Tras los muros de Alejandría (I)

Este relato está dedicado a Carmen, la Atenea que me arrastró desde el Hades al Olimpo de la esperanza y los sueños. Sin ti mi alma no habría sobrevivido, solo mi cuerpo. Y un cuerpo sin alma es como un amor perdido, que se arrastra en el eterno río Estigia del dolor que todos llevamos dentro. Allá donde te halles, estaré contigo. Para siempre.

Tras los muros de Alejandría

El otoño de los dioses.

Lluvia, y viento, de un otoño eterno. Las señales de un decrépito mundo que ensombrece, tras una era de gloria y poder. Sombras, y lágrimas, que cubren suavemente los jardines y edificios de una civilización antaño poderosa, y que ahora yacía en ruinas.

Algunos pájaros aún se atrevían a cantar, siquiera porque incluso los dioses necesitan de la música para sobrevivir. Y es lo poco que les queda, aparte de los recuerdos, la melancolía, y un frío y sombrío futuro, lleno de tinieblas y de oscuridad.

Por el largo pasillo del Palacio que llevaba a la Sala Suprema, el polvo y hojas secas se entremezclaban con estatuas de antiguos dioses poderosos, con tantos siglos y siglos en un silencio eterno, solo roto por los pequeños flecos que dejaba pasar el viento negro de la noche.

Hasta ahora.

Unas pisadas rompieron el silencio sepulcral del Palacio. Pisadas firmes, serenas, de un poder sin igual. Pisadas que caminaban hacia la Sala Suprema, sin prisa, pero con determinación. Una presencia poderosa, firme, segura. Con un largo vestido de seda de un azul celeste, Y unas zapatillas de oro y plata, que se sujetaban con finas cuerdas de oro y plata.

La diosa Atenea caminaba imperturbable, mientras las estatuas parecían mirarla con asombro, con reverencia, y aun con miedo. La poderosa figura que emanaba una fuerza incontenible, estremecía incluso los frescos de las paredes, rotos por el paso del devenir del tiempo, pero todavía conscientes de la más poderosa hija del dios más poderoso del Olimpo.

Los portones de la Cámara que daban acceso a la Sala Suprema se abrieron ante la llegada de la diosa, que vio ante sí el Trono Celestial, envuelto en blanca luz.

Sentado, cabizbajo y caído, el antes todopoderoso Zeus se mostraba en su trono, vencido sobre sí mismo, una sombra de una palidez sin límites frente a lo que había sido en el pasado.

Zeus alzó la vista levemente, mientras Atenea, la de los ojos claros, la protectora de Atenas, se acercaba, poderosa como siempre, junto a su amada ave compañera, Athene Noctua, el mochuelo que revoloteaba a su lado. Atenea caminaba con paso firme, llenando de nuevo de orgullo y poder aquella estancia. Fue ella la que se inclinó ligeramente, y habló primero.

—Mi Señor, padre de los dioses, el más grande entre los grandes del Olimpo, he vuelto a ti… —Zeus miró a su hija, e hizo una mueca de sonrisa, que no llegó a definirse del todo, en un rostro hundido por los siglos y el dolor.
—Mi querida Atenea. Tras tantos siglos, has vuelto a mí.
—Sí, padre. He vuelto.
—¿Y por qué sometes a un padre a este dolor? ¿Dónde has estado todo este tiempo?
—He estado luchando y combatiendo por la humanidad, mi Señor.

Zeus negó levemente con la cabeza antes de contestar.

—Tu obsesión por los mortales humanos sigue presente en tus actos y en tu mente, hija mía. Aún no has comprendido que son una especie sin futuro. Sin remedio.
—¿Como nosotros, padre? Vuelvo a nuestro mundo tras todos estos siglos, y solo encuentro polvo, viento, y soledad. Hasta las paredes del Palacio del Olimpo parecen llorar los tiempos pasados de gloria. Y mi padre, el dios de los dioses, palidece en su trono, y ni su rayo resplandece ya. ¿Qué ha sido de nuestro orgullo, y de nuestro poder, padre eterno? ¿Qué ha sido de nuestros templos, de nuestros mitos, de nuestros sueños?

Zeus se levantó. ¿Cuánto tiempo llevaba sentado? ¿Décadas? ¿Siglos? Alzó la mano, y su cetro del poder apareció de nuevo en su mano.

—Mi poder sigue conmigo, mi estimada Atenea, la de los ojos claros. Pero son esos mortales, esos que tanto aprecias, los que nos han convertido en una sombra de lo que fuimos. Les ayudamos con sus cosechas. Les trajimos el fuego. Les enseñamos el cultivo del vino. Y les ayudamos cuando los Titanes quisieron esclavizarlos. ¿Y qué recibimos a cambio? Olvido. Desprecio. Humillación. Y la destrucción de nuestros templos. Débiles son los mortales, porque no solo se olvidan de vivir con los años, sino también se olvidan de mantener sus recuerdos, y manipulan el pasado, para ser ellos los seres supremos de toda la Tierra. ¿Y aún sigues preocupándote por ellos?

Atenea miró a su padre. Con mirada poderosa, pero también amable y de amor. Eligió las palabras sabiamente, como solo ella podía elegir entre los dioses.

—La humanidad no nos ha olvidado del todo, padre. Quedan hombres y mujeres mortales que, incluso ahora, nos recuerdan y veneran. En la misma Grecia nace de nuevo la chispa poderosa de nuestro culto. Y proclaman a los cuatro vientos el retorno de su señor Zeus, que ha de librarles de todos los males, y devolver a las polis griegas el honor y el poder que antaño vivieron.
—Demasiada fe pones en ellos —sentenció Zeus—. Ese tal Odiseo, que debía de haberse hundido en el mar por la voluntad de Poseidón, quien nunca te perdonó ganar el beneplácito y el amor de la polis de Atenas.
—Poseidón fue y es un loco —aseguró Atenea—. Y un soñador que quiso atreverse a enfrentarse a mí. Ese fue su error. Como error fue el de Ares, por intentar forzarme. Ambos pagaron sus osadías.
—Y ambos siguen sin perdonarte por ello —afirmó Zeus—. Ten cuidado con ellos, mi amada hija. Son mi hermano e hijo; pero tú eres Atenea, parte de mí.
—Lo tendré, padre. Pero seguiré la senda de los mortales. Y ni Ares, ni Poseidón, ni los mismos Titanes, han de arrebatarme mi voluntad de luchar a favor de esos mortales.

Zeus asintió levemente. Su hija no parecía afectada por los siglos de desidia y olvido de la especie humana. Él sí lo estaba. Aunque tratase de negarlo. Dijo al fin:

—Sea así, mi querida hija —contestó Zeus, en un gesto de clara conformidad, que denotaba rendición ante la voluntad firme de su hija—. Si ese ha de ser tu destino, que yo lo vea para que pueda apreciarlo. Mientras tanto, seguiré repudiando a esos mortales. Pero presiento que tu presencia aquí tiene un motivo concreto, pues concretas son siempre tus ideas, y tus peticiones. —Atenea sonrió.
—Así es, padre. Tengo que volver al pasado. Necesito hablar con un mortal ya muerto.
—¿Y no es posible que lo llames desde el Hades? Hermes puede darte audiencia.
—El Hades transforma a los mortales, padre. Les hace vivir en un sueño eterno. Realidad y fantasía se entremezclan. Ese mortal no podría decirme lo que necesito saber. Mezclaría el mundo real con el de los sueños. Debo verle aún con vida. Por ello, debo viajar al pasado.

Zeus se sentó de nuevo en su trono. Preguntó:

—¿Y quién es ese mortal con el que deseas hablar?
—Se llama Fidias. Fue el constructor de mi estatua en el Partenón, como ya sabes, además de muchas otras grandes obras, incluida otra estatua de mi señor, Padre de los dioses. —Zeus asintió.
—Un gran artista, siempre agradecido a los dioses. Pero, para eso, debes hablar con Chronos. Solo él puede autorizar un viaje así.
—Ya lo he hecho. Se ha negado insistentemente. Y yo no puedo hacer nada. Necesito su ayuda, que me niega.

Zeus suspiró en su trono. Entonces se levantó, y pareció de nuevo tan poderoso como antaño. Golpeó el suelo con el cetro de fuego.

Al momento apareció su fiel mensajero, Hermes, quien miró de reojo a Atenea. Esta le reprendió:
—Hermano, no veo manzanas en esta ocasión.
—No las verás de momento, diosa de los ojos claros. El infortunio que traen no es de mi interés.

Habló entonces Zeus con estas divinas palabras:

—Hermes, mi fiel mensajero, hijo mío, llevarás un mensaje a Chronos, para que envíe a Atenea al lugar en el tiempo que ella le ha requerido, y él le ha negado. Y no impondrá condición alguna, por cuanto hacerlo supondría desagradar y enfrentar al padre de los dioses. —Hermes se inclinó levemente, y respondió:
—Mi Señor Zeus, Chronos es conocido por no admitir órdenes, incluso del mismísimo Zeus. ¿Qué he de hacer si, aún así, ignora las órdenes del dios de los dioses?

Zeus invocó entonces a una serpiente. Era de tres cabezas, y tres colas. Se la dio a Hermes, y respondió:

—Si Chronos osa desafiar mi poder, liberarás a esta cobra negra en su pecho desnudo. Él es tres veces serpiente. Esta cobra absorberá tres veces su poder eterno. Su picadura le confundirá la mente y las ideas, y él mismo quedará atrapado en las redes del tiempo; pasado, presente, y futuro, por toda la eternidad. Y yo tomaré su poder, para que se cumpla mi voluntad.

Hermes asintió, y tomó la serpiente, que se escondió inmediatamente en el casco dorado del dios. Partió entonces, sin más demora, y sin decir palabra.

—Ve ahora, mi amada Atenea. Pues Chronos, poderoso en su palacio del tiempo, no osará enfrentarse a mi poder.
—Padre, Chronos no aceptará una imposición. Su poder es el tiempo, que es el mar donde merodean mortales e inmortales. —Zeus asintió, y contestó:
—Y mi poder es dar sentido al tiempo. Sin Chronos, el tiempo es caos. Sin mí, ni siquiera el caos es real. Ve pues, porque Chronos accederá. O habrá un nuevo dios para los eventos del pasado, del presente, y del futuro, en el universo…

Atenea sonrió a su amado padre, el cual sonrió a su vez, mientras la figura de Atenea se desvanecía en el aire. El mensaje había surtido efecto. Porque cuando Zeus despertaba, ni el mayor titán podría soñar con derrotar su poder eterno…

Un extraño reencuentro. Atenas, 431 a.C.

Una joven de ropas sencillas caminaba por las calles de Atenas en aquel otoño de 431 a.C. Es la misma gloriosa ciudad mítica de tantos dioses, pero con un destino escrito en las estrellas. Ha caído la noche, y ya la ciudad se recoge lentamente para el sueño y el descanso.

La joven se acercó a un edificio oficial, una prisión, donde cuatro hoplitas con lanzas guardaban la puerta. Un quinto mostraba en su casco ser el líder del grupo. La joven se acercó al hoplita, y saludó, antes de decir:

—Escúchame, jefe de la guardia de esta prisión ateniense. Tengo entendido que, por alguna extraña circunstancia incomprensible, se ha encarcelado al gran Maestro Fidias, grande entre los grandes. ¿Es así?
—Así es, mi señora —contestó el hoplita—. Ha deshonrado a la ciudad y al pueblo de Atenas.
—¿Y cuál ha sido la gran afrenta que lo ha llevado a prisión, si puede saberse?
—Dibujó su propio rostro en el escudo de la divina Atenea. Tal cosa está penada, y es un grave delito. —La joven negó con el rostro serio, y dijo:
—Y yo te digo que el Maestro Fidias, más que ningún otro mortal en la Tierra, tiene el derecho ganado de mostrar su rostro en el escudo de Atenea. Liberadle pues, o mi ira será tan fuerte que toda la ciudad temblará de dolor y de pena.

El jefe hoplita hizo un gesto a dos de sus hombres. Fueron a prender a la joven. Solo consiguieron ver cómo sus lanzas se quebraban, y sus piernas se doblaban. Entonces la joven dijo:

—Voy a perdonaros la vida, porque vuestra ignorancia y vuestra necedad es tan grande, encarcelando a un pobre viejo que lo ha dado todo por esta ciudad y por la divina Atenea, que se hace incomprensible pensar en un castigo justo para vosotros y esta ciudad, que descuida a sus grandes artistas. ¿Dónde quedó el respeto para los mayores próceres de esta sagrada polis? Pues yo soy Atenea. Y esta ofensa al gran Fidias no puede ser desatendida. Pero no ahora.

La puerta del edificio se abrió. Otros hoplitas de la guardia se vieron inmovilizados. Atenea entró en la prisión, hasta que llegó a una sórdida celda. Abrió la puerta, y en su interior, aterido y en un lado, encontró al gran Fidias, artista entre artistas, grande entre grandes, la mano perfecta que dio forma a la poderosa estatua de Atenea Parthenos, y Atenea Promakhos, en la inmortal Acrópolis de Atenas.

Cuando Fidias vio aquel rostro, se levantó presuroso, y se arrodilló ante la diosa, pronunciando estas divinas palabras:

—¡Mi señora Atenea! ¡Has vuelto a mí, en un momento de gran necesidad! ¿Cómo puedo agradeceros vuestro amor, y vuestro poder? —Atenea tomó la mano del viejo artista, lo levantó gentilmente, y repuso:
—No te arrodilles ante mí, mi gran Fidias. Porque no son los huesos ni las rodillas de un viejo artista los que se han de doblar ante sus dioses, antes al revés. Y no he vuelto a ti, quizás me viste en un sueño.
—No, mi señora. Estuvisteis conmigo durante la invasión de los persas, en los buenos tiempos de Arístides, con mi madre, en aquella tienda, bajo la luz del fuego de Atenas, castigada por los hombres de Jerjes. Y fuisteis la luz que dio sentido a mi vida.

Atenea observó con dulzura el castigado rostro de aquel hombre, y se compadeció de él y de su dolor por tanta humillación vivida.

—Está bien, está bien —respondió sin querer discutir más aquella cuestión—. Pero ahora vengo porque necesito hablar contigo, y me encuentro que te han encerrado en este lugar de podredumbre y dolor. Algún dios ha querido que se me ocultara este evento, por algún motivo.
—Sea cual sea vuestra necesidad, mi señora, si está en mi mano, daré mi vida por mi diosa.
—Ahora hablaremos de eso, mi estimado Fidias. Pero mi pregunta es muy clara: ¿Sabéis de un hombre que ha creado un grupo de salvaguarda del conocimiento de toda la sabiduría de Grecia, incluida la que se guarda en la Gran Biblioteca?

Fidias dudó un momento. Luego dijo:

—Sé de un extraño hombre que llegó de algún lugar perdido en el tiempo durante los acontecimientos de la isla de Salamina, mi señora. Este hombre predijo que nacerá una mujer divina, que será la salvaguarda de toda la información acumulada por él y su grupo de salvaguardas del conocimiento. Una mortal que será la heredera directa del divino Odiseo. En ella se guarda toda esperanza de la humanidad para conservar el conocimiento otorgado por los dioses.
—Entiendo. Se trata de la descendiente directa de Telémaco —aseguró la divina Atenea — al que di guía para que dispusiera de la casa de su madre Penélope, y para preparar la llegada del divino Odiseo.
—Así es, mi señora. Pero fuerzas de las tinieblas quieren sumir a la humanidad en una era oscura. Arrebatarle el conocimiento de los grandes poetas, de los grandes pensadores, de los mayores humanistas. Dicen que los dioses como Ares y Poseidón incluso se habrían unido a los Titanes, para quitarle al ser humano la razón y el conocimiento. Ese hombre del pasado juró luchar con su grupo para impedirlo.
—Noble causa, sin duda —aseguró Atenea—. Pero la niebla de una fuerza extraña me impide ver la realidad de las cosas. Aquí están ocurriendo cosas muy extrañas. Y que te hayan encerrado es una de ellas.
—Así es, mi señora —confirmó Fidias—. Pero, si mi señora tiene un manto oscuro en su rostro que le impide ver lo que ocurre, ¿no estarán ya los enemigos de mi señora conspirando de nuevo? Así pues, las habladurías serían ciertas: Ares, Poseidón, y Hades, dios del Inframundo, que siempre busca destruir al ser humano de cualquier forma, ante cualquier oportunidad, con la ayuda de los Titanes.
—Así debe ser, mi estimado Fidias. Ahora debo irme. Debo viajar a lo que la humanidad futura llamará el siglo XXI. Y encontrar a esa mujer, la heredera de Odiseo, que predicen será la cuna del conocimiento de la humanidad, o su muerte. Porque es en mi tiempo, sin duda, donde hallaré a la heredera del divino Odiseo. Pero, antes, debo encargarme de ti.
—¿Y qué puede hacer por mí mi señora, más de lo que ha hecho?
—Estás destinado al Hades, mi querido Fidias. Para que tu alma sea alimento del can Cerbero, y del propio Hades. Has sido repudiado por la mismísima ciudad de Atenas. Y han minusvalorado tu sagrada obra en la Tierra, y en la sagrada ciudad de Atenas. Hora es de que se te recompense.
—¿Y cómo será, si estoy viejo y caído, mi amada Atenea? —La diosa sonrió.
—Vendrás conmigo. Me acompañarás al Olimpo. Allí vivirás para siempre. Serás joven de nuevo. Serás convertido en un nuevo dios. Y te mandaré construir una nueva Acrópolis para mí y para mi padre Zeus. ¿Me honrarás con ese deseo?

Fidias tembló de emoción, y respondió:

—Mi señora: el honrado soy yo. ¿Cuándo partimos?

A la mañana siguiente, los guardas hoplitas se levantaron de un extraño sueño. Entraron en el edificio donde se hallaba Fidias. Lo encontraron tirado en el suelo, con un rostro dulce. Estaba muerto, y sus restos fueron llevados al cementerio sagrado de los grandes, pues en sus manos encontraron el signo de la diosa Atenea: el mochuelo en una moneda de un extraño metal irrompible.

La ciudad comprendió su error. Pero el mal, por su infortunio, estaba ya hecho. Y la gloria de la ciudad, comprometida para siempre, hasta que la mancha por haber mancillado a Fidias se pudiera reparar.

Atenea viajó de nuevo al futuro. A lo que la humanidad llamaba el siglo XXI. Tendría que buscar a la heredera de Odiseo y de Telémaco. La depositaria del Conocimiento de la humanidad en una mortal indefensa. Si Poseidón y los Titanes la encontraban primero, la humanidad estaría perdida.

Debía encontrarla. Y debía hacerlo ya. Así que, sin más demora, embarcó en el río del tiempo, hasta el siglo XXI. La búsqueda había comenzado. Y no cejaría hasta el final.

Pues ella era Atenea, la de ojos claros; la divina protectora de la humanidad.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

4 comentarios en “Tras los muros de Alejandría (I)”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .