La Maldición de Freyr (I)

Segunda parte en este enlace.

Descarga de “La Luz de Asynjur” en este enlace.

Nota: esta es la primera parte del cuarto relato, que se incluirá junto a los tres anteriores, del libro “La Luz de Asynjur”. Este relato narra los hechos anteriores a “La insurrección de los Einherjar”, centrándose en la vida de Skadi, que ahora ya tiene veinticinco años, y es reina junto a su amado rey Njord.

Cada relato es independiente, y juntos conforman el origen de Skadi, y su destino como princesa y reina del Reino del Sur.

Crónica de los Einherjar.

… y es por ello que, cuando los jóvenes cumplen tres años, celebran con sus familias el Blót o Fiesta de la Ascensión. Un evento que se desarrolla a las faldas del Monte Sagrado Aoraki, y en el que las sacerdotisas invocan a Nuestra Señora Atenea, la de los ojos claros, para que imparta amor y justicia en los corazones de aquellos que deberán ser la vida y el futuro del Reino del Sur…

Castillo de Helgi. Cuatro años más tarde. Skadi tiene veinticinco años. Y, como reina, junto al rey Njord, se ocupa de los grandes asuntos que el reino requiere… Más o menos…

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—¡Skadi! —Gritó Njord caminando rápidamente por el recinto exterior del castillo. Y repitió:
—¡Skadi! ¿Dónde te metes?

Njord se dirigió a uno de los guardias. Le espetó:

—¿Has visto a la reina? —El guardia tragó saliva.
—¡Habla! —Exigió Njord.
—Señor… Me dijo que no os dijese nada…
—Ah, ¿sí? ¿Eso te dijo?
—Sí, mi rey.
—¿Y sabes lo que te voy yo a decir, o mejor, a hacer, si no me dices dónde está?
—Me lo puedo imaginar, señor.
—¡Pues habla!
—Mi rey, yo no tendría que decirle cosas a mi rey que él ya sabe… —Njord le miró con los ojos entrecerrados. Al cabo de unos segundos, asintió, y murmuró:
—Entiendo. Ya estamos otra vez… Perdona el mal carácter, Lytir, no debí comportarme así. Pero es que la reina tiene un poder especial para volverme loco…
—Puedo hacerme a la idea, mi rey…

Njord salió del castillo con dos escoltas, y fue corriendo a un pequeño bosque cercano. Allá, sentado en una piedra, estaba el pequeño Freyr, de casi tres años, que aplaudía alegremente. A su lado, de pie, Skadi, con el arco en la mano y el pelirrojo cabello al viento, le decía:

—¿Lo ves, Freyr? Es muy fácil. Solo tensar el arco de la forma correcta. Apuntar bien, respirar bien… y la flecha va a donde tú quieras.
—¡Ahora quiero yo! —Pidió Freyr.
—A mí me dieron mi primer arco con nueve años. Tendrás que esperar un poco. —Freyr puso cara de apenado. Skadi rió, mientras le revolvía el flequillo rubio y aquellos ojos grises del pequeño se llenaban de orgullo. Entonces Skadi levantó la vista, vio a Njord acercarse, y solo un sonido surgió de su voz:

—Oh, oh… —El pequeño Freyr repitió:
—Oh, oh…

—Así que aquí estás, como era de imaginar —comentó Njord.
—¿Cómo era de imaginar? —Preguntó Skadi extrañada—. ¿Por qué dices eso?
—¿Por qué? Porque vienes aquí doscientas veces al año a lanzar flechas inútiles con ese arco inútil a esa diana inútil. Por eso lo digo.
—¿Arco inútil? Con el arco puedo…
—Pincharme el trasero a tres kilómetros antes de que me acerque con mi tonta espada, sí lo sé, me lo dijiste el día que nos conocimos, y me lo repites cada dos días.
—Tal vez debería repetírtelo cada dos horas.

De pronto, escucharon un llanto. Ambos se dieron la vuelta. Freyr estaba llorando. Skadi se acercó, y le preguntó:

—¿Qué te pasa, cariño?
—¡Quiero mi arco! ¡Mi arco!
—¿Lo ves? —Le recriminó Njord—. Le llenas la cabeza de tonterías, y luego pasa esto. Además, todo el mundo sabe que un caballero lucha con espada. El arco no es un arma noble.
—No empecemos de nuevo con eso. Y aquí la única tontería es tener que escuchar tus quejas sobre el reinado —repuso Skadi—. Porque seguro que has venido para eso. ¿No es así? —Skadi tomó al niño en brazos, el cual se calmó al instante.
—Pero… —Njord no pudo continuar ante la inquisitiva mirada de Skadi, que le recriminó:
—Pero nada. ¿Quién gestionó el conflicto de los ganaderos de este invierno?
—Tú.
—¿Quién tuvo la idea de reorganizar la flota pesquera para que no hubiese problemas en el reparto de la pesca?
—Tú.
—¿Quién gestionó con la reina Electra del Reino del Norte un servicio de ayuda entre los reinos, para el caso de requerir servicios mutuos de ayuda básica para situaciones de crisis?
—Tú.
—Ahí lo tienes —terminó Skadi mientras dejaba al niño en el suelo, el cual salió corriendo a toda velocidad, jugando con un palo como si fuese una espada—. Y bien que me he fijado en cómo observas las caderas de la reina del Norte de forma disimulada.
—Yo no hago eso.
—Sí lo haces. Y, mientras te distraes con las caderas del enemigo, sigues intentando ponerte de acuerdo con Bálder, en un tratado definitivo de paz que no llega nunca.
—No es lo mismo. Esto es más complejo. Son cosas de hombres. —Skadi sonrió mientras cruzaba los brazos.
—¿Cosas de hombres? Cosas de inútiles, diría yo.
—Bueno, basta. Tenemos que preparar el Blót, el Día de la Ascensión de Freyr. Faltan solo dos semanas para que cumpla tres años.
—¿Y qué problema hay? Ya hablé con las sacerdotisas. Freyr no es distinto a los otros niños del reino. Tendrá su día, y Nuestra Señora, la divina diosa Atenea, le bendecirá, como a todos los demás.
—Sabes que no es tan sencillo. Freyr es el heredero del reino. Y hay rumores.
—¿Qué rumores?
—De un presagio sobre una maldición que ha caído sobre Freyr. Una maldición que dice que llevará al hombre al Hades de la locura y la perdición, en una ambición que convertirá a la humanidad en puro poder, pero también en puro caos.
—¿Ya estamos con esa historia otra vez? De maldiciones se viene hablando desde los tiempos de mi madre, cuando yo era pequeña y dijeron todo tipo de monstruosidades sobre mí. Mi madre, la reina Eyra, fue la que solucionó aquello de una vez y para siempre, con la ayuda de los dioses.
—Lo sé. Pero temo que pueda haber algún tipo de acción contra Freyr. Los rumores dicen que matar a Freyr liberará a la humanidad de sus cadenas.
—También matarme a mí iba a ser la solución a todo. Esas habladurías son patrocinadas por el Reino del Norte. Bálder y Electra quieren que sea su hija, Idún, la que gobierne algún día ambos reinos. Tengo que hablar con ellos.
—¿Y arriesgarnos a otra guerra?
—Si es necesario. Ya evité una guerra hace cuatro años. Pero Bálder y Electra no solo no han cejado en su empeño de invadir el sur; además, se están reorganizando militarmente.
—Exacto, en una escalada de tensión que no augura nada bueno. Y es mi deber, como rey, evitar una guerra.
—Pues parte al norte, como ya hiciese mi padre, y procura volver con la cabeza sobre los hombros.
—Lo haré. Pero ahora debemos centrarnos en el Blót. Se espera que viajemos dentro de diez días al monte Aoraki, y al valle donde se celebra la ceremonia de la Ascensión.
—Por supuesto —afirmó Skadi. Njord negó levemente.
—Por supuesto que no.
—Ah, ¿no?
—No. Partirás ahora, de inmediato, con Freyr. Iréis vestidos de forma sencilla, con una escolta de cinco hombres de mi máxima confianza al mando de Tyr, los cuales vigilarán desde una distancia que no levante sospechas, y que cubran todos los flancos. Esta vez no vivirás lo que viviste con tu madre Eyra. Esta vez no vamos a permitir llegar a esos extremos.
—¿Partir ahora? —Preguntó Skadi extrañada—. ¿Por qué?
—Porque te alojarás con Freyr en alguno de los aposentos de alguna de las sacerdotisas del Templo de Atenea. Pero nadie sabrá cuál, ni tu rutina ni actividades. Si hay algún plan de secuestrar o matar a Freyr, es muy probable que se quiera llevar a cabo antes de la Ascensión. Una vez realizada la ceremonia, Freyr se confirmará como futuro rey del Reino del Sur. Será un elegido de los dioses para cumplir su destino. Y yo tendré argumentos para rechazar esas absurdas habladurías sobre ese futuro que auguran como caótico para la humanidad.

Skadi se mantuvo en silencio unos instantes. Miró a Freyr, que seguía corriendo con su madera en la mano. Luego miró a Njord. Sonrió, y dijo:

—Tú eres el rey. Te debo obediencia. Haré lo que ordenas.  —Njord se acercó a Skadi. Le puso las manos en los hombros, y dijo:
—No me intentes engañar con tu falsa sumisión a mí, Skadi. Ya nos conocemos lo suficientemente bien los dos. Sé muy bien que sabes que no haces esto porque yo sea el rey, o porque te lo mande. Lo haces porque es lo mejor para Freyr. Si no estuvieses de acuerdo, me habrías mandado al Hades de cabeza. —Skadi sonrió, y respondió:
—Eso como mínimo. Pero todo lo que haces, lo haces por Freyr y por mí. Y sabes equivocarte y meter la pata de una forma que me enamora.
—Eres muy graciosa.
—¿Verdad que sí?
—Sí. Y solo vivo por tus caderas. —Skadi rió, y respondió:
—Seguro. Mientras no aparezcan otras diez mil por ahí.

La pequeña comitiva con Skadi y Tyr partió a caballo camino del Santuario de la Divina Atenea, a la falda del monte Aoraki, el lugar al que había acudido años atrás la reina Eyra con su pequeña hija Skadi. Ahora era ella la que huía de nuevo, y de nuevo por intrigas y rumores azuzados por los intereses de aquellos que querían desestabilizar al reino, y, sin duda, por el Reino del Norte, que estaría detrás de aquellos rumores infundados.

Llegaron a las postrimerías del lugar donde se encontraban los refugios donde vivían las sacerdotisas de Atenea. Anochecía, y la Montaña Sagrada se mostraba imponente en la luz crepuscular.

Skadi bajó de su caballo con el niño en brazos, mientras una figura oculta se acercó.

—Mi reina, debo decir que, aunque entiendo la preocupación del rey, no comparto su idea de alejaros a ti y al niño del castillo. —Skadi asintió, y repuso:
—Te entiendo, mi fiel Tyr. Pero el rey ha pensado que era mejor hacer el viaje ocultos, lejos de la vista de esos carroñeros que quieren destrozarnos a cualquier precio.
—Lo sé. Pero no me gusta tener que andar ocultándonos. Son ellos los que deberían ocultarse.
—Lo comprendo. Pero estoy de acuerdo en que debemos ser precavidos. El futuro de Freyr y su vida son sagrados. Toda precaución es poca. —Tyr suspiró. Sonrió, y comentó:
—Y menos arriesgado para mí que mandar mensajes secretos entre secretos amantes.

Skadi dejó a Freyr echado en una pequeña manta, y abrazó a Tyr, el cual la tomó en sus brazos. Luego se separaron.
—Como me vea mi rey cómo os abrazáis a mí, seré yo el que tendré que ocultarme de su espada.
—Tú sabes que mi cariño por ti es gigantesco, Tyr. Has estado siempre ahí, protegiéndome, a mí y a mi familia. Te has jugado la vida si ha sido necesario. Lo has dado todo por Freyr, por Njord y por mí. Y has sido mi valedor en momentos difíciles, cuando el rey estaba lejos. Así pues, te abrazaré cómo y cuando yo quiera. ¿Ha quedado lo suficientemente claro?
—Muy claro, mi reina. Ahora, id a vuestras habitaciones. He hablado con la Gran Sacerdotisa. Todo está a punto.
—¿Lo ves? Siempre vas un paso por delante.
—Es mi trabajo, mi reina.

Tyr saludó militarmente, y se fue con pasos decididos. Una joven sacerdotisa se acercó.

—Mi reina, me manda la Gran Sacerdotisa. Vuestras habitaciones están a punto.

La sacerdotisa acompañó a Skadi con el niño en brazos y los pocos enseres que llevaban hasta una sencilla habitación, que era también lugar de meditación y reflexión para las sacerdotisas. Freyr se había dormido, entrada ya la noche, y Skadi lo dejó en una pequeña cama que habían dispuesto para él.

Skadi se sentó en su cama, y se sacó las botas de viaje y la capa. Dejó el carcaj y el arco que siempre llevaba consigo, especialmente en situaciones delicadas, y su espada corta.

Estaba sentada así, cuando notó una presencia especial y mágica. Pero esta vez no se asustó. Esta vez saltó de la cama como un resorte, levantó la vista, y vio a una joven de algo más de veinte años, cabello negro y largo, y una dulce sonrisa en su rostro. Llevaba un sencillo vestido verde largo, y un cinturón negro con ribetes blancos. Sus pies se cubrían con unas ligeras sandalias grises y blancas.

Skadi se acercó a la dama, y esta vez la abrazó con fuerza. La dama la abrazó también. Luego Skadi la miró con lágrimas en los ojos diciendo:

—Mi señora Atenea, nuestra guía y nuestra Luz. —Atenea sonrió, y respondió:
—Todos somos seres de luz, mi querida Skadi. Pero tu luz brilla más que cualquiera. Veo que por fin has comprendido que no me debes pleitesía. —Skadi alzó las cejas levemente.
—Perdonad mi osadía, mi señora. No pude resistirme a abrazaros. Hoy parece ser que estoy necesitada de abrazar a otros.
—El alma que quiere abrazar y a la cual se le niega ese deseo se envenena en el dolor y en el miedo, Skadi. Un solo abrazo salva vidas y cura almas. Pero ahora debemos hablar.
—¿Qué ocurre, mi señora? ¿Malas noticias?
—No son malas, pero no son buenas.
—No os entiendo.
—Este lugar no es seguro, Skadi. Tu marido ha tenido a bien traeros, con muy buen acierto, ya que teme que el castillo pudiese ser lugar de intrigas palaciegas para dañar a tu hijo. Y ha creído que aquí estaríais bien.
—Yo también lo creo, mi señora. ¿No es así?
—Sería así en circunstancias normales. Pero no son estas circunstancias normales. —Skadi suspiró pesadamente, y susurró:
—No puedo creerlo; vuelvo a estar en la situación en la que estuvo mi madre: huyendo con un pequeño en brazos.
—Esta vez no estarás sola; Tyr te acompañará. Solo él debe ser tu aliado. No debes confiar en nadie más, excepto el propio rey.
—¿Y mi señora? ¿No puedes ayudarme ahora, en estas circunstancias, como nos ayudasteis a mi madre y a mí?
—No debo intervenir en asuntos humanos que firmen su destino, Skadi. Los dioses somos consejeros, nunca guías. El destino lo escribís vosotros. Pero sí es mi consejo que huyas ahora. Hazlo. Tyr ya está advertido; os espera fuera con dos caballos.
—Pero… —Atenea puso un dedo en los labios de Skadi. Sonrió, y dijo:
—Tu camino te espera. Es sombrío. Pero hasta el más sombrío de los caminos tiene un destino. Cuídate.

Hubo un pequeño resplandor de luz. Cuando Skadi recuperó la vista, Atenea había desaparecido. Alguien tocó la puerta de madera. Skadi tomó la espada, y abrió levemente. Era Tyr. Este entró rápidamente.
—Tomad vuestras cosas y las del niño. Las imprescindibles. Hay una salida oculta.

Tyr movió un armario. Pulsó una palanca, y se activó un pequeño resorte, que dejó un hueco. Salieron a la luz de la Luna. Tyr dijo:

—Tres minutos para buscar los caballos y traerlos aquí. No puedes acompañarme a las cuadras, podrían verte y descubrir que nos vamos.
—Lo van a saber de todas formas —aclaró Skadi, con el niño aún dormido en los brazos.
—Sí. Pero cuanto más tarde lo sepan, mejor.

Skadi se ocultó en la oscuridad en unos árboles cercanos. En algo menos de tres minutos, Tyr llegó con los caballos.

—¿A dónde vamos? Preguntó Skadi.
—Hacia el suroeste, por supuesto. Debemos alejarnos del Reino del Norte lo máximo posible. En unas cuevas muy cerca de la costa, en Haast, tenemos provisiones, ropa, y lo necesario para poder prepararnos y trazar un plan. Al menos hasta que llegue la fecha de la Ascensión, y podamos llevar a Freyr a la Consagración por parte de la diosa.
—¡Haast está muy lejos!
—Lo sé, mi reina, y lo siento. He tomado provisiones para el camino. Pero tendremos que confiar en la buena voluntad del pueblo, haciéndonos pasar por un matrimonio de pastores.
—¿Qué? —Exclamó Skadi—. ¿Matrimonio? —Tyr, sin dejar de mirar a todos lados, contestó:
—Es lo mejor. Venimos del Reino del Norte a ver unos familiares en Haast.
—Esto cada vez se pone más interesante. Te ha salido con la tuya, Tyr. Ahora soy tu esposa. —Tyr sonrió levemente, y contestó:
—Ya sabéis que mi corazón es de una dama que me robó el alma tiempo atrás.
—Lo sé. Y la mujer más dulce y buena que haya conocido.
—Lo es, para mí, mi reina. Vamos ya. La noche espera.

Ambos se alejaron con los caballos al trote. La noche sería larga. Pero la sola idea de perder a Freyr era insoportable. Y eso es algo que Skadi nunca permitiría, ni aunque la noche fuese, desde entonces, eterna.


 

 

 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

6 comentarios en “La Maldición de Freyr (I)”

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