La voz lejana (I)

Este es el relato que definirá finalmente el nuevo libro que estoy preparando. Se trata de un conjunto de relatos de corte romántico que he ido publicando, y que estarán juntos en un solo volumen. La razón de esta acción es muy sencilla: me he sorprendido a mí mismo viendo que mis textos románticos tenían una buena respuesta en la red literaria Lektu, y ello me animó a escribir nuevas piezas, hasta llegar a esta.

Una vez publicado este relato, que he preferido presentar por fases debido a que tiene cierta longitud, me centraré en Yggdrasil, que es el libro del que hablé hace poco, y que había quedado relegado al olvido. Ahora toca rescatarlo, y terminarlo. Pero será un trabajo complejo; Yggdrasil no es un simple relato, y, aunque no será muy largo, será una novela en toda regla.

Agradecer a todos los lectores, de este blog y de Lektu, su interés en estos relatos, que tienen un claro corte fantástico y de ciencia ficción, en este caso histórico, pero cuya base es el romanticismo. Muchas gracias.

la_voz_lejana

Amiens. Mi caída y derribo.

¿Cómo se puede entender el amor en tiempos de guerra? Yo, honestamente, y por todo lo que viví en aquellos años oscuros y difíciles, creo que se puede entender como el ancla que puede mantenernos cuerdos frente a la crueldad de cualquier contienda, donde la lógica de la destrucción, el caos y la muerte es la única regla. Fue Lorraine la que dio sentido, de alguna forma, a todos aquellos horrores. Y es la que sigue presente en mi corazón, dando estabilidad a esta alma rota por los años y el dolor…

Pero toda historia tiene un inicio. Llegué a Gran Bretaña desde mi querida San Francisco en noviembre de 1943. Había terminado mi formación como piloto de caza, y me asignaron a la Octava Fuerza Aérea, situada sobre lo que muchos llamaban el portaaviones inglés, ya que, en muchos aspectos, esa era la función de Gran Bretaña: servir como plataforma para lanzar ataques contra las fuerzas del Eje en la Europa ocupada. El viejo Churchill estaba dispuesto a darlo todo por acabar con Hitler, y ciertamente no me hubiese gustado tenerlo como enemigo en ninguna situación.

Al principio volábamos con los P-47 Thunderbolt, un aparato que era un verdadero monstruo, poderoso, con una potencia de fuego devastadora. Pero en marzo de 1944 me pasaron, junto a muchos otros, al P-51 Mustang. Fue como pasar de un poderoso vehículo todoterreno a un deportivo de última generación. Y fue con ese avión con el que empezó la historia que marcó toda mi vida.

A principios de abril de 1944 nuestra actividad aérea era enorme. Escoltábamos a los bombarderos B-17 y B-24 en sus misiones por toda Europa, y cuando volvíamos buscábamos lo que se llamaba “objetivos de oportunidad”. Con ese término se entendía que, cualquier cosa que se moviese en tierra y fuese sospechosa de ser parte del ejército alemán, era un blanco para ser eliminado. Volábamos bajo, y ello fue la causa de lo que me sucedió.

El Mustang era un gran avión, pero su motor refrigerado por agua era mucho más delicado que el del P-47, refrigerado por aire. En un ataque a un aeródromo la defensa antiaérea consiguió dañar mi motor. Tras varios kilómetros tuve que aterrizar de emergencia en algún lugar de Francia, que luego supe era cercano a la ciudad de Amiens.

No me había dado cuenta de que tenía una herida en la pierna, y había perdido mucha sangre. Tan pronto como bajé del avión caí inconsciente. Lo que sucedió a continuación forma parte de un secreto que, solo ahora, en este momento final de mi vida, he querido revelar.

El extraño ermitaño.

Cuando desperté, sentí un gran mareo, y debilidad. Conseguí abrir los ojos, y vi dónde me encontraba: era una estancia semioscura, con un fuego a tierra, con paredes y puertas de madera, y un par de candiles en el techo, otros dos colocados sobre mesas, también de madera. Habría parecido un cobertizo, si no fuese porque había una mesa con cuatro sillas, y dos ventanas a cada lado. Detrás de las ventanas se podían distinguir levemente algunas estrellas.

Frente a mí, recostado, con una vieja pipa que humeaba ligeramente, se encontraba un hombre. De gran edad, pelo oscuro, y ojos grises y profundos, portaba una ropa sencilla y típica del campo. Asintió levemente, y, tras unos instantes, me dijo:

—Muy bien, muchacho. Has despertado. Vivirás. Quizás. —Yo intenté levantarme. Fue imposible. Aquel hombre sonrió.
—No te hagas el valiente, piloto. Tienes suerte de estar vivo.

Yo le miré extrañado. Era como un fantasma en la noche. Pero no era un fantasma. Era real. Con acento británico, con un fuerte deje francés. ¿Por qué es tan raro el acento británico? Es algo que todavía me pregunto.

—Supongo que le debo la vida —susurré.
—Naturalmente —contestó de forma directa—. Y un montón de medicamentos, sábanas ensangrentadas, toallas, gasas para la herida…
—Le pagaré todo eso, le doy mi palabra.
—Eso espero. Pero eso será cuando puedas pagarlo. Ahora no eres más que un pedazo de carne apenas consciente. Descansa. Tendrás que comer, por supuesto. Y también me lo tendrás que pagar.
—Por supuesto.

Dije aquello, y volví a perder el conocimiento. Cuando lo recobré, el hombre se encontraba atizando el fuego. Una mujer se hallaba a su lado. Había amanecido. Yo conseguí balbucear:

—Buenos días… —La mujer se acercó a mí. Me ordenó algo con mucha insistencia:
Vous devez maintenant manger quelque chose. Tout de suite. Vous avez à peine la force.
—Lo siento —contesté con cierto rubor—. No hablo francés.
—Tú… comer… comida, importante… —La mujer pronunció algunas palabras en un inglés básico, mientras hacía gestos con la mano, llevándose los dedos a la boca. Luego me trajo un plato con algo de comida ligera. Yo conseguí incorporarme, y empecé a tomar el alimento con la mano. La verdad es que estaba hambriento.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Dos días —respondió el hombre, sin dejar de atender el fuego. Yo me presenté:
—Mi nombre es Clarke. Noam Clarke.
—Yo soy Charles Le Brun —contestó aquel hombre—. Ella es Michelle.
—Encantado. Su mujer es muy amable. —La mujer preguntó qué había dicho sobre ella. Charles le explicó, y ella rio.
—¿Qué ocurre? —Pregunté curioso.
—No es mi mujer. Es mi hermana. A mi mujer se la llevaron los alemanes a un campo de trabajo hace dos años.
—Vaya, lo siento —respondí—. Debió de ser duro.
—No mucho más que todo lo que hemos pasado en esta guerra. Que, por cierto, debería de haber acabado ya. ¿Qué hacen los grandes generales americanos y británicos? ¿A qué esperan para liberarnos?
—La invasión… —susurré—. Lo sé. Es cuestión de tiempo.
—¡Tiempo, tiempo! —Exclamó Charles—. ¡Tiempo es lo que no tenemos, mientras asistimos a ejecuciones sumarias todos los días a causa de los muertos alemanes en manos de la resistencia!

Ciertamente, el panorama era duro. En esa casa, en toda Francia, y en toda Europa. Eran casi cinco años de guerra muy dura. Y aquel hombre, Charles, parecía ser capaz de resumir muy bien la situación. Con las palabras, y con los gestos.

De pronto, Michelle le hizo un gesto a Charles, como avisándole de algo. Charles asintió levemente. Luego me miró, y dijo:

—Mira, hijo, yo te he salvado la vida. Pero las cosas no están siendo fáciles por aquí.
—Lo entiendo —asentí—. Me iré en cuanto pueda caminar. Y olvidaré todo esto. Sé que ayudarme les puede costar la vida. Le pagaré con creces toda su ayuda cuando pueda, le doy mi palabra. Mi gobierno les dará una recompensa por su ayuda.
—No, no entiendes nada —aseguró Charles—. Lo que quiero decir es que eres joven, eres fuerte, o lo serás cuando te hayas recuperado. Y… tenemos un problema.
—¿Un problema? —Charles miró a Michelle, que le azuzó con la mano para que hablara. Y Charles habló:
—Dicen que los americanos sois unos idealistas. Yo no me creo nada de esas tonterías. Pero sí creo que puedo confiar en ti. Eres lo suficientemente joven para ser idealista.
—¿Qué quiere decir? —Pregunté extrañado.
—Necesitamos tu ayuda. Y de forma urgente.
—Yo… haré lo que pueda hacer.
—No, no… No se trata de ayudarme a cortar leña, o limpiar el establo. O a mantener las viñas para el vino.
—¿Entonces? —Charles suspiró profundamente. Finalmente, dijo:
—Tenemos a tres personas escondidas en esta casa.
—¿Tres personas?
—Sí. No las ves porque están escondidas en un sótano que hemos tenido que sellar, para que la SS y la Gestapo, que los están buscando, no los encuentren.
—Entiendo… Imagino que son… judíos —intuí.
—Exacto… Veo que sabes usar el cerebro, eso genera cierta confianza en mí hacia ti. ¿Sabes lo que eso significa?
—Sí… Soy piloto de caza, pero estamos informados de la situación. Significa que todo quien haya ayudado a esos judíos ha firmado su sentencia de muerte. Ellos, y sus familias.
—Exactamente. ¿Entiendes a dónde quiero llegar?
—Necesitan mi ayuda para dar apoyo a esos… judíos. Para liberarlos.
—Vaya, muy bien. Veo que vas entendiendo. La comida escasea. El agua escasea. Apenas tenemos recursos para mi hermana, y para mí. Un poco para ti. Para todos, ellos y nosotros… Se nos hace imposible conseguir lo mínimo para mantenernos con vida. Pero ese es el menor de los problemas; si los localizan, seremos fusilados.
—Esas personas ocultas, ¿son una familia?
—Un padre, de cincuenta y seis años, su hija de veintidós años, y una niña pequeña de seis meses. La niña es… fruto de una violación de un soldado alemán.

Yo asentí conmovido. Era evidente que aquella era una situación muy seria. Y peligrosa. Asentí, y le dije:

—Yo no soy un experto en estos temas. Lo mío es la caza con aviones de combate. Pero tenga por seguro que haré lo que pueda. Le debo la vida. Y le juro que no permitiré que les hagan daño.
—No jures cosas que quizás no puedas cumplir, muchacho —afirmó Charles mientras daba una calada a su pipa—. Ahora, te toca descansar. Ya hablaremos de más cosas. La resistencia se encargará de los judíos, y de ti. Pero su situación también es complicada. Son eliminados sistemáticamente. Y queda un problema muy importante por resolver. —Yo asentí.
—Exacto. Yo mismo. También soy un pasaporte para ser fusilados si me encuentran aquí.
—Exacto. Pero tengo que arriesgarme. Por ellos.
—¿Son esas personas familia de ustedes en algún grado?
—Digamos que son viejos amigos, que podrían considerarse hermanos de sangre. Nuestras familias han sido amigas desde generaciones.
—Entiendo.
—La ventaja que tenemos en este momento contigo es que la SS y la Gestapo les busca a ellos. Encontraron tu avión, y creerán que has huido en busca de la resistencia, para que te saquen de Francia y te lleven de vuelta a Gran Bretaña. Esta casa está lejos, y no saben que te traje en mi carro. Mientras piensen eso no se obcecarán con buscarte por esta zona. Ahora, descansa. De momento la SS y la Gestapo nos dejarán en paz. Cuando escondimos al padre, la hija y el bebé, hace una semana, vinieron y registraron la casa centímetro a centímetro. Y no encontraron nada.
—¿Cómo es eso posible? —Charles se mantuvo un momento en silencio.
—Porque les enterré físicamente en el sótano. No se puede entrar, ni salir.
—¿Cómo? ¿Y el agua? ¿Y la comida? ¿Y el aire?
—Tenemos un pequeño conducto por donde les pasamos lo necesario, y un canal de ventilación. Tienen un desagüe. Monté ese pequeño refugio por si era necesario hace años. Y fue una buena idea. Pero no aguantarán mucho. Tenemos que sacarlos pronto. Mira, esta es una foto bastante reciente del padre y la hija.

Charles me pasó la foto de los dos refugiados judíos. De inmediato mis ojos, sin que yo pudiera evitarlo, se posaron en la joven. Algo debió ocurrir, porque Michelle rio. Y Charles dijo:

—Es guapa, ¿verdad? Es la hija de Remi. —Yo, un poco avergonzado, repuse:
—Eh… Ni me había dado cuenta.
—Claro, claro… Ni te habías dado cuenta. Para tu información, se llama Lorraine. Tiene los ojos de su madre. Y la sonrisa de su padre. ¿Me ayudarás a sacarlos de esta? —Yo miré un momento a ambos, y respondí:
—Le doy mi palabra. Lo juro.
—Ya te he dicho que…
—Que no jure sin estar seguro. Pero haré todo lo que pueda.
—Bien, eso está mejor… por ahora… Te vas a jugar la vida. La SS y la Gestapo no son esos pilotos de caza alemanes. Son bastante más brutales.
—Bueno, no es la caza a la que estoy acostumbrado. Pero la caza es la caza.
—Muy bien. Yo me encargaré de contactar con la resistencia. Habrá que organizar la huida de ellos. Y de ti. No será fácil. Pero veo que tienes espíritu. Veremos si sigue ese espíritu presente cuando empiece la acción. Y, cuando empiece, no será un combate aéreo. Puedes estar muy, muy seguro de ello.


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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