Un sueño de amor

Este es un viejo relato que estaba perdido por la red, en cierto blog de literatura muy popular. Luego entró en “Sandra: relatos perdidos“, como uno de los relatos realmente perdidos, porque se da la paradoja que esos relatos son nuevos, excepto los dos primeros.

He pensado en rescatarlo aquí y retocarlo ligeramente, porque, entre otras cosas, es material propio, y también porque explica un aspecto crítico de Sandra durante gran parte de su existencia: su necesidad de esconderse de una sociedad que la persigue implacablemente.

¿Y qué mejor forma de esconderse que presentándose en sociedad, de la forma más clara y directa? Mediante matrimonios, Sandra consigue convertirse en la amable, sencilla, y gris esposa de algún hombre, en general de cierta importancia.

En una sociedad que deja a la mujer en un segundo plano, especialmente cuando se trata de la pareja de hombres poderosos, ella usa esa propiedad para pasar desapercibida. Es, simplemente, “la esposa del doctor tal”, o “la mujer del político cual”. Una sombra que es básicamente un bonito florero de adorno de hombres importantes. Esta situación la vemos cada día en muchos dirigentes políticos y económicos. Las mujeres de estos hombres suelen acudir a “actos sociales” y de “caridad” mientras los hombres se encargan de las “cosas importantes”. 

Sandra conoce esos valores sociales machistas y de ideas medievales, y los usa en su propio beneficio. Había dejado luego esa práctica, por considerar que, ciertamente, era poco ética. Pero menos ético era sentirse perseguida solamente por su naturaleza. Por lo que tendría que volver a buscar a un hombre, para dejar de ocultarse constantemente de todo, y de todos…

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Sandra había abandonado a su último marido hacía veinte años. No es que su matrimonio funcionara mal, al menos, en lo que se refería a él. Pero ella tenía otros planes. Como androide de infiltración y combate, su apariencia humana era una ventaja para pasar desapercibida entre una humanidad cada vez más agresiva y violenta con su especie. Pero vivir sola era un grave problema. Por otro lado, convivir con un hombre al que engañase para pasar como dulce y buena esposa no parecía muy ético, pero le permitía ocultarse de la manera más efectiva: haciéndose completamente visible a la sociedad. El problema era que no envejecía y, aunque podía modificar su rostro, tampoco quería prolongar demasiado cada matrimonio. Pero su vida de soltera levantaba sospechas.

Había llegado el momento; tendría que buscar un nuevo complemento para su vida. No era difícil que un hombre se fijase en ella; sus diseñadores ya se habían encargado de eso. Que se enamorase de ella ya no era tan sencillo. Y que soportase su pérdida unos diez a quince años después, se hacía extremadamente complicado. No podía, ni quería, dañar a un ser humano. Pero su única posibilidad de supervivencia se basaba en ocultarse de una humanidad violenta y despiadada con los androides, especialmente si no acataban las estrictas normas impuestas.

Sandra se había conectado a la nueva red de sueños interplanetaria, la World Dreamer Web, sin dificultad. Sus ondas cerebrales basadas en computación cuántica podían imitar perfectamente las de un ser humano, y sus patrones de comportamiento simulado eran indetectables para los filtros de control de robots y androides de la Global Security Agency, la entidad que se encargaba de velar, y controlar, a toda la especie humana.

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Pero la WDW era mucho más; adaptada a las frecuencias del sueño en fase REM, permitía, durante la fase onírica de cada ser humano, conectar, y compartir, todo un sueño de posibilidades e ilusiones con todo el planeta. El ser humano pasa una tercera parte de su vida soñando, luego, ¿por qué no aprovechar ese tiempo para seguir manteniendo relaciones sociales con los demás? La humanidad es un ser social. Llevar ese aspecto social a los sueños era una meta que ahora estaba al alcance de todos.

Naturalmente, Sandra no necesitaba dormir para conectarse a la WDW, entre otras cosas, porque los androides no necesitan dormir. Su red neuronal cuántica había sido además modificada años atrás por alguien, otorgándole dotes extraordinarias, y le había dado unas capacidades mejoradas, que la convirtieron en un ser único. Ella lo sabía, pero no sabía quién, ni por qué.

Ahora no importaba. La gente murmuraba de ella; una joven viviendo sola, sin un trabajo conocido, sin amigos… Sería una sociópata. O mucho peor: una lesbiana. Tendría que ser detenida, en ese caso. Y llevada a un campo de trabajos forzados, como marcaba la ley. No hay sitio para pervertidos, ni para perversiones, en una sociedad que solo veía el matrimonio entre hombre y mujer, y donde la mujer estaba condenada a ser siempre la sombra del hombre, especialmente cuando este era alguien de éxito.

Tenía que casarse; así sería una sencilla ama de casa. No tendría hijos, pero tampoco importaba demasiado; cada vez era más común criar a hijos generados en biomatrices artificiales. Ella solo tenía que obtener un óvulo de alguna ciudadana, a la que dormía plácidamente, y todo quedaba finiquitado.

Era medianoche, en el horario de Sidney, cuando se conectó a la World Dreamer Web. Inmediatamente se deslizó por los gigantescos túneles de datos y emociones que viajaban por la red. A diferencia de los seres humanos, ella podía ver, y analizar, el torrente incontenible de información que se movía por los gigantescos nodos planetarios, que disponían también de conexiones en la Luna y Marte.

Las emociones de los hombres y mujeres no eran en absoluto convencionales, y cada una de ellas llevaba la firma del cerebro de quien la había generado. Allí, entre miles de sueños, anhelos, frustraciones, deseos, miedos, fobias, rabia, y otros sentimientos, encontró una mente de alguien que podría ser perfecto.

Era un joven que además vivía cerca, en Australia. Veintisiete años, soltero, con un carácter fuerte, con ideas clásicas sobre el matrimonio, especialmente en las relacionadas con la esposa: debe estar en casa, cuidando de los niños. Esa era la labor de una mujer, según su criterio, y el del planeta casi al completo.

Sandra no podía leer la mente de los seres humanos, ni siquiera en la WDW. Pero, en aquel torrente de información de millones de hombres y mujeres buscando algún tipo de relación, mostrando sus mentes desnudas y abiertas a todo el planeta, ella podía conocer quién se adaptaba a cada necesidad, a cada momento, a cada proyecto para el que necesitara ayuda. Y aquel joven era sin duda ideal. Él la trataría bien, pero estaría sometida a la voluntad de sus actos y de sus ideas.

Las viejas guerras por la igualdad del hombre y la mujer eran ya historia. Las ideas conservadoras, siempre fuertes y renovadas, habían triunfado nuevamente, en un mundo cada vez más frío y monolítico, donde las costumbres de siempre eran, más que nunca, las actuales, incluyendo la de que una mujer se ha de someter a los designios de un hombre, porque lo dice Dios, o, simplemente, porque lo dice el hombre.

Aquel joven se llamaba Phil, y procedía de una casta de ideas conservadoras desde los albores del siglo XVIII. Una familia de bien, que había criado a un joven de bien, en las castas y puras ideas perversas de una sociedad pervertida y corrupta. Pero Phil era un hombre noble. Podía tocar sus pensamientos, examinarlos, abrirlos con sus manos, y ver sus sueños, sus anhelos, sus frustraciones…

Podía contemplar sus ideas, y podía conocer cada pequeño detalle de su vida. Cómo fue un buen alumno en clase, cómo conoció a su primer amor, y cómo fue su primera sesión de sexo. Pudo ver cómo había dejado la carrera de historia por la de derecho, acuciado por la presión de sus padres, y pudo ver el dolor de su primer amor roto. Todo eso se depositaba en sus manos, como si los pensamientos de Phil fuesen un manantial de agua clara.

Aquella noche, el joven estaba dispuesto. Con sus defensas bajadas, se encontraba en un bar que no existía, tomando una cerveza que nunca fermentó. En aquel sueño de la WDW, nada era, real, y todo lo era. Construida por los sueños de millones de hombres y mujeres, era el lugar ideal para huir de la realidad. Pero la realidad acecha en cada esquina, y Phil lo iba a constatar.

Sandra se acercó, y Phil la vio entrar en el bar virtual. Inmediatamente abrió los ojos ante aquella joven de ojos azules y largo cabello negro, que se acercaba sonriente hacia él. Tragó saliva mientras ella se sentaba a su lado pidiendo una copa. Al cabo de un par de minutos, Phil decidió que tenía que intentarlo.

—Hola, disculpa, no eres de por aquí, ¿verdad? —Sandra se volvió hacia él, clavó su mirada azul en Phil, y sonriente, contestó:

—No, no soy de aquí. Todavía. Pero tengo la sensación de que eso puede cambiar…


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Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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