Últimas palabras

Alemania. Febrero de 1945.

El coche oficial se detuvo delante de la vieja casa, que apenas se sostenía, y que antiguamente guardaba lo que había sido una familia. Una de tantas familias que, más o menos felices, luchaban por vivir. En aquel barrio conocido como Altstadt, que disfrutaba de una maravillosa historia de cultura y desarrollo, generación tras generación había visto pasar guerra tras guerra, como la que en 1813 enfrentó a Napoleón a las tropas aliadas de Austria, Prusia, y Rusia.

Napoleón había tomado como base de operaciones a aquella vieja ciudad de Sajonia, ahora incluida en Alemania, que era Dresde. Pero ahora, ese trece de febrero de 1945, Dresde se había convertido en lugar de peregrinación de miles y miles de refugiados que huían del horror de los bombarderos ingleses y americanos.

Dresden, zerstörtes Stadtzentrum

En Dresde no existían elementos militares ni fábricas que pudieran interesar a los angloamericanos. Por eso, la mujer que vivía en aquella vieja casa se podría haber sentido feliz. Sí, hubiese podido, si su único hijo varón no se hallase perdido en algún lugar al oeste de Alemania, luchando contra el hambre, el dolor y la desesperación en algún perdido aeródromo alemán.

El loco impaciente, como le llamaba cariñosamente, se había alistado en 1935 en el nuevo ejército del aire alemán, la Luftwaffe, y en 1938 había ido con la legión Cóndor a España, para luchar con los nuevos aviones caza Messerschmitt Bf-109. Había vuelto cargado de gloria y convertido en héroe, con tres derribos de aviones republicanos en su haber.

Luego, al comenzar la segunda guerra mundial, ganó con celeridad la cruz de hierro de segunda clase en Polonia, y no había dejado de obtener méritos tras las batallas de Francia e Inglaterra. Su padre se había sentido orgulloso de él cuando de pequeño le vio uniformado por primera vez, antes de que muriera en el frente oriental durante la primera guerra mundial, a donde había ido para detener la marea aliada que de forma imparable se abalanzaba sobre Alemania, y quizás, sólo quizás, se hubiese sentido orgulloso de él ahora. Su madre sólo sintió temor, antes y en aquel momento, al ver que su hijo seguía la misma senda de muerte que se llevara a su marido.

Por eso, cuando llamaron a la puerta, y se encontró con dos oficiales de la Luftwaffe frente a ella, supo que había sucedido. No supo qué hacer. Sabía que aquel momento iba a llegar. Nadie regresaba del frente ya, sólo los suficientemente inteligentes como para huir y convertirse en desertores, para ser luego fusilados por el mismo ejército por el que habían luchado.

Hitler había dado orden de no retroceder. Si una línea retrocedía, la anterior debía disparar sobre ella. La guerra se había perdido hacía ya mucho tiempo, y sólo el poderoso impulso de un pueblo que ya había sido avergonzado en 1919 le mantenía firme en la lucha. Pero el orgullo es un mal consejero.

El verano anterior, algunos altos mandos habían intentado acabar con Hitler y su absoluta locura de muerte y desesperación, entre ellos el famoso mariscal Erwing Rommel, conocido como el zorro del desierto por sus hazañas en el norte de África. Él y otros fueron fusilados. Ellos sabían que la guerra estaba ya perdida, y pretendieron matar al infame dictador, y forzar con ello una rendición que dejase a Alemania en una situación en la que pudiera recuperarse por ella misma. Pero ahora la extrema locura se había apoderado de aquellos que una vez tuvieron el poder de llevar a todo un pueblo a las armas y a la destrucción. Aunque probablemente esa locura nació con todos y cada uno de ellos.

Un oficial bajó del automóvil y llamó a la puerta. Tras ella, apareció una mujer, madre y esposa de la guerra. El oficial, con voz fría, habló.

– Su hijo Karl murió en combate hace diez días en un enfrentamiento sobre el valle del Ruhr, luchando contra una formación de bombarderos B-17 y B-24. No podemos entregarle sus objetos personales, ya que su aeródromo fue tomado por los americanos. Sin embargo, hemos recibido una carta de él dirigida a usted.

La madre tomó la carta, mientras los oficiales se despedían. Ahí, en ese sucio trozo de papel, estaba su hijo. Todo lo que quedaba de su hijo. Comenzó a leer.

Querida madre :

Hace mucho tiempo que no te escribo. Reconozco que está mal, y que debería hacerlo más a menudo. Pero, sinceramente, cada vez que me siento y miro esa inmensa superficie blanca, no sé, no sé con qué llenarla. No puedo sentarme a escribir, porque yo estoy tan vacío como ese papel.

Es duro escribir. Tanto como respirar, o pensar. Ayer murieron Strümpell y Cramon, y anteayer… Ya ni me acuerdo… Sí, me acuerdo de Weiss, de Harder, de Von Lossberg, de Doensch… No. Creo que Doensch murió la semana pasada, no recuerdo bien.

Somos ya muy pocos. La mayoría son niños, sin experiencia, apenas han volado unas horas en un planeador, y luego en un Heinkel HE-51 biplano, y los mandan para aquí, para enfrentarse a los angloamericanos. Ellos son docenas, son centenares, e incluso formaciones de más de mil aviones, y nosotros apenas conseguimos reunir un par de docenas de unidades, con muchachos que a duras penas consiguen mantener el avión en vuelo recto y nivelado. Son pura carnaza para los P-51 Mustang y los P-47 Thunderbolt, los cazas aliados. Algunos saltan del avión en cuanto empieza el combate y ven a algún americano en su cola. Mientras, los bombarderos machacan las ciudades sin que podamos evitarlo. Tendrías que verlo, mamá; llenan el cielo, es impresionante. Nuestros aviones, los Bf 109, son de 1935. Han sido mejorados, sí, pero son el mismo modelo de entonces, parcheados hasta la extenuación, remendados para sacar de ellos lo indecible. Los aliados desarrollan constantemente nuevos tipos. Y el caza reactor, el Me 262, que podría haber sido un revulsivo impresionante, ha sido dejado de lado por culpa de la estupidez de Hitler y Göering.

Tiene que terminar, mamá. Tiene que terminar. Yo creí en Hitler. Y creía en Alemania. Creí en el Führer cuando levantó el país de nuevo, desde las cenizas de la vieja y corrupta república de Weimar. Creí en él cuando restituyó el orgullo que habíamos perdido en Versalles en 1919, cuando convirtieron a Alemania en una pantomima de lo que había sido. Cuando marché a España, con la legión Cóndor, creía estar haciendo lo correcto. Alemania era un gran pueblo, su deber era convertirse en una nación poderosa, grande y respetada. Y para que fuese así, Alemania debía demostrar que tenía el espíritu necesario para ello. Cuando la Luftwaffe fue oficialmente creada en 1935 me alisté, como muy bien recuerdas. Pasé aquellos seis duros meses de entrenamiento, y sufrí mucho, pero me sentía orgulloso, porque formaba parte de algo grande. Cuando al fin me gradué, me convertí pronto en el mejor de mi escuadrilla. En España demostré mi capacidad para el combate. Era un soldado, y estaba dispuesto a cualquier cosa para llevar adelante el gran sueño de la Alemania Nacional Socialista.

Ahora entiendo bien que me equivoqué. No seguíamos a un líder. Seguíamos a un megalomaniaco. Un hombre ebrio de poder y de locura, que está llevando a Alemania a un horror mucho mayor que el que sufrió durante la guerra del catorce. Un hombre al que se le han propuesto mil maneras distintas de aceptar un armisticio con honor, y dejar que esta sangría inútil acabe de una maldita vez.

Pero es inútil. Apenas quedamos una docena de veteranos en el aeródromo, y los pocos jovencitos que son masacrados en su primera salida, son sustituidos por otros más jóvenes e inexpertos. Pensar en detener a los aliados es demencial. Lo es, además, desde que quedó claro que el desembarco en Normandía había sido un éxito. Rommel tenía razón; debíamos pararlos en las playas. Pero el idiota de Hitler se empeñó en la más absoluta de las cegueras, y permitió que el grueso del ejército continuara rascándose la barriga en el paso de Calais. Los aliados jugaron sus cartas, y podíamos haberles hecho retroceder. Pero nadie confía en nadie, todos temen a todos, y Hitler mete su obtusa cabeza en ese maldito refugio del que cada vez sale menos. Si se siente seguro dentro, es que tiene el cerebro de una avestruz; Alemania está siendo exterminada y él no hará absolutamente nada para remediarlo. En el aeródromo tenemos un dicho: si ves un avión negro, es inglés. Si es blanco, es americano. Y, si no ves ninguno, es alemán.

Messerschmitt-BF109-01

Estamos diezmados, y cualquier hombre en su sano juicio habría terminado ya esta demencial guerra. Por eso sé que voy a morir. Es cuestión de tiempo. Llevo dos años casi sin un permiso. Vuelo cada día, y actualmente realizamos tres o cuatro salidas diarias. Me duele todo. Me duele hasta el alma. Sólo con mucha habilidad y una dosis de suerte impresionante he conseguido salvar la vida, aunque tenga el cuerpo lleno de agujeros y de quemaduras. Pero es imposible seguir. Antes nos apoyábamos, nos cubríamos unos a otros, pero ahora basta que aparezcan los cazas aliados para que reine la confusión entre nuestras líneas, y sin orden ni organización cada uno haga lo poco que puede.

Nunca te lo había contado. Pensabas que, como yo te decía, era imposible borrar la silueta de mi avión de entre las nubes. En realidad, he sido derribado dos veces. La última, hace ocho meses, fue terrible. Perdí parte de un ala, y el avión entró en una barrena imposible de dominar. Conseguí saltar justo a tiempo. Sólo bastante más tarde me di cuenta de que una bala había atravesado mi pierna izquierda, y por ella manaba un impresionante chorro de sangre. Quedé inconsciente, y afortunadamente me vieron caer y me llevaron a un hospital.

Peor fue lo de Weiss. Consiguió aterrizar, pero no bajaba de la cabina. Cuando fuimos a verle, todos los instrumentos estaban tintados en rojo. Tenía parte del vientre sobre el cuadro de mandos. No entiendo cómo pudo volver al aeródromo en aquel estado.

He pensado mucho, en estos últimos meses, en todo lo que he visto. Toda mi vida ha quedado atrás. Es como si los días que vivo perteneciesen a un oscuro vacío, un vacío sin sentido, sin destino. ¿Tuve alguna vez esperanza? ¿Tuve sueños? No lo sé. Lo único que alimenta mi vida en la actualidad es el olor del combustible y del aceite, el calor de las balas trazadoras a mi alrededor, y un ciego instinto de supervivencia, que me ha dado hasta ahora más vidas que a un gato.

Pero la suerte se acaba. El otro día vino Galland, que ha sido para nosotros, y es, un ejemplo, un líder incorruptible. Y estaba él, ahí, abatido, frío. Está volando con los reactores, y jurando constantemente por todas las ocasiones perdidas.

Ahora, siguiendo la idea de un coche para el pueblo, el ministerio del aire quiere fabricar aviones en serie, el volksjäger, un caza para el pueblo. Quieren meter en esos aviones a niños de quince años para que disparen unos cohetes a los bombarderos aliados y luego lancen los mismos aviones contra estos mismos bombarderos, lanzándose ellos mismos momentos antes en paracaídas… ¿Quién puede imaginar tamaña locura? ¿Quién puede desear que toda una generación se suicide por los sueños de un demente megalomaniaco?

Sé que la historia condenará a Hitler y al partido nacional socialista. Y hará bien. Y sé también que las generaciones futuras se preguntarán cómo fue posible que muchachos como yo, y como muchos otros que se han ido para siempre, pudiéramos compartir esta locura. Pero Hitler nos dio a todos una oportunidad, una esperanza, dio trabajo a una infinitud de parados, borró la crisis del territorio y creó ambiciosos proyectos e infraestructuras para Alemania. Pero, sobre todo, dio al pueblo alemán la fe que había perdido en los años veinte. Y el orgulloso pueblo alemán se levantó, y todos salimos a la calle para decir, sí, Alemania vive, Alemania es grande, y los franceses, los ingleses, los americanos, aprenderán a respetar a este pueblo. No nos dimos cuenta, no pudimos, o no quisimos ver la realidad que se mostraba ya entonces. Las persecuciones, las cacerías humanas, la degradación de cualquier derecho mínimo a la vida… Todo eso estaba ya ahí entonces. Pero nos cegamos con el entusiasmo del honor y la gloria…

Y así fue. No teníamos necesidad de esto. Durante los años treinta demostramos al mundo que Alemania era de nuevo el centro del poder económico de Europa. Pero no nos bastaba. Queríamos el mundo. Y Hitler quería ese “espacio vital” como él lo llamaba, que requería Alemania para su desarrollo. Y se anexionó Austria en el treinta y ocho. E invadió a la indefensa Checoslovaquia en la primavera del treinta y nueve. Y nadie decía nada. Y Hitler creyó que nadie se le opondría cuando firmó el pacto de hierro con Stalin, en el que Polonia quedaba repartida entre La U.R.S.S. y Alemania. Y se invadió Polonia el 1 de septiembre del treinta y nueve. El día tres, Francia e Inglaterra, de mala gana, declararon la guerra a Alemania. A partir de ahí, la locura. Las primeras victorias contra ejércitos mal preparados y menos motivados hicieron creer a Hitler y a Göering que todo sería un paseo. El Alto Estado Mayor no estaba en absoluto de acuerdo, y tenían toda la razón del mundo. Los ingleses primero, y los soviéticos luego, se encargaron de demostrar la locura en la que se había convertido la obsesión de Hitler. No contó con la astucia de Churchill ni la firme determinación de los ingleses, ni con el poder absoluto y el impresionante nivel de recursos humanos de Stalin, otro loco demente. No contó con la pericia organizada y el inteligente uso del radar por parte de los ingleses en la batalla de Inglaterra, ni con la táctica de tierra quemada que tantos éxitos había cosechado a los rusos cuando Napoleón atacó Rusia. Tampoco tuvo en cuenta el elemento distorsionador que suponía la entrada de los Estados Unidos en la guerra debido a esos oportunistas japoneses. Y los italianos han sido unos perfectos inútiles, pareciendo a veces que luchaban contra sí mismos.

Por no mencionar a ese payaso de Mussolini. Aún me cuesta creer que Alemania se viese arrastrada a solucionar cada movimiento en falso de aquel inútil. Al menos los italianos supieron retirarse a tiempo. En eso, han demostrado una inteligencia muy superior a la nuestra.

Pero bueno mamá, yo siempre hablo y hablo de política, y a ti no te interesa en absoluto. Quiero que no sufras, aunque sé que esta carta te va a doler. Pero es necesario que me despida, creo que es mi deber, siento que tiene que ser así. Verás, no te hice mucho caso cuando era un estúpido con diecisiete años, entusiasmado con ser piloto de caza, cuando me alisté en la Luftwaffe. Sé que sufriste mucho, y que lloraste cuando me viste por primera vez con el uniforme. Te recordaba demasiado a papá, del que sólo sabes que acabó en alguna fosa en Francia durante la Gran Guerra. Pero yo me sentía muy orgulloso de papá, y quería vengar su muerte.

Pensaba que estaría orgulloso de mí. De alguna forma, mi incorporación al ejército era una forma de vengar su muerte. Y cada vez que derribaba un avión, no quería pensar en el pobre desgraciado que saltaba al vacío si tenía suerte, o se estrellaba irremisiblemente como ocurre tantas veces. Pensaba en papá, y en buscar mi próxima victoria. He derribado setenta y seis aviones, mamá. Muchos de los últimos son bombarderos americanos del tipo B-17 y B-24, con diez hombres en su interior. Cuando el avión cae en llamas, ves cómo algunos paracaídas consiguen abrirse. Pero nunca son diez, siempre alguno cae bajo nuestro fuego.

Y los que sobreviven son apresados por las Waffen SS, y muchas veces torturados hasta la extenuación. Ver cómo a un hombre le hacen beber su propia sangre y la de sus compañeros es algo que no se olvida con facilidad. Son gente joven. Les he visto. No son distintos a mí. Tienen familia, y no se distinguen en nada. Yo me refugio pensando que mi trabajo consiste en derribar máquinas del aire, pero es muy fácil. ¿Qué hacer cuando uno comienza a pensar en las vidas de los que se agitan dentro de esas máquinas, gritando de horror mientras caen envueltos en llamas? Es algo en lo que procuro no pensar, aunque en ocasiones es difícil evitarlo.

¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué sentido tiene todo esto? Yo creí una vez en todo esto. Me sentí orgulloso de ser piloto de caza. Había nobleza en ello, había valor, éxito con las mujeres y admiración y respeto de las fuerzas de tierra. Ahora no somos más que un pedazo de carne de camino al matadero. Siento asco, repulsa por todo cuanto hay a mi alrededor. Me gustaría estrellar mi avión en la hueca cabeza del cerdo de Göering, gran Mariscal de la Luftwaffe, y el hombre más odiado de la historia, junto a Himmler, jefe de la SS, el estúpido doctor Göebbels, ministro de propaganda, y por supuesto a esa bestia inmunda de Adolf Hitler, que ha acabado con el pueblo alemán.

No sé que ocurrirá en el futuro. Probablemente llegará otra rendición, y los aliados someterán a vejaciones a nuestro pueblo en un grado inmensamente mayor que cuando acabó la gran guerra, pero esta vez asegurándose de que no volvamos a resurgir de nuestras cenizas.

En fin, vuelvo a hablar de lo que precisamente no quieres ni oír hablar. Puede que te parezca cruel que te escriba estas palabras. Que me dirija a ti en esta despedida. Siempre dices que debe haber esperanza mientras hay vida. Pero ¿estoy aún vivo? ¿O he muerto, pero aún continúo en este mundo sólo porque he engañado a la muerte?

Pero mi suerte se ha acabado, lo presiento. No puedo hacer frente, no puedo ganar la guerra yo solo, con los pocos que aquí quedamos. ¿Es lícito, es humano, tiene algún sentido que nuestros superiores nos obliguen a subir al aire diez o quince cazas contra formaciones de doscientos, trescientos o quinientos bombarderos y cazas de escolta? Y contra los Mustang P-51 poco o nada podemos hacer, nos llevan una ventaja no sólo numérica sino también tecnológica. Me siento como un ganso acosado por un halcón. Sólo con muchísima experiencia se puede sobrevivir a algo así.

En fin, no sé por qué te hablo de todo esto, ni el sentido que tiene. Al fin y al cabo, traiciono los ideales de toda mi vida con estas palabras. Pero es probable que nunca tuviese ideales…

Dale recuerdos a la señora Brown. Aún recuerdo aquel pastel que nos regalaba por navidad… Sé que su hijo pequeño murió en el frente del este, luchando contra los rusos. Me enteré por casualidad, ya que hasta aquí casi no nos llegan noticias. No llega nada, en realidad. Ni comida, ni agua, ni piezas de recambio para los aviones, ni una maldita visita. Por otro lado, tampoco podemos salir de este agujero; debemos estar constantemente en alerta…

¿Cuándo perdimos la guerra? Si no recuerdo mal, tuve una primera sensación de que estaba perdida cuando se perdió la batalla de Inglaterra en septiembre de 1940. Y cuando se desató Barbarroja, la invasión de Rusia, en junio del 41, entendí que, abriendo un nuevo frente contra el impresionante poder ruso, la guerra estaba perdida. Desde entonces, la lucha ha sido inútil y sin sentido. Toda una generación quedará marcada y para siempre, y creo que las heridas tardarán muchos, muchos años en curarse. Dos guerras mundiales en sólo veinte años es más de lo que la humanidad puede aguantar. Ruego a Dios por que se encuentre una forma más razonable y sensata de solucionar las diferencias entre los pueblos de este impresionante mundo.

Estuve ciego una vez. Ciego y ebrio de poder, y de gloria. Me creí inmortal, parte de un sistema perfecto con una misión perfecta. El Reich, que iba a durar mil años. Qué horrenda, qué monstruosa estupidez. Y yo formé parte de esa estupidez, y creí en ella, y llevo ocho años matando por ella. Las futuras generaciones deben mirar atrás, aprender de este maquiavélico e impresionante error, y gritar -nunca más-. Con el fin de la guerra terminará una etapa en la historia de la locura de esta nación y de este viejo continente europeo, y sólo si vencedores y vencidos se unen de verdad por una causa común de libertad y de paz sinceras, el mundo tendrá la oportunidad de encontrar un camino. Si no es así, y viendo la vertiginosa evolución de las armas, sólo Dios sabe qué barbaridades podrán llegar a ocurrir en el futuro.

Se hace tarde, mamá. Debo marchar de nuevo. No puedo huir, ni dejar mi responsabilidad. Una vez se ha entrado en este círculo de muerte y horror es imposible salir. Estoy condenado y lo sé. Pero fui yo quién se condenó. Es muy fácil juzgar al mundo por mis errores. Pero yo tomé una decisión, y no puedo volverme atrás. Debo seguir hasta el final.

Ahora tengo que dejarte. Los mecánicos de tierra me acaban de avisar. Tengo que salir de nuevo. Es la cuarta vez hoy. Hemos sabido que una formación de aviones enemigos viene hacia esta zona. Menos mal que estás en Dresde. Allá no hay peligro, no hay ningún cuerpo militar, sólo refugiados.

No llores por mí. Sé que lo entiendes, y sabes que esto iba a suceder. Es mejor así. Yo fui una vez un soldado, tuve honor, el mismo que pueda tener cualquier otro en cualquier nación. Pero mi error no fue militar, sino civil. Cuando supe todo el horror que las SS y la Gestapo estaban desatando en los territorios ocupados, en Checoslovaquia y Polonia sobre todo, debí abandonar esta locura. No lo hice, y perdí entonces lo que de humano tenía. Quise inventar mil excusas, pero sólo me engañé a mí mismo. Creí que era necesario por la guerra, pero la guerra se alimenta de las almas de los inocentes, y allá tenía gran cantidad de alimento. La guerra se perdió cuando Hitler llegó al poder. La guerra, y el honor de un pueblo orgulloso como el nuestro. La historia nos juzgará, y se horrorizará de cuanto aquí pasó. Yo al menos habré muerto, y podré redimir este dolor en el infierno.

Cuídate mucho, mamá. Te quiero.

Siempre tuyo : Karl.

___________

Aquella noche, Dresde fue bombardeada por la RAF, la fuerza aérea inglesa, y a la mañana siguiente por la octava fuerza aérea norteamericana. Se emplearon bombas incendiarias, que produjeron una lengua de fuego que atravesó la ciudad de lado a lado. Murieron más de cien mil personas, casi todos refugiados de la guerra que huían de ciudades quemadas y arruinadas. Y entre ellos, la madre de Karl, que se había encerrado en su habitación desde la mañana cuando recibió la misiva de su hijo, y a la que no le quedaba nada, salvo el agudo dolor de la pérdida.

Winston Churchill, al conocer la magnitud de la tragedia, declaró: “quizás fue una operación excesiva”. Aquel bombardeo fue una dulce venganza para algunos. Pero para la mayoría, la constatación de que, cuando se desata una guerra, no existen bandos. Por el contrario, el mayor enemigo de una guerra es, y será siempre, la misma guerra.


Relato incluido en el libro “Círculo eterno y otros relatos cortos”, que contiene textos escritos entre 1985 y 1995 principalmente.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

2 comentarios en “Últimas palabras”

  1. A veces se nos olvida que detrás de los fríos datos históricos existen humanos con sentimientos, deseos y esperanzas, punto perfectamente reflejado en el relato…Un saludo

    1. Muchas gracias. Efectivamente la vida es más que un conjunto de datos. Hay seres humanos que son víctimas de sus propios regímenes que apoyaron en su momento. Y eso crea un dolor enorme en ellos. Saludos.

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