La cazadora y la presa (I)

Segunda parte en este enlace.

Este es un nuevo relato de la serie de “Alice Bossard: historias de una cibercriminal“, que sigue los hechos de Alice, probablemente la mejor amiga de Sandra, una de las dos protagonistas de la saga Aesir-Vanir.

Creo que no ha habido en la historia de mi vida un desarrollo literario tan caótico e impredecible como estos relatos. A veces creo que los voy a terminar y convertir en un libro, a veces lo dejo abandonado meses, a veces creo que voy a configurar los relatos para tener una novela que pueda transcribir los hechos más importantes de la vida de Alice.

Sandra y Alice. Historias de una cibercriminal.

Lo que sí voy a hacer es preparar un compendio de los relatos y fragmentos que tengo, darles algún tipo de forma, y publicarlos. Así cuando me muera alguien podrá hablar de los “relatos inconclusos” que dejé en mi vida con el personaje de Alice. Se darán conferencias incluso. En el bar de la esquina.

Como introducción, recordar que Sandra conoce a Alice en los hechos narrados en “Las cenizas de Sangetall”. Entonces Alice tiene solo veinte años, pero ya demuestra unas cualidades físicas y mentales muy fuera de lo común. Algo que esconde un secreto que ambas lucharán por averiguar. El Archienemigo: la GSA, Global Security Agency, o Agencia de Seguridad Global, y las constantes peleas entre Sandra y Alice, que viven juntas para ocultarse mutuamente, y colaborar, uniendo sus fuerzas para desenmascarar las actividades ilícitas de la GSA con la manipulación genética de seres humanos, entre otras actividades. La GSA actúa a través de una empresa farmacéutica de investigación que es una tapadera, con el proyecto Genlife, que busca crear al ser humano perfecto.

Global Security Agency

Alice es una joven de pelo castaño, de mediana estatura, de ojos marrones y complexión atlética. Su padre fue el almirante Bossard, que fue asesinado por un misterio que se conoce en “Las cenizas de Sangetall”. Es una joven excepcionalmente ágil debido a sus modificaciones genéticas introducidas por la propia GSA, pero además es una experta en infiltrarse en sistemas informáticos cuánticos, por lo que está acusada de ciberterrorista, y es perseguida en todo el planeta como un peligro de Nivel 0. La realidad de las acusaciones es, como suele ocurrir, mucho más compleja.

Sandra no es una mujer, sino una androide, pero su diseño, y un secreto que ni siquiera ella conoce, permite que se confunda con un ser humano fácilmente. Mide un metro ochenta, es morena, de cabello largo y ojos azules. Fue diseñada como instrumento de espionaje y análisis principalmente, aunque dispone de plenas capacidades de combate. Incorpora un dron de seguimiento autónomo, que puede extraer de uno de sus brazos, y un potente cañón phaser en el otro brazo, con capacidad para destruir un edificio de tamaño medio. Era extremadamente eficiente, pero sus características especiales la llevaron a dejarlo todo, y a comenzar una vida propia (tal como se explica en “Sandra. Orígenes”, y luego en “Operación Folkvangr”). La propia Alice se ríe de ella por su condición artificial, que Sandra mantiene en secreto, pero también considera a Sandra una amiga inseparable, y una persona humana a todos los efectos.

En este relato han pasado tres años desde los hechos de “Las cenizas de Sangetall” y seis desde “Operación Folkvangr”, por lo que Alice tiene veintitrés años. Ambas viven en una pequeña casa de La Rochelle, Francia, escondidas y protegiéndose mutuamente…

Alice Bossard. Historias de una cibercriminal.

La Rochelle, Francia. Verano de 2059.

Sandra caminaba bajo la lluvia de aquel verano tremendamente seco. Aquella lluvia era como agua bendita para aquella tierra, tras una sequía demasiado larga como para recordar otra peor. Entró en un bar cuando recibió una videollamada.

Sandra sonrió. El sonido pertenecía a una de las pocas personas en el mundo en la que podría confiar hasta el final.

—¡Leena! ¡Qué sorpresa! —Al otro lado de la comunicación, una mujer de cabellos blancos y más de ochenta años contestó también sonriente.
—Hola, cielo. Espero que estés muy bien.
—No me puedo quejar —comentó Sandra con un gesto torcido—. Hasta ahora he podido salir adelante relativamente bien. Pero tenemos que cambiar de vivienda cada pocos meses.
—Lo sé. Y lo siento —comentó Leena con dolor—. Querría que las cosas no fuesen así. Pero es evidente que tu vida, desde que murió Vasyl, ha sido un caos.
—Eso es ponerlo suave —aseguró Sandra.
—Al menos tienes a Alice. —Sandra alzó las cejas en un claro gesto de sorpresa.
—¿Alice? ¡Solo me da dolores de cabeza! —Leena rio.
—Alice es una gran amiga, y una gran compañera en este complejo mundo donde ambas tenéis que protegeros mutuamente. Y ella te aprecia más de lo que quiere admitir. La ayudaste en un momento terrible de su vida hace tres años, y ella te ayudó a ti. Ese vínculo de amistad no lo veremos romperse nunca. Al menos, estoy convencida de ello.

Sandra suspiró profundamente. Tras unos instantes, sonrió, y contestó:

—Es cierto. Todo lo que dices. Es una gran amiga. Está loca, y es esa locura la que me desespera y me entusiasma a la vez. Y sus capacidades con las computadoras pueden superarme a mí claramente en ciertos aspectos. Por no hablar de sus alteraciones genéticas mejoradas. Formamos un buen equipo. Sobre todo porque la GSA nos quiere a ambas fuera de circulación. Y nosotras pretendemos sacar a la luz toda la basura que la GSA ha ido acumulando durante años con esos experimentos de alteración genética de los que Alice fue una prueba de campo. Ahora nuestra misión es acabar con la GSA. Al menos, con la parte de la GSA que nadie conoce.
—Y lo haréis —aseguró Leena—. No será fácil. Pero lo conseguiréis. Sois el mejor equipo. Vuestras habilidades combinadas son imparables.
—Esperemos que eso sirva para poder obtener al final una vida sin miedos, y sin escondites —susurró Sandra.
—Lo haréis. Tengo que dejarte ahora. Peter me llama.
—Está bien. Intentaré pasar por San Francisco pronto. Charlaremos. Hablaremos de los buenos tiempos. De Vasyl. Incluso hasta puede que quiera ver a Peter.
—Muy bien, Sandra. Cuídate.
—Tú también.

La transmisión segura se cortó. Sandra había estado dos días fuera, y se suponía que debía llegar a la mañana siguiente a la pequeña casa que compartía con Alice. Pero pudo adelantar el regreso veinticuatro horas. Entró en la sala de la pequeña casa en la que vivía con Alice, y contempló el total desorden que poblaba cada rincón, y a Alice tirada en el sofá, dormida, en ropa interior, en una postura en la que era evidente que había caído de forma algo desordenada…

—¡Alice! —Gritó Sandra, mientras aquella abría un ojo ligeramente—. ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? —Alice no se movió del sofá de forma inmediata. Luego bostezó, miró levemente a Sandra mientras se estiraba, y contestó:
—¿Qué te pasa ahora, Sandra? ¿De verdad es necesario gritar tanto a estas horas de la madrugada? ¿Se puede ser más pesada? Anda, siéntate, y tómate un trago.
—¡Son las once de la mañana! —Exclamó Sandra.
—Y las tres de la mañana en algún lugar del mundo. Buenas noches.

Sandra vio cómo Alice se daba la vuelta en el sofá, y seguía durmiendo. Tomó una pieza de ropa interior femenina de la zona inferior, que estaba tirada por el suelo de la habitación. La sujetó de un extremo, y se la pasó varias veces por la nariz de Alice. Esta saltó del sofá gritando:
—¿Qué haces? ¿Es que quieres envenenarme? —Exclamó Alice, mientras tiraba las braguitas al suelo rápidamente.
—¡Esto no es una sala de estar, Alice; esto es una cuadra! ¡Toda la ropa tirada por todas partes!
—Limpia tú, si quieres. No quieres androides de limpieza en la casa, porque estás neurótica con la seguridad. De acuerdo, ya te tengo a ti. Al fin y al cabo eres una androide, y mi sirvienta personal. Las tostadas con frambuesa no muy hechas por favor. Y el café calentito. ¡Vamos, deprisa, no tengo toda la mañana!
—Claro, te voy a servir un café, y también te voy a servir una preciosa patada en el trasero que…

Alice Bossard. Historias de una cibercriminal.

De pronto, Sandra se calló. Se acercó a la puerta del cuarto de baño sigilosamente. Alice la miró asustada, y comentó:

—¿Qué haces? ¡Tú no necesitas ir al cuarto de baño! ¡Eres como una lavadora! ¡Vamos, ven, vamos a charlar sobre física cuántica un ratito!

Sandra no hizo caso del aviso. Abrió la puerta, y dentro, en la ducha, lo vio. Era un joven de unos veintitantos, totalmente desnudo excepto por una toalla. El joven saludó levemente con una media sonrisa absurda.

—¿Quién eres tú? —Gritó Sandra—. ¿Qué haces aquí? —El joven consiguió balbucir una respuesta.
—Yo… soy un amigo de Alice. Vinimos aquí a charlar un rato…
—Ya, claro, a charlar. Y yo soy la reina Cleopatra.
—Sí, de verdad… Estábamos viendo una película, y… una cosa llevó a la otra… y…
—Entiendo. Una cosa llevó a la otra. Pues te voy a decir lo que va a llevarse ahora. ¡Fuera de la casa! ¡Toma tu ropa, y lárgate!
—¿Puedo… vestirme?
—¡Sí! ¡Cuando salgas por la puerta! ¡Fuera de la casa! ¡Vamos!

Sandra sujetó al joven por la nariz, mientras este sujetaba el pantalón, la ropa interior y la camisa, y Sandra tomaba los zapatos y los calcetines.
—¡Me haces daño! —Exclamó el joven.
—¡No te quejes! ¡Hoy no estoy de humor para hacer esta maniobra de inmovilización en otra zona del cuerpo!

Sandra arrastró al joven hacia la puerta, mientras Alice miraba con los ojos abiertos, sin saber muy bien qué decir.

Finalmente, Sandra empujó al joven fuera de la casa, y le tiró la ropa. Este se dio la vuelta, sonrió, y sugirió:

—¿Y un trío? ¡Podríamos pasarlo genial!

Sandra cerró la puerta de un portazo. Tras unos instantes, Alice sonrió, y susurró:

—Cada día eres más violenta. Me encanta.
—Te va a encantar que te haga limpiar la casa con los codos y la lengua. ¿De dónde sacaste a ese tipo?
—No lo sé… —Susurró Alice con voz dubitativa—. Creo que lo conocí en el pub. ¿O fue antes, en el cine? No, eso fue ayer…

Sandra se llevó las manos a la cabeza.

—No puedes seguir así, Alice. ¿A cuántos hombres vas por semana?
—No sé; esta semana creo que llevo un retraso. De hombres, me refiero.
—Pues has de parar ya. No sé si recuerdas que nuestro objetivo es escondernos, y pasar desapercibidas. A este ritmo te va a conocer la mitad de la ciudad.
—Lo sé, y lo siento. Pero, cuando la GSA alteró mis cromosomas, afectó a mi mente y a mi cuerpo… Y también a mi libido. A veces, simplemente, no puedo frenarlo.
—Mira, Alice, no tengo nada en contra de que te diviertas de vez en cuando. Sé todo lo que has pasado, porque lo he vivido contigo. Y sé que estar alerta constantemente agota física y mentalmente a cualquiera. Pero ambas tenemos una diana dibujada en nuestras narices, y nos buscan con fines poco benéficos. Hasta que podamos resolver esta situación, deberemos ser muy precavidas. Cada persona que entra en esta casa es un vector de peligro para nosotras.


Alice alzó las cejas sorprendida.

—¿”Vector de peligro”? ¿En qué mundo vives, Sandra? Esto no es un relato de espías ni de cibertecnología. Es el mundo real. Habla como la gente normal, por favor.
—No desvíes el tema. ¿Tienes algo de lo que estabas investigando, sobre el asunto de tus modificaciones genéticas?

Alice se incorporó. Activó la pantalla tridimensional de su equipo. Aparecieron una serie de datos y gráficos. Señaló lo que era un punto en rojo, con una línea también en rojo, con un signo de prohibición.

—Ya lo ves, aquí está perfectamente modelado en 3D. No hay nada nuevo. No podía hacer gran cosa desde aquí. Sí, podía atravesar los cortafuegos estándar, pero ni siquiera con un VPN de grado tres podía acceder a los servidores internos principales de la GSA. Ya sabes, los no oficiales. Ese nodo rojo tiene que ser accedido directamente, desde el mismo nodo, o desde un nodo interno mediante una conexión directa.
—Pues tendremos que buscar un punto de acceso —comentó Sandra con voz cansada.
—Ya lo he hecho —aseguró Alice sonriente.
—¿Ya? ¿De verdad?
—Sí. A doce kilómetros hacia el sur desde aquí hay una casa en una zona urbanística nueva. Esa casa tiene una familia que acaba de instalarse. Por algún motivo, el propietario de la casa, el padre, un hombre de unos cuarenta años, con mujer y dos hijos, tiene un nodo interno de la GSA accesible. Estuve haciendo un seguimiento de la red, y un punto del nodo terminaba geográficamente en esa casa. Tenía que confirmarlo. Y ya está confirmado.
—Muy bien. Buen trabajo. ¿Y cómo lo has confirmado? ¿Acceso por satélite? ¿Espionaje por dron con cámara de control y vigilancia radioeléctrica? ¿Hackeo de algún nodo de acceso auxiliar? —Alice puso cara de circunstancias, y respondió:
—No… Me acosté con el padre. —Sandra exclamó:
—¿Qué? ¡Alice! ¿Qué dices que hiciste?
—Esperé a un momento en el que el padre estuviese solo. La mujer había ido a trabajar. Y los niños estaban en el colegio, o de excursión. Fui con una excusa, que necesitaba acceso a la red porque había perdido mi móvil. Me dejó acceder. Le hice creer que había avisado a mi madre para que no se preocupara. Luego hablamos de esto, de aquello… Tomamos una copa, luego otra… Y… eso.
—¿Y… “eso”? —Preguntó Sandra.
—Sí. “Eso”. Es la mejor forma de acceder sin levantar sospechas, y sin que puedan interceptar conexiones no autorizadas. Y no te hagas la tonta Sandra, porque sabes perfectamente que la técnica funciona. Luego, cuando se quedó dormido, tras el “acto”, me colé en su sistema. E introduje un troyano que me permite conectarme por teleproceso a su terminal.

Alice tomó en la mano una memoria de cristal de una mesa, y respondió:

—Esta es una llave física cuántica de acceso a su computadora. Con ella podemos acceder a los nodos internos de la GSA.

Sandra asintió levemente. Luego comentó:

—Pero, eso significa que ese hombre trabaja para la GSA, o es alguien de la GSA.
—O es un técnico de mantenimiento autorizado. ¿Qué más da? —Sandra negó ligeramente con la cabeza.
—Es importante, Alice. Si es un técnico de mantenimiento, no tiene valor. Pero si se oculta un agente de la GSA en esa casa, puede darnos información, dado el caso. O algo peor.
—¿Qué puede ser peor?
—Puede que sea alguien colocado allí para controlarnos. Y, si eso fuese así, tu conexión podría estar comprometida. Te habría dejado creer que tienes acceso al nodo interno. Pero sería una trampa. —Alice miró con el ceño fruncido a Sandra.
—Estás un poco paranoica, ¿no, Sandra? Ese hombre es un pobre desgraciado con su familia, que tuvo una oportunidad de echar una canita al aire, y la aprovechó. Fin de la historia.
—Me gustaría creerlo. Pero quiero confirmarlo. Tendré que hacerle una visita.
—¿Y te acostarás con él?
—No. Sospecharía de tener demasiada suerte con el tema de la canita al aire si me sugiero. Así que ese método en este caso no funcionaría. Pero yo soy una androide diseñada para tareas así. Tú solo eres una cría maleducada y consentida, intratable y egocéntrica.
—¡Claro! —Aseguró Alice sonriente—. Soy la mente más brillante de la Tierra.

Sandra suspiró, y, al cabo de unos segundos, contestó:

Y lo peor es que, probablemente, sea cierto. Al menos, eres uno de los seres humanos mental y físicamente más capaces del planeta, quizás la número uno. En fin, voy a salir de excursión. Tú quédate aquí. Intentaré averiguar alguna cosa sobre ese hombre, y esa familia. Y no montes más “fiestas”. —Alice pareció contrariada.
—¿En serio? ¿Yo me quedo aquí, y me pierdo la diversión?
—Sí. Si te ve, fin de la fiesta. Sospechará de inmediato. Volveré lo antes posible.
—¿Y cómo te vas a presentar?
—Ya veremos. Pero, si esto es una trampa, lo averiguaré. Si no, entonces podrás usar tu llave mágica para acceder al nodo interno de la GSA. Y entonces, intentaremos averiguar a qué están jugando ahora en la GSA, y si somos el cazador, o, por el contrario, somos la presa…


Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

3 comentarios en “La cazadora y la presa (I)”

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