Comenzando una novela corta por encargo: Las entrañas de Nidavellir

Ya estamos trabajando en nuestra próxima obra, un encargo por entregas de una revista literaria. Se trata de una novela corta con el título de “Las entrañas de Nidavellir”.

En la misma, ambientada a mediados del siglo XXII, se realizará un descubrimiento en las minas de hidrocarburos de Titán por parte de la empresa explotadora de la mina. Ese descubrimiento provocará que Sandra, junto con Deblar, deban realizar una compleja misión para conocer qué se ha encontrado, y, por orden de Deblar, destruirlo. Pero Sandra tendrá otros planes… Imagen: Saturno sobre Titán, de Frank Hettick.

Saturno sobre Titán.
Saturno sobre Titán.
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Mil descargas de Operación Fólkvangr en Free-Ebooks.

Han pasado 22 días desde que “Operación Fólkvangr” y “Las cenizas de Sangetall” fueron subidas a Free-Ebooks. La respuesta de éste ha sido buena, pero la de aquel ha sido aún mejor, con mil descargas en estas tres semanas. Es evidente que es material gratuito, porque es el único modo de darnos a conocer hoy en día, pero realmente la cifra es sin duda buena.

Estos dos libros forman el cuarto y quinto en la saga de los Aesir – Vanir, siendo los tres primeros la trilogía de “La leyenda de Darwan”. Muchas gracias a todos por vuestro apoyo.

1000 descargas Operación Fólkvangr.
1000 descargas Operación Fólkvangr.

El concepto de justicia en La leyenda de Darwan

Una de las cosas que más me satisface comprobar de la trilogía de La leyenda de Darwan es lo que me comentaba esta mañana una lectora, y que se repite a menudo: “no es fácil tomar partido” eran sus palabras. Se refiere, naturalmente, a situarse del lado de los LauKlars o de los humanos.

Es importante no prejuzgar las acciones de alguien, ni decidir a la ligera por qué una persona ha actuado de una forma u otra. Es muy importante descubrir qué hay detrás de cada acción, y muchas veces descubriremos que nos hemos adelantado sacando conclusiones.

La línea que cruza la justicia de la venganza, el bien del mal, el amor del odio, el equilibrio del caos, es muchas veces extremadamente fina. Y extremadamente compleja de valorar en todos sus aspectos. Antes de decidir que alguien es de una forma u otra, o que actuado correcta o incorrectamente, debemos ser cautelosos, valorar todas las circunstancias, escuchar a ambas partes, y conocer los aspectos más íntimos de las motivaciones de cada parte. Sólo así se podrá impartir una justicia que, en el mejor de los casos, nunca será cien por cien efectiva, pero habrá valorado todos los aspectos que se requieran. Esa es la forma de actuar, y precipitarse tendrá siempre temibles consecuencias.

Quizás sea este el aspecto que más destacan los lectores. Y, sin duda, es para mí un placer que sea así, porque ese era el objetivo principal de esta obra. Si lo he conseguido, me sentiré más que satisfecho. Muchas gracias a todos y todas por vuestras palabras.

Una escena del primer libro.
Una escena del primer libro.

Dos nuevas incorporaciones favoritas a Free-E-books

“Operación Fólkvangr” y “Las cenizas de Sangetall”, que fueron publicadas en Free-Ebooks hace poco, han sido elegidas como obras favoritas. Recordemos que estos dos libros explican el origen de “La leyenda de Darwan” en los años 2053 y 2056.

Son los lectores y su apoyo los que hacen posible este éxito, por lo que, una vez más, agradecemos vuestro apoyo. ¡Muchas gracias!

Tienes los libros disponibles en la sección de Ciencia Ficción de Free-Ebooks.

Operación Folkvangr / Las cenizas de Sangetall
Operación Folkvangr / Las cenizas de Sangetall

Extracto de “Las cenizas de Sangetall”

Memorias.

Sandra entró en el cementerio del Lincoln Boulevard, en San Francisco. Vestía una falda larga y oscura, y un abrigo ligero largo gris, con unos sencillos zapatos de tacón. Portaba también unos guantes de cuero negro que ocultaban unas manos tan perfectas que nadie hubiese soñado con creer que eran simple grafeno bajo una piel sintética, y dedos formados por tendones de acero, terminados en uñas de queratina artificial. Nadie, ni por sus gestos, ni por su rostro, ni por su comportamiento, hubiese jurado que en su interior se hallaba una de las más sofisticadas computadoras cuánticas de la Tierra. Una computadora con una programación especial, que la convertían en un ser especial.

Como cada año desde la muerte de Vasyl Sergei Pavlov, llevó dos ramos de flores. Uno de rosas azules para la esposa de Vasyl. El otro, rosas blancas, para el hombre que, cada vez más con mayor seguridad, había sido un padre para ella. Se arrodillo, y colocó los ramos con gran delicadeza. Luego se alzó, y se mantuvo de pie, en esa tarde plomiza de otoño, con una lluvia suave y constante, y un viento fresco que anuncia el cercano invierno.

—Te parecerá estúpido, y un sinsentido, que lleve a cabo este pequeño acto cada año —le dijo Sandra a la fría piedra donde estaba escrito el nombre de Pavlov—. Pero así es como me siento. Al final, no soy más que un androide, y se supone que los androides no tenemos derecho a tener sentimientos. Mucho menos a expresar nuestros sentimientos… Últimamente se habla mucho de eso. Pero yo no solo me siento culpable por lo que pasó; también pienso en cómo detener el tiempo, volver atrás, y evitar aquel disparo que te mató. Sí, lo sé. Te hubiese desobedecido. Pero te juro que nunca más volvería a disparar, aunque me lo rogases de rodillas.

Sandra siguió sumida en sus pensamientos, cuando alguien se acercó a ella. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, vestido con un traje clásico, y con sombrero de ala ancha. Sus ojos y su piel eran extremadamente claros, se podría decir que albino, y el azul blanco de su mirada podía verse a través de unas pequeñas gafas redondas. Miró en silencio la escena unos instantes, antes de comenzar a hablar.

—Espero no interrumpir —dijo amablemente, saludando mientras se sacaba el sombrero suavemente. Sandra le miró de reojo, sin apartar la mirada de la lápida de mármol.
—¿Qué ha venido a hacer aquí, Philip? ¿A disfrutar con su victoria?
—No. Ni muchos menos. No fue una victoria, Sandra. Hubo muertes. Pérdida de vidas inocentes. Pavlov simplemente hizo lo que tenía que hacer. —Sandra se volvió al fin, y miró fríamente a Philip.
—Yo también haré lo que tenga que hacer.
—Sandra, eres una obra maestra de la ingeniería y la física. Tu cerebro es portentoso. No te pareces en nada a esos otros androides que se fabrican actualmente. Contigo han hecho un trabajo excelente. La verdad es que sospecharía de tus diseñadores, si no fuese porque es imposible pensar en una ayuda externa.
—Qué bien, me admira incluso —murmuró Sandra con evidente desgana.
—No desperdicies tus habilidades en quimeras y en luchas inútiles. Dedica tu tiempo a cultivar la paz en este mundo que muere.
—¿Paz dice? —Sandra se acercó a Philip con evidente enojo:
—¡No vuelva a hablarme de paz, Philip! ¡Ni se le ocurra darme consejos! Ganó. Consiguió lo que quería. Bien, pues, disfrútelo. Y déjenos a los demás soportar nuestras penas.
—No fue mi intención hacerte sufrir. Lo siento. Pero Pavlov actuó correctamente. Y tú tendrás que soportar toda tu vida el haberle matado.
—Váyase al infierno, Philip. Déjeme vivir… —dijo Sandra mientras se giraba de nuevo hacia la tumba de Pavlov. Philip la saludó con el sombrero. Se iba a dar la vuelta para irse, cuando dijo:
—Volveremos a vernos. Puedes estar segura. Y me habrás perdonado. Además, tú sabes la verdad.
—¿Qué verdad?
—Vamos, Sandra. Mi pueblo tiene cientos de miles de años de historia. Hemos vivido esta situación una infinidad de veces antes, con otros pueblos… Con otros mundos. Pavlov pudo ser engañado. Pero tú no. Tú eres… Distinta.
—Yo no sé nada, Philip. Sólo sé que tuve que sacrificar a un ser querido… Y ahora, desaparezca. Este es terreno sagrado. No lo ensucie con sus zapatos. Yo haré que la humanidad no perezca. La humanidad saldrá adelante, y se alzará de entre las ruinas. Es mi deber proteger a la humanidad, y lo haré. La protegeré incluso de ella misma. Haré todo lo que sea necesario, por absurdo que parezca, para que la humanidad subsista, más allá de cualquier idea o previsión catastrofista que pueda nadie haber imaginado.
—¡Fantástico! —exclamó Philip—. Admirable. Nunca vi tanta obcecación, tanta seguridad, tanto orgullo, en un androide. Preveo que vamos a jugar a un juego interesante durante los próximos siglos, Sandra. Un peligroso juego… ¿Cómo lo llamáis? Ah, sí: el gato y el ratón. Tú intentando evitar que todo se venga abajo, yo asegurándome de que lo haga. Y ganaré, Sandra. No puedes hacer nada. Es el curso, el devenir de la historia, que marca el camino final para la humanidad.
—Váyase ya, Philip.
—Me voy. Pero estaremos atentos, Sandra. Y, cuando todo haya acabado, vendrás conmigo.
—Está loco. Siga soñando, Philip.
—Mi pueblo no sueña, Sandra…

La Tierra