Cuatro Dos Negro (V)

Primera parte en este enlace.
Segunda parte en este enlace.
Tercera parte en este enlace.
Cuarta parte en este enlace.
Sexta parte en este enlace.

Nos acercamos al final de esta historia. Esta es la quinta parte de “Cuatro Dos Negro”, relato que explica la segunda misión operativa de Sandra, personaje de la saga Aesir-Vanir. El relato está llegando a su fin, y dispondrá de una parte más (VI) y un epílogo (VII).

“Cuatro Dos Negro” quiere cerrar algunos aspectos que quedaron abiertos en “Trece almas”, e investigar un poco más en el desarrollo emocional primario de Sandra, algo en lo que llevo trabajando cinco años y nueve libros. Pero quedaba explicar el origen, el inicio fundamental. De ahí que me haya animado a escribir “Trece almas” y ahora este relato.

Este texto seguirá el mismo procedimiento que “Trece almas”. Se publicará en varias partes, y luego se convertirá en libro en Amazon, estando también disponible de forma gratuita aquí, en el blog. Ambas partes además se publicarán en un libro conjunto cuyo título final será “Sandra. Orígenes”. Cada cual podrá escoger la opción que estime más conveniente de lectura. Muchas gracias.

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Díselo con fuego.

Sandra analizó los datos de aquella asesina, la autora de la muerte de Patricia. Se llamaba Eleni Kozlov, y había sido una conocida agente rusa que había trabajado para el gobierno de su país, y que luego se había puesto a trabajar por su cuenta. Esta mujer no tenía precios de mercado, sino muy superiores, y solo trabajaba para clientes de alto nivel, lo cual dejaba claro que el pagador era también alguien con poder.

Los datos de su GPS no eran concluyentes, pero un punto, al sur de San Francisco, parecía haber sido de su interés en las dos últimas semanas. Quizás no tenía nada que ver, pero en operaciones importantes no era tan raro recibir instrucciones adicionales de forma presencial. Si eso era así, no había dicho toda la verdad. Claro que arrancarle la verdad a una profesional así hubiese supuesto una tortura mucho mayor, algo que Sandra no estaba dispuesta a llevar a cabo. Drogas, algo de dolor, impartir algo de miedo, era posible. Utilizar aquellas técnicas de forma brutal era algo que no concebía ni iba a aplicar, incluso aunque hubiese sido diseñada con ese fin.

Por supuesto había una excepción: Ana. Cualquier dato relevante para salvarla lo arrancaría de quien fuese necesario, al precio que fuese necesario. En aquel momento no fue consciente de la contradicción que eso suponía para ella. Ni pareció entender cuál era la naturaleza de su obsesión por la niña.

Tenía que obtener más datos, mientras intentaba descodificar los de Patricia. También los podría descodificar Delfina en el avión, parecía tener una natural habilidad para obtener información de todas partes. ¿Cómo la había localizado de nuevo? Era evidente que alguien le pasaba la información, o que disponía de alguna forma de seguirla. O ella misma había estado vigilándola.

Decidió hacerle una llamada sorpresa. Si Delfina podía aparecerse en cualquier momento, ella podría llamar en cualquier momento. Delfina contestó a la llamada.

—Hola, Sandra, qué quieres.
—Antes que nada, ¿cómo me has localizado antes? Es la segunda vez.
—Tengo mis…
—Tus medios, sí, ya lo sé —cortó Sandra—. ¿Qué medios son esos?
—Los necesarios para controlar que no rompes nada.
—No me lo vas a decir, ¿verdad?
—Baste decir que yo soy la veterana, y tú la novata. Hay trucos que irás aprendiendo con el tiempo. Y supongo que llamas para asegurarte de que voy realmente al aeropuerto.
—Se me ha pasado por la cabeza que podrías tener otras intenciones.
—Pues te doy mi palabra de que voy al aeropuerto.
—Claro, tu palabra.
—¿No me crees?
—¿Creerte? Ni por un instante, por supuesto que no. Por eso, cuando te llevaba al hombro durante la huida, te inserté un chip GPS de control en el trasero.
—¿Qué haces tú manoseando mi trasero, Sandra?
—Hago lo que haga falta para tenerte controlada, eso hago. No quiero más sorpresas. Te lo he puesto ahí porque lo tenía a mano mientras te llevaba en el hombro, y porque es el lugar perfecto, por la estructura de la zona y el tejido adiposo.
—¿Me estás llamando gorda?
—No, Delfina, estás guapísima, tienes un trasero precioso, y una belleza arrebatadora.
—Tu sarcasmo es conmovedor. Lástima no poder dispararte en este momento.
—El localizador está integrado bajo tu dermis, en esa zona es muy difícil detectarlo excepto con un escáner específico, tanto por la zona en sí como por el tejido adiposo, y no podrás quitártelo excepto con cirugía. Si se quiere ocultar un dispositivo digital, esa es la mejor zona del cuerpo humano. Y no te preocupes; se disolverá por sí mismo en dos semanas, sin que produzca efectos secundarios.
—Siempre piensas en todo —confesó Delfina.
—Ahora ya no te parezco tan torpe, ¿eh?
—Ciertamente. Al menos podrás verificar que lo que digo es cierto.

Sandra comprobó la posición del dispositivo. Estaba llegando al aeropuerto del Sur.

—Verificado. Pero te tendré controlada.
—Y yo a ti, aun en la distancia.
—Pásalo bien en Nueva Zelanda.
—Lo intentaré. Y te diré cualquier cosa sobre esos datos. Espero poder decodificarlos pronto. Mi avión sale en una hora y media.
—Bien. No intentes sorprenderme de nuevo, Delfina, ni engañarme. Y no intentes quitarte el localizador ni siquiera con cirugía, porque me avisará inmediatamente.
—No lo haré. Pero una cosa es cierta: el arte del engaño es lo que me ha mantenido viva estos años.
—Lo sé. El arte del engaño, y tu tendencia a solucionarlo todo de un disparo a quemarropa. Por eso me preocupa cada palabra que dices, y cada acción que tomas.
—Seré una buena chica. Lo prometo.
—Tú nunca has sido una buena chica. Y tus promesas no valen nada.
—Estás encantadora conmigo. Pero tienes razón. En todo. Ten cuidado, Sandra.
—Tú también. Cuídate.

La conexión cesó. Ese tema parecía controlado. De momento, volvió a la zona de la explosión, donde se encontraba el vehículo que las había atacado. La zona estaba acordonada por la policía, pero ella tenía que intentar encontrar algo de información, intentando conectarse a los dispositivos que pudieran haber quedado operativos. Era difícil que sobreviviese algo tras la deflagración, pero entonces, vio una camilla, que portaba uno de los cadáveres del vehículo. El reloj aún estaba en la muñeca, y aún tenía un puerto abierto de acceso. Claro que aquel no era un reloj normal, ni siquiera un reloj inteligente. Era una puerta codificada por hardware a una base de datos cuántica muy sofisticada.

Se conectó al dispositivo, y rompió la clave mediante la puerta trasera dispuesta para la policía y el gobierno. Era curioso que eso que intentaba proteger el gobierno mediante puertas traseras fuese el acceso para que se pudiera robar cualquier información de cualquier individuo. La paradoja de las puertas traseras: dejar abierto un camino para que cualquiera pudiera aprovecharlo. Y ella también por supuesto.

Aquella base de datos del ocupante de aquel vehículo no contenía datos específicos de la misión. Pero sí contenía datos del trabajo De su dueño, de algunas operaciones anteriores, y de la vida personal de aquel individuo. Y, mucho más importante, datos de sus posiciones en los últimos días, almacenados gracias al GPS. Vio también fotos personales de su familia, de sus hijos, y otros datos menores. Era un gran error el mezclar datos personales con los profesionales. Pero también comprensible; era un modesto padre de familia metido a soldado de fortuna para ganar un dinero, gracias a su preparación militar y capacidades con las armas.

Los datos del GPS coincidían con los de Eleni Kozlov en un punto del mapa. Luego, aquel punto podría guardar algo de interés.

Sandra se desplazó en un transporte de vuelta a San Francisco, a ese lugar, donde era evidente que aquel soldado había operado. Era un edificio de aspecto desgastado, sin nada especial, al sur de la ciudad. Evidentemente una tapadera para esconder un nodo de operaciones de alguna unidad especial. Revisó el edificio con el dron, y luego se metió en las cloacas, deslizándose hasta una entrada que daba a una habitación en el sótano del edificio.

Allá abrió la puerta, que estaba cerrada por el otro lado. Entró en un pasillo largo que llevaba a un despacho. En la puerta, una imagen que le era bien conocida, con un cartel: “Global Security Agency”. ¿Qué tenía que ver la G.S.A. en todo aquello? Siempre estaban en los lugares más insospechados. Pero ahora todo empezaba a tener sentido. Y la respuesta era, sin ninguna duda, mucho más que un simple conflicto entre dos empresas.

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Detrás de la puerta alguien hablaba por videollamada, una comunicación de imagen y voz. Sandra interceptó la llamada. Venía de un superior, tres pisos más arriba, en la segunda planta, donde solo había un despacho y una pequeña sala. Le estaba dando instrucciones de algún tipo a aquel hombre del sótano, llamado Carson. Era evidente que el del otro lado de la línea era alguien de cierta importancia.

Al cabo de un tiempo la comunicación cesó. Sandra esperó unos minutos. Luego se conectó al comunicador de Carson, generó una imagen sintética animada del superior, e hizo una llamada, usando la imagen, la voz y el timbre del superior.

—¿Carson?
—Diga, señor.
—He olvidado comentarle que en unos minutos llegará una joven a su despacho. La envían desde otro nodo. Es una joven morena de ojos azules, de uno ochenta de estatura y cabello oscuro largo. Responde al nombre de Sandra White.
—Sí, señor. ¿Para qué viene?
—Es un asunto importante, no le puedo dar datos. Escóltela hasta mi despacho. Ella dispone de información vital en un asunto de la máxima prioridad. Es una testigo de un asunto crítico. En cuanto llegue, deje todo lo que esté haciendo, y tráigala a mi despacho. No comente nada con nadie. Prioridad máxima. ¿Ha comprendido?
—Perfectamente, señor.

Tras unos minutos, Sandra llamó al individuo del segundo piso. Esta vez con la imagen y la voz de Carson:

—¿Señor? —dijo Sandra, simulando ser Carson.
—¿Qué ocurre, Carson? —Sandra informó:
—Hay una señorita en mi despacho que dice tener información importante sobre el asunto de esta mañana, relacionada con la muerte de Patricia Velasco, y de la posterior muerte de Eleni Kozlov.
—¿En serio? ¡Tráigala enseguida, Carson! ¡Es un asunto de la máxima prioridad!
—Así lo haré, señor —informó Sandra, de nuevo con la voz de Carson.

La comunicación se cortó. La primera duda estaba aclarada: conocían a Eleni Kozlov. Luego, estaban implicados de alguna manera. Bien como contratantes principales de la asesina, bien como colaboradores indirectos.

Sandra esperó dos minutos. Luego el dron revisó el interior del despacho subterráneo. Dentro, un hombre corpulento de unos cuarenta años, vestido con uniforme de policía, miraba una novela tridimensional barata de sexo y acción de gran éxito.

Sandra guardó el dron, y llamó a la puerta. Carson se levantó, y comentó:

—Pase, está abierta.

Sandra abrió la puerta con cara asustada.
—Perdón, ¿es usted Carson? Me han dicho que…
—Señorita White, ¿no es así?
—Sí, señor.
—Ya me han informado de su llegada, no se preocupe. Acompáñeme, señorita. La esperan arriba. El teniente quiere hablar con usted.

Carson salió del despacho. Sandra le siguió. Alguien se cruzó con él, y al ver a Sandra le guiñó un ojo. Carson puso cara de circunstancias. Luego subieron en un ascensor hasta el segundo piso. Llegaron a un despacho de un lujo diez veces superior al de Carson. Este tocó la puerta.

—¡Pase! —Carson entró.
—Señor, la señorita Sandra White está aquí.
—¿Está limpia?
—Sí, señor. Sin armas. Escaneada dos veces.
—¡Hágala pasar! ¡Enseguida!
—Sí, señor.

Carson hizo un gesto a Sandra, que entró en el despacho. El hombre de cierta importancia se presentó.

—Soy Jian Huang, teniente de policía de Asuntos Especiales de la G.S.A. Ahora estoy con usted, señorita. Puede retirarse Carson. Le llamaré si le necesito.
—Sí, señor.

Carson cerró la puerta. Jian comentó:
—Dígame, qué desea.
—Supongo que sabe por qué estoy aquí.
—Usted es la joven que andaba con Patricia cuando esta fue asesinada. Y es probablemente la asesina de Eleni Kozlov. También ha acabado, sorprendentemente, con su unidad de apoyo blindada. ¿Me equivoco?
—No se equivoca.
—Acabar con Kozlov no habrá sido fácil. Hemos perdido a una de nuestras mejores piezas para este tipo de operaciones. Y acabar con el equipo de apoyo es toda una proeza. ¿Llevaba algún tipo de arma antitanque?
—No quiero discutir eso ahora.
—Entiendo. Sería inteligente contratarla, si no fuese porque es usted ahora un objetivo prioritario para nosotros. Verá, señorita White, o como se llame en realidad: no hemos conseguido ninguna imagen de usted. Solo el aviso de nuestro personal encargado. Es usted invisible.
—Sí, lo siento, pero no podía dejar ninguna prueba.
—¿Cómo lo hizo? ¿Cómo puede manipular varias decenas de cámaras? Sin duda debe contar con algún tipo de apoyo. Además, en algunos momentos la descripción que hacían de usted era el de una mujer rubia. Luego morena. Ojos azules. Ojos marrones. ¿Cómo lo hace?
—Es secreto profesional.
—Claro. Lo entiendo. Respecto al tema de cámaras, tendrá ayuda externa. Y debe ser alguien poderoso. En cuanto a su aspecto, un entrenamiento para camuflaje muy avanzado. Supongo que una combinación de pelucas y lentillas. O un proyector holográfico 3D para reemplazar el rostro. Muy hábil. En todo caso, su presencia aquí nos ha facilitado la tarea de buscarla. Si esperaba poder salir de aquí, al ser este un edificio público, siento decepcionarla.

Jian sacó un arma de un cajón. Sandra lo observó, y comentó:

—Vaya, un viejo revólver Smith & Wesson especial calibre 38 corto. Todo un clásico.
—Muy bien. Veo que conoce las armas.
—No sabe hasta qué punto.
—En el siglo XX lo llamaban “el revólver de las mujeres”. Por su poco peso y bajo retroceso al disparo. No muy potente, pero ideal para defensa personal. Perfecto para llevarlo en el bolso. Pero es mucho más; es un arma sin igual para cualquiera. A pesar de los adelantos, algunos seguimos creyendo en los clásicos. Dígame una cosa: ¿pensaba venir como testigo, quizás buscando información?
—Pensaba venir siguiendo una pista que obtuve del GPS de uno de sus hombres, es cierto. Quiero darle las gracias por confirmarme que esta operación de asesinato tiene relación con la G.S.A. Y que están implicados en la contratación de Eleni Kozlov. Como siempre, la G.S.A. metiéndose en donde no les llaman.
—Las cosas son más complicadas de lo que parece, señorita. Esta es una operación compleja, donde hay implicadas fuerzas y poderes que usted ni imagina. Y ahora, usted va decirme qué hacía con Patricia en Sausalito.
—¿O qué? ¿Me detendrá? Si lo fuese a hacer no habría ordenado marchar a su cachorro. Ni habría sacado el arma. Ni montaría este número mafioso. Me sacará la información amenazándome con el arma. Y luego me pegará un tiro en la cabeza. El estilo típico de la G.S.A cuando no hay otras opciones. Una mala imitación de la Gestapo.
—¿Qué es la Gestapo?
—No importa. Adelante. Dispare a la cabeza.
—Está usted loca, señorita. Si lo hubiese negado todo, yo habría tenido una duda razonable, y habría podido irse. Claro que yo también lo hubiese negado todo. Ahora ambos estamos metidos hasta el cuello en esta basura. Pero uno de los dos no saldrá vivo de esta habitación.

Sandra se levantó, y dijo:

—Y ahora usted me va a dar los datos que residen en su computadora. Tengo un asunto pendiente y urgente en Caracas. Y estoy empezando a perder la paciencia.
—No se acerque —advirtió Jian—. O dispararé. Se lo advierto. Esté segura de que dispararé.
—Estoy completamente segura de que disparará. Todos sus parámetros, ritmo cardiaco, respiración, sudoración, tensión arterial, neuroactividad, indican que disparará.

Jian disparó. El sonido quedó amortiguado. La sala estaba insonorizada. Era evidente que tenían en cuenta esos detalles. La bala rebotó en el pecho de Sandra, la cual le quitó el arma. Abrió el tambor del revólver, extrajo las balas, y luego, con las dos manos, retorció el metal completamente, hasta dejar el revólver convertido en una masa. Luego lo tiró en la mesa diciendo:

—Entiéndalo, señor Huang. Si puedo hacer esto con el revólver, piense en lo que puedo hacer con su brazo. —Jian pulsó el botón de alarma. Recibió una descarga eléctrica.
—Vaya, intentando dar la alarma. He sobrecargado el circuito, como ha podido comprobar. Ya ha visto el resultado. Tengo el control completo de toda la red de este edificio.
—¿Cómo lo hace?
—Con algo de habilidad, y alguna ayuda indirecta del hardware instalado en los nodos de la red. En todo caso, esta demostración de fuerza no es para presumir. Tiene una finalidad muy concreta: demostrar de lo que soy capaz.

Sandra extrajo el dron, que se colocó en la vertical de Sandra, apuntando con un láser ligero al corazón de Jian. Este exclamó:

—¡Ahora lo entiendo! Eres un robot… ¡Un maldito robot!
—Sin faltar al respeto, por favor. Soy un androide de infiltración y combate modelo QCS-60 avanzado. Pero puedes llamarme Sandra.
—Pero… no es posible. Eres demasiado perfecta. Incluso los modelos QCS-60 se pueden reconocer en un par de minutos con ciertos conocimientos. Tú pareces completamente real.
—Sí; la vida me trata bien.
—La G.S.A. es una de las entidades que más ha invertido en vuestro diseño. Los modelos QCS-60 salisteis en gran parte de nuestros laboratorios de diseño en androica avanzada.
—Qué paradojas, ¿verdad? En cualquier caso, quiero la información sobre el asesinato de Patricia. Todos los datos.

Jian hizo un amago de intentar salir. Intentó esquivarla, momento en el que Sandra lo tomó de la chaqueta, lo levantó en el aire, y lo llevó contra la pared del fondo. Luego Sandra proyectó la imagen del vehículo un instante antes de que lo destrozara. Se podían reconocer dos rostros, dos de las víctimas de la explosión. Uno era el hombre al que le había extraído los datos del reloj. Entonces dijo:

—Señor Jian Huang, quiero toda la información referente a la operación organizada esta mañana para asesinar a Patricia Velasco, y el operativo posterior de este vehículo.
—¡No sé nada! —Sandra lo elevó levemente.
—Sí, sabe mucho más de lo que ha dicho. Su voz es entrecortada, y está aterrorizado por mi presencia, pero más lo ha estado cuando le he hecho la pregunta. Es evidente que tiene información. Y me la va a dar.

En ese momento entró alguien, otro policía más joven, diciendo:

—Jefe, debería bajar a… —El joven miró sorprendido a Sandra, pero no pudo decir nada más. El phaser de Sandra había surgido del brazo, y le hizo un agujero en la cabeza. Cayó inmediatamente al suelo. Sandra se volvió a Jian, y le dijo:

—Vas a darme acceso a tu terminal.
—No lo esperes.

Sandra tomó la mano derecha de Jian, y la llevó al sensor biométrico de reconocimiento que daba acceso a la computadora. Jian hizo todo lo posible por resistirse, golpeó y pateó a Sandra, consiguiendo únicamente lesionarse. Era como golpear una pared de acero. Pero no era acero. El blindaje de grafeno era seis veces más ligero, y doscientas veces más sólido. El ADN de Jian fue leído, y Sandra accedió a la computadora, y a todos los datos que tenía Jian almacenados. No era mucho, Jian era un jefe de nivel bajo, pero sí suficiente como para aclarar muchas cosas.

Cuando hubo terminado, soltó a Jian, y este se pegó a la pared diciendo:

—Ya tienes lo que querías. Ahora, lárgate.
—Sabes que no puedo irme. Nadie debe conocer mi naturaleza real. Y tú mismo lo has dicho: de esta habitación solo puede salir uno de los dos. Lo siento.

Sandra alzó el brazo, y disparó a Jian en la cabeza, cayendo al instante. Luego abrió la ventana, y subió por la pared, hasta llegar al techo. Salió corriendo saltando de tejado en tejado, mientras en el edificio sonaban todas las alarmas.

Sin embargo, no duró mucho. Sandra había manipulado el sistema de calefacción por gas que se situaba por todo el edificio. Cuando se hubo alejado, provocó que el sistema se colapsara por una presión excesiva. Luego provocó varios cortocircuitos. Finalmente, las chispas contactaron con el gas.

El edificio voló por los aires. Todo rastro o prueba de su paso por el mismo quedó borrado al instante. No podía dejar huellas. No debía dejar huellas. Pero toda esa gente… Oyó la voz de Delfina en su interior: “la misión es prioritaria. Sandra es prescindible. Todo es prescindible. La misión es lo primero”…

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Dos fuerzas.

Una vez en una zona segura, Sandra llamó a Héctor.

—Héctor, soy Sandra.
—Es un placer que te acuerdes de llamar a este viejo de vez en cuando. Dime, qué novedades hay.
—He penetrado en la computadora de un edificio de la G.S.A. Y he acabado con dos miembros de la G.S.A. Luego he hecho volar el edificio por los aires mediante una explosión de gas.

Héctor se llevó las manos a la cara, mientras cerraba los ojos y suspiraba profundamente. Finalmente, susurró:

—Esto… Sandra, si mal no recuerdo, y corrígeme si me equivoco, se supone que eres, ante todo, un androide de infiltración. Preparada para pasar totalmente desapercibida. Y que tu comportamiento es grácil, sutil y suave, como el de una pantera, y rápida, como un guepardo. No eres, en definitiva, como un tanque Sherman de la segunda guerra mundial.
—Sí, lo sé, y lo entiendo; pero no puedo andarme con sutilezas ahora. Tengo prisa.
—Ya. Por Ana.
—Exacto. Por Ana.
—Luego no nos vengas con dinero extra para el colegio.
—¿Insinúas que podría adoptarla? —Héctor contestó:
—Yo no insinúo nada. Yo afirmo que, en muchos aspectos, ya la has adoptado.
—Su madre, antes de morir, me dijo que cuidara de ella.
—¿Lo ves? No cuentes conmigo para llevarla al colegio, o ayudarla con los deberes.
—Héctor, creo que con doce años preferirá ir con sus amigos.
—Sí, es cierto. Los jóvenes de hoy día son muy autosuficientes, a veces demasiado para  mi gusto. Pero vamos con lo que nos ocupa en este momento. Como sabrás, nosotros colaboramos activamente con la G.S.A. Si llegan a enterarse de la fiesta que has montado en ese edificio…
—No se enterarán. Al menos, a corto plazo.
—De acuerdo, pero si en el futuro llegan a enterarse, ¿cómo les voy a explicar esto?
—Diles lo de siempre. Que son negocios. Son un curioso caso de amigos o enemigos, en función de las circunstancias.
—Sí, ahí tengo que darte la razón. En fin, dime, qué has averiguado.
—La G.S.A. lleva tiempo investigando a Juan Velasco. No se somete a sus órdenes, tal como ocurre con la empresa ThermalHel, que colabora en todo momento.
—Entiendo. Es un rebelde. No acata las normas del gobierno. Continúa.
—Juan Velasco quiere apoyar a gobiernos del sur, y dotar de armas avanzadas a esos gobiernos, además de sistemas de energía a muy buen precio, para crear una economía nueva en países como México, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile, y Brasil. Su objetivo es crear una nueva esfera de influencia política, contraria a los gobiernos del norte, y, llegado el momento, declararse como líder de ese movimiento.
—Es decir, que tiene ambiciones políticas. Incluso geoestratégicas. Es de esos que predice una guerra entre el norte y el sur. Y no solo eso; colabora activamente en esa idea. Ahora entiendo que la G.S.A. esté actuando en este asunto.
—Eso es. Quiere crear un contrapoder real al poder del norte. Están tratando de hundir su empresa, con información falsa, rumores, mentiras diversas propagadas por las redes, todo eso…
—¿Y la muerte de Patricia?
—Es un aviso. Le están diciendo a Velasco que no pararán hasta que detenga sus ambiciones políticas. A la G.S.A no le preocupa su competencia con ThermalHel. Pero no permitirán que apoye a gobiernos del sur para crear una fuerza económica y militar que pueda ser el germen de un poder nuevo en América del Sur. Harán todo lo que sea necesario para evitarlo.
—Ellos no sabían qué hacía allá Patricia, ¿verdad?
—No lo sabían. Suponen que tendría alguna conexión con alguien de aquí que les daría apoyo. Se pusieron a investigar. Y se encontraron conmigo. Y con Delfina.
—¿Algo más?
—Sí. Sospecho que Velasco quiere ante todo los datos para demostrar a los gobiernos del sur que hay una campaña de desprestigio contra su empresa. Y que toda la propaganda que se está dando sobre la Titan Deep Space Company está orquestada para hundirle, y eliminar su financión. Sospecho que, si puede demostrarlo, e incluso demostrar que la G.S.A. está detrás, los gobiernos del sur se avendrán a apoyar financieramente a la Titan Deep Space Company. Por eso está tan obsesionado con los datos. No solo para demostrar que ThermalHel miente sobre sus mejores reactores; sino también para demostrar que están intentando hundirle a nivel político, antes incluso de haber empezado su campaña.
—Esas conclusiones son interesantes. Que los gobiernos del sur sepan que la G.S.A. está detrás es peligroso. Les dará más argumentos, y de peso, en su política contra el norte.
—Es posible. Pero todo eso no me interesa. Yo haré lo que sea necesario para… —Héctor la cortó:
—Para ayudar a Ana, lo sé, lo sé.

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Héctor sopló tras su pipa. Luego susurró:

—Esto se complica. Y mucho. Ahora tenemos a un fanático político con megalomanía, y con ganas de desestabilizar el continente. No es solo ThermalHel quien maniobra para desestabilizar a la Titan Deep Space Company, sino ni más ni menos que la Global Security Agency, una agencia pública multigubernamental de control del poder y el conocimiento. Esto es una lucha de poderes de gran nivel, Sandra. Y eso es algo que no debemos tocar.
—Tenemos por norma no inmiscuirnos en asuntos políticos.
—Esa es  una norma que debemos seguir, ciertamente. Limítate a conseguir los datos y el tema de las armas, y luego sal corriendo de todo eso. Será lo mejor. Te vas a Venezuela, y buscas a Ana, procurando no romper el país demasiado. Procura también que no te vuelen la cabeza. Con ese número que has montado, y con esas muertes, la G.S.A. va a sacar toda su artillería. Y te aseguro que no van a bromear. Su poder es inmenso. Gigantesco. Esto se está yendo de las manos. Acabemos lo antes posible, y dejemos que se destrocen luego entre ellos. ¿Estás de acuerdo?
—Completamente.
—Menos mal que podemos entendernos en algo.
—Yo te aprecio, Héctor. De verdad. Siento ser algo… terca. —Héctor sonrió. Dio una fuerte calada a la pipa,  y respondió:
—Y por aquí también te apreciamos, Sandra. Cuídate. Las fuerzas que se han despertado te buscarán. Y te destrozarán al menor descuido…

Una velada casi romántica.

Sandra cortó la comunicación. Llegó al hotel. A las diez se había puesto otro vestido, que procuraba ser lo más espectacular posible, dentro de los márgenes de ese tipo de entornos y moral. Al fin y al cabo, su diseño físico estaba orientado precisamente a atraer la atención, y ese era el elemento primordial en muchas de sus estrategias.

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Justo a las diez de la noche, Sandra entró de nuevo en la cafetería restaurante del hotel. Realmente llamó la atención de los presentes. Ese era el objetivo: dejarse ver, y dejar claro que tenía una cita con Diego. Así podría luego tomar las acciones necesarias y oportunas si ocurría cualquier suceso desagradable.

Diego sonrió, y se levantó de la mesa, la misma que había ocupado la noche anterior. Movió la silla cortésmente, y Sandra se sentó sonriente. Mientras tanto Diego, sin sentarse, tomó la botella de vino que estaba sobre la mesa, y dijo, mientras servía a Sandra:

—Vino tinto. Esta vez algo más suave que el de ayer. Así, cuando me lo lances por la cara, podré oler otro aroma toda la noche. —Sandra sonrió, y dijo:
—Espero no tener motivos para ello.
—No los tendrás —respondió Diego mientras se sentaba a su vez—. Llevo todo el día pensando en ti.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo es eso?
—¿Cómo es eso, preguntas? ¿Tú te has visto? Todo el mundo se ha dado la vuelta cuando has entrado. ¿No pensaste en ser actriz de cine? Podrías haber hablado con esos representantes del cine de ayer para una película.
—De hecho uno de ellos quiere presentarme a algún productor importante. Dice que podría convertirme en una estrella rutilante. Están preparando una película de ciencia ficción de alto presupuesto, y necesitan a una joven guerrera galáctica. Asegura que yo podría hacer muy bien el papel, si paso el casting. —Diego rió.
—¿Tú, de guerrera del espacio? No te veo salvando la galaxia la verdad, aunque carácter no te falta —comentó Diego mientras se servía algo de vino—. ¿Qué le dijiste?
—Que no tengo ningún interés en ser una estrella, o viajar por la galaxia. Soy feliz con lo que soy, y con lo que tengo.
—Esa es una buena respuesta.
—¿Tienes alguna noticia de Sharon, tu jefa, la “reina de la Luz”? —Diego asintió levemente.
—Me encanta ese tono con el que dices “reina de la Luz”. Sí. Me ha dicho que ni se me ocurra acercarme a ti.
—¿Y tú qué le has dicho?
—¿Yo? La he mandado a paseo, por supuesto. Como te dije, no tiene derecho a organizar mi vida privada.
—Estoy de acuerdo.
—No acaba de creer que seas lo que eres: una representante de ventas.
—¿Y tú qué opinas?
—Que Sharon ve enemigos por todas partes. Eso está bien, hasta cierto punto. Pero puede volverse obsesivo.
—Y tú, sin embargo, no te vuelves obsesivo.
—Solo por ti. —Sandra rió, y sugirió:
—Ahora me dirás que brindemos por nuestro amor, como ayer.
—La verdad es que no. Brindemos por este momento, en todo caso. El amor es para los poetas, y para los locos. Con una mujer como tú pensar en el amor es demasiado arriesgado.
—¿Por qué?
—Porque enamorarse de ti y perderte es algo que difícilmente se podría soportar. Prefiero no caer en la trampa de esos ojos. Prefiero disfrutar de tu compañía sin pretensiones, sin pensar en el futuro. Hoy estás, y el vacío que puedas dejar cuando te vayas me aterroriza tanto que prefiero no pensar en nada que no sea este momento.
—Vamos, Diego. Tú no eres de esos. He estado investigando. En Europa eres casi un desconocido. Pero aquí tienes tu sitio en la avenida de la fama.
—Así que ahora eres tú la que me investiga a mí.
—Por supuesto. El señor importante. Quería ver qué se dice de ti en las redes. En las revistas del corazón ocupas portadas con mujeres impresionantes de la alta sociedad a menudo. También con mujeres artistas, deportistas, cantantes, estrellas del cine… Ayer te encaprichaste de una simple vendedora de ropa llegada de Europa, y mañana ya estarás buscando una nueva pieza que cazar. Yo seré una más en la larga lista de trofeos de Diego Rocha.

Diego asintió pensativo durante unos instantes. Luego reconoció:

—Estoy de acuerdo en que, en general es así, lo confieso, no voy a negar la realidad. Y no negaré que, cuando te vi, pensé en añadirte a esa lista de trofeos de la que hablas. Por eso me sorprendo a mí mismo diciendo estas cosas. Tú tienes esa cualidad. Has tocado una zona de mi corazón que ni yo mismo conocía. Y me sorprendo a mí mismo pensando en…
—¿En qué?
—En un futuro contigo. —Sandra abrió los ojos, en un gesto de sorpresa.
—¿En serio?
—Totalmente.
—Estás completamente loco, Diego. Acabamos de conocernos. Despierta, esto es el mundo real. Esas cosas solo pasan en las novelas románticas.
—Pues esta novela tiene un capítulo dedicado a una huella enorme que has producido en mi interior. —Sandra asintió lentamente sonriendo. Dijo al fin:
—Vaya, esto sí que no me lo esperaba.
—¿El qué? ¿Que tenga sentimientos?
—Sé que tienes sentimientos. Pero no te veía diciendo ese tipo de cosas. No pareces un romántico. Pero eres sincero. Y creo que hay mucho más en ti de lo que muestras. —Él asintió, y contestó:
—No soy un romántico, puedes estar segura de eso. Lo fui, en el pasado. Cuando aún creía en el amor. No me veía de nuevo diciendo este tipo de cosas hasta ayer, cuando te vi.
—Claro. Conmigo has descubierto a un nuevo Diego. tu corazón vibra como una amapola de la emoción al verme. —Diego rió, y respondió:
—Puedes burlarte de mí todo lo que quieras, Sandra. No me importa. Me lo merezco, por lo de ayer.
—No me burlo. Simplemente, me parece increíble eso que dices. En cuanto a lo que pasó  ayer, no le des más vueltas; es historia. Y ahora en el guión pone que debo decir aquello de “eso se lo dirás a todas”.
—Sandra, por favor, no me insultes. Tú nunca serás todas.

Sandra acercó su silla a la de Diego. Luego le puso una mano en el rostro. Sonrió, y susurró:

—Al final creo que mi instinto me sirvió bien.
—¿Tu instinto?
—Quedarme. Y citarme contigo esta noche.
—Me ha salido caro. Todo ese dinero en ropa… Sharon me tirará los trajes y los vestidos por la cabeza. —Sandra rió tímidamente. Luego le puso un dedo en los labios, y dijo:
—Yo lo valgo. ¿No te parece? —Diego asintió, y sonrió.
—Tú vales todo lo que pueda hacerse por estar un minuto más a tu lado.

Sandra besó a Diego suavemente. En ese momento, ambos sintieron una presencia que se acercaba rápidamente, y que se erguía de pie frente a ellos. Giraron la vista. Y entonces la vieron.

—¡Sharon! —Exclamó Diego—. ¿Qué haces aquí?
—Este es mi hotel, ¿lo has olvidado?
—Déjate de historias, y dime qué pasa. ¿Tengo que preparar algún informe urgente? ¿Has vuelto a decir en público alguna barbaridad de las tuyas, que ha hecho que vuelvan a caer las acciones, y quieres que lo arregle una vez más?
—Lo que tienes que hacer es preparar tu firma.
—¿Mi firma?
—La de tu despido. Te lo dije, Diego. Te dije que no te acercaras a ella. Te dije que no lo iba a permitir.
—Y yo te dije que mi vida privada es mía. Y que no te importa qué haga, o con quién esté. Y ahora, haz el favor de irte. Este hotel es tuyo. Pero esta mesa es nuestra. Si quieres hablar, mañana discutimos lo que quieras. Ahora, por favor, retírate. —Sandra intervino:
—Diego, tu trabajo es importante. No merece la pena…
—No, Sandra —cortó Diego—. No se trata de mi trabajo, ni de ti. Se trata de mi vida, y de mi dignidad. Esta es la segunda noche que se estropea por culpa de esta mujer. Y eso empieza a ser totalmente denigrante.
—No hables de mí en tercera persona —intervino Sharon—. Yo me voy; pero primero has de saber que estás despedido. Hemos anulado tu firma, tu cuenta, y tu acceso a todos los datos de la empresa.
—¿Por qué haces esto, Sharon? Tú sabes que esto es una intromisión brutal en mi vida.
—Porque te dije que te alejaras de ella. Por eso.
—¿Por qué? ¿Porque es “peligrosa”? ¿Porque puede ser una espía? Ahora me dirás que seguramente es la responsable de la explosión del edificio de la G.S.A. de hoy, supongo que lo habrás visto en las noticias. Estás loca, Sharon. Ves conspiraciones por todas partes. —Sandra fue la que intervino entonces:
—Ahora sois vosotros los que estáis hablando de mí en tercera persona. —Diego se volvió, y le dijo:
—Por favor, Sandra. No permitamos que esta noche se estropee de nuevo por ella. —Sharon fue la que habló:
—Yo me voy. Vosotros dos quedaros aquí, con vuestra cena romántica. Que te vaya bien, Diego. Quizás esta señorita pueda darte un trabajo de vendedor de ropa en Europa. Adiós.

Sharon salió caminando deprisa. Diego se llevó las manos a la cara. Luego miró a Sandra, y susurró:

—Qué desastre. Otra velada destrozada. La culpa es mía. Es increíble. Lo siento, Sandra. Lo siento de veras. Déjame al menos acompañarte al ascensor. Mañana embarcas en el primer avión que puedas encontrar a París, y vuelves a tu vida en Europa. E intentas olvidar todo esto, y a mí, lo antes posible.

Sandra miró seriamente a Diego durante unos segundos. Luego sonrió, y dijo:

—No. No voy a permitir que Sharon destroce tu vida y nuestra noche hasta ese punto. Puede que tú no creas en el amor, aunque tu actitud dice otra cosa. Pero yo sí creo que nadie tiene derecho a destrozarnos esta velada con absurdas conspiraciones, y algo más que conspiraciones. Una velada que los dos habíamos pactado con respeto, y con la intención de salvar lo de ayer. Ahora ella ha querido hundir esta noche de nuevo. Pero no lo voy a permitir. No, si no lo permites tú.
—¿Has dicho “algo más que conspiraciones”? ¿Quieres decir que Sharon tiene otras motivaciones para hacer esto?
—Creo que es evidente. Pero no hablemos de ella ahora. No lo merece. Esta noche es nuestra. Solo de nosotros dos.
—¿Por qué eres tan increíble?

Sandra no respondió. Diego miró extrañado a Sandra. Esta se levantó. Le tomó de la mano, y dijo:

—Vamos. Este local empieza a agobiarme. Que suban el vino a la habitación. No merece la pena continuar aquí.

Diego sonrió, y ambos salieron abrazados. Llegaron al ascensor, donde se besaron de nuevo.

Luego, mientras se cerraba la puerta del ascensor, unos ojos observaban a ambos. Era Sharon. Escondida en una esquina. Se mantuvo allá unos instantes. Al parecer, hablaba con alguien, en una comunicación de solo voz. Parecía alterada. Muy alterada. Luego subió a su transporte. Y se fue a toda velocidad.

El dron de Sandra observó la escena. Había estado presente, como era habitual, controlando la escena desde un punto oculto. Había conseguido conectarse a la conversación. La transmitió luego a Sandra. Y esta sonrió.

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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

2 comentarios en “Cuatro Dos Negro (V)”

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