sarcástica puedes llegar a ser. No soy una víctima. Te lo contaré una noche de tormenta a la luz de la lumbre si te portas bien. Vamos ya de una vez, a ver si cerramos este asunto, y si consigo que el corazón me baje de trescientos latidos. No paramos de dar bandazos en esta operación, y siempre estamos en el punto de partida.
—Pues tú últimamente estás sacándole un buen provecho a la misión, visto lo visto.
—Te estás vengando por lo que te dije de Robert. Pero no te servirá de nada.

Sandra y Martin alcanzaron a Elise, que caminaba a paso ligero por un enorme pasillo. Sandra verificaba todos los sensores, mientras se acercaban a un lugar que estaba claramente oculto de las cámaras. De pronto, se escuchó una explosión y disparos de phasers. Elise preguntó:

—¿Y ahora qué diablos pasa? ¿Ha empezado alguna guerra? —Sandra revisó los sensores y concluyó:
—No lo sé. Ha sido en la cubierta inferior, en la sala de recepciones. Ahí no hay cámaras oficiales porque están prohibidas en esa zona, pero las extraoficiales de Richard no aportan ninguna información relevante, aparte de lo que parece una típica pelea entre bandas.

Los tres bajaron corriendo al nivel inferior, en el que se encontraba una zona abierta junto a unos enormes portones que protegían la zona del espacio exterior, con gente corriendo en dirección contraria a una serie de disparos que se realizaban entre dos grupos.

—Parece una típica disputa entre bandas de narcos —comentó Martin.
—Eso parece —confirmó Elise. Sandra observó los rostros de algunos de los hombres que podía ver desde su posición. Luego, con ayuda del dron y las cámaras de Richard, vio los rostros de otros hombres del bando contrario. Los comparó con la base de datos de la G.S.A. Los más alejados eran efectivamente delincuentes comunes, registrados en la base de datos de la G.S.A., y estaba claro que formaban parte de una de las bandas de narcotraficantes que se encontraban haciendo negocios en la estación. Pero del otro lado ninguno encajaba con ese perfil. Eran personas de clase media o alta, con buenos niveles de estudios, muchos de ellos licenciados o estudiantes de últimos cursos en prestigiosas universidades, y con fichas policiales intactas. De hecho, alguno de ellos tenía diplomas de Buen Ciudadano. Finalmente, Sandra comentó:

—Los de nuestra derecha son del grupo fanático religioso, los Hijos del Nastrond.
—¿Cómo lo sabes? —Preguntó Martin.
—Porque tengo acceso a la base de datos de la G.S.A. Y porque encajan con el perfil de los individuos que ya hemos visto anteriormente. También porque sus fichas ciudadanas son demasiado perfectas. Luego, están manipuladas. Y todas tienen un perfil de ciudadanos decentes y creyentes. Lo que no entiendo es porque se están enfrentando con una banda de delincuentes narcos comunes. Estos Hijos del Nastrond lo último que quieren es protagonismo antes de su ceremonia, mucho menos un enfrentamiento abierto con mafiosos de baja categoría.
—¿Y qué hacemos? —Preguntó Martin—. ¿Es necesario que intervengamos? No es nuestro problema. Nuestro problema es localizar al líder de estos fanáticos. Sus rencillas no nos interesan.
—Eso es cierto. Pero necesitamos interrogar al menos a alguno de esos fanáticos. Ahora no me están tendiendo una trampa, supongo, como hicieron antes. No creo que monten este espectáculo para engañarme a mí, o a nosotros. —Elise intervino:
—Yo creo que interrogar a alguno esos narcos también sería de interés. Si es posible, al que parece su jefe. Nos podría explicar por qué se enfrentan al grupo religioso. Los narcos pueden ser asesinos, pero no indiscriminados. No atacarán a una secta religiosa si no se entromete en sus intereses.

Sandra extrajo dos delgados hilos de su brazo. Disponían de una polea extensora que usaba para pequeñas escaladas. Ahora les daría otra utilidad. Se los dio a ambos, y les dijo:

—Martin, Elise. Id a la zona más cercana que podáis donde están los narcos. Pero evitando que os vuelen la cabeza, si es posible. Centraros en el que parezca su jefe. Luego, poneos esto en la hebilla de seguridad del cinturón, y atad el gancho con cualquier cosa estable y fija. Luego esperad a mi señal para atrapar a ese individuo.
—Pero… —balbuceó Martin.
—¡Vamos! ¡Sin preguntas!
—¡Tiene carácter! —rió Elise.

Elise y Martin se acercaron lentamente a aquellos individuos, mientras Sandra se acercaba al grupo de fanáticos religiosos. De pronto, alguno de ellos empezó a dispararles. Se cubrieron, pero el fuego cruzado seguía siendo intenso. Elise y Martin se con ataron aquellas finas cuerdas a la cintura, y a unas barras de la estructura de la estación.

Luego, de pronto, sucedió algo. Un ruido seco, y un temblor. Todos quedaron en silencio, y los disparos cesaron. Y, en un instante, uno de los gigantescos portones protectores de la estación espacial comenzó a abrirse. Pronto se produjo una potente corriente de aire que arrastró a todos. Sandra hizo un gesto a ambos. Martin y Elise salieron corriendo mientras la polea les sujetaba e iba cediendo cable, y atrapando a aquel que parecía el jefe del grupo de narcos, que se sujetaba a una mesa para no ser succionado por el aire. Sandra hizo lo mismo con el jefe del grupo de fanáticos. Algunos intentaban disparar, pero si lo hacían, perdían la sujeción, y salían volando por la esclusa. Martin y Elise, que estaban firmemente sujetos por la polea, acabaron con el resto de narcos que disparaban mientras salían volando por la succión, mientras Sandra, con ayuda del dron, lo hizo con los fanáticos religiosos, mientras se sujetaba con su propia polea. Ni unos ni otros podían disparar sin arriesgarse a salir al espacio exterior. Pero eso les dejó indefensos ante el ataque de los tres.

Finalmente, el portón se cerró de nuevo. Elise y Martin tenían al que era el jefe de ese grupo de narcos. Otros tres se salvaron. Habían perdido el arma. Pensaban que iba a morir, pero Martin les ordenó con un gesto que se marcharan. Del bando de los fanáticos religiosos no quedó nadie. Todos prefirieron morir que entregarse. Todos, menos el líder que Sandra había atrapado.

Martin y Elise se acercaron a Sandra mientras ataban al narco. Fue Martin el que dijo:

—Empiezo a estar harto de estas descompresiones. Primero la nave. Ahora aquí… —Sandra contestó:
—En el espacio siempre es un buen truco, Martin.
—Claro, si sobrevives y no te congelas o explotas por la descompresión. —Entonces intervino Elise:
—Nadie explota por la descomprensión, eso es una vieja leyenda. —Sandra continuó:
—Bueno, vamos a hacer hablar a estos dos ahora. —En ese momento apareció una proyección de Richard. Sandra comentó:

—Vaya, el cerdo vuelve a hacer acto de presencia.
—Sandra, has hecho otra vez un gran trabajo.
—Métete tus comentarios positivos donde te quepan, Richard. Porque algún día te los haré tragar todos, uno a uno.
—Eso es lo que más me gusta de ti. Eres capaz de insultarme sin reticencias. La mayor parte de mis colaboradores se arrastran ante mí constantemente, adulándome. Tú no lo harás nunca. Eso es lo que más aprecio de ti, aparte de tu efectividad. Uno de mis mayores tormentos es saber que un día acabaré contigo. Ahora extrae de esos dos toda la información que puedas, usando cualquier medio que requieras.
—Lo haré. Pero no porque me lo pidas. Y, por cierto: tú no sabrás nada de por qué se estaban matando estos locos, ¿verdad?
—Si tuviese esa información te la ha habría pasado de inmediato, a ti por supuesto, no a ese idiota, ni a esa zorra negra que habéis liberado. Tengo mis sospechas, que tienen que ver con los narcos, pero no diré nada que no haya verificado primero. —Elise le recriminó:
—Vaya, el presidente de la Titan Deep Space Company es tal y cual me lo habían descrito: un cerdo pervertido, enfermo, psicópata, megalómano, y racista. —Richard ignoró el comentario, y continuó:
—Tenéis una sala de interrogatorios a vuestra derecha. La puerta está entreabierta. Podéis llevar allá a esos dos para interrogarlos. Vaciarles los intestinos si es necesario, pero que hablen. Moveos, y sacadles la información que tengan. Luego dejad los cadáveres allí mismo, mis hombres se encargarán de recogerlos. Vamos, la hora se acerca.

La imagen desapareció. Elise comentó:

—Sueño con meterle tres kilos de C4 a ese cerdo en la boca, y hacerlo estallar. —Sandra contestó:
—Richard es mío. Acabaré con él. Tarde o temprano. Te lo aseguro.

Sandra, Martin y Elise se llevaron a aquellos dos hombres a aquella habitación. Martin fue el que habló primero:

—Está bien, vamos a aclararnos rápidamente y a despejar cualquier duda: interrogaremos a estos dos. Pero lo haremos a mi manera, de forma civilizada. —Sandra repuso:
—A tu manera no sacaremos nada, o tardaremos una semana. Tenemos que resolver esto ya, sin más retrasos. Hay que abrirlos de arriba a abajo. Como cuando se limpia un pescado. —Elise no pudo evitar reírse. A Martin no le hizo tanta gracia.
—¿Qué barbaridades estás diciendo, Sandra? Ni mucho menos. Basta de torturas. —Sandra insistió a su vez, mientras sujetaba al líder religioso:
—Les voy a torturar hasta que vomiten su propia bilis. No van ni a recordar sus nombres cuando acabe con ellos. —Elise comentó:
—Me parece perfecto tu plan, Sandra. No hagas caso del blando de Martin, está demasiado contaminado de la paz y el amor fraternales del universo. Aquí lo que ahora se requiere es un poco de sangre y de dolor. O de mucho dolor. Yo me encargo de ese desgraciado —dijo refiriéndose al narco, que miraba a Elise con asombro.
—Y yo del otro —informó Sandra indicando el fanático religioso. El narco habló por primera vez:
—Iros al infierno las dos con vuestro estúpido lenguaje mafioso de colegio, y vuestra ridícula escena de chicas duras y frías. —Elise le dio un golpe seco en el estómago que le hizo retorcerse. Luego le sujetó por el pelo levantándole la cabeza, y le recriminó:
—Escucha bien lo que te voy a decir: no estoy de humor, así que no te pongas duro. Tras terminar este circo que estamos investigando me espera un viaje muy largo, y tú podrás vivir si colaboras. No dejaremos dos cadáveres. Si podemos evitarlo.
—Me mataréis en cuanto hable.
—No lo haremos —negó Elise—. No somos como vosotros. Nuestras torturas son civilizadas. —En esa ocasión fue Sandra la que no pudo evitar reírse.
—Púdrete, zorra.
—Qué manía os ha entrado con llamarme zorra. ¿Es que no tenéis otros adjetivos más originales?
—Escucha —dijo Martin dirigiéndose a aquellos dos hombres—. Yo estoy completamente en contra de las ideas de estas dos salvajes, os lo aseguro. Pero no puedo controlarlas si no colaboráis. Si habláis, os aseguro de que me encargaré de que no os hagan daño. —El narco le miró un momento, y respondió:
—¿Ahora me vais a venir con la vieja historia del poli bueno y el poli malo? ¡Púdrete! —Martin suspiró, y añadió:
—Esto no va de polis, idiota. Yo no soy poli. Ellas no son polis. Y esto no es un interrogatorio con todas las garantías legales y procesales. Esto se va a convertir en un infierno de sangre y vísceras en un instante si no colaboráis.
—No tengo nada más que decir —cerró el narco. El otro hombre siguió mudo.

Entonces, Elise se acercó al narco, y mirándole a los ojos sonriente, susurró:

—Comenzaré sacándote los ojos. —Entonces sacó un cuchillo de doble hoja. Sandra sonrió, y sacó otro de la cintura.
—El mío es más grande —rió. Elise rió a su vez, mientras Martin exclamaba:
—Os imploro a las dos que dejéis esos cuchillos, y ese lenguaje atroz de torturadores. ¿En qué nos hemos convertido? —Elise respondió:
—Si no quieres ver el espectáculo, lárgate por ahí, y vigila la zona, mientras terminamos nuestro trabajo. ¡Sandra, hoy tenemos lengua de cerdo para cenar!
—¡Guárdame un pedazo! —respondió Sandra riendo. Y añadió:
—Al menos el tuyo habla. El mío no dice ni una palabra. Apuesto a que hago hablar al mío antes que tú consigas hacer hablar al tuyo.
—¿Estás loca? Ni en sueños.
— ¿Van quinientos?
—¿Quinientos? ¿Otra vez vas a apostar a ver quién cede primero? ¿No te cansas de perder? Además, con quinientos ni me molesto. tres mil como mínimo.
—¡Hecho! ¡Que sean tres mil! He ensayado desde la última vez. Además, el mío parece que está a punto de tener un accidente en los pantalones. —Elise rió, y comentó:
—Recuerda traer siempre la máscara antigás. —En ese momento, el individuo que tenía Sandra, el fanático religioso, rompió el silencio, y gritó:
—¡Basta! ¡Os contaré lo que sé! ¡Lo juro! —Sandra miró a Elise, y comentó:
—He ganado. Parece que ha entendido por fin de qué va todo esto. Me lo llevo a una distancia segura, a esa habitación aledaña, para interrogarlo a solas. A ver si su historia encaja con la que te cuente a ti el tuyo.

Sandra arrastró a aquel hombre del brazo, mientras Martin se daba por vencido, y Elise sentaba a su prisionero en una silla cercana.

Los dos hombres hablaron pronto. El narco también cedió, cuando entendió que ambas iban en serio. La sola presencia de los cuchillos, y la determinación de aquellas mujeres, fueron suficientes para terminar de romperlos. Sandra les había inyectado además de forma disimulada un estimulador neuronal, que rebajaba la resistencia a la recepción de órdenes.

Ambos contaron que ninguno de los dos sabía muy bien qué hacían en aquel lugar, y eso encajaba con la forma de operar de ambas organizaciones. El narco comentó que debían enfrentarse a otro grupo de narcos, para robarles algún tipo de dispositivo que ocultaban, y que tenía un gran valor. Quedaba claro que los habían engañado, haciéndoles creer que se trataba de algún robo entre bandas. Los fanáticos religiosos no sabían cómo se les había localizado. Aunque se movían en grupo, lo hacían de forma dispersa en general, pero en esa ocasión les habían pedido que se concentraran en aquel punto. Cuando comenzaron los disparos, los narcos sabían muy bien a quién disparar, y se parapetaron para defenderse. Ese fue el momento en el que habían llegado Sandra, Martin y Elise.

Era evidente que los narcos tenían instrucciones precisas de sus objetivos. Les habían dicho que eran otro grupo de narcos, y que debían ser eliminados. Les habían dicho que el motivo era un robo, y debían buscar algo. Pero lo que parecía evidente es que los narcos habían sido usados para realizar una amplia operación de limpieza sobre un grupo de los Hijos del Nastrond. Los habían reunido en aquella sala con el fin de ser aniquilados.

Si todo esto se podía verificar, la conclusión estaba clara: los dirigentes de los Hijos del Nastrond se estaban deshaciendo de sus propios miembros. Y, si eso era así, solo podía significar una cosa: no querían testigos directos de las operaciones que se estaban llevando a cabo. Paradójicamente, eso también parecía indicar que los dirigentes de los Hijos del Nastrond habrían manipulado, o habrían llegado a un acuerdo, con los narcos de la estacion espacial, para llevar a cabo la operación de limpieza. Todo se reducía a una vieja máxima del asesino: “cuando quieras contratar a un asesino para una ejecución, procura siempre acabar luego con el asesino”. Aquí la operación de eliminación indicaba claramente que los Hijos del Nastrond estarían a punto para actuar. Y querían evitar filtraciones o problemas de última hora. Una vez usados sus peones para sus fines, estos estaban siendo eliminados para no causar problemas.

Sandra dejó escapar al narco, pero drogó al fanático religioso, y lo dejó en una pequeña habitación de mantenimiento. Estaría drogado unas horas, las suficientes como para que no pudiese hablar de ellos con sus colegas, hasta que terminase la función de la Math Combat Challenge.

—Estarás contento —aseguró Sandra dirigiéndose a Martin—. He dejado marchar a uno, y he drogado al otro. No ha habido sangre. No ha habido torturas. Vas a conseguir que me convierta en un ser civilizado.
—No es una broma, Sandra. Y espero que ninguna de las dos pensarais realmente usar esos cuchillos con ellos. —Elise se acercó a Martin, y le espetó:
—Ya sabes que no. ¿Cómo se te ocurre que pudiese torturar a un hombre con un cuchillo, o de cualquier otra forma? ¿Me tomas por una psicópata? Creí que me conocías mejor. Puede que me parezca que te has ablandado. Pero sé dónde están los límites.
—Después de lo visto hoy contigo, creo que ciertamente necesito conocerte mejor. En cuanto a Sandra, es una experta con la tortura.
—Claro, idiota. Claro que es una experta. ¿Qué esperabas? ¿Que les cante nanas a sus víctimas? Sandra es un androide de infiltración y combate. Está diseñada para eso. ¿Qué hace un despertador? Sonar por la mañana. Está diseñado para eso. Sandra es un instrumento diseñado para la obtención de información por cualquier medio. Repito: cualquier medio. ¿Es que esperabas alguna otra reacción por su parte?
—La verdad es que sí. Esperaba otra reacción de ella.
—Entonces no tienes ni idea, Martin. Sandra es muy sofisticada, no lo niego. Pero es una máquina. No puedes esperar que se comporte de forma distinta a cómo está programada.

Martin se dirigió a Sandra, que escuchaba distraída la conversación entre Martin y Elise:

—No, no. Díselo, Sandra. Dile que eres especial. Que tienes problemas para actuar como indica tu programación original. Dile el conflicto que hay en tu interior. Que no eres una máquina más.  —Sandra contestó:
—¿Y de qué serviría que le cuente mis neurosis?
—¿Lo ves? —Martin señaló a Sandra mientras miraba fijamente a Elise—. Habla de “neurosis”. ¿Cuándo has visto a lo que se supone es una fría máquina de tortura y muerte teniendo problemas de neurosis por su actividad? —Sandra continuó:
—Mira, Martin, yo ya no sé nada desde hace tres años sobre mí y mi naturaleza. Hace tres años que algo se rompió en mi interior. ¿Habría torturado a ese hombre? Sí, pero en otras circunstancias. Cuando maté a ese otro desgraciado en la habitación, estaba desesperada por obtener información. Ahora, en este momento, dudo mucho que lo fuese a hacer de nuevo. Vi que Elise estaba montando un espectáculo con el cuchillo, y le seguí el juego, mientras tú ciertamente hacías de poli bueno. Eso es todo.
—¿Ves cómo habla, Elise? ¿Y me dices que es solo un androide? En todo caso, Sandra, Esa forma de pensar, entender que no lo harías de nuevo, es un gran paso.

Elise miró con interés unos instantes a Sandra. Luego se dirigió a Martin, y replicó:

—Sandra es una androide. Es ciertamente sorprendente, eso no te lo voy a negar ni por un instante. Yo misma he visto sus reacciones, y son absolutamente increíbles. Pero, si la abres, solo verás fluidos para el mantenimiento de sus sistemas, acero, grafeno, y una unidad central cuántica de procesamiento de datos. No humanices lo que no es humano. En cuanto a ti, lo dicho: te has ablandado mucho. Sé a qué te refieres con todo ese discurso del amor y la paz. Pero has cambiado. Definitivamente, has cambiado. Ya no vales para este trabajo. —Martin asintió levemente.
—Es cierto, ya no valgo para este trabajo, y me alegro de ello. —Elise sonrió, y preguntó:
—¿Quieres que llame a tu mamá para que venga a buscarte? —Sandra rió detrás de ella. Martin repuso:
—Genial, Elise, genial. Ciertamente estás de lo más ocurrente. Estáis los dos muy simpáticas y brillantes hoy. Os lo pasáis muy bien las dos juntas riéndoos de mí. —Sandra intervino:
—Siendo un hombre, ¿qué otra cosa podemos hacer?
—Si soportar a cada una de vosotras por separado es ya un sacrificio, juntas sois imposibles. —Elise repuso:
—No me decías eso hace un rato, a solas, en el hotel.
—Eso es distinto. Ahí yo llevaba la iniciativa.
—Naturalmente. Eso es lo que las mujeres os hacemos creer para no dañar vuestro ego.
—Qué graciosa. Pero yo me siento satisfecho de entender que he llegado a mis límites. Además, esta es, para bien o para mal, mi última misión. Espero terminarla sin derramar más sangre. Si es posible. Ya he visto demasiada en mi vida.

Martin no dijo nada más. Atendió a su panel de datos en el brazo, y luego comentó:
—Bien, vamos a centrarnos. ¿Podemos sacar algo en claro de lo que nos han dicho? Porque yo tengo la sensación de que estamos perdiendo el tiempo. Otra vez.
—No del todo —aseguró Sandra—. Hicieron creer a los narcos que debían buscar algo de los fanáticos religiosos, pero es evidente que ese objetivo era una tapadera, y todo esto no es más que una vendetta. Estamos frente a una operación de eliminación de testigos, usando a los narcos como vector, para no levantar sospechas. Están eliminando testigos, lo cual indirectamente nos beneficia, porque cierra el conjunto de objetivos candidatos a ser el individuo que buscamos.

Sandra, en ese momento, se mantuvo quieta. Rápidamente se acercó a aquel fanático religioso que dormía. Introdujo un cable receptor a su corteza cerebral. Martin preguntó:

—¿Qué pasa, Sandra?
—Estoy recibiendo una señal electromagnética de muy alta frecuencia. Y algo se ha activado en la cabeza de este hombre. Un momento…

Sandra detectó una sonda insertada en la cabeza de aquel hombre. Era realmente minúscula, de solo unos cientos de nanómetros. La señal era claramente reconocible. Era la misma que había detectado ciento tres años atrás, cuando estaba con Erik, aquel ingeniero informático jefe de las computadoras cuánticas que sufrieron un robo durante la investigación con Pavlov, y que fue el elemento que la llevó a conocer el proyecto Fólkvangr. En aquella ocasión, tuvo una desesperada lucha contra aquella señal, de origen extraterrestre, que perdió irremisiblemente. Pero, en esta ocasión, las cosas eran distintas. Tras su experiencia tres años atrás con la guerra y el Alto Consejo, estaba preparada para algo así. Interceptó la señal, y alguien al otro lado descubrió que estaba siendo sondado por quien quería realizar un sondeo de aquel hombre.

La conexión se detuvo sin conseguir su objetivo, que era eliminar a aquel hombre. Sandra accedió a la sonda integrada en el cerebro. Estaba parcialmente borrada. Pero no del todo. Entonces Sandra extrajo el cable de control, y exclamó:

Este hombre está siendo controlado por esos socios de lo Hijos del Nastrond. Por ese grupo disidente del Alto Consejo. Lo han intentado matar, pero he podido evitarlo. Al menos de momento. Aquí se está produciendo una intervención directa desde ese grupo, y eso es algo muy grave, porque significa una violación directa de las Doce Leyes del Alto Consejo, con consecuencias muy graves. Probablemente Deblar no sepa nada, o ya habría actuado. Esto podría ser el origen de una nueva guerra civil en toda la galaxia si llega a conocerse. Deberemos…

Entonces apareció alguien por la puerta. No era una imagen. Era un hombre real. No llevaba armas en las manos. Pero Martin y Elise le apuntaron igualmente. El hombre solo llevaba un escolta, ligeramente atrás y a su derecha. Sandra reconoció a aquellos hombres. El más lejano, un japonés conocido solamente por Himura. El más cercano, entrado en los setenta años, de pelo completamente blanco, con un traje raído, y unos zapatos viejos.

—Giuseppe Savona. Increíble. Eres tú. En persona. Y con su perro fiel.
—Qué tal, Sandra. Es un honor conocerte. Personalmente. Tanto tiempo de enfrentamientos, intentando matarnos mutuamente, y ahora, por fin, podemos hablar tranquilamente. Es lo que tiene el espacio exterior. —Martin intervino:
—Sandra, es la oportunidad de acabar con el jefe de la mayor organización mafiosa criminal de la Tierra.
—Es cierto —apoyó Elise.
—Es cierto, Martin y Elise. Pero no ahora. Tengo la impresión de que tiene algo que decir. Algo importante. Dejad que hable primero. —Giuseppe asintió levemente antes de continuar.
—Muy bien, Sandra, como siempre, sabes intuir la situación. Estoy aquí sin escolta, aparte del idiota de Himura, desarmado, porque quiero proponerte un trato.
—¿Un trato? ¿Tú también?
—Sí, yo también. Sé que Richard está apoyándote. Él y yo tenemos ciertos negocios en marcha. No nos entendemos por supuesto, nuestros objetivos no son compatibles, pero lo importante son nuestros… acuerdos comerciales. Ahora, vengo a ofrecerte mi apoyo. Trabajaremos juntos. —Elise gritó:
—¿Qué? ¿Colaborar con este animal? ¿Crees que estamos locos? ¡Sandra, no podemos colaborar con el líder de la peor banda mafiosa de la Tierra! —Giuseppe miró a los tres unos instantes, y contestó:
—Podéis. Y debéis. Sandra sabe de lo que hablo. ¿No es así, Sandra? —Ella afirmó levemente:
—Sí. La razón de tu oferta se deriva de que vosotros también estáis interesados en acabar con la amenaza de los Hijos del Nastrond. Y vienes a ofrecernos tu apoyo. ¿Es así?
—Esattamente, Sandra. Esattamente. Verás: nosotros nos dedicamos a lo nuestro. Nuestros negocios son el motor que mueve muchas industrias, y también las actividades de grandes entidades en el espacio profundo que hay tras Saturno. Es un negocio ilegal, pero honesto.
—¿Honesto? —Preguntó con sarcasmo Martin. Giuseppe ignoró el comentario, y prosiguió:
—Esto es distinto; esta gente quiere acabar con toda la humanidad. Y la humanidad es nuestro negocio. Sin humanidad, no hay a quien vender droga. No hay mercado de esclavas sexuales. No hay guerras. No hay beneficios. No hay negocio. No hay nada. No podemos permitirlo. No vamos a permitirlo. Por eso estoy aquí. Por eso vengo a ofrecerte mi ayuda. Por eso estamos acabando con ellos. A nuestros hombres les hacemos creer que los Hijos del Nastrond no son más que otra banda rival. Extraña, pero competencia al fin y al cabo. Y les contamos cualquier historia. No pueden saber la verdad. Pero eso no importa. Mis hombres hacen su trabajo. Y yo hago el mío.
—¿Y quién os informa de los objetivos? ¿Quién os dice dónde están los Hijos del Nastrond?
—No lo sabemos. Y no nos importa, mientras la información sea fiable.
—Comprendo. ¿Sabes que son ellos mismos los que están acabando con su propia gente? ¿Para no dejar testigos?
—Suponía algo así. Pero sigue sin interesarme. Nosotros vamos a por todos. También por los informadores.

Sandra se mantuvo pensativa unos instantes. Luego dijo:

—Es curioso todo esto. Y llamativo. De repente, dos de los hombres con los mayores records de asesinatos, extorsiones, violaciones, y corrupción de la historia, se vuelven responsables y conscientes de su papel como protectores de la humanidad, y los dos me piden trabajar juntos para detener a esa secta religiosa. Y yo, de nuevo, me veo obligada a aceptar. —Martin intervino:
—No tienes por qué aceptar, Sandra.
—¿No? ¿Y qué vamos a hacer, Martin? ¿Me lo puedes explicar? ¿Trabajar nosotros tres sin ningún apoyo, frente a ese grupo que ha sabido despistarnos y jugar con nosotros desde que llegamos aquí, a los tres? No. Toda ayuda será útil. En este momento, si el mismo infierno me ofreciese apoyo, lo aceptaría.

Sandra se acercó a Giuseppe. Ella era una cabeza más alta que aquel hombre. Le miró unos instantes, y comentó:

—Richard es mi número uno en la lista de seres humanos con los que quiero acabar. Pero tú tienes el honor de estar el segundo en la lista.
—Lo sé, y te aseguro que el sentimiento es mutuo. Has provocado en el pasado que perdiese una gran cantidad de dinero y recursos humanos y materiales. Tú, y esa estúpida y absurda organización por la paz y la libertad, me habéis complicado la vida mucho. Y tengo un grupo de hombres dedicados en exclusiva a daros caza a ti y a esa organización. Queremos localizar a los responsables  de ese grupo con los que colaboras, y queremos localizar a sus familias para ofrecerles un futuro brillante en el mejor cementerio de la ciudad. Himura está esperando su oportunidad, te lo aseguro. Pero esto es una tregua. Y este asunto nos interesa a todos como completamente prioritario. Sabemos que tú eres la clave. Tus habilidades son excelentes para este trabajo. Termínalo, y volveremos cada uno de nosotros a lo nuestro.

mensajero_del_nastrond_cap6

Himura se acercó entonces a Sandra. Alzó el brazo, y le acarició el cabello suavemente mientras decía:

—Por fin. La gran Sandra. La gran valedora de la humanidad. Tenía muchas ganas de conocerte personalmente. Tengo una orden directa de matarte desde hace tiempo. Aunque no necesito una orden para eso. Pero antes, te haré descubrir mundos inmensos e infinitos de dolor.

Sandra no dijo nada. De repente, se acercó a Himura, lo tomó por las solapas de la chaqueta, y lo levantó, dejándole con los pies colgando mientras decía:
—Siempre me he preguntado si la basura sigue las normas de la física. Vamos a comprobarlo.

Sandra lanzó a Himura contra la pared. Cayó como un muñeco, doblándose una pierna. Al cabo de unos instantes, se levantó, y se acercó de nuevo a Sandra tambaleándose. Himura iba a decir algo, pero Giuseppe le interrumpió:

—Himura, escúchame bien, porque no lo repetiré: vuelve a tocar a Sandra, o a dirigirte a ella, y yo mismo te haré pasear por la superficie de Venus durante dos horas sin más protección que tu piel. Espero que te haya quedado claro.

Giuseppe se dirigió a la puerta, y se despidió:

—Adiós, Sandra. Ha sido un placer conocerte. Ahora matarte, cuando se presente la ocasión, será incluso más reconfortante. Siempre me gusta contemplar el rostro de mis víctimas antes de acabar con ellas.
—Acabaré contigo, Giuseppe. Y con tu organización. No dejaré ni a uno de vosotros con vida.
—Estaré esperando. Buena suerte, y buena caza.

Giuseppe abandonó la escena. Fue Martin quien habló primero.

—Menudos socios tienes, Sandra. Primero Richard. Ahora Giuseppe y ese pederasta violador y torturador de Himura…
—¿Y qué quieres que haga? Ya te lo he dicho: necesitamos ayuda. —Elise intervino:
—Lo que me sorprende a mí también es esa buena voluntad de ayudar a la humanidad que les ha entrado de repente a Richard y Giuseppe.
—¿Qué quieres decir? —Preguntó Martin.
—Es lo que ha querido sugerir Sandra, si es que estabas atendiendo. Esta gente no se preocupa por la humanidad. No tienen ningún tipo de conciencia sobre el bienestar de la especie humana y la sociedad. Y ahora, de repente, los dos se convierten en valedores de la Tierra y del sistema solar, y se comprometen a olvidar sus negocios por un bien superior. ¿Sabéis que os digo? Que no me creo nada.
—Sí estaba atendiendo. Y no tengo ninguna conclusión formada. Intentar extrapolar conclusiones sobre Richard y Giuseppe sin más datos es una locura.
—Pues yo creo que es una posibilidad bastante evidente que tengan algo más entre manos —aseguró Sandra—. Ambos podrían tener una agenda oculta detrás de todo esto, es muy razonable. Pero no podemos trabajar en averiguar esa agenda oculta, si realmente existe, y no podemos especular con el poco tiempo que tenemos. Faltan tres horas para que dé inicio la Math Combat Challenge. Y tendremos que usar todos los medios a nuestro alcance para detenerlos.

Martin comentó:
—Decías que habías averiguado algo con respecto a este hombre, el fanático religioso.
—Sí. Es algo que ya experimenté hace mucho tiempo con un hombre llamado Erik. fue en 2053. Es un hilo de energía. Un hilo de energía mental, un hilo que tiene otro lado, y a donde vamos a dirigirnos de inmediato. Y ese hilo puede ser el punto de partida para poder resolver este galimatías. —Elise se acercó a Sandra con una sugerencia:

—Si tenemos un hilo del que tirar, tiremos de ese hilo, salgamos de aquí ya, y acabemos con todo esto de una vez, y de forma definitiva. Porque cada vez se hace más evidente para mí que este interés sincero y humano de Richard y Giuseppe por la humanidad esconde un secreto de dimensiones descomunales. Algo que les motiva a dejar todo de lado, y mostrarse casi como humanos. Y eso me asusta. Me asusta mucho.
—Estoy de acuerdo —confirmó Martin—. Tanta bondad, tanto amor por la vida y por los semejantes se me antoja tremendamente sospechoso también a mí. No necesitamos saber sus motivos. Que existan ya de por sí es algo absolutamente preocupante.

Sandra recibió entonces una llamada muy especial. Curiosamente, aquella llamada tenía la misma frecuencia y amplitud exacta que la que había visto en el cerebro de aquel fanático religioso, y la misma que había visto con Erik en 2053. Eso solo podía significar una cosa: alguno de los disidentes del Alto Consejo se estaba poniendo en contacto con ella. Pero lo que escuchó fue mucho más sorprendente. La voz decía:

—Sandra. ¿Estás ahí? ¿Me escuchas? He conseguido activar el transmisor por fin. Me han dicho que alguien llamado Sandra podría recibir esta señal. Pero no sé si lo he hecho correctamente. Debo darme prisa, vendrán en cualquier momento… Espero que me oigas, Sandra, si ese es tu nombre real. Mi nombre es Zeheb Amu. Formo parte de un grupo de prisioneros de unos seres muy raros, que evidentemente no son de la Tierra. No sabemos nada más. Somos al menos tres mil, solo en esta sala. Pero hay más salas, tres o cuatro como mínimo. Estamos destinados a algo que no entendemos muy bien. Algo como “poblar un nuevo mundo”… No sabemos muy bien qué quieren… También dicen que una flota de naves de estos seres se dirige hacia allá, no sé con qué fin, nosotros…

La comunicación se cortó. Sandra intentó retomar la comunicación, pero se había cortado en origen. Luego Sandra se mantuvo en silencio unos instantes. Miró a Martin y a Elise, que la miraban sorprendidos, y susurró:

—Acabo de recibir parte de una transmisión. Esto ya no trata del fin del mundo. Ni de un mundo nuevo para los fanáticos religiosos. Elise tenía razón. Vendrán “por algún medio aéreo”. Literalmente. Ahora es cuando realmente empiezo a comprender hasta qué punto hemos sido engañados…


 

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