Lecciones de guerra, lecciones de paz

Nuevo fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”, Libro XV y último de la saga Aesir-Vanir. El fragmento anterior puede leerse en este enlace.

Sigo con el ritmo alto de escritura para terminar el libro, y con ello la saga, por lo que estoy prácticamente concentrado en este tema solamente. Cuanto más cerca del final, más estrés por acabarlo y dejar toda la saga completa. Y, como siempre, agradecer a todos los lectores que muestran su interés en seguir esta obra.

Pavlov ha viajado a Rymdenlan la capital de una federación de mundos unidos, y ha tomado contacto con los líderes de esa federación, que rinden culto a Freyr. Pavlov está dispuesto a demostrar que Freyr es, ante todo, un fraude…

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La delegación de Rymdenlan, con su Primer Líder incluido, dio por finalizada la sesión. Los asistentes al Congreso se levantaron y aplaudieron. En la tribuna, Vasyl Pavlov no esperaba una respuesta tan positiva. El mérito era suyo, pero solo en parte; el hecho de que se entendiese que Freyr era un fraude era algo que se discutía de forma acalorada entre los congresistas de la Federación desde mucho tiempo atrás. Aquello era una forma de liberarse de aquel dios, que muchos sospechaban ya era solo un fraude.

En un lado, Skadi se mantenía en un segundo plano. No quería destacar. No quería intervenir. El éxito era para Pavlov. Ella solo quería recuperar a su hijo. Todo aquello no le parecía mal; pero solo Freyr era importante. Las charlas, las conferencias, los debates, eran para Pavlov. Ella intenvendría si era necesario, pero su espíritu agitado no era el mejor para gestionar unas conversaciones diplomáticas de aquel nivel. Tiempo atrás había hecho grandes negociaciones. Ahora prefería el segundo plano, y un objetivo: terminar con aquella locura de su hijo Freyr.

Las pruebas aportadas por Pavlov y Skadi sobre la falsedad de Freyr como dios único y verdadero eran incontestables, excepto para un grupo de fanáticos extremistas. El resto vieron que los datos concordaban con la realidad. Y eso suponía eliminar un punto de fricción en la Federación, lo cual abría puertas a futuras negociaciones entre los diferentes mundos.

El Primer Líder tomó la palabra, y dijo:

—Estimados compromisarios y representantes de la Federación, creo que, después de una semana de deliberaciones, y de haber comprobado una por una las pruebas aportadas por nuestro estimado amigo de otra civilización, Vasyl Pavlov, podemos afirmar dos cosas: las especies foráneas no son precisamente hermosas. —Se escucharon los equivalentes a algunas risas—. Pero son sinceras, y han declarado ayudarnos a desarrollar nuestra civilización en armonía con la suya, en una colaboración que estimo será muy beneficiosa para ambos.

Se escucharon algunos comentarios positivos. El Líder continuó:

—Creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que vamos a tender lazos de amistad con el pueblo de Vasyl Pavlov en todos los aspectos. Excepto en algunos, ya que veo bastante incompatibles su doble sistema sexual con el nuestro, que es triple. Ellos se lo pierden. —De nuevo se escucharon risas. Pavlov sonrió, y asintió levemente.

La sesión se cerró con una ovación. Entonces el Líder se acercó a Pavlov. Le saludó al estilo de su pueblo. Pavlov simplemente hizo una pequeña reverencia que hizo sonreír a Skadi.

—Un gran trabajo —aseguró el Líder—. No tengo que decirte cuán importantes son estos datos para resolver la disputa mística que durante generaciones ha vivido mi pueblo, entre quienes adoraban a Freyr, y quienes sospechaban que era, como se ha demostrado, un fraude.
—Es un honor haber sido de ayuda —respondió Pavlov—. Sé que esto allanará el problema místico. Y sé, además, que allanará también el negocio exterior de vuestro mundo, especialmente ventajoso para un crecimiento económico que se espera exponencial. —El Líder asintió:
—Sí. Y, te lo voy a reconocer, amigo Pavlov, esa es la parte que mis delegados y yo vemos como más solvente y positiva.
—Naturalmente —aseguró Pavlov—. La economía es un aspecto universal del universo, más abundante que el hidrógeno. Y estos acuerdos traerán prosperidad a Rymdenlan y a la Federación.

El Líder asintió. Se acercó a Skadi, que estaba detrás. Sonrió a su modo, y preguntó:

—¿Por qué os mantenéis a distancia, Skadi? Disfrutad con nosotros de este éxito. Sois también responsable del mismo, sin ninguna duda.
—Gracias, Líder —contestó amablemente Skadi—. Pero mi corazón está con Freyr. Es mi hijo. Y sufro esta situación cada día, y cada minuto. —El Líder asintió.
—Lo entiendo perfectamente. Pero nosotros, mi pueblo, os tendremos siempre en gran estima por lo que habéis hecho. Y no ocuparéis una segunda posición en nuestra memoria.
—Esas son palabras muy amables —aseguró Skadi.
—Puede ser. Pero, ante todo, son ciertas.

El Líder se ocupó con alguien que le dijo algo. Pavlov aprovechó para acercarse a Skadi.
—Mi reina, quiero que sepas…
—No me llames reina, Pavlov. Ya no lo soy.
—Para mí, siempre serás mi reina. —Skadi sonrió.
—Lo sé. Eres un hombre de honor. Has servido fielmente a mi pueblo, y Njord estaría orgulloso y feliz de saber que estás a mi lado. Pero el tiempo de los reyes y emperadores ha acabado. Es la hora del ser humano. Y yo soy, y seré, Skadi. —Pavlov asintió.
—Entonces yo soy Vasyl, Skadi.
—Muy bien, Vasyl. No he tenido tiempo de decirte cuánto me alegra verte con Yolande Le Brun. Es sin duda una mujer fuerte y valerosa.
—Sin duda su modestia y su sencillez ocultan un poder y una fuerza increíbles. Es tal como la presentí cuando vi su imagen por primera vez. A quien echo muchísimo de menos es a… —Skadi se acercó a Pavlov. Le puso una mano en el hombro dulcemente.
—Sandra. Fue, y es, un símbolo para todos nosotros. Vivió dándolo todo por mi pueblo. Y murió sacrificándolo todo. —Pavlov no pudo evitar una lágrima sobre el rostro.
—No pude salvarla, Skadi. No pude. La tenía delante de mí… y se fue.
—No podías hacer nada, no te lo recrimines. Ya sabes que, incluso en su muerte, tenía un plan. Y era casi tan cabezota como tú para sus planes.

Skadi sonrió, y extrajo un pañuelo, secándole los ojos. Luego añadió:

—El mejor padre es aquel que sigue protegiendo a sus hijos incluso cuando estos ya no están, porque los siente dentro de su corazón, y protege su memoria y su recuerdo. Tú eres ese hombre, Vasyl. Ella estaría orgullosa de ti.

Pavlov asintió levemente. Prefirió no mencionar la experiencia casi mística que vivió cuando volvió de su destierro voluntario. La memoria de Sandra viviría para siempre en su corazón. Y él haría que ese nombre no se borrase nunca de la historia. Porque en eso consiste la inmortalidad real: en recordar en amor a aquellos que se fueron, y que no volverán.

Alguien vino corriendo. Parecía exaltado.

—¿Qué ocurre? —Preguntó el Líder.
—¡Lamka ha desaparecido!
—¿Qué dices?
—¡Desaparecido! ¡Toda la ciudad es una ruina! ¡No hay supervivientes!

Un rumor comenzó a extenderse por la sala. Una enorme pantalla virtual tridimensional mostró las primeras imágenes aéreas. La ciudad de Lamka, no demasiado lejana al lugar donde estaban Pavlov y Skadi, era escombros. No parecía haber supervivientes.

Los rumores aumentaron. El Líder susurró:

—Lamka… son siete millones de vidas…

De pronto, se escuchó una explosión. Luego otra. Un parte del edificio cayó, dejando una visión dantesca de muertos y heridos. Detrás apareció Freyr, con el aspecto de la especie del Líder. Un par de guardias quisieron dispararle, pero solo cayeron muertos.

Freyr se acercó a Skadi directamente.

—Madre, no deberías estar aquí.
—¿Qué has hecho, Freyr? ¿Eres tú el responsable de todas esas vidas perdidas? —Freyr miró al Líder ignorando la pregunta, y contestó:
—Todas esas muertes son un aviso, Líder. Romperás lazos con estas gentes que representan a Pavlov. Y ordenarás que se vuelva a instaurar mi culto en toda la Federación. Ahora ha sido una ciudad. Luego, será el planeta. Luego, toda la Federación.

Skadi se acercó a Freyr, y le recriminó:

—¡Hasta ahora todo eran palabras, Freyr! ¡Pero esto es un crimen! ¡Un brutal crimen! ¡Debes deponer tu actitud, y debes hacerlo de inmediato! —Freyr se volvió, y dio un manotazo a su madre, que cayó herida. Pavlov se lanzó sobre Freyr, le hizo una llave, y lo tiró al suelo. Freyr se repuso, y Pavlov salió volando, golpeándose contra una pared. Quedó extendido en el suelo. Luego Freyr se volvió al Líder.

—Estás advertido: cincuenta horas. Se habrá restaurado mi credo, y volveréis a la situación anterior con la Federación. Luego yo pondré como nuevo Líder a alguien que realmente confíe en mí, y sea mi fiel servidor. Este gobierno queda en funciones, con la única finalidad de llevar a cabo mis órdenes y entregar el poder. Y recuerda: cincuenta horas, o el planeta será historia. Quienes no quieran vivir por la ley, morirán por la ley.

Freyr. La leyenda de Darwan IV: Idafeld.

Freyr desapareció. Un equipo médico llegó desde las naves en órbita para atender a Skadi y a Pavlov, que fueron llevados a la enfermería de la nave principal, que en ese momento era la Enterprise.

Yolande fue informada de inmediato del ataque. Skadi se recuperó pronto. Pero Pavlov estaba en una situación peor: tenía un fuerte traumatismo en  la cabeza.

Yolande llegó con la Charles de Gaulle. Le acompañaba Karl. Se reunió enseguida con Skadi.

—¿Cómo está Pavlov? —Preguntó Yolande angustiada. Skadi replicó:
—Está estable, pero le mantienen en coma inducido.
—¿No sois inmortales?
—Nuestros cuerpos son inmortales. Pero siguen siendo cuerpos humanos. Que pueden ser destruidos.
—¿Y tú?
—Prefiero no hablar de mí. No se trata del golpe físico…
—Por supuesto —aseguró Yolande—. Entiendo lo que quieres decir.
—No sé qué ha ocurrido con él, Yolande. Siempre fue un chico orgulloso, y arrogante. Pero era un corazón noble.
—Es la inmortalidad, Skadi. Le ha trastornado. La inmortalidad, y ese poder que ha adquirido. Ahora debe ser detenido. Está causando mucho dolor. ¿Comprendes? —Skadi alzó la vista, y replicó:
—Si ha de ser, quiero que sea mi propia espada la que lo haga. —Yolande se sorprendió:
—En mi mundo no tratamos así estos casos.
—Lo sé. Y lo entiendo. Pero Freyr es mi mundo. Y sigue mis reglas.
—Estás muy dolida Skadi…
—No, basta, Yolande… No trates de compadecerme, ni de consolarme. Acaba de destruir una ciudad con millones de seres vivos. Y acaba de golpear gravemente a Pavlov, que es el hombre de tu vida. Sé que practicas una religión de paz. La mía no lo es. Si puedo detener esta locura con la espada, ten por seguro que lo haré. Si el brazo se gangrena, se corta, para que no dañe el resto.

Yolande entendió que Skadi, al fin y al cabo, pertenecía a otro mundo. Otra cultura. Regida por valores que ella no podía ni empezar a entender. Decidió que, de momento, lo dejaría así. Llamó a Yvette. Quería saber cómo estaba Helen.

—Yvette, soy Yolande. —Yvette contestó a la llamada.
—Me he enterado ahora del desastre de la ciudad —informó—. ¿Cómo están Skadi y Pavlov?
—Skadi está bien. Conmocionada, pero bien. Pavlov va a necesitar ser operado de urgencia. Pero va a ser complicado.
—Entiendo, y lo siento mucho, Yolande —susurró  Yvette.
—No es momento de sentimentalismos de mi parte, ni de que me vea afectada por esto. Me toca gestionar este asunto de la forma más fría y lógica posible.
—No digas eso, Yolande…
—Así ha de ser. Karl y Skadi llevan a Pavlov para allá. Los médicos de la Kasagi tienen los mejores equipos. Yo me quedaré para tratar con el Líder de Rymdenlan.  Karl ha desarrollado un arma experimental.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Ha seguido estudiando el Palacio de Luz. Cree que una modificación de los reactores de nuestras naves pueden actuar como cañones, debido al sistema de universos artificiales que usan para el viaje.
—Me gustará estudiar esa idea —comentó Yvette—. Recuerda que soy ingeniera de motores relativistas.
—Lo sé. Y te lo agradeceremos. ¿Cómo está Helen?
—Mejorando. Habla y murmura. Los médicos dicen que pueden quedar horas hasta que despierte.
—¿Has preguntado a Scott si puede hacer algo?
—Le he interrogado, con el éxito acostumbrado. Dice que puede ayudar con la mente de Helen. No con su cuerpo. Eso pertenece a los médicos completamente.
—Está bien. Seguiremos en contacto.

Visita inesperada.

La comunicación se cortó. Scott y Leena se quedaron vigilando a Helen. Yvette fue a su cuarto. Miró un momento por el ventanal. Las estrellas eran preciosas. Brillantes. En ese borde de la galaxia, su núcleo resplandecía como oro y fuego.

De pronto, notó una presencia. Pero fue demasiado tarde.

—Mira quién ha venido a verte —susurró Freyr sonriente.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? ¡Fuera de mi cuarto inmediatamente!
—¿Por qué, cariño? Yo te prometí una vida de amor eterna. Una vida juntos. Para siempre. Sin que la muerte nos separe. Estarías casada con el Señor del Universo.
—Esa paranoia ya la ha visto la humanidad; ya ocurrió con aquel androide que atacó y mató a Sandra. En la Tierra. —Freyr rió.
—Sí, por supuesto. Un androide que quería ser rey. Y un rey que quiso ser un dios. ¿No es paradójico? Aquel androide murió intentando matar a Sandra por su propia ineficacia y su diseño. ¿Y el rey? El rey se convirtió en un dios todopoderoso. Y ahora, ese dios, reclama a su esposa…

Freyr se lanzó sobre Yvette. Esta era fuerte, pero no podía resistir el poder de Freyr. Ni siquiera moverse por el tiempo para escapar de él, o intentar arrastrarlo a otro tiempo. Freyr la agarró por el cuello, y la empezó a besar, mientras le rasgaba la blusa con un cuchillo.

—Ahora aprenderás a obedecer a tu Señor —gritó Freyr—. Vas a ser la dueña del universo conmigo, lo quieras o no. Puedes someterte ahora a mi voluntad, o resistir y morir. Tú eliges.
—¡Elijo morir! —Gritó Yvette.
—Eso es fácil —aseguró Freyr. Así pagarás tu pequeña actuación en el yate. Yo no quería casarme con ella, solo que su mente quedase encerrada para toda la eternidad en esa fantasía real. Pero tuviste que intervenir. ¡Tuviste que estropearme el plan! ¡Ahora lo pagarás! ¡Con tu alma!

Freyr arrancó la blusa de Yvette, y esta consiguió empujar a Freyr hacia atrás. Este sonrió, y susurró:

—Me gusta… Me gusta cuando os ponéis difíciles.

Freyr levantó el cuchillo, con la intención de cortar el pantalón de Yvette, cuando notó una mano que le sujetaba la muñeca. Entonces se volvió. Allí, frente a él, estaba Scott. Su mirada era gris. Y fría.

—¿Qué haces tú aquí? —Gritó Freyr. Ante la sorpresa de este, Scott le arrebató el cuchillo. Lo lanzó lejos, y contestó:
—Te dije que Yvette es mi protegida. Se lo debo. En muchos aspectos yo la metí en todo esto. La nave… El viaje a Grecia… Su transformación… Todo está relacionado conmigo. O mejor, con la nave. Y la nave es mi obra. Así que márchate, Freyr. Haz tu guerra, si quieres hacerla, y donde quieras hacerla. Tienes toda la galaxia para destruir mundos y civilizaciones. El universo entero está listo para que lo destruyas si quieres. Pero no aquí. No ahora. No a Yvette.
—Ya veo… de nuevo el príncipe que viene a rescatar a la princesa.
—Esto no es un cuento, Freyr. Es una pesadilla. Y yo seré tu mayor pesadilla si intentas solo rozar a Yvette.
—Está bien. Serás el siguiente en morir.

Freyr se lanzó hacia el cuchillo. Lo alzó, y se acercó a Scott. Lo blandió, y se dispuso a cortarle el cuello a Scott, cuando sus ojos se cruzaron. Mantuvieron ambos fija la mirada el uno en el otro durante unos instantes.

Luego, Freyr bajó la mano, y guardó el cuchillo. Miró a Yvette. Luego a Scott. Y susurró:

—Escuchadme bien, los dos. No descansaré hasta que ella sea mía. ¿Lo habéis oído bien? ¡Solo mía! ¡Recuérdalo, Yvette! ¡Scott no te podrá proteger para siempre!

Freyr desapareció. Yvette respiraba pesadamente, y lloraba, acurrucada en una esquina. Scott se acercó a ella.

—Lo siento, Yvette. Lo siento de veras. Tranquilízate, ya ha pasado todo.
—Ha intentado… Y yo… yo no podía hacer nada… no podía resistir su fuerza…
—Nadie puede resistir la fuerza de Freyr. No podías hacer nada. No te lo recrimines.
—Pero… tú has conseguido que se fuera… Le has quitado el cuchillo incluso…
—No he conseguido que se fuera. Se ha ido él. Por su propia voluntad.
—No, Scott. Yo estaba delante. Lo he visto…
—¿Qué es lo que has visto? Freyr iba a cortarme el cuello. Luego, ha dudado, y ha bajado el cuchillo. Ha dicho algo, y se ha ido. Todo lo ha hecho él. Yo no he hecho nada. Te lo aseguro.
—No… no te creo.
—Pues créelo. Freyr es un cobarde. Un psicópata. Yo también soy un cobarde y un psicópata. Supongo que entre psicópatas y cobardes nos entendemos.

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—¿Tú? Tú no eres un cobarde, ni un psicópata… Tú sabes cómo dominar su poder… Tú has hecho… has evitado que…

Yvette se lanzó sobre Scott llorando, y le abrazó. Scott la abrazó suavemente. Luego la miró sonriente, le alzó la cabeza poniendo su mano en la barbilla, y dijo:

—Vamos, fuera esas lágrimas. Yo saldré fuera ahora. Quítate esa ropa rota, y tírala.  Date una ducha rápida con agua templada. Y luego ponte algo cómodo. Verás cómo te sentirás mejor. Y más tarde hablaremos con calma. Respira hondo. Yo estaré fuera. No me moveré de la puerta. Te lo prometo.
—Está bien… —Scott fue a salir. Yvette rogó:
—¡No! ¡Espera, Scott! ¡No te vayas, por favor!… Date la vuelta, pero no te vayas, mientras me ducho y me cambio.
—Como quieras. Pero, por favor. Respira hondo. Y cálmate. Estaré aquí.

Scott se dio la vuelta, y escuchó el ruido del agua. Yvette se duchó, y se cambió. Scott dejó a Yvette en una de las salas de descanso de la nave, y se fue a su habitación. Luego Yolande fue notificada de la noticia. Leena se enteró más tarde, y su corazón se encogió. ¿Qué nueva monstruosidad podría preparar Freyr? ¿Y por qué no había matado a Scott?

Horas después, una nave llegó, y trajo a Pavlov y a Skadi. Pavlov fue llevado al quirófano para ser operado.

Yvette, mientras tanto, salió de la sala de descanso, y llamó a la puerta de Scott.

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—¡Pase! Indicó Scott. —Yvette entró. Scott se dio la vuelta. Sonrió a Yvette, y preguntó:
—¿Mejor?
—Sí… Dentro de lo que cabe.
—Por supuesto. Pero todo ha acabado, bien, Yvette. Eso es lo que importa. Piensa en eso.
—Sí. Pero sigo sin comprender algo.
—¿El qué?
—¿Por qué no te atacó, y te mató? ¿Cómo pudiste dominarlo?
—Porque mirar a tu enemigo con una mirada fría y sincera quebranta la voluntad de matar de muchos seres humanos, incluso de muchos inmortales. No puedes matar a quien te mira con los ojos de la verdad.
—Todo eso es muy poético —aseguró Yvette—. Pero no es suficiente.
—Tendrá que serlo, Yvette. Porque otra explicación no te puedo dar.
—¿”No te puedo dar”? O, más bien, “no te quiero dar”.
—Esas son mis palabras.
—En todo caso, no eres tan tonto, ni tan psicópata como pensaba.
—¿Lo ves? Si hasta tú puedes llegar a tener una opinión positiva de mí, es que al universo aún le queda algo de esperanza. Algún día incluso seremos amigos.
—Tampoco eleves tanto las expectativas —comentó Yvette sonriente. Se acercó, le abrazó, y le dio un beso en la mejilla. Luego le sonrió de nuevo, y se fue.

Al salir fuera, Yvette se encontró con Leena. Esta preguntó:

—¿Cómo estás, Yvette? —Preguntó Leena preocupada.
—Bien. Estoy bien, dentro de lo que cabe. Eso sí, sigo con el corazón en la garganta. Scott me ayudó.
—Era su momento ángel —indicó Leena—. Luego viene su momento demonio.
—Es posible, Leena. Es posible. Scott es un misterio. Pero lo importante es qué lado muestra a cada persona. Eso es, al final, lo que importa. ¿Y tu madre?
—Parece que va mejorando. Los médicos creen que la evolución es buena.

Despertando.

Helen se sentía pesada. Parecía encontrarse dentro de una parálisis del sueño. Finalmente, consiguió abrir los ojos.

Estaba tumbada en un suelo, pero no era incómodo. Al contrario, se sentía tremendamente confortable. Notó que estaba rodeada de una hierba de media altura. Algo de viento movía su cabello y acariciaba su rostro. Un cielo azul perfecto solo se rompía por alguna nube dispersa.

Tomó aire. Era un aire suave, cálido. Se alzó con los brazos, y miró alrededor. Estaba en un inmenso valle. A lo lejos podía verse un árbol. Solo uno. Decidió que era una señal. Así que se levantó, y fue caminando. No se veían animales.

Se acercó al árbol. Alguien estaba recogiendo algo de las ramas. Era una joven. Parecía radiante. Casi sobrenatural. Luego lo vio: la joven recogía manzanas del árbol. Y las iba colocando en una pequeña cesta. Miró a Helen. Sonrió. Y le dijo:

—¿Puedes ayudarme? —La joven le dio un cesto. Helen se extrañó ante aquella voz tan suave y dulce. Tomó el cesto, y contestó:
—¿Por qué no? No tengo nada que hacer. Después de cuatro mil millones de años, es la primera vez que no tengo prisa por vivir. —La joven asintió.
—Ah, eres de esas que  vive intensamente la vida —comentó. Helen alzó los hombros levemente mientras recogía unas manzanas, y las dejaba en su cesto. Contestó:
—Supongo que sí. No he tenido otra opción. —Helen mordió una de las manzanas y dijo:
—¡Ummh! ¡Está muy rica! —La joven sonrió.
—Me alegra que te guste. Y siempre hay otras opciones, Helen. El problema es que nos cerramos a esas opciones.
—¿Eres una consejera? —La joven se mantuvo pensativa unos instantes, mirando al infinito. Luego miró a Helen, y contestó:
—No lo sé. Soy lo que las personas quieren proyectar en mí. ¿Quieres que lo sea?
—Lo que quiero es saber qué hago recogiendo manzanas en un valle eterno. —La joven rió.
—¿No sabes lo que haces, y te acabo de pedir que recojas manzanas conmigo? Deberías tener más claras tus ideas y prioridades, Helen. —Helen torció el gesto.
—Muy graciosa. ¿Siempre eres tan ocurrente?
—No siempre. Depende de las acciones de quien tenga delante.
—Ya veo. ¿Quién eres? —La joven puso cara de sorpresa mientras sonreía. Dio la mano a Helen, y respondió:
—¡Oh! Perdona, qué torpeza la mía. Hora de las presentaciones: soy Idún. Y me dedico al bello y noble arte de recoger manzanas.

Helen asintió. Recordó el antiguo mito escandinavo.

—Entiendo. Eres la diosa Idún. Y estas son las manzanas de la vida eterna. Quien las coma no morirá nunca. Los dioses vienen a pedirte estas manzanas, y gracias a ellas son inmortales. Eso dice la mitología. —Idún rió, y contestó:
—¿Qué tonterías son esas, Helen? ¿A tu edad, y aún crees en dioses ,y hadas, y magia? ¿Tienes un Anillo Único de Poder para dominarlos a todos por ahí también?
—No, lo cierto es que no. Déjame darte otra explicación más prosaica.
—Prueba a ver.
—Eres una jornalera explotada por un empresario del sector agrícola, que te ha traído desde otro país de forma ilegal para la época de la recogida de la fruta, y te paga un sueldo mísero por trabajar doce horas en el campo.

Idún abrió los ojos con cara de sorpresa y una amplia sonrisa, señaló a Helen con el dedo, y replicó:

—¡Exacto! ¡Ahora sí has acertado de pleno!
—Ya, claro… Creo que me quedaré con la primera explicación.
—¿Por qué? Tú eres una mujer sensata, Helen. Una mujer fría. Cerebral. Inteligente. A ti no te engaña nadie. Dos y dos son cuatro, y punto. Lo tienes todo controlado, y, si no es así, te encargas de que todo esté controlado. Nadie te manipula, y no hay nada, ni existe nada, excepto lo que puede verse y medirse. Por lo tanto, la explicación segunda es la correcta.
—O bien sigo en la nave, y los médicos me han dado tantas cosas que estoy teniendo un viaje astral a cargo de algunas de las drogas sintéticas más potentes que existen.
—¡Exacto! ¡Esa explicación es genial! Puedes creer lo que quieras, Helen. ¿Te gusta pensar que esto es producto de la medicación? Entonces yo soy solo una imagen debida a esas drogas que te están suministrando. Esa es la mente humana: ver lo que quiere ver. Creer lo que quiere creer.

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Helen comenzó a ponerse nerviosa.

—El caso es que tengo trabajo. Debo salir de este bonito sueño onírico, y retomar la realidad. —Idún río. A Helen no le gustó nada esa risa. Replicó:
—¿Qué es tan gracioso?
—Lo que dices.
—¿Qué es lo que digo?
—-Que quieres volver a la realidad. ¿Y esto qué es?
—¿El resultado de una sobredosis de drogas?
—La realidad es lo que percibimos en cada momento, Helen. ¿Por qué la realidad ha de ser algo preestablecido y acordado de antemano? ¿Por qué aquello es realidad y esto no lo es?
—Lo siento, Idún, pero no tengo tiempo para filosofía. Me esperan. Tengo a cien mil personas esperando que se les dé una oportunidad de sobrevivir.
—Claro, claro… La mujer ocupada, la mujer importante. La salvadora de la humanidad.
—Yo no elegí ese papel. Me vi implicada.

En esa ocasión fue Idún la que torció el gesto.

—Oh, vamos, Helen… Pobrecita. Sola y desamparada en la noche… Te dieron ese papel, y tú cargaste con el peso de liderar a la especie humana, muy a tu pesar… Vamos, no me vengas con historias. No me hagas llorar de pena, Helen.
—¡Es la verdad! —Gritó Helen. Idún se acercó sonriente a Helen, y le reprendió:
—Lo cierto es que podías haber renunciado a todo esto desde el primer día. A pesar de la publicidad que de ti hizo Pavlov, podrías haberte negado en redondo, y dejar el liderazgo a otro. Pero no lo hiciste. Porque, en el fondo de tu corazón, querías el puesto. Querías liderar a la humanidad. Si lo hubieses rechazado, otro habría tomado esa responsabilidad. Pero no; no lo rechazaste. Porque querías ese papel. Por primera vez en tu vida, tenías una oportunidad de destacar. Y la pobre oficinista ignorada y despreciada no iba a perder la oportunidad de ser alguien. Tu orgullo, y tu vanidad, escondidos en una capa de modestia, te hicieron tomar el control. Helen Parker. Conocida como Freyja. La diosa que guía a la humanidad a un futuro de esperanza. ¡Y tú me hablas de realismo! ¡Tú, que creaste para ti misma ni más ni menos que el papel de salvadora de la humanidad!
—No… No soy tan importante… No me creo tan importante.
—Ah, ¿de verdad que no? No paras de repetirte lo que has sufrido y luchado por la humanidad. Eso cuando no te lo están diciendo los demás. Freyja  la salvadora. Freyja la heroína. Freyja, la victoriosa de dos guerras… ¿Dónde están tus estatuas, Helen? Dices que no te gusta que te llamen Freyja. Pero tampoco has presionado para que seas solo Helen Parker. Porque, en el fondo de tu corazón, te gusta ese papel, y ese título. Amas ese papel… En realidad, no eres tan distinta de Freyr. Dos ejemplos de pura vanidad…
—Eso no tiene ninguna gracia, Idún, y no es así…
—¿De verdad que no? Mírate. Estás ardiendo por volver. Y tomar el mando. ¿Tan importante te crees? El mundo seguirá rodando sin ti, Helen. No eres una diosa. Ni eres una luz celestial guiando a la humanidad al Paraíso. Eres una circunstancia, un lugar y unos hechos que te han dado forma. Así que no seas tan jactanciosa. No te esperan trompetas y cánticos ni alabanzas, Helen. Te espera terminar tu camino, y recordar lo más importante de todo: que nadie llegó a la vida para ocupar un sitio en la eternidad.

Helen se mantuvo en silencio unos instantes. Quiso llorar. Pero no pudo. Finalmente, dijo:
—Tengo que acabar con esto. Tengo que terminar todo esto ya.
—Y lo harás. Pero no con orgullo. No con vanidad. No con ira. Sino con amor. Con dulzura. Con la verdad.
—¿La verdad?
—La verdad de verte a ti misma en un espejo, y reconocerte como lo que eres: una mujer. Una vida. Un camino. Una esperanza. Y un final. Solo si limpias tu alma de vanidad, de venganzas, de iras, de lamentos, y te concentras en ti, y solo en ti, encontrarás el camino para terminar con todo esto. Encontrarás la forma de derrotar a Freyr. Y podrás, por fin descansar. Has ocultado tus sentimientos demasiado tiempo, Helen. Has escondido la verdad de tu corazón a ti misma durante eones. Y eso debe acabar. Porque solo si eres sincera contigo misma llegarás a esa verdad que ignoras de ti misma. Basta de ser la torre en la que se apoya la humanidad y el universo. Libérate, Helen. Suelta ya esa carga de una vez. O nunca llegarás a conocerte a ti misma.
—Y los Isvaali…
—Ellos no te van a ayudar, Helen. No te van a escuchar. Porque saben que no te escuchas a ti misma. Y saben que no te ayudas a ti misma. ¿Cómo escuchar a quien ni siquiera se atreve a reconocer su verdad? Sandra sí fue escuchada. Pero no porque fuese una máquina, como cree Scott, sino porque era pura, era ella misma en su esencia, una conciencia de amor, capaz de cualquier cosa con tal de salvar a la humanidad… —Helen miró fijamente a Idún, y le preguntó:
—¿Eres tú una Isvaali?

No hubo respuesta. De pronto, Helen vio un fogonazo. Gritó, y abrió los ojos de nuevo. Leena e Yvette la sujetaban, junto a dos médicos. Leena dijo:

—¡Ha despertado! ¡Está aquí ya! —Helen miró a uno de los médicos, que sonreía, y lo confirmó:
—Es cierto. Helen ha vuelto. Por fin. Ahora tendremos una oportunidad…

Transformaciones.

Leena se acercó corriendo a su madre. Esta la miró, y sonrió.

—¡Mama! —Helen asintió levemente, mientras se incorporaba con los codos en la camilla.
—Otra vez en la enfermería. Demasiadas veces. Demasiado tiempo. Es hora de acabar con esto…
—¿Estás bien, mamá? —Helen dudó un instante. Luego miró a su hija, y contestó:
—No lo sé. Supongo que sí. Me siento nueva. Es… como si el peso de esos cuatro eones tras de mí, y las dos guerras, y este conflicto, fuesen algo lejano. —Yvette se acercó.
—Freyr se ha vuelto completamente loco. Ha destruido una ciudad en Rymdenlan. Y ha intentado…
—Violarte. Lo sé. —Yvette bajó la cabeza. Helen se levantó, y le tomó la mano.
—No te preocupes. Ha sido una experiencia muy dura, lo sé. Pero no ha conseguido su propósito. Y eso, al final, es lo que importa. Ha sido Scott el que lo ha evitado, ¿verdad? —Yvette se sorprendió.
—Sí. ¿Me has leído la mente?
—Podría hacerlo. Me dieron esa capacidad en la guerra. Pero no es necesario. Simplemente, lo sé. Sé esto… y muchas otras cosas.

Se produjo un tenso silencio. Leena vio que su madre tenía la vista perdida.

—Mamá, me estás preocupando… —Helen se volvió.
—No, Leena, por favor, no te preocupes. Solo piensa que el futuro es nuestro. Y será brillante. ¿Lo harás? —Leena dudó un momento. Esa era una forma muy extraña de hablar de su madre. Finalmente, asintió levemente. Yvette añadió:
—Pavlov está malherido. —Helen asintió.

Acompáñame a su nave. Quiero verle.

Leena, Yvette y Helen se trasladaron a la nave donde estaba Pavlov. Fueron a la sala donde estaba alojado, echado en una camilla. Helen se acercó. Tomó la mano de Pavlov, y sonrió:

—Ya veo que su dura cabeza tiene incluso un límite. —Una doctora que le atendía respondió:
—Sí, Freyja. Es duro. Pero el golpe ha sido terrible. De hecho, estamos tratando de mantenerlo con vida mientras preparamos la operación. Pero debo ser sincera: las probabilidades de que sobreviva son muy bajas. Del cinco por ciento, diez por ciento en el mejor de los casos.

Helen asintió. Luego dijo:

—Por favor, dejadnos solos un momento.

Todos salieron de la sala. Helen siguió sujetando la mano de Pavlov.

—Maldito loco. ¿Por qué tuviste que hacerte el héroe frente a Freyr? Tratar de derribarle con una simple llave, cuando él tiene ese poder inmenso. Qué locura. Siempre soñando con reparar con tus actos el dolor de tu pasado. La muerte de tu mujer. Y luego de tu hija. El dolor inmenso e infinito de haberlo perdido todo. Y la paz de encontrar en Yolande un remanso de luz donde apaciguar ese dolor. Yolande es muy afortunada. Y tú también. Ambos os merecéis lo mejor. Porque sois grandes entre grandes.

La alarma del sistema de supervivencia se activó. La doctora entró corriendo, con Yvette y Leena detrás. Había que intervenir de inmediato.

Lo que vieron entonces les dejó completamente congelados. No pudieron creer lo que veían sus ojos. Pero era real. Completamente real. Y la señal de que, por fin, algo estaba cambiando. Algo nuevo se había forjado en el futuro de la especie humana. Y ya nunca sería la misma.

Porque allí, delante de Yvette, Leena, la doctora, y otras personas que se estaban acercando, vieron a Pavlov. Estaba tendido. Pero estaba consciente. Les miraba. Y les sonreía. Y, al fin, dijo:

—Es bueno estar de vuelta.


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

Un comentario en “Lecciones de guerra, lecciones de paz”

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