Hermanos de sangre

Nuevo fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”, Libro XV y último de la saga Aesir-Vanir. 

Este fragmento tiene dedicatoria además. Está dedicado a dos lectoras del blog. La primera: Rosa Boschetti, por haberse declarado fan incondicional de Helen Parker, una de las dos mujeres que protagonizan la saga Aesir-Vanir.

Vanessa Calonge, más conocida por Capitana Hedwig Kudo, también tiene dedicatoria, por el apoyo que siempre viene dando a este blog desde las redes sociales y en Bloguers.net. Agradezco a Rosa y a Vanessa su interés, así como al resto de lectores que siguen estos fragmentos. Helen es sin duda un personaje muy especial para mí, y estaré encantado de que los lectores la sientan cercana también.

Tras los hechos vistos en el fragmento anterior, Helen se dirige para hablar con Freyr, yendo a su lado su mano derecha, Yolande Le Brun, y también Vasyl Pavlov, que acaba de volver de su retiro. También les acompaña Karl, el hombre que se dedica a la protección de Helen, y que ya tuvo un papel importante en la trilogía de La leyenda de Darwan. Todos ellos van a encontrar que la situación es incluso más complicada de lo que hubiesen podido desear…

Nota: este es un texto bastante más largo. O me pongo en serio a terminar el libro, o no lo terminaré nunca. Que al menos parta al Hades con esta saga terminada es lo mínimo que puedo esperar de mí mismo. Muchas gracias.

helen_parker

Karl informó que una lanzadera de transporte estaba lista para viajar a aquella especie de palacio de luz donde se alojaban Freyr y su gente. Helen salió de su despacho, acompañada a la derecha de Yolande, y con Vasyl a la izquierda.

Llegaron a la lanzadera, y se acomodaron en los asientos del pasaje. Karl, el jefe de seguridad de Helen y piloto de la lanzadera, sonó por el sistema de comunicación interno:

—Señoras y señores, les habla el comandante Karl Strauss. Bienvenidos a este vuelo de “Strauss Airlines”. Gracias por elegir nuestros servicios. La temperatura en el exterior es de doscientos setenta grados centígrados bajo cero, y la humedad y presión atmosférica del cero por ciento. Por favor, no fumen durante el vuelo y… ¡Vaya! ¡Pero si tenemos al gruñón de Pavlov entre nosotros de nuevo! ¿Qué es lo que has hecho para engañar a la muerte esta vez, grandullón?
—Vuelve a llamarme grandullón y te lo explicaré con un cómodo curso práctico, para que puedas aplicártelo contigo mismo. —Replicó Pavlov.
—¡Ese es mi Pavlov! —Se oyó por el comunicador.
—No le hagas caso —comentó Helen—. Era tu admirador número uno durante la guerra, junto a Pitt.
—¿Pitt? Yo conocí a un tal Pitt en el bar donde vi a Sandra por primera vez. Era un ingeniero.
—Era el mismo. Murió en la guerra contra los LauKlars. Pero es un héroe para todos. Murió de forma absurda. Pero la gente le adora. Cualquier insensato puede pasar a la historia como un gran héroe y libertador si está en el momento exacto, en el lugar exacto.
—Entiendo. Siempre fue un hombre un poco difícil.
—Era un buen hombre. Pero el mito le ha superado. Karl le echa de menos. Eran buenos amigos. Ambos se reunían en un bar de jazz virtual para tocar algunas viejas canciones y hablar de amores imposibles. Karl era el dueño de un jazz club en Australia, allá en la Tierra. Yo trabajaba en una aburrida oficina. Es curioso cómo la vida nos moldea según las circunstancias.
—Es cierto —confirmó Pavlov—. Pitt solía hablar de Karl en aquel bar de San Francisco. Sandra a veces le pagaba una ronda, y le ayudaba a sentarse para que no cayese redondo al suelo. Era un buen hombre, superado por las circunstancias.

No dijeron nada más. La lanzadera surgió de la gigantesca estructura de la nave, mientras Helen se acercó a la proa, y se situaba a la izquierda de Karl, en la cabina de mando de la nave. Karl la miró un momento. Helen comentó:

—Concéntrate en pilotar, Karl. Que mi presencia no te intimide.
—No estoy intimidado por tu presencia.
—Entonces, ¿por qué detecto todo ese caos mental que hay en ti?
—Porque me ha sentado mal el desayuno.
—Claro, seguramente será eso. ¿Has analizado esa especie de palacio de luz, tal como te pedí? ¿O has seguido perdiendo el tiempo pensando en fantasías sexuales?
—He hecho un análisis profundo de la estructura del campo cuántico que conforma el palacio de luz de Freyr. Y También he perdido el tiempo en fantasías sexuales.
—¿Y qué conclusiones has sacado?
—Que mi vida solitaria es un suplicio. Necesito una mujer en mi vida. Morena. De cabello corto. Alta. De complexión fuerte. Decidida. Con aires de líder. Con un nombre que empiece por H…
—Karl, te voy a romper las piernas. Pero lo haré con cariño. Contesta a mi pregunta.
—Está bien. El análisis está acabado. Esa especie de estructura de luz en la que vive Freyr y su gente se basa en un condensado Bose-Einstein. Los fotones se encuentran en su estado de mínima energía, y son retenidos por un campo gravitatorio de una magnitud impresionante, pero que no tiene un rango infinito; solo unos milímetros. Es absolutamente increíble. Solo concibo un agujero negro como fuente de energía de algo así.
—De acuerdo. ¿Me lo puedes traducir ahora a un idioma que no sea el klingon?
—Sí puedo. El palacio es, a todos los efectos, luz. Luz condensada, que permite crear estructuras de cualquier tipo y forma a la velocidad, precisamente, de la luz. El palacio tiene una forma hoy, pero mañana podría adquirir cualquier otra forma, a la velocidad de la luz.
—Así que es muy sofisticado, pero es físicamente posible explicar su naturaleza.
—Lo es. No tiene nada de mágico ni de especial. Como todo lo demás. Esos “poderes” de Freyr no son más que trucos de física, que puede gestionar, y que son impresionantes. Pero no hay nada de mágico en ellos.
—Muy bien, Karl. Has hecho un buen trabajo. Algunos ya empiezan a hablar de misticismos, que tenemos que desterrar de inmediato. Te has ganado una galletita de vainilla. Puede que dos.
—¿Y no hay ni un besito?

Helen le pisó el pie a Karl, que se quejó unos instantes. Luego Helen sonrió, y le dio un beso en la mejilla a Karl.

—Pero…
—Nada de peros, Karl. De momento, confórmate con eso. Y da gracias a que es un beso lo que te he dado. —Yolande apareció justo después.
—Señora, ¿estás bien? Te he notado agitada desde antes de subir a la lanzadera.
—Todo bien, Yolande, gracias. Preocupada con todo este asunto, nada más. Y Karl me ha pedido un besito.
—Ya veo. ¿Quieres que le ate las muñecas y los tobillos, como a un ternero a punto de ser sacrificado? ¿O lo lanzamos por la esclusa de popa al espacio? ¿O ambas cosas?
—No, de momento. Ya lo sacrificaremos a los dioses un día de estos.

Yolande volvió atrás. La lanzadera siguió su camino, y tras unos minutos apareció frente al palacio de luz. Una plancha de fotones surgió de su interior, y los cuatro desembarcaron de la lanzadera.

—Es increíble —comentó Karl—. Conozco su naturaleza, y puedo explicarla; pero sigue siendo impresionante. Crean un sistema completo de oxígeno para que podamos respirar.

Desembarcaron, y pasaron el puente de fotones. Al otro lado les recibió Tyr, el jefe de la guardia de Fenrir. Este se dirigió directamente a Pavlov.

—Así que has vuelto del ostracismo autoimpuesto.
—Así es, viejo amigo.
—¿Qué te hizo volver? Y no me digas que fue una mujer. —Yolande alzó las cejas ligeramente, con gesto de circunstancia.
—En parte fue una mujer. Pero no solo fue una mujer.
—Me decepcionas, Pavlov. Los guerreros nos movemos por nuestro deseo de hacer el bien. Por buscar siempre la justicia. No por una simple mujer. —Yolande iba a hablar, pero Pavlov se volvió,  y con un gesto le pidió que esperase. Luego se volvió de nuevo a Tyr.
—Tienes que entender que yo provengo de una sociedad donde las mujeres deben ser tratadas en pie de igualdad a los hombres. Sé que en tu sociedad no es así, pero te pido que hables con respeto de mi compañera. Ahora le he pedido silencio porque es importante que tratemos este asunto como hermanos. La próxima vez tendrás que gestionar este asunto directamente con ella.
—Lo haré. Por deferencia y respeto a ti —aseguró Tyr.
—Gracias, algo es algo. Y he vuelto también por otra razón: porque Sandra me lo ha pedido. —El rostro de Tyr se torció.
—Es mejor que no bromees con eso, Pavlov. Sandra…
—Sandra es vuestra obsesión, vuestra diosa personal, ya lo sé. Pero también fue mi hija.
—Pero estaba… muerta. ¿Cómo puede haberte pedido que volvieras? ¿Fue en un sueño?
—No fue un sueño. Aquí se mueven fuerzas que ni tú, ni mucho menos Freyr, ni yo, podemos comprender, Tyr. Pero era Sandra. No era un truco. Ni era Idún haciéndose pasar por Sandra.  Era Sandra. Envuelta en un vestido de oro. Con una misión: traerme de vuelta de mi retiro, para enfrentarme a mis miedos, a mis anhelos, a mis sueños. Y, sobre todo, a mis fantasmas, y a mis demonios. Por eso estoy aquí, Tyr. Y por eso vengo con Helen. Para poner fin a esta locura de Freyr.

sandra_idafeld
—Freyr es nuestro rey —aseguró Tyr—. Le debemos obediencia.
—Freyr ha perdido el juicio, Tyr, y tú lo sabes. Lo perdió parcialmente cuando se obsesionó con la inmortalidad. Y totalmente cuando obtuvo esa inmortalidad. Ahora, si nos dejas pasar…

Tyr hizo un gesto, y entraron todos en el palacio de luz. Yolande se dirigió a Pavlov:

—Vasyl, escúchame atentamente: me he callado esta vez porque no quiero ofender sus costumbres, y estamos en su palacio. Pero solo esta vez. ¿Me entiendes? Solo esta vez. No permitiré que ese guerrero medieval me humille delante de todos por ser una mujer.
—Te entiendo perfectamente, Yolande. Pero Tyr no puede comprender tu postura. No fue educado así. Fue educado en la idea de que la mujer debe someterse al hombre por una simple cuestión de jerarquías. Pero tú sí puedes comprender su punto de vista, aunque por supuesto no lo compartas. Por lo tanto, vamos a estar en consonancia con esa comprensión. Él va a respetarte.
—Por respeto a ti.
—Lo sé. Es todo lo que podremos conseguir, Yolande. Son una sociedad de pensamiento medieval. No puedes plantarte de pronto en la Edad Media, y querer cambiarlo todo en un día. A mí me pasó también con Sandra. Y ella tenía razón.
—Supongo que eso es cierto… Pero, si hemos de convivir con ellos, tendrán que aprender nuestras costumbres. Y a respetar a las mujeres como iguales. Incluso Skadi fue reina y tuvieron que obedecer sus órdenes.
—Naturalmente, Yolande. Ellos deberán respetar nuestras costumbres. Y nosotros las de ellos. No será fácil. Pero ningún choque de civilizaciones es fácil. La propia Helen tiene una dificultad añadida por el mero hecho de ser mujer en esta disputa. Pero tenemos que ir paso a paso. Y ningún discurso sobre igualdad va ahora a tener efecto alguno en ellos. Ni en Tyr, ni mucho menos en Freyr. Simplemente no conciben la igualdad como una opción en este momento.

Yolande no dijo nada más. Llegaron a la puerta de la Sala de Recepciones, donde  se encontraba Skadi, madre de Freyr. Vio a Pavlov, sonrió, y se acercó rápidamente a él.

—¡Pavlov! —Exclamó Skadi mientras le abrazaba, y este a ella—. ¡Has vuelto! ¡Quieran los dioses que entre todos encontremos un camino para solucionar este dilema que nos envuelve!
—Así será, mi reina. Haré lo que esté en mi mano.
—Ya no soy reina, mi querido Pavlov. Ya lo sabes. Cedí el poder en mi hijo.
—Siempre serás mi reina. Tú, y el rey Njord, que dio su vida por el reino. Fuisteis justos. Fuisteis nobles. Es importante que un gobierno sea justo. Pero más importante es que un líder sea justo.

Skadi asintió levemente, sonriente. Fueron caminando hasta el trono donde se encontraba Freyr. Se hallaba meditabundo y serio. En un momento dado, Skadi habló:

—Hijo mío, mi rey: Helen Parker, a la que llaman Freyja, está aquí de nuevo. Y tenemos una sorpresa.

Freyr alzó la vista, y no pudo reprimir un gesto al ver a Pavlov. Asintió, y comentó:

—Vaya, el huido a la desesperación ha vuelto en un momento de desesperación. ¿A qué se debe tu vuelta?
—Sandra me hizo volver —aseguró Pavlov. —Freyr alzó las cejas y cambió el semblante por completo. Se levantó, y se acercó a Pavlov. Lo tomó de los brazos, y dijo:

—¿Sandra? ¿La has visto aquí, quizás? ¡Habla!
—La he visto. Volvió para hacerme entender el error en el que estaba. Pero no está aquí ahora, ni volverá. Tu diosa del pasado es solo un recuerdo amargo, Freyr. Nunca volverá.
—¡Tienes que hacer que vuelva, Pavlov! ¿Me has oído? ¡Que vuelva!
—Yo no soy un dios, ni me creo un dios. Y si tuviese el poder de traer de vuelta a mi hija, ten por seguro que no lo haría. Porque hay un tiempo para la vida. Y otro tiempo para la muerte. Tú te autonombraste dios hace incontables milenios. ¿Por qué no usas tu poder para devolverle la vida a los muertos? Porque no puedes. Y no puedes porque eres un fraude, Freyr. Te lo dije cuando construiste este palacio para tu gloria personal. Y te lo diré siempre. Has traicionado la memoria de Sandra, y su legado. Y ahora has de acabar con esta locura de una vez.

Freyr suspiró. Se recogió la capa y se sujetó la espada mientras se sentaba de nuevo en su trono de luz. Luego miró por fin a Helen, que había estado todo el rato observando una pantalla tridimensional de datos, sin hacer caso a lo que ocurría ante ella.

Freyr se dio cuenta, y le espetó a Helen:

—¿Qué haces ahí tú, mujer, ante mi presencia, sin dignarte en mirarme, mientras observas esa unidad de datos holográfica, y vestida con esas ropas inapropiadas para alguien que ha pedido audiencia conmigo? ¿Dónde están tu pleitesía, tu vestido y tu decoro?

Helen no contestó de forma inmediata. Siguió mirando la pantalla durante unos instantes, y haciendo algunas anotaciones.

Luego, por fin, la pantalla holográfica desapareció, y Helen guardó el sistema de datos en el bolsillo trasero de sus tejanos. Se giró, miró a Freyr, y respondió:

—Mi estimado y todopoderoso dios de dioses: ya te he dicho, en anteriores ocasiones, y te repito ahora, que no iba a permitir que hablásemos de ningún tema mientras tú te encuentras por encima de mí, en ese absurdo trono de luz, demostrando tu superioridad y poder, y menospreciándome por mi condición de mortal y de mujer. Y no se te ocurra volver a decirme que somos hermanos, porque en la mitología escandinava Freyr y Freyja eran hermanos. No lo somos. Ni lo seremos en un millón de años.
—Un millón de años —susurró Freyr—. Eso es solo un instante de tiempo. Yo te hablo como a una hermana, y tú me lo agradeces con desprecio, y presentándote con esa ropa inapropiada. Y tu gente te llama Freyja, que es una diosa.
—Ellos eligieron llamarme así. Yo les recuerdo constantemente mi condición de mortal. Tú te autonombraste dios de dioses. Tú no concibes otra cosa que autoproclamarte dios supremo de todos.
—Y así ha de ser, hermana.
—¡Y dale, qué pesado!
—¿Qué has dicho?
—Nada, nada, tú sigue a lo tuyo…
—En cuanto a nuestra superioridad, te lo dije, y te lo vuelvo a decir: somos superiores a vosotros. Eso no es algo que pueda o deba debatirse. Fuimos tocados por el manto de poder de Sandra. Ella nos delegó un poder absoluto. Y ella nos guió.
—No fue así —interrumpió Helen—. Sandra solo entró en contacto con una especie muy avanzada, los Isvaali. Esa especie tiene sin duda tecnologías absolutamente impresionantes, y capacidades fuera de todo lo visto. Pero siguen siendo una especie más, y lo que os ocurrió, a vosotros, a Pavlov, incluso a Sandra e Idún, también a Yvette, es fruto de una alteración de vuestros cuerpos. Esa alteración os dotó de un gran poder, es cierto. Pero sigue siendo un poder físico, tangible, cuantificable. No sois dioses. Ni tú eres un dios. Ni este palacio es mágico. Todo es una farsa. Tu vida eterna es una farsa, Freyr. Y es hora de que empieces a entender la verdad: tu inmortalidad es tu muerte. Hacerte eterno te ha condenado a morir para siempre, sin nunca llegar a descansar.

Freyr no respondió. Se mantuvo impasible, lejano. Hasta que su madre, Skadi, le reprendió:

—Freyr, mi hijo, mi rey: tienes una responsabilidad. Como rey, y como anfitrión de estos hermanos de la Tierra. Son hermanos de sangre… —Freyr levantó levemente la cabeza.
—Sandra me dio un proyecto, madre. Una tarea sagrada: unificar las dos islas en un solo reino. Eso hice. Pero ahora se dan de nuevo las mismas circunstancias: dos reinos. El reino de aquellos que hemos avanzado y mejorado, y que nos hemos hecho inmortales para ocupar nuestro trono en el universo, y el reino de aquellos que quieren optar por el caos, el vacío, y la muerte. Aquellos que quieren seguir siendo mortales en la miseria de la vida, teniendo que nacer, crecer, vivir, y morir. El legado de Sandra se mantiene. Y la tarea que ella me encomendó sigue viva: unir los dos reinos. Eso haré. Porque esa es la voluntad de Sandra.

Helen miró a Skadi, cuya mirada lo decía todo. Desolación, dolor. Amargura. Fue Helen la que habló:

—Escucha ahora, Freyr, porque estoy empezando a perder la paciencia. —Freyr miró a Helen con ira.
—¿Qué? ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu dios?
—¿Cómo me atrevo? Me atrevo porque lo que de verdad me gustaría es subir a ese estúpido trono de luz y clavártelo en la cabeza, o en otro sitio. Pero voy a ser considerada. De momento. Y tú me vas a escuchar.
—Lo haré. Pero será la última vez —aseguró Freyr. Helen continuó:

—Empiezo a estar un poco harta de tu querida Sandra, y de tu misión divina para salvar a la humanidad de sí misma, Freyr. No eres más que otro iluminado, como muchos otros que pasaron por la Tierra en el pasado, valedor de un proyecto de futuro en el que solo podemos tomar dos posiciones: contigo, o contra ti. Pero nosotros hemos luchado en dos guerras muy cruentas, y hemos sobrevivido, los que hemos sobrevivido, para vivir en paz. Y, por supuesto, para morir en paz. Muchos son los que soñaron en el pasado con la inmortalidad. Yo sueño vivir una vida plena, acudir a un concierto de rock, y morir escuchando mi música favorita. La vida consiste en eso, Freyr. Tu inmortalidad, y tu poder, no son un regalo de ningún dios. Son un accidente fortuito producido por Sandra, que en su desesperación encontró a esos seres avanzados. Ni Sandra era una diosa, ni te encomendó ninguna tarea sagrada. Ni esto es la Iliada, ni tú eres Aquiles, luchando por la gloria eterna. Así que te propongo lo que ya te propuse: déjanos encontrar un mundo donde poder construir nuestra civilización. Un mundo que se pueda llenar de niños. Un mundo imperfecto. Un mundo lleno de todas las imperfecciones del ser humano. Pero un mundo donde el amor pueda transmitirse de madres a hijos, y de hijos a nietos. Solo eso te pedimos. No tenemos por qué darnos la espalda. Vosotros vivid en este palacio de luz. Y nosotros viviremos en la luz de nuestro mundo imperfecto. No es tan difícil. ¿Qué me dices?

Freyr se levantó. Recogió su capa, se ajustó la espada, y se acercó a Helen. La miró fijamente un instante, y repuso:

—No es bueno ignorar y desobedecer la voluntad de los dioses. Aquí, y ahora, te ordeno: sed como nosotros. O habrá guerra. Una guerra que sabéis no podréis ganar. Vuestras naves, vuestras armas, son inútiles contra nosotros. Controlamos el espacio. Controlamos el tiempo. Controlamos cada partícula del universo. Podemos aplastar vuestras impresionantes naves en lo que se tarda en chasquear los dedos.

Se hizo el silencio. Un silencio cortante, frío, y duro. Skadi fue a decir algo, pero Freyr levantó la mano. Luego continuó:

—Os doy cuarenta y ocho de vuestras horas, es decir dos de vuestros días, para tomar una decisión. Y espero sinceramente que sea la decisión correcta. Si lo es, estaremos todos unidos con el universo. Una humanidad plena, eterna, perfecta. Cuando seáis como nosotros lo entenderéis. No tendréis que temer nada; ni enfermedades, ni miedos, ni por supuesto tendréis que temer a la muerte. Pero eso sí: negaros a seguir el mandato que Sandra nos dio a todos, y no tendré otro remedio que purgar el universo de vuestro mal. Porque Sandra es el poder absoluto. Y ha de ser obedecida.

Freyr se sentó en su trono. Alzó la mano, indicando a los guardias que escoltaran a los invitados, y dijo:

—Ahora podéis marcharos. La sesión ha concluido.

Caminos de regreso.

La pequeña comitiva compuesta por Helen, Yolande, Pavlov y Karl se retiraron. Al salir del palacio, Helen susurró:

–Empiezo a estar hasta el gorro de Freyr, de Sandra, y de este circo ambulante de luz y magia que han montado. —Pavlov intervino, mientras accedían a la lanzadera, que les llevaría de nuevo a sus naves:
—Sandra no tiene nada que ver con todo esto, te lo aseguro.
—¡Pero ella montó todo el tinglado de la nueva religión, su imagen de Atenea, el libro sagrado de las Crónicas de los Einherjar!
—Sí, es cierto. Pero Sandra estaba desesperada por salvar lo que quedaba de la humanidad. Ella solo actuaba en base a su naturaleza. Es Freyr quien ha reinterpretado la verdad, y la ha convertido en una diosa mítica.
—Pues ahora tendremos que buscar una solución, porque…

De pronto la lanzadera tembló. Se perdió el control, y comenzó a dar vueltas y vueltas sin sentido. Karl, al mando de la pequeña nave, gritó:

—¡No sé qué pasa! ¡No obedece a los mandos!

De pronto, el movimiento cesó. La lanzadera volvió a su rumbo y velocidad. Karl observó los instrumentos.

—No lo entiendo. No tiene explicación. Es como si de pronto la física hubiese dejado de tener sentido en la lanzadera. —Helen respondió con furia:
—¡Esto no es un problema de la lanzadera, ni de las leyes de la física! Esto ha sido una pequeña advertencia de Freyr. Quiere que vea cómo estamos a merced de ese maldito poder que tiene. Y tiene razón: no podemos contrarrestar algo así. No con nuestra tecnología.

Helen se acerco a Pavlov.

—¡Tú! ¡Tú eres como ellos! Tú fuiste tocado por esos… seres, esos “Isvaali”.
—Sí, es cierto —confirmó Pavlov—. Pero yo no puedo hacer nada contra Freyr. No a ese nivel. A cada individuo le afecta de manera distinta. En general, te hace inmortal, es cierto. Pero no mucho más. Con Freyr tuvo un efecto dramático: a él le dotó de un poder inmenso. Freyr cree que eso es también obra de Sandra y de los dioses. Pero no tuvo nada que ver.

La lanzadera llegó a la nave, la Arinka, y Karl se llevó la lanzadera a la Enterprise para revisarla. Pavlov le pidió a Helen y a Yolande hablar a solas. Fueron a un pequeño despacho. Pavlov le dijo entonces a Helen:

—Estoy aquí como oficial táctico. Y te daré mi análisis ahora: no se puede hacer nada con estas naves. Karl me ha dado los datos del potencial de combate de estas naves. Y Yolande me ha explicado las tácticas que ella, y mi otro yo, usamos durante la guerra. Son naves muy poderosas. Pero son naves convencionales. Capaces de casi cualquier cosa. Pero esto no es cualquier cosa. En este asunto son completamente inútiles.
—Lo sé —asintió Helen—. Y empiezo a ver que esto es un callejón sin salida —aclaró perturbada.
—Creo que Yvette tiene también un gran poder —intervino Yolande—. Por cierto, no la he visto en la sesión. Temo que Freyr pueda tenerla retenida.
—Si es así, habrá que averiguarlo —afirmó Helen—. Yvette me confundió. Pensé que era una simple cara bonita. Pero tiene un dominio de la situación realmente bueno. Si consiguiésemos atraerla a nuestro bando, podría ser una gran aliada.
—Haré lo posible por establecer contacto con ella —aseguró Yolande. Pavlov añadió:
—Sin embargo, creo que estamos enfocando mal este asunto. Estamos basando nuestros potenciales en lo que cada uno es y posee. Ellos, su capacidad heredada de esos seres, los Isvaali. Nosotros, la potencia de fuego de estas naves, y su capacidad de vuelo.
—¿Y no es lo que tenemos?
—Queda algo más —comentó Pavlov.
—¿Y qué es? —Preguntó Helen dubitativa.
—En realidad, es alguien más. Alguien que puede tener una respuesta.
—No se me ocurre…
—¿Tú sabías que el que fue tu mano derecha durante la guerra en la Era Anterior, Scott, es uno de ellos? Bueno, uno de nosotros. Porque yo también soy inmortal.

Helen abrió los ojos como platos. Su rostro estalló:

—¿Qué? ¿Scott? ¿Uno de ellos? ¿De esos inmortales? ¿Qué me estás diciendo?
—Scott es inmortal. De hecho, de todos los que estamos aquí, fue el primer… modificado, si quieres llamarlo así. Fue en el siglo XX. Durante un vuelo. Quedó afectado por ese fenómeno. Cambió.
—Sé que dejó a su familia, y que su nombre real no es Scott… Pero, ¿estás seguro? ¿Es uno de ellos? —Helen miró a Yolande.
—¿Tú sabías algo de esto, Yolande?
—Desde… hace poco. Pero quería contártelo con calma. Además, no es el… único secreto de Scott.
—Ya veo. Así que voy a tener que enterarme de estos temas directamente por boca del propio Scott.

Helen salió corriendo en busca de Scott. Yolande la vio salir y gritó:

—¡Señora! ¡Déjame explicarte!
—Déjala —intervino Pavlov—. Con Scott siempre hay sorpresas. Creo que es mejor que este asunto lo gestione Helen con Scott directamente…

Helen fue corriendo en busca de Scott. Este estaba en la misma nave. Preguntó por él. Estaba, como de costumbre, en su laboratorio. Helen fue corriendo dando grandes saltos, mientras se llevaba por delante a un par de personas y pedía perdón. Llegó al laboratorio, abrió la puerta de un golpe, y entró mientras Scott miraba asombrado. Helen se detuvo a un par de metros, y le señaló con el dedo mientras gritaba:

—¡Tú! ¡Otra vez, tú! —Scott pareció salir de una ensoñación.
—¿Mi señora? ¿Qué ocurre?
—¿Qué ocurre? ¿Encima me preguntas qué ocurre? Tú… tú me ocultaste que eras, que habías sido tocado por esos seres, los Isvaali. ¡Todo este tiempo no me explicaste nada! ¡Dos guerras juntos! ¡Y no me explicaste nada de esto!
—No había por qué —aclaró Scott—. Necesitabas de mis servicios. Y te los di siempre. Mi naturaleza era algo secundario. Y nunca te preocupó cómo conseguía vencer al destino. Solo te preocupó ganarle al destino con mis consejos y mi guía.
—¡No desvíes la conversación, Scott!
—No lo hago. Nunca te importé. Excepto para la causa. Esa gran causa de la humanidad. Y yo te he servido todo este tiempo. Te salvé la vida. Jugué con la muerte, y pude ganarle la partida, hasta que apareció esa mujer, Idún. No puedo decirte más. No soy un dios. Me habéis tratado de loco. De iluminado. De sociópata. Soy todo eso. Pero no soy un dios. Y no puedo hacer nada más. Si vienes a buscar soluciones, da media vuelta. Aquí no las hallarás.

Helen se acercó a Scott. De pronto, le puso una mano en el pecho, y lo arrastró unos metros hasta una pared. Luego lo sujetó por las solapas.

—Ahora escúchame, Scott, porque a este juego ya hemos jugado antes. Tus adivinanzas, tus palabras vueltas del revés, tus oscuros comentarios llenos de misterios y secretos, se han acabado. ¿Me oyes bien? ¡Acabado! Tú nos has traído aquí. Y tú sabías que esto iba a pasar. Todo el tiempo. Desde el primer día. Desde el día en que nos vimos en aquella choza en la Tierra por primera vez. Y has estado jugando conmigo, y con todos, todo este tiempo.
—Yo no podía hacer nada —confesó Scott respirando pesadamente—. El destino… es el destino…
—¡Al infierno con el destino, Scott! ¡El destino es el que uno crea cada día!

Helen soltó a Scott, que se deslizó por la pared, contra el suelo. Ahí quedó, respirando pesadamente. Luego Helen se echó al suelo con las piernas dobladas, junto a él. Se llevó las manos a la cara. Y, de pronto, Helen comenzó a llorar.

Scott se acercó. Lentamente, y con mucho cuidado, le limpió las lágrimas con los dedos. Helen le miró, y le abrazó. Scott la abrazó a su vez. Luego Scott la miró de cerca, y dijo:

—Tranquilízate, por favor. Todo va a salir bien.
—Perdóname, Scott. Perdóname. Estoy cansada. Estoy muy cansada. Es una carga… una carga inimaginable… Todos estos años… Todas esas batallas…
—Lo sé. Lo sé… Siento tu carga en tus hombros. Cada día. Cada noche…
—Primero las dos guerras. Las luchas. El tener que aparecer como una valiente soldado en pos de un futuro increíble para la especie humana. Con toda esa gente confiando en mí… Y teniendo que luchar una vez, y otra, y otra, intentando desesperadamente que el último hilo de la humanidad no se rompa… Y, cuando, después de dos guerras brutales, por fin encontramos la paz, y un camino de futuro, nos encontramos con un loco, de nuestra propia especie, que se ha convertido en un iluminado mesiánico… Y yo ya no puedo más, Scott… Yo ya no puedo más…

Ambos se mantuvieron unos instantes en silencio. Luego fue Helen la que miró fijamente a Scott:

—Dime que hay una oportunidad, Scott. Dime que podemos superar esto, como hemos superado mil pruebas anteriores. —Scott se repuso unos instantes. Miró al techo. Y respondió:

—Hay un camino. Pero implica un viaje. Y un sacrificio.
—¿Ya estamos de nuevo con las adivinanzas, Scott? ¿Es que quieres que me enfade de verdad?
—No. Nada de adivinanzas. El camino está trazado. Te lo dije aquel día. Y te lo repito ahora: la humanidad será mientras tú seas. Si tú triunfas, la humanidad triunfará. Y, si caes, la humanidad caerá contigo. Pero eso no significa que debas estar sola. Yo estaré a tu lado. Siempre. Siempre…

Helen sonrió.

—Eres un amigo complicado, Scott. Pero eres un gran amigo.
—Sí. Un… amigo. Lo sé.

Helen se levantó.

—Vamos, Scott. Vamos a poner en cintura a ese dios de papel. No sé cómo. Y sospecho que costará sacarte la información, como ha ocurrido siempre. Pero ya nos enfrentamos al destino en el pasado. Y lo haremos otra vez en esta ocasión.
—Se hará como tú digas, Freyja.
—¿Ahora soy Freyja otra vez?
—Ya te lo dije: para mí siempre serás Freyja.

Helen sonrió de nuevo. Salió de la sala. Cuando se hubo alejado, Scott murmuró:

—Sí, esa es la paradoja de todo esto. Un hombre que se cree un dios. Y una diosa que se cree mujer. El universo a veces juega con la realidad de formas absolutamente majestuosas. Porque, ¿qué puede haber más inalcanzable, que una diosa que es todo amor y luz, cuando yo vivo en la más completa y eterna oscuridad?…

Helen no escuchó aquellas palabras. Se dirigió a su habitación, y ordenó al androide que extrajera ropa del armario. El androide le entregó aquella ropa.

Helen se cambió. Dejó en la cama los pantalones tejanos, la blusa, y las zapatillas deportivas. Se puso entonces el uniforme de combate negro que llevara durante la guerra, las botas, y el escudo en el lado derecho, con los tres octógonos y el cubo.

Luego salió de la habitación. Entró en la de Yolande, y esta la vio, y comprendió enseguida. Yolande informó:

—Todo listo, mi señora. He convocado a los mandos militares, y ordenado que preparen la Gran Sala de Conferencias.
—Muy bien. Gracias, como siempre, Le Brun. —confirmó Helen. Esta se dirigió entonces a Pavlov.
—¿Y tú? ¿Listo para una guerra desesperada, que no podemos ganar?
—Esas son siempre mis preferidas, mi señora.

Helen asintió. Salió, y se dirigió a la Gran Sala. Ahora ya no era Helen. Ahora era de nuevo Freyja. Una simple mortal. Una mujer de carne y hueso. Pero una mujer decidida a ganar una guerra desesperada. Y no hay nada mejor para estimular la mente que una batalla que está perdida de antemano…


 


12 Comments on “Hermanos de sangre

    • Muchas gracias Narcís por tus palabras. Sin duda echaré un vistazo al enlace. Participar ahora no puedo porque tengo que terminar el libro ya pero lo iré siguiendo. Un abrazo.

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  1. Gracias!!!!🤩 por la mención honorífica (léase dedicatoria)💖💖… Entiendo a la gran Helen y el peso que lleva sobre sus hombros, va de malota, pero solo es una persona comprometida… menudo papel como Freyja. Por otro lado cuántas personas hay luchando guerras perdidas contra esos autoproclamados líderes… cuanta verdad cuando Helen dice: “Cualquier insensato puede pasar a la historia como un gran héroe y libertador si está en el momento exacto, en el lugar exacto.” Y vaya vaya con los autoproclamados, que para no desvelar al mago detrás de la cortina, siguen la misma premisa: si no es a su favor es en su contra.
    Ahora le pregunto a Vasyl_Pavlov, tú el que escribes en Laleyendadedarwan.es, cómo los vas a sacar de allí sin hacer magia? Me consuela saber que no soy la única a la que el proyecto se le complica. Menuda guerra te espera desarrollar, cómo nos harás ganar, a los mortales me refiero… Que Helen y compañia no le teman a la vida ni a la muerte es una gran ventaja… ¿pero será suficiente contra el palacio de luz…? ¿acabaremos mutados en inmortales y extinguidos,
    cual dinosaurios, a la vez? 🤔 Me despido en espera de las próxima entrega un abrazo 🐾 PD: Saludos a Sandra 😉

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    • Hola Rosa, muchas gracias por tus palabras. Como referencia sobre el origen de Helen, ella era una joven de algo menos de 30 años a principios del siglo XXI cuando le diagnosticaron un cáncer del que murió. Pero su mente y adn fueron preservados como los del resto, Yolande, Karl, etc. Tras esto despierta y es nombrada líder de un grupo de supervivientes en una guerra brutal. Desde ese momento hay de algún modo dos mujeres: la joven que solo quiere ir a bailar y disfrutar, y la líder que se ve arrastrada a una lucha casi imposible.

      En cuanto a la salida de la situación, aparentemente es una situación irresoluble. Pero si Helen ha aprendido algo es a moverse en la desesperación. Es cuando más la aprietan cuando más fuerte se hace. Y tiene en Yolande, Pavlov y los demás un punto de apoyo importante. Aparte de Scott, que sigue siendo un personaje que, como suele decirme mi hermana, “uno nunca sabe si odiarlo o amarlo”. Veremos por dónde sale este tema. Un abrazo y reitero mi agradecimiento, es un honor poder leer tus comentarios.

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      • A través del diálogo con Scott se muestra muy humana. Vi lo de las dos condiciones (la persona y la diosa/guerrera) pero la persona no me da la impresión de “fiestera” sino de ser centrada y directa, aunque no dudo que le guste y sepa bailar y tenga salidas (diálogos) divertidas. No se le ve el lado frívolo de los solo quieren divertirse (sinceramente me encanta así, tiene sus dos dimensiones bien puestas y nada adolescente) 💖 Sobre Scott… tal vez uno no sepa muy bien si amarlo u odiarlo, como dice tu hermana, pero seguro que a Helen medio le hace tilín y viceversa jejeje

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      • Ciertamente tiene que tomar decisiones muy graves, ella lidera a un grupo de supervivientes cuyo número casi llega a las cien mil personas. En su corazón recuerda los días sencillos de oficina con los amigos, los bailes y los conciertos. Pero no puede darse esos lujos. En “Las entrañas de Nidavellir”, que es el único momento en el que coincide con Sandra, aparece esa versión juvenil de ella. Pero solo es un instante. De hecho esto se verá también en este libro en un momento. En cuanto a Scott, él está enamorado de ella desde el primer día. Ella no quiere darse el lujo de amar a alguien. Debe ser Freyja, hasta que pueda dejar de serlo y volver a ser Helen para siempre. Un abrazo.

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    • Ah sí, suelo poner vídeos cuya temática y sonido sean acordes con el texto. En este caso “Brothers in arms” me pareció una buena elección de los geniales Dire Straits. Un abrazo.

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  2. Pingback: Senderos de mortales, senderos de inmortales – La leyenda de Darwan

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