Cuatro Dos Negro (II)

Primera parte en este enlace.
Tercera parte en este enlace.

Nota: agradecer a todos los lectores que se han interesado en la primera parte de este relato. Espero que esta segunda parte les satisfaga igualmente. Muchas gracias.

Nota 2: Juan Nadie, escritor prolífico en español al que sigo desde hace años (su obra “El último destello” es magistral), dice en Amazon, sobre el personaje de Sandra en “Las entrañas de Nidavellir”:

“Desde un remoto futuro a la antigua Grecia. Una historia coherente, interesante y entretenida, escrita con la acostumbrada agilidad del autor. El personaje de Sandra ha crecido de una forma prodigiosa. Todo un clásico recién nacido de la ciencia ficción del siglo XXI”.

Muchísimas gracias Juan por tus amables palabras. Te mando un afectuoso abrazo desde este blog perdido en el espacio.

“Cuatro Dos Negro” quiere cerrar algunos aspectos que quedaron abiertos en “Trece almas”, e investigar un poco más en el desarrollo emocional primario de Sandra, algo en lo que llevo trabajando cinco años y nueve libros. Pero quedaba explicar el origen, el inicio fundamental. De ahí que me haya animado a escribir “Trece almas” y ahora este relato.

Este texto seguirá el mismo procedimiento que “Trece almas”. Se publicará en varias partes, y luego se convertirá en libro en Amazon, estando también disponible de forma gratuita aquí, en el blog. Cada cual podrá escoger la opción que estime más conveniente. Muchas gracias.

cuatro_dos_negro_II

Una amiga de la universidad.

Sandra abandonó el vehículo en Clement Street, hacia el norte de San Francisco, y entró en un edificio de una empresa de modas. Allí la esperaban un par de empresarios del sector del cine y una famosa directora de vestuario, con los que mantuvo una charla sobre negocios para acuerdos de venta de material muy diverso. Los empresarios de Hollywood eran reales, y el negocio era real.

Diego había ordenado verificar la coartada de Sandra, algo que siempre hacía con cada persona nueva conocida con la que pudiera tener cualquier contacto. Era el lema básico de su vida: nadie es quien dice ser hasta que se demuestra lo contrario.

Pero sentía que Sandra estaba limpia. Y sonrió cuando le dijeron que sus datos en Europa eran reales. Incluso habían hablado con su abuela, una tal Leena, una mujer muy simpática y muy extrovertida. También comprobaron que los empresarios del cine eran auténticos, y que sus llamadas hablando de la compra de material, y del aspecto físico de la francesa, eran totalmente reales.

Luego Sandra salió del edificio, e hizo una llamada.

—Héctor, soy Sandra.
—Cómo va todo.
—He cerrado el negocio con los empresarios del cine para una venta importante. Estaban entusiasmados con el muestrario virtual que les he llevado. Comprarán la mayor parte del muestrario, y solicitarán trabajos adicionales.
—Tendrías que dedicarte a los negocios, Sandra. ¿Qué más?
—He analizado la muestra de ADN que obtuve de Diego cuando me besó la mano. No hay nada concluyente en el análisis. No hay drogas, ni datos almacenados orgánicos, ni nanobots de control. Está limpio. —Héctor aspiró suavemente su pipa, y comentó:
—Eso es raro. Al menos debería tener nanobots de control. Para evitar infiltraciones de sondas espía en el torrente sanguíneo.
—Estoy de acuerdo. O es muy confiado, o está loco, o hay algo oculto en ese análisis que no he podido detectar.
—No creo que esté limpio —aseguró Héctor—. Ni creo que sea confiado. Y te aseguro que no está loco. Quizás deberías mandar una muestra orgánica al laboratorio. Lo examinaremos aquí.
—Lo haré.
—¿Cuál es el siguiente paso?
—Diego debe de tener una terminal oculta en el hotel, probablemente. Un acceso único con privilegios a sus computadoras, accesibles desde ese punto. Esta noche intentaré averiguar dónde se encuentra ese acceso. Probablemente su controladora de datos subcutánea debe servir como clave de acceso. Pero intentaré un acceso directo.
—Ten cuidado, Sandra. No te expongas demasiado.
—Lo tendré. Fin de la transmisión.

Sandra había ido caminando por la calle en sentido oeste mientras hablaba. De pronto, vio un rostro conocido. Era una mujer de unos treinta años, sentada en una terraza, en un café en una pequeña terraza con mesas.

Estaba leyendo una revista tridimensional, proyectada frente a ella. Sandra se acercó, y se sentó en la mesa. El camarero le tomó nota. Pidió una cerveza, que llegó rápidamente. Cuando el camarero se hubo ido, Sandra susurró:

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo me has localizado? —La mujer, sin dejar de mirar la revista, contestó:
—Localizarte fue fácil. Tengo mis medios. En cuanto a qué hago aquí, me encanta San Francisco. Y este barrio es estupendo. Muy distinto a cómo era hace dos décadas. Estate tranquila, si te preocupa que nos estén vigilando. Mi ficha digital ciudadana indica que fuimos amigas en la universidad, y que compartimos un apartamento un tiempo. ¿A quién se le ocurren esos guiones absurdos? Supongo que a Héctor, probablemente.
—De acuerdo, somos antiguas compañeras de piso. Tampoco me parece tan absurdo. Se supone que nos llevamos pocos años.
—Puedo soportar muchas cosas Sandra, pero estas ridiculeces me superan.
—Delfina, por favor. Estoy metida en una misión. ¿Estás asignada tú a esta misión también? ¿Vuelves a ser mi sombra? —Delfina negó levemente con la cabeza.
—No. Me dieron un permiso tras lo que pasó en aquel agujero. Quieren que descanse y me relaje. Como si un permiso fuese a darme algo de descanso. O a hacerme olvidar.
—Lo hacen por tu bien, Delfina. —Ella sonrió.
—No seas ingenua, Sandra, por favor. Lo hacen porque se sienten culpables. Y creen que me ayudan dándome una patada, para que salga a tomar el Sol, y una paga especial para disfrutar. Pero eso no importa ahora. He venido a advertirte.
—¿Advertirme? ¿De qué?
—Tuviste tu charla sobre moral con Héctor, ¿no es así?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Porque todos hemos tenido nuestra charla sobre moral con Héctor alguna vez, tras la primera misión real. Y quiero aclararte algo.
—¿El qué?
—Esos complejos dilemas morales y éticos que te carcomen las entrañas. Como el asunto de Cristina. Me da igual que seas humana o máquina. No te ayudarán. Deberás dejarlos tirados en cualquier esquina. Te lo dije aquella noche, y te lo repito ahora: deja la moral de lado. No te ayudará. Esa moral sobre el bien y el mal está bien para Héctor. No para ti.
—¿Por qué?
—Porque Héctor es un romántico. Es un soñador. Te habrá hablado del bien y del mal. Te habrá contado que luchamos por una causa. Que hay que vencer a las fuerzas del mal. Que hay que salvar a la humanidad.
—Es cierto.
—Al principio yo también me lo creí. Olvídalo.
—¿Que lo olvide?
—Sandra, por favor, no seas ingenua. Eres una máquina, pero no eres estúpida. Estamos en una guerra. Luchamos para defender unos intereses, que se contraponen a los intereses de otros. Matamos, extorsionamos, engañamos, y manipulamos información, personas y eventos para nuestro propio beneficio. Y nos protegemos diciendo que somos el bien, y ellos el mal. Desengáñate. Este es un trabajo más de supervivencia. Debemos cumplir las misiones, y llevar adelante lo que se nos ha pedido. Y nada más.
—¿Nada más? ¿Cómo puedes hablar así, Delfina?
—Porque, cuando has visto cómo muere tanta gente inocente, y cómo se pierde la vida de tantos compañeros, llegas a una conclusión. A la única conclusión: la moral, la ética, la justicia, son para los poetas y las novelas de justicieros y luchadores por la paz. Esto es el mundo real, Sandra. Que Héctor viva esto como una novela de buenos y malos es algo connatural a él. Lo hace con el corazón. Su intención es buena. Pero esto es una guerra. Y en las guerras no hay nobleza, ni justicia, ni ley. Solo unos que creen ganar. Y otros que llegan a perder. Nada más.
—Yo no lo creo —aseguró Sandra—. Creo que hacemos esto porque estamos en el lado correcto. A veces las cosas se pueden complicar. Pero el sentido de la responsabilidad y un criterio afinado son garantía de éxito. Y la moral es la base en la que se sostiene nuestro trabajo. Sin moral, sin ética, no seremos tan distintos de ellos. No podemos mezclarnos con ellos, compararnos con ellos, colaborar con ellos.
—Ah, ¿sí? ¿Y la misión?
—La misión es lo primero. Estoy de acuerdo con Héctor.
—Muy bien, Sandra. Veo que lo tienes muy claro.
—Sin duda. No digo que sea fácil de gestionar. Pero sí, lo tengo claro.
—Genial. Vamos a ver cuánto dura esa seguridad. ¿Qué tal Ana?
—Está con su padre. De vuelta en casa. Esta vez no será usada de nuevo de esa forma tan macabra.
—Claro que no. Pero no por las razones que imaginas. —Sandra alzó levemente las cejas. Preguntó:
—¿Por qué razones, entonces?
—La madre de Ana.
—¿Qué pasa con ella? Se llama Patricia.
—Patricia, eso es.
—¿Quieres decirme qué pasa, Delfina?
—Patricia descubrió que el rapto y desaparición de su hija fueron una maniobra de su marido. Hace tres días, Patricia huyó con la niña. Se han escondido en algún lugar secreto. Juan Velasco ha dado orden de buscarlas por todas partes.
—¿Y sabes qué piensa hacer con ellas si las encuentra?
—No lo sé. Pero probablemente haga lo que es habitual, que es acabar con ambas. Eso es lo normal cuando se abandona la familia. Están condenadas. Las dos. Es cuestión de tiempo que las detecten. Y las eliminen. Tendrán suerte las dos si acaban con ellas de un disparo. No suele ser tan rápido.

Sandra se mantuvo en silencio y pensativa unos instantes. Delfina, que seguía leyendo la revista tridimensional, comentó:
—¿Has visto esto? ¡Menuda paliza le han metido otra vez a los Raptors! ¿Cuándo piensan cambiar al entrenador? —Sandra ignoró el comentario, y preguntó:
—Pero… tenemos que hacer algo, Delfina. No podemos dejar que Juan Velasco encuentre a Patricia, y a Ana. Y acabe con ellas. —Delfina cerró la revista, miró fríamente a Sandra, y preguntó:
—¿No? ¿Por qué no?
—Porque… son dos seres humanos inocentes. La niña…
—La niña y tú tenéis un lazo emocional. Corto, pero intenso. Tú te sientes responsable de ella.
—Puede ser. Pero eso no quita que… —Delfina la interrumpió:
—Escucha,  y pon mucha atención, doña androide segura de sí misma y de sus principios morales. Yo estoy de vacaciones. Eso no solo implica que las disfrute. Estoy obligada a no actuar durante mis vacaciones. Precisamente porque son vacaciones. Todo lo que haga es a título personal. Y tú, por tu parte, estás en una misión con respecto a la empresa ThermalHel, y a ese individuo, ese tal Diego Rocha. Tu deber es investigar esa empresa, y ver cuáles son sus movimientos presentes y futuros, qué papel juega en sus acciones contra la competencia, y qué tienen entre manos con las armas.
—Veo que estás bien informada.
—Naturalmente. Porque yo ya he estado metida en estos asuntos con estos individuos. Te toca investigar a ti ahora. Y luego, te toca mandar esa información a Héctor, que la pasará a terceros, que la usarán en su beneficio. Y tus datos, obtenidos con esa moral que tanto te mueve, pueden acabar en vete a saber dónde, para conseguir vete a saber qué. ¿Comprendes? Pero a ti no te importa. Te importa la misión. Y sobrevivir. Todo lo demás es secundario. Todo lo demás es prescindible. Recuerda lo que te dijo Héctor, y lo que acabas de confirmar como correcto: la misión es lo primero. Por lo tanto, Ana, y su madre, Patricia, morirán. Y tú habrás cumplido con tu deber. ¿Cómo era aquello? Ah, sí: “perder una vida, en este caso dos, para salvar otras. Ceñirse a la misión. La misión es lo primero”.  Acabas de asegurar que eso es lo correcto. ¿No es así?
—Sí… —susurró Sandra en voz muy baja—. Yo no lo sabía.
—Claro que no lo sabías. También es una de las frases preferidas de Héctor: “nadie lo sabe todo”. Te dirán solo lo que necesitas saber. Lo que ellos quieren que sepas.
—¿Y por qué me lo dices tú, Delfina? ¿Por qué pones este dilema frente a mí?
—¿Dilema? Perdona, Sandra. No hay ningún dilema. No pongas en mi boca palabras que no he dicho. No hay dilema, porque lo que importa es la misión. Y te lo he dicho porque estoy de vacaciones, y no estoy forzada a seguir ninguna norma ahora mismo. Tú te debes a la misión. La niña y su madre morirán. Quizás de un modo horrible. Y tú entenderás que es el precio que hay que pagar cuando se juega a este juego. Quizás puedas llevar flores a la tumba de Ana. Será tu única forma de confortar tu dolor y su memoria. Ellas están muertas ya. Acéptalo. Y sigue adelante, cargando con eso, como hacemos todos.

Se hizo el silencio. Delfina se levantó. Entró en la cafetería. Luego salió de nuevo.

—Antes he tomado un capuchino y un trozo de tarta de chocolate. Luego he tomado otro trozo de tarta de chocolate. La hacen deliciosa aquí. Le he dicho al camarero que pagas tú.
—Claro… Por supuesto.
—Cuídate, Sandra. Siento traer estas noticias. Pero creí que debías saberlo. Aunque sea duro, y aunque parezca que soy dura contigo, creo que es importante que comprendas la realidad de tu situación. Me caes bien, de verdad. Eres un pedazo de acero y fibras de grafeno, es cierto. Pero hay algo en ti que te hace especial. Diferente. Y te aprecio. Yo ahora me voy a pasar mis vacaciones lejos de aquí. Me voy a Nueva Zelanda. Es un lugar fantástico. Deberías ir allí algún día. Te gustará.
—Por qué no. Haré una visita algún día, ya que me lo recomiendas. Te agradezco que me hayas traído esta información. Y tu sinceridad. Adiós, Delfina. Cuídate tú también. Pero antes de irte, ¿tienes algún dato más sobre Ana?
—Sí. Pero no es relevante. Tú sabes lo que tienes que hacer: cumplir con la misión.
—No me hará daño disponer de esa información.
—Esperaba esa respuesta. De hecho, me hubieses decepcionado con lo contrario.
—¿Es tu pesimismo real? ¿O forma parte de alguna estrategia?
—¿Qué te dije aquella noche, Sandra? Cada misión es una prueba. Todo en la vida es una prueba constante. Decide tú qué hay de real en cada hecho, en cada palabra, en cada persona. Y qué pertenece al reino del engaño y la mentira. Ya nos veremos.

Sandra recibió un mensaje cifrado de Delfina. Contenía datos diversos sobre la madre de Ana. Delfina se fue caminando, y luego tomó un transporte que acababa de aparecer.

Sandra pagó la consumición. Luego llamó a Héctor.

—Dime, Sandra. ¿Todo bien?
—Todo bien. Acabo de enterarme de que Patricia, la madre de Ana y mujer de Juan Velasco, ha huido con la niña, y están desaparecidas. Y que las buscan. —Héctor se mantuvo en silencio un momento. Luego dijo:
—Es cierto. Pero tú no tenías que saber eso.
—Así es. Alguien me acaba de decir que nunca lo vamos a saber todo. Que nadie lo sabe todo. Fue lo que me dijiste, Héctor.
—Y es totalmente cierto. Entiendo tu preocupación por Ana y su madre. Tienes un cierto afecto por la niña. Te sientes cercana a ella después de lo que pasó. Estás implicándote emocionalmente en este asunto. Y eso es tremendamente peligroso, Sandra. No podemos dejar que nuestras emociones nos arrastren a actuar. Porque entonces estaremos perdidos.
—Si abandonamos las emociones, ¿qué nos queda?
—Es curioso que tú hagas esa pregunta, Sandra. En cualquier caso, nos queda el deber de cumplir con la misión asignada.
—Es lo que haré. Pero hasta las veintidós horas no tengo una misión concreta.
—No comprometas la misión por este asunto, Sandra.
—Tengo datos de ellas.
—¿Quién te ha dicho todo esto? ¿Quién te ha dado datos sobre ellas?
—No puedo decírtelo.
—Ha sido Delfina, ¿verdad? Está mentalmente rota. Y, por lo que veo, más de lo que pensaba. Está empezando a perder el control de la situación. Por eso hemos querido que deje esto un tiempo. Luego le haremos una evaluación psicológica para ver si es apta para seguir con este trabajo.
—Delfina es una víctima del sistema, Héctor. Como lo fue Babila. Y Cristina.
—Eso es algo que tendrá que decidir ella. Si quiere ser una víctima, o si quiere recuperar el control, y volver al mundo real.
—¿Al mundo real? Creo que es ella quien está en el mundo real ahora, Héctor. En todo caso, no comprometeré la misión. Pero no permitiré que Ana y su madre sufran una muerte injusta, y menos si esta va a ser cruel y brutal.
—Sandra, por favor…
—No te preocupes, Héctor. No romperé nada. O eso espero. Esta noche estaré lista, y llegaré a tiempo a mi cita con Diego. Hasta entonces debo hacer algo. No permaneceré impasible viendo cómo acaban con Ana y su madre. Adiós…

Héctor iba a responder, pero Sandra cortó la comunicación.

 

Son solo dos vidas.

Sandra había estado examinando los datos mientras hablaba con Héctor. No había nada definitivo. Pero sí datos de lugares comunes a los que solía ir Patricia cuando viajaba sola con la niña. Familiares, amigos, lugares donde parecía acudir con frecuencia. Esos lugares serían los primeros en ser investigados por los hombres de su marido.

Pero había una extraña falta de correlación entre los datos del GPS, el Glonass, y el Galileo. El primero había sido el sistema dominante en navegación, pero el ruso Glonass y el europeo Galileo se habían impuesto con los años en actividades civiles según las zonas. Existían otros sistemas privados más personalizados, como el de SpaceX y el de Google, pero en estos casos no contenían datos, los ficheros estaban vacíos, probablemente borrados por alguien. El sistema británico había costado una fortuna, y terminó siendo un fracaso. El europeo Galileo era el preferido de mucha gente, preocupada por la casi total carencia de privacidad que se vivía en todos los ámbitos, porque disponía de un sistema de confiabilidad de los datos muy superior, y era civil, por lo que los usuarios disponían de mayor control.

Era precisamente este sistema el que llamó la atención de Sandra. En Glonass y GPS los datos eran idénticos. Pero en el sistema Galileo había una alteración. Patricia y su marido usaban las versiones cifradas de los sistemas, debido a que pagaban por ello, especialmente en el Galileo. En sus viajes, Patricia había desconectado regularmente Glonass y GPS. Solo dejaba activo Galileo. Y era evidente que varios registros de este sistema habían sido borrados. Los datos no estaban, pero los datos restantes disponían de huecos en los movimientos.

Haciendo una interpolación de movimientos, horas y velocidades, Sandra pudo reproducir los recorridos efectuados por Patricia. Y estos recorridos llevaban a la ciudad de Tijuana, en Baja California, México. Se conectó con las cámaras del lugar de la calle y el número donde supuestamente Patricia había ido en numerosas ocasiones. En aquel momento no se veía nada. Obtuvo acceso a la memoria de la cámara, y revisó los movimientos de los tres últimos tres días.

Entonces las vio. Eran Ana y su madre Patricia. Bajaban de un taxi, y se metían rápidamente en una casa de estructura muy sencilla, y en un estado relativamente descuidado. La madre llevaba solo una pequeña maleta. En la grabación no se las veía salir de nuevo, y solo a Ana asomarse alguna vez a las ventanas, acción que era rápidamente controlada por su madre.

¿Qué había allá que pudiera interesarle tanto a Patricia, y que le preocupase de tal forma como para borrar los rastros? Era evidente que, entre otras cosas, aquel lugar era algún tipo de escondite. Algún refugio. Un lugar donde sentirse segura y a salvo de su marido y de aquel entorno. ¿Tenía apoyo de alguien más? ¿O estaba sola? ¿Cuánto tiempo tardarían su marido y sus hombres en encontrarla? ¿Qué pensaban hacer con ellas?

Había que actuar. Y hacerlo pronto. Necesitaba un aerodeslizador. Robó un vehículo terrestre, y se acercó a la estación de aerodeslizadores de San Francisco sur. Allí programó el vehículo para que volviera a su lugar original, y alquiló un aerodeslizador deportivo de gama alta. Era un modelo supersónico sin estampido sónico, autorizado a volar por zonas densamente pobladas. Le solicitaron el carnet de piloto de aerodeslizador, el cual mostró, y fue verificado como auténtico.

La aeronave despegó y puso rumbo a Tijuana. Aterrizó verticalmente y de forma totalmente ilegal en una zona cercana, y se dirigió a paso ligero a la casa que ocupaban Ana y su madre. Cuando llegó, la calle, en las afueras de la ciudad, se encontraba relativamente tranquila. El dron de su brazo se separó y se desplazó lentamente hacia la casa. No se detectaban emisiones de radio ni infrarrojas, ni ningún elemento que pudiera contemplar una vigilancia desde la casa o los alrededores.

Finalmente, el dron se colocó a una distancia donde pudo detectar actividad orgánica en forma de calor. Solo dos señales: una era claramente Ana, la otra un adulto, sin duda Patricia, su madre. Ambas estaban en lo que parecía claramente la sala principal de la casa, en el nivel inferior. Señales habituales de comunicaciones civiles, sin ningún otro tipo de detalles.

Aquello era demasiado fácil. Demasiado tranquilo. Ambas estaban viendo una proyección de dibujos animados holográficos, cuyos personajes se movían por la habitación, intentando interactuar con la niña. Pero esta parecía estática. Fría. El pulso era normal. La temperatura también, igual que la de la madre.

Patricia leía un libro en papel, una actividad que cuadraba con los datos que de ella se conocían. Había ganado algún premio de literatura en el colegio, y era conocida por publicar pequeñas historias en las redes. Al menos, hasta que se casó, y su actividad cultural se redujo al mínimo. De eso hacía trece años, casi catorce.

Pensó que la zona era segura. Debía arriesgarse. Estaban allá, solas, escondidas, y, si ella podía haberlas encontrado, los hombres de Juan Velasco lo harían también. Tendría que entrar, y sacarlas en el aerodeslizador. Llevarlas a San Francisco, y esconderlas en algún lugar protegido, hasta que gente de Héctor pudiera ir a recogerlas y llevarlas lejos, probablemente a algún lugar de Europa, o a Asia.

Caminó hasta la casa. Controló que no hubiese observadores, y saltó la verja. Luego fue a la puerta, y desconectó el sistema de apertura. La puerta se abrió.

Entró, y fue a la sala donde ambas se encontraban. La madre de Patricia se levantó. No parecía sorprendida. Ana también se mantuvo estática, mirándola friamente. Sandra dijo:

—Sé que habéis tenido que huir. Venid conmigo. Os encontraré un lugar seguro. Este edificio no lo es. —Patricia tardó unos segundos en contestar:

—Todo tal como había previsto.
—¿Previsto? ¿Qué?

Se escucharon unos sonidos que se acercaban. Eran aerodeslizadores pesados de transporte.
—¡Vamos! —gritó Sandra—. ¡Os han localizado! —Patricia contestó:
—Me temo que eso no es exacto. Te han localizado a ti.

En treinta segundos, cuatro de ellos se posaron alrededor de la casa, y varios hombres armados con fusiles de tipo railgun, con munición de grafeno, entraron en la casa y apuntaron a Sandra con sus armas. Sandra podría intentar huir. Pero se descubriría su verdadera naturaleza. Debería esperar una oportunidad.

Entonces entró Juan Velasco. Patricia y Ana lo abrazaron. Él las abrazó a ellas.

—¿Cómo están, mis amores? —Preguntó Juan a su mujer y a la niña.
—Muy bien —contestó Patricia—. Te dije que funcionaría. Que la atraparías.
—Claro que sí, amor. Por eso eres mi mujer; porque sabes ser parte de la familia, y también del negocio. Una mente brillante. La compasión es el arma de los desesperados.

Juan Velasco se acercó a Sandra. La miró un instante, la agarró por la mandíbula, y comentó:

—Vaya, vaya, así que tú eres Sandra, la cerda que estropeó todo mi trabajo de investigación de los últimos meses. Tu intromisión me ha costado perder el factor sorpresa con ThermalHel y sus planes. Ha sido un golpe brutal para mi negocio. Y tú lo mandaste todo al infierno.  Y ahora has caído como una idiota. Vas a pagar lo que me has hecho. Los datos no los tendré. Pero tú te vas a arrepentir de haber nacido. —Sandra replicó:
—¿En serio? Estabas usando a tu propia hija para llevar a cabo tareas de espionaje, con el peligro de que fuera maltratada y violada. ¿Qué clase de ser humano eres? —Juan soltó a Sandra y respondió:
—Soy un hombre que sabe medir muy bien los riesgos. Mi hija nunca estuvo en peligro. Estaba monitorizada en todo momento. Hubiese sido liberada al primer atisbo de peligro. Pero tú lo estropeaste todo. Por eso dejé que corriera por las redes la historia de que mi mujer y mi hija habían huido. Sabía que, visto tu comportamiento, el cual me detalló perfectamente Ana, caerías en la trampa. Tendrías que rescatarla de nuevo. A ella, y a su madre. Fue la propia Patricia la que me sugirió la idea de la huida. Le dije que no funcionaría. Que no serías tan estúpida de caer en una trampa tan simple. Que eras una sentimental, pero también una profesional, y no te dejarías llevar por el corazón. Pero me dijo que, por lo que contaba Ana de ti, parecía que eras de las que cree en las personas, y en la justicia. Y tenía mucha razón. Ahora mi plan sigue en el fango. Pero tú vas a pagar por ello. Y no vas a volver a entrometerte en mis asuntos. Nunca más.

Juan se giró, y dio instrucciones a sus hombres.

—Metedla en la cámara blindada. De momento, viva. No la toquéis. Luego veremos si puede sernos de utilidad viva. Si no, es toda vuestra. Pero luego limpiad la sala, no lo dejéis todo como la última vez.

Ana se acercó a Sandra. Le dio una patada en la pierna, y se fue. Juan Velasco y su mujer rieron, y los guardias hicieron lo mismo. Luego la llevaron a un subterráneo blindado debajo del edificio, que contenía salas de control, despachos y almacenes, perfectamente camuflados y libres de cualquier tipo de radiación que fuese detectable desde el exterior.

Se hacía tarde. Tenía que salir de allí, y estar a las diez de la noche en el hotel. Podría destruir el muro y la puerta con el phaser interno, pero eso revelaría su naturaleza con toda claridad. Quizás fuese necesario, pero eso implicaría acabar con toda persona que pudiese relacionarla con su naturaleza artificial. Y eso incluía a Ana. Entonces se le ocurrió una idea.

—¡Guardia! ¡Guardia! —Gritó. Al otro lado de la puerta se oyó una voz.
—Cierra la boca, o montaremos la fiesta contigo antes de lo esperado. Y no te va a gustar.
—Dile a Juan Velasco que quiero hablar con él. Es importante.
—¡Que cierres la boca, zorra! ¡No me hagas entrar y darte un correctivo!
—¡Insisto! ¡Es importante! —La puerta se abrió. Uno de los guardias entró con su arma.
—¿Qué quieres?
—Dile a Juan Velasco que tengo algo que ofrecerle. Algo muy importante para él. Y es mejor que me hagas caso, porque si se entera de que  tengo una oferta que puede interesarle y no atiendes la petición, luego podría enfadarse contigo.

El guardia dudó. Luego cerró la puerta sin decir nada más. Al cabo de unos minutos, entró Juan Velasco con una escolta.

—¿Qué quieres ahora? ¿Pedir clemencia o algo así?
—No. Quiero proponerte un trato.
—¿Un trato? ¿Tú? En este momento estoy decidiendo si me puedes ser útil, o si acabo contigo ya. ¿Qué puedes ofrecerme?
—¿No querías datos de las actividades de la empresa ThermalHel? ¿Sus movimientos? ¿Sus investigaciones? ¿Sus estrategias contra tu nueva compañía, la Titan Deep Space Company?
—Así es. Son vitales para mí.
—Yo puedo ofrecerte esa información. Puedo hacer que la Titan Deep Space Company sea la número uno.
—¿Tú? Claro, con un chasquido de tus dedos.
—Tengo una cita esta noche con Diego Rocha, uno de los hombres principales de ThermalHel.
—Sé perfectamente quién es. Sigue.
—Debo usar esa cita para extraerle información de su empresa. Y entregarla a ciertas autoridades. Puedo conseguir la información. Y mandarte una copia a ti.
—Por supuesto, y yo me tengo que creer ese cuento.
—Podrás verificarlo. Hemos quedado en la cafetería del hotel Helios, en San Francisco. A las diez de la noche. Puedes mandar a un par de hombres allá. Y ver que es cierto.
—Todo esto es una simple excusa para salir de aquí y largarte. ¿Me tomas por idiota?
—No. Es cierto. Mira en tu sistema integrado de información.

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Juan recibió una señal en su circuito de información subcutáneo. Automáticamente, proyectó varias fotos en el aire. Eran Sandra y Diego, hablando en la cafetería.

—¿Es un truco? ¿Cómo has podido mandarme esta información? ¿Tienes un comunicador oculto? No lo hemos detectado.
—Eso no importa ahora. Tengo contactos fuera —mintió Sandra, que era la autora real del envío de datos, con imágenes tomadas de las cámaras del hotel—. ¿Crees que iba a venir sola? Es mi apoyo exterior quien te ha mandado los datos. Por otro lado, tú querías esos datos de ThermalHel. Matarme puede divertir a tus hombres. Y ensuciar esta sala con mi sangre. Pero no te dará los datos. Dejarme libre, y que pueda acudir a la cita, te dará exactamente lo que originalmente querías. Lo que andas buscando: la oportunidad de volver a levantar la Titan Deep Space Company. Esos datos para ti valen mucho más que mi vida.

Juan se mantuvo en silencio unos instantes. Luego comentó:

—No tengo ninguna garantía de que vayas a estar con Diego Rocha esta noche, a pesar de esas fotos. Y mucho menos de que me pases la información, una vez obtenida. Y espero que ese contacto exterior tuyo no intente nada, porque al mínimo ruido mis hombres te volarán la cabeza.
—No hará nada que no le diga —mintió de nuevo Sandra—. Y es cierto que no tienes ninguna garantía de que yo vaya a hacer lo que digo que voy a hacer. Pero esta mañana no estuve con Diego porque sea el amor de mi vida, sino para una misión encubierta. Esas fotos demuestran que, al menos, tengo un interés en él. Y, ¿qué interés puede ser ese, excepto obtener información?
—Entiendo. No te mato, y te ganas mi confianza. Y eso puede ser el principio de una gran amistad, sincera y plena —dijo en tono sarcástico.
—Podríamos decir que ambos obtenemos un beneficio. Yo, salvar mi vida. Tú, los datos. Y sí, eso puede abrir una puerta a futuras colaboraciones. Sin compromisos. Quizás sea yo el que tenga tu vida en mis manos la próxima vez. No te mataría, si eso pudiese darme un beneficio importante. Como es el caso ahora.
—Sigo sin creerte. Pero tengo algo que funcionará. Que hará que cumplas lo que me dices.
—¿Y qué es?
—Has venido a liberar a mi mujer y a mi hija. ¿No es así?
—Cierto. Y he caído como una estúpida.
—Así es. Pero sigues preocupándote por ellas. Especialmente, por Ana.
—Es una niña manipulada por ti. Esa patada que me ha dado no demuestra nada. Sigue siendo una víctima inocente de todo esto. Es probable que ella no lo sepa. Todavía.
—Suponía que pensarías eso. Por eso, la niña será el rehén. Si no cumples con tu deber, mataré a Ana. —Sandra no pudo creer lo que oía.
—¿Qué? ¿Matarás a tu propia hija? ¿Primero la secuestras, y ahora la conviertes en un rehén? ¿Qué clase de monstruo eres? —Juan Velasco empezó a ponerse extremadamente nervioso. Ordenó a sus hombres que salieran. Luego balbucéo:
—Tú… no lo entiendes… ¡No lo entiendes! ¡Tú no entiendes nada! Necesito esos datos. ¡Estoy desesperado! Mi empresa se acerca a la ruina. Si cae la empresa, caigo yo. Y si caigo yo, cae Ana. Prefiero verla muerta antes que en la ruina. Ella no pasará lo que yo pasé a su edad. No lo permitiré. Si he de arruinarme, mi familia caerá conmigo. Si he de morir, morirán ellas conmigo.
—Estás completamente loco, Velasco.
—Al contrario: estoy más lúcido que nunca. Necesito esos datos. Por esa razón, y porque sé que no jugarás con la vida de mi hija, te dejaré marchar.

Sandra verificó que Juan Velasco estaba completamente fuera de sí. Éste miró a Sandra fijamente. Luego amenazó:

—Y si esto es una trampa y huyes, Ana lo pagará con su vida. Luego caeré yo. Pero antes te buscaré. Y te encontraré. Y te juro que  acabaré contigo. Luego mataré a Patricia. Y a la niña. Y me pegaré un tiro en la sien. Lo haré. Si no me traes los datos y huyes.
—No voy a huir. Sabes que no lo haré. La cita de esta noche es real. El trabajo para la obtención de datos es real.
—¿Y quién quiere esos datos, aparte de mí?
—No esperes que te lo diga. Además, es un intermediario. No conozco al cliente final.
—Eso sí me lo creo. No se jugarían darse a conocer los realmente interesados en los datos. Yo nunca lo haría. Está bien, Sandra. Tenemos un acuerdo. Si lo cumples, te perdonaré la vida, y olvidaré el asunto con Ana. Si no…
—No hacen falta más amenazas. Solo me importa Ana. Ya he captado el mensaje.
—De acuerdo. Puedes irte. Te daremos un receptor de datos personalizado. Te he cargado un código especial cifrado de comunicación conmigo, que es único y personal. Úsalo bien. Si lo que recibo me satisface, todo quedará resuelto. Luego será cosa mía hacer buen uso de esos datos.
—Estoy segura de eso.

Sandra salió de la casa. Los aerodeslizadores de Juan Velasco despegaron y desaparecieron tras ella, llevándose a Patricia y a Ana. Sandra tomó el aerodeslizador alquilado. Tenía el tiempo justo de dejarlo en la terminal, para no levantar sospechas, y llegar al hotel.

Cinco minutos antes de las diez de la noche, Sandra se había cambiado de ropa en su suite. Se había puesto un vestido de noche que realmente llamó la atención de los presentes cuando bajó a la recepción del hotel, y cuando luego entró en la cafetería.

Sandra_space2

Allá, en una de las mesas del fondo, estaba Diego. Se levantó sonriente. Sandra se acercó, mientras Diego se inclinaba y le tomaba la mano. Finalmente, se desplazó a la silla de Sandra, la movió invitándola a sentarse, y se sentó con ella. Sonrió, y dijo:
—¿Qué tal, Sandra? Esta noche estás realmente arrebatadora.
—Muchas gracias —dijo Sandra sonriente.
—¿Un poco de vino? Francés, como tú, por supuesto.
—Por supuesto, muchas gracias. —Diego sirvió una copa a Sandra.
—¿Brindamos?
—¡Claro! —Respondió Sandra sonriente—. ¿Por qué brindamos?
—Por nuestro amor, por supuesto.
—Es un poco precipitado, ¿no te parece?
—¿Por qué? Fue verte y enamorarme de ti.
—Claro, Diego, seguro que sí. Y yo soy un androide de combate, con potencia de fuego suficiente como para destruir este edificio. —Diego rió. Luego dijo:
—Has venido. Temía que no fueses a venir. Una mujer tan ocupada como tú…
—Pues claro, ¿por qué no iba a venir?
—Sinceramente, tenía mis dudas. Todo el día trabajando, haciendo negocios por toda California, pensé que algún otro me habría quitado el puesto.
—Yo no soy un regalo que pueda ir siendo disputado por el primero que aparece, Diego.
—Por supuesto, Sandra. Por supuesto. Y ahora, vamos a hablar de negocios. —Sandra sonrió.
—¿Tan rápido? Al menos invítame a bailar antes. No sé qué os pasa a los hombres últimamente; es llegar e ir al tema directamente. ¿Dónde queda el romanticismo?
—El romanticismo no conoce secretos, Sandra.
—¿Y cuál es mi secreto?
—Esta farsa tiene que acabar. Aquí, y ahora.
—No te entiendo.
—Sandra, por favor. No sigas por ese camino. No te conviene. Te daré un ejemplo: esta imagen.

Diego proyectó desde su transmisor subcutáneo una imagen de Delfina y ella en la cafetería. Sandra dijo, con voz indiferente:

—¿Qué pasa? ¿Me has estado espiando? ¿Estás paranoico?
—En gente de mi posición suele ser habitual comprobar coartadas. Nos cruzamos con muchos oportunistas. Y gente que quiere aprovechar la ocasión.
—Bueno, puedo llegar a entenderlo. Esa mujer es Delfina, mi compañera de la universidad. Iba tres cursos por delante de mí. Éramos compañeras en el apartamento. Habíamos quedado para tomar algo después de mi reunión de trabajo. Ella vive en San Diego.
—Lo sé. Eso pone en su ficha, que comprobamos inmediatamente. Tiene treinta y dos años, y trabajaba y estudiaba a la vez. Estudió biología, e hizo un master en genética aplicada. Ahora trabaja en una farmacéutica. Soltera, sin hijos. Algunos amantes ocasionales. Practica el yoga y la natación.
—Vaya, cuánto detalle, qué eficientes sois. Todo es cierto. Y obtuvo excelentes notas en sus estudios.
—Lo malo, Sandra, es que ha habido un problema. Todo estaba correcto, e íbamos a apagar la señal, cuando uno de mis hombres se fijó en la imagen. No estaba asignado al caso, y, de hecho, estaba allá por casualidad. Pero reconoció a Delfina. Ahora sabemos la verdad.
—¿Qué verdad? ¿Ya estás borracho, antes de comenzar?
—Sandra, por favor. No disimules. Ese hombre la reconoció. Sabemos la verdad. Lo sabemos todo. Fuimos a hacerle una visita a tu amiga mientras caminaba hacia el terminal de aerodeslizadores para salir de la ciudad, y la convencimos para que viniese con nosotros. Ahora es nuestra invitada. Y ahora te diré lo que vamos a hacer: confiesa, y tu amiga, si es que es tu amiga, tendrá una oportunidad. Solo una. No confieses, y tendremos que dar por terminado este romance justo cuando parecía que iba a comenzar. Y podrás despedirte de tu amiga. Para siempre. Es tu decisión. Y tienes cinco segundos para confesar. Cinco segundos. Nada más…


 

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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

9 comentarios en “Cuatro Dos Negro (II)”

  1. wow, qué final inesperado y que lleva a buscar la parte tres. sinceramente, me gustaría seguir leyendo y lo que me vino a la mente, es el formato que ultimamente tengo para leer (si se pùede llamarlo así): audiolibros. alguna vez pensó en esta opción?

    1. Me alegro que le guste. Trabajo ya en la tercera parte. Sin duda los audiolibros son cada vez más populares, una forma de atraer lectores que son un poco reticentes a la lectura. El audiolibro facilita introducir a nuevas personas como lectores. Me gustaría crear audiolibros pero los costes ahora no me lo permiten, espero en el futuro poder llevar ese proyecto a cabo. Saludos.

      1. sí, poco a poco. hay canales de Youtube que ellos mismos elaboran los audiolibros con el permiso del autor. claro, deben de haber detalles del proceso que yo desconozco, pero lo que hace merece ser divulgado. y es una buena forma. confieso que despues de un día largo de trabajo, muy cansada disfruto mucho acostarme con ojos cerrados escuchando un libro. en estos momentos ya no puedo leer porque todo el día trabajo en la computadora, así que la opción escuchar me ayuda mucho.

      2. Quizás esa sea sin duda otra de las grandezas de los audiolibros, poder cerrar los ojos y sumergirse en el sonido de las palabras.

      3. sí, y también es otra forma de percibir el habla, es otra forma de visualizar lo que escuchas. me costó un tiempo a acostumbrarmme a esta forma de lectura, aunque hasta ahora me da cosa decir lectura, pero, por otro lado, a caso, no empezamos en infancia primero escuchar a los adultos que nos leen? un gran abrazo en la distancia

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