La estrella de Kítezh (VI)

Quinta parte en este enlace.
Primera parte en este enlace.

Sexta parte de este relato sobre el origen de la disputa entre Sandra y Robert que ellos mismos discuten en “Las entrañas de Nidavellir”.

La situación en ambos grupos, el de Olga y Victor, y el de Sandra y Robert, sigue su curso, aparentemente con más lentitud de la que podría esperar Catia. Pero Robert tiene una idea. Una idea que puede cambiar esa situación de bloqueo de una vez, y por todas…

estrella

Habían pasado treinta y cinco días. Víctor había estado tratando de comenzar algún prototipo de antígeno para una exobacteria modificada que ni podría comenzar a imaginar. Pero sí tenía claras algunas ideas base: cualquier producto resultante de su trabajo debía ser compatible con la genómica del XARN de las exobacterias. Y debía por lo tanto comenzar de cero, olvidando casi todo lo que sabía sobre patógenos terrestres.

Mientras tanto, Olga había dado ya información a Mikhail como para requerir tres decenas de analistas que verificaran sus datos, muchas veces acertados en un gran porcentaje de elementos. Datos como la progresión real de los chinos en cuanto al desarrollo de una exobacteria modificada para convertirla en un arma, muy por detrás de lo que sus científicos estaban anunciando a sus superiores, y que había podido deducir en base a la captura de comunicaciones aparentemente no importantes, pero que, unidas, conformaban un panorama negativo para los expertos exobiólogos chinos.

Una vez más, se demostraba que los grandes  logros chinos eran, en su mayor parte, publicidad engañosa y manipulada.

O el hecho de que, como se esperaba, había disidencias en ciertos elementos chinos, que concluían que construir armas biológicas avanzadas con las exobacterias era una locura y un despropósito. Algo que hizo sonreír a Mikhail, porque podría presentar una paradoja: la unión de su grupo con los disidentes chinos, con el fin de trabajar juntos para terminar con los ensayos de la nueva arma biológica.

Por su parte, Catia Yakusheva había puesto nombre a la que esperaba fuese el arma definitiva en materia de exobiología. Y el nombre que le había dado refería a una antigua ciudad perdida rusa, que se suponía reaparecerá algún día para crear una nueva Rusia más grande, más fuerte, más poderosa. El nombre del arma era:

“La estrella de Kítezh”.

—”La estrella de Kítezh” — susurró Olga, mientras tomaba un café en la cocina de las instalaciones donde estaban ocultos. Víctor, que estaba a su lado, alzó las cejas levemente, y asintió.

—Catia no podía haber buscado peor nombre. Es casi una perversión en sí misma. Nombrar a un arma de destrucción masiva con una ciudad sagrada y venerada. —Olga asintió pensativa mientras decía:
—Sin embargo, has de reconocer que el nombre evoca sentimientos positivos. Hablar de un arma secreta y poderosa llamada “La estrella de Kítezh” que liberará al pueblo ruso de la opresión china suena teatral y casi cósmico. Solo falta una escuadra de cosacos a caballo de fondo con una marcha militar a todo volumen para que todo el mundo empiece a saltar de orgullo patriótico.
—Es cierto —reconoció Víctor—. Por cierto, ¿sabes algo más de Sandra?
—Nada desde la última vez que me permitieron hablar con ella hace una semana. Te manda saludos. Y de momento se opone a mi oferta de matrimonio. —Víctor rio, mientras daba un trago a su cerveza.
—Olga, las comunicaciones están monitorizadas. Ten cuidado.
—Lo sé. Pero nadie pensará que podría ser en serio.
—¿Te casarías con ella?
—Lo que querría es vivir en un país donde esa oferta de matrimonio se pudiera hacer en serio, sin ser arrestada y conducida a un nuevo gulag, sea chino o ruso…

Mientras esto ocurría, Sandra y Robert estaban también sentados en una mesa de un comedor cercano al laboratorio. Robert acababa de comer algo, y tomaba un vaso de vino. Sandra le explicaba alguna acción que había vivido con su abuela Alice.

—… y entonces, antes de salir del edificio de seguridad de la Global Security Agency, Alice me dijo: “¿Les dejamos una sorpresa?” Yo le dije que no perdiera el tiempo con tonterías. Pero hizo algo en el sistema, y salimos de allí a toda velocidad.
—¿Y qué ocurrió?
—Alice había burlado todos los filtros de la computadora, y había activado una alarma de seguridad crítica. Al cabo de media hora la alarma saltó. Todo el mundo salió corriendo del edificio por si se trataba de un peligro de atentado. Cuando por fin desactivaron la alarma, analizaron el mensaje adjunto. Decía: “Peligro: servicios y baños del edificio bajo mínimos de papel higiénico. Tomen todas las medidas de precaución correspondientes“.

Robert no pudo evitar una sonora risa, que llamó la atención de otras personas que comían en la sala. Luego dijo:
—Bueno, vamos a volver al trabajo. Tenemos un mundo que destruir, ¿lo recuerdas?
—Perfectamente. ¿Has tenido progresos significativos?
—Sí. Progresos que me llevan al desastre.
—¿Qué quieres decir?

Robert suspiró, mientras comía un trozo de pan de la mesa.

—Quiero decir que, cuanto más intento encontrar un vector inicial en el XARN de las exobacterias que sirva de punto inicial para la invasión de células terrestres, más me doy cuenta de que tendría que alterar todo el genoma de las exobacterias para lograrlo. Y ese es un trabajo de años, que quizás no llevase a nada.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé. Quizás decirle a Catia que un arma con las exobacterias es posible, pero que puede llevar muchos años, décadas incluso, hasta lograrla. Y, por lo que ha averiguado Olga y me has explicado, parece que los chinos están incluso peor de lo que cuentan.
—Sí, pero eso es muy habitual en ellos. No podemos creer nada de lo que digan.

Sandra se mantuvo pensativa unos instantes. Robert la observó con curiosidad sonriente.

—Estás realmente excitante y sensual cuando pones esa cara seria y con aspecto de mujer responsable.
—Gracias. Y deja esos pensamientos libidinosos de lado que sé que tienes en la cabeza desde hace días con respecto a mí. No te hagas ilusiones.
—¿Por qué? Son mis pensamientos, y son míos. Y entonces recuerdo que no eres más que una maldita cafetera que habla.
—¿Y entonces por qué no lo recuerdas de entrada, y te evitas la admiración y los pensamientos libidinosos?
—Porque es demasiado excitante pensar en ti cuando no recuerdo que eres una cafetera. ¿Te he dicho que tienes unas piernas impresionantes?
—Demasiadas veces me lo has dicho. Y esta cafetera te va a tirar un litro de café ardiente por la cabeza si sigues burlándote de mí.
—¿De verdad? No lo creo; no puedes dañar a un ser humano si ello no comporta un beneficio mayor para uno o más humanos.
—Te sorprenderías de lo que soy capaz.
—¿Con el  café, o en la cama?
—¡Robert! —Robert rio, y comentó:
—Venga, vamos ya. Tenemos trabajo. Te voy a proponer algo completamente inmoral.
—Ni se te ocurra.
—Ya lo creo que se me ocurre. Vamos.

Sandra y Robert salieron de la sala. Se dirigieron al laboratorio. Entonces Robert manipuló la pantalla virtual del sistema, y le dijo a Sandra:

—Ahora tienes acceso a todos los datos de mi trabajo sobre las exobacterias en la computadora.
—He tenido acceso a esos datos desde el primer día.
—Lo sé. Catia presume de seguridad. Pero sé que es muy difícil que no puedas saltarte los controles de casi cualquier sistema. ¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no asaltaste el sistema?
—Porque hay mucho en juego. No quiero perder la confianza de Catia, al menos de momento, mientras intento averiguar cómo acabar con el proyecto que de forma absurda ha bautizado como “La estrella de Kítezh”. —Robert asintió.
—Un nombre absurdo, lo reconozco. Pero emotivo. Catia no quería que vieras esto. Pero le he dicho que, cualquier sugerencia que ayude a encontrar una salida, será un paso más para desarrollar el arma.
—¿Y por qué tendría que colaborar yo en la creación de un arma de destrucción masiva?
—Porque, como te he explicado mil veces, si no lo hago yo, lo hará otro. Y porque así tendremos el control del proyecto. Y lo más importante…
—Desarrollar un antígeno.
—Exacto. Al parecer Víctor está ya trabajando en ello, según rumores. Pero un antígeno sin conocer el patógeno es como querer construir un traje a medida para alguien que no conoces, y que quizás no tendría ni por qué tener dos brazos y dos piernas.

El aire se iluminó con la secuencia genómica de las exobacterias. Sandra se conectó directamente con la base de datos. Analizó el genoma. Estuvo en silencio durante unos minutos. Luego dijo:

—Crear un arma a partir de esto puede hacerse. Pero requiere de importantes modificaciones. Eso podría llevar años.
—A esa conclusión llegué yo hace seis meses. ¿Algo más?

Sandra no contestó. De pronto, Robert vio que las cadenas de aminoácidos del XARN empezaban a moverse. Algunas desaparecían. Otras se movían. Y otras nuevas aparecían en su lugar.

Durante veinte minutos, Robert observó, cada vez más sorprendido, cómo una danza increíble de nucleótidos se movían en todas direcciones. Bajaban, subían, bailaban, creando un nuevo mundo estructural en el que la vida se modelaba como el artista modela el barro.

Finalmente, el proceso concluyó. Una nueva cadena de XARN flotaba en el aire. Robert manipuló la pantalla de control de la computadora casi compulsivamente. Sus ojos cada vez más abiertos, y su corazón desbocado. Finalmente, gritó:

—¡Eureka! —Y empezó a saltar de un lado al otro del laboratorio. Sandra, mientras tanto, permanecía impasible.

Luego Robert se dirigió a Sandra. La tomó por los brazos, y le dijo, completamente excitado:

—¡Lo has logrado! ¿Te enteras? ¡Lo has logrado! ¿Cómo es posible? ¿Cómo?…
—Ya lo ves. Lo tienes delante. —Robert no podía contener la emoción. Gritó:

—¡Eres brillante! ¡Absoluta y completamente brillante! —Sandra no pareció darse por enterada.
—En realidad, era algo que había supuesto hace tiempo ya. Pero necesitaba acceso al XARN. —Robert pareció sorprenderse.
—¿Qué? ¿Hace tiempo? ¿Cuánto tiempo hace que?…
—Cuando tuve los primeros datos sobre la naturaleza del XARN, hará dos años. Imaginé una solución que combinara ADN humano como vector para crear una entrada para las exobacterias.

Sandra había conseguido lo que parecía imposible. Y lo había hecho de un modo tan ingenioso que ni Robert podría haber imaginado, ni concebido, por su propia brillantez y originalidad.

Sandra había combinado algunos elementos del ADN humano en la estructura del XARN de la exobacteria, con el fin de que esta expresara en sus genes proteínas humanas capaces de acceder a las células humanas, haciendo luego que la exobacteria pudiera reproducirse dentro de las células humanas, como un virus, pero con la capacidad innata de seguir reproduciéndose por sí misma, como una bacteria terrestre en el medioambiente del planeta. El resultado era el arma definitiva: un organismo capaz de invadir otros organismos, pero capaz también de reproducirse por sí mismo en el ambiente terrestre, debido a la provisión genética del ADN humano. El arma definitiva, con las ventajas de los virus y las bacterias combinadas en un solo organismo.

Era, desde cualquier aspecto, un arma biológica tan impresionante, tan perfecta, que no podría ser detenida por casi nada. Y el “casi” era el aspecto crítico de aquella situación.

—¡Lo has conseguido, Sandra! ¡En veinte minutos! ¡Eres… eres increíble! ¡Eres brillante! ¡Eres…!
—Vale ya de decir lo que soy, pesado… Solo soy una androide de infiltración y combate modelo Quantum Computer System QCS-60 avanzado, y no tengo…

De pronto, Sandra calló. Y lo hizo porque Robert la había abrazado. Y la estaba besando con pasión. Tendría que deshacerse de él. Y tendría que hacerlo de inmediato.

Fue a ejecutar la acción de apartarlo de su lado, y el resultado fue que ella también le rodeó con sus brazos. Ambos siguieron besándose.

¿Qué le ocurría? ¿Por qué no se soltaba de los brazos de Robert? ¿Qué estaba fallando en ella? ¿Un fallo de su sistema? ¿Un error de su computadora central? ¿Por qué sus brazos no obedecían sus instrucciones? ¿Por qué sus labios se empeñaban en besar a Robert con pasión?

No podía entenderlo. Ni procesarlo. Ni terminarlo. Simplemente, no podía.

Robert y Sandra cayeron en un sofá cercano. Él le empezó a extraer la blusa que llevaba. Sandra se sorprendió haciendo lo mismo con la camisa de él. ¿Qué ocurría? ¿Qué tipo de error, de fallo, de problema del sistema, era el que la estaba llevando a esa situación?

No pudo seguir intentando computar su error. De pronto, se olvidó de todo. Del proyecto. Del arma. Del lugar donde estaban. Se olvidó de su naturaleza. Y se olvidó de que era una máquina.

Solo persistieron dos elementos en aquel cuadro de locura: Robert, y ella. Ambos, unidos por un abrazo infinito.

Un abrazo que rompió todos sus esquemas del pasado sobre su naturaleza. Y que cambiaría su destino. De una vez. Y para siempre…


 

 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

3 comentarios en “La estrella de Kítezh (VI)”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .