Soy culpable, y puedo vivir con ello

Me encantan los dilemas morales. Los adoro. Los dilemas morales nos enseñan cuán falsa pueden ser las concepciones primarias del ser humano. Concepciones sobre el bien y el mal, lo justo e injusto, lo correcto y lo incorrecto, o lo decente o indecentemente moral o ético.

Un ejemplo de gran nivel sobre este asunto es el capítulo 143 de la serie de televisión Espacio Profundo Nueve (Deep Space Nine), perteneciente a las series de la famosa saga de ciencia ficción de Star Trek. En este capítulo, el capitán Benjamin Sisko, de la estación espacial que comanda, nos habla directamente a cámara, explicando los sucesos que ha vivido durante las dos últimas semanas.

Sin querer alargarlo, el capitán se ve enfrentado a un dilema: están en una guerra, y la están perdiendo, contra una fuerza muy poderosa: los Dominions. Otra especie, los romulanos, tradicionales enemigos, asisten encantados a ver cómo ambos contendientes se destrozan mutuamente. El capitán Sisko tiene que conseguir que los romulanos se pongan de su parte. Sí, pero ¿cómo? Tras tratar de conseguirlo de forma ética, el capitán comienza una huida hacia adelante: engañará a los romulanos, haciéndoles creer que ellos serán los próximos en ser atacados.

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La estación espacial donde se desarrolla la acción

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Con lectores así, ¿quién quiere editores?

Justo fue la entrada anterior a esta la que hablaba sobre lectores y crítica literaria. Y ahí puse de ejemplo de portada la de la tercera parte de “La leyenda de Darwan”, diseño creado y desarrollado por el dibujante Antonio Rodríguez Cano, un viejo amigo que se ofreció a dibujar las portadas a cambio de que no le contara más chistes por Facebook. La casualidad ha querido que, al día siguiente, me llegue uno de los comentarios más bonitos que he recibido nunca de un lector, que es además autor de su propia saga de ciencia ficción.

La verdad es que, tal como comentaba recientemente, uno siempre espera recibir comentarios de todo tipo. Agradeces los positivos, y analizas los negativos, pero todos los comentarios, o digamos casi todos, son útiles y aportan un valor añadido al escritor. Pero a veces llegan comentarios que son tremendamente estimulantes, y que te dan alas para seguir escribiendo. Son gotas de fuerza y aliento que te dan las energías para ese difícil siguiente paso que siempre hemos de dar para no quedarnos quietos. Porque el movimiento es vida, quedarse quieto es morir al instante.

He intentado por supuesto publicar con varias editoriales la trilogía, pero ha sido un fracaso tras otro. Sin embargo, la autopublicación y el boca a boca están funcionando muy bien. Porque de eso se trata: de llegar al lector. De una forma u otra, pero llegar. No voy a compararme con nadie, ni a intentar superar a nadie. Me propongo superarme a mí mismo cada día. Ese es un reto realmente apasionante, y que seguiré cultivando hasta el último día de mi vida.

Agradecer al amable lector sus palabras, tal como le he hecho saber ya, en la idea de que, como decía recientemente, es el lector el que tiene la última palabra. Siempre. Y con lectores así, poco más se le puede pedir a la vida. Muchas gracias.

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Críticas y portadas, cuando el final está cerca

Seguimos nuestra ruta literaria por la publicación de un libro, y sus pasos. Una ruta que es siempre muy personal, pero que requiere de unos elementos fundamentales. De esos elementos estamos tratando de hablar. Ya hemos comentado algunos.

Elementos a tener en cuenta en la confección de una obra literaria:

  • La estructura del libro y su revisión, la famosa regla “3.1” (se me ocurrió ese nombre recordando las notas que sacaba de pequeño en matemáticas).
  • A continuación, hablamos de aquello que el libro debe aportar al lector para emocionarle y llevarle a donde queremos. Al lector hay que hacerle vibrar, tiene que sentir placer y amor, odio o tristeza, melancolía o alegría, pasión o locura, lujuria o muerte. Lo que sea. Pero que sienta algo. Las letras son los cuchillos que has de lanzar al lector para cortar su alma en pedazos, y descubrirle su desnudo interior.
  • Y, por supuesto, debemos olvidarnos de las modas sociales y culturales en las que vivimos. No tenemos que quedar bien con nadie, excepto con el lector. Escribimos ficción, no un ensayo. Soñamos con mundos perfectos, o terriblemente duros y oscuros. Dejemos los cupos de personajes y situaciones que parece necesitar cada época artística. Ciñámonos a escribir. No vivimos en el siglo XXI; somos atemporales. Aunque cueste, debemos retrotraernos del mundo. De nuestra cultura. Es difícil, claro. Pero es importante. Ese es el primer paso para crear una obra que tenga alguna posibilidad de convertirse en inmortal.

Ahora, cuando ha terminado su obra tras los pasos anteriores, es cuando ha de sentirse muy orgulloso de su trabajo. Pero recuerde: la palabra final la tendrá el lector. Y a ellos se debe el escritor.

Y aquí, estimados amigos y amigas, es donde entramos en un terreno difícil y pantanoso: las críticas. Ay, las críticas. Si pudiéramos recoger la ira que ha derramado cada crítica y convertirla en un proyectil, podríamos hacer temblar los cimientos del mismo infierno. Pero hay que saber contenerse. Y escuchar. Veámoslo.

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Un autor captura a un lector que ha hecho una mala crítica de su libro

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Cuando el futuro se escribe en las estrellas

Siempre he creído que el orgullo de un ser humano crece cuando mira abajo, y se extingue conforme levanta la vista. Y, cuando se mira a las estrellas, el poco orgullo que le pudiese quedar a un individuo, se convierte en humildad, y la jactancia, en asombro. La arrogancia en recogimiento, y la ignorancia en conocimiento y poder. Naturalmente, es vital que ese ser humano no mire con la vista, sino con lo que algunos llaman el alma, o espíritu, o luz interior, llámelo como quiera. Y, para eso, se ha de poseer ese alma, algo que no todo el mundo está dispuesto a conservar a lo largo de sus vidas.

Pero aquellos que miran las estrellas, y que han conservado algo de humanidad, son convertidos por ellas. Las estrellas nos enseñan algo muy importante: nuestra soberbia, nuestros libros sagrados, nuestra arrogancia, nuestra seguridad, no son nada por sí mismos. Somos un planeta perdido entre millones de estrellas. Una civilización más, que es una chispa de racionalidad en medio de la nada. Y que, como ha aparecido, se extinguirá en la nada.

¿O no? ¿Tiene la humanidad alguna oportunidad? Hoy he estado viendo un reportaje nuevo de la NASA sobre los jóvenes que se entrenan para ir a Marte. “La generación de Marte” se titula. Fantástico reportaje de los sueños e ilusiones de un grupo de jóvenes por alcanzar nuevos mundos y nuevas estrellas. ¿Por qué ir allá? ¿Por qué ir a Marte? Ah sí, la clásica pregunta.

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Imagen del Hubble, que muestra miles de galaxias, cada una de ellas con millones de estrellas
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La gran mentira de la naturaleza sabia y en equilibrio

Describo un caso real de hace unas semanas. Un día cualquiera, en un parque. Varios niños observan, junto a sus padres sonrientes, unos pelícanos junto a otras aves menores, quizás palomas. De pronto, frente a esos críos felices, uno de los pelícanos se come un ave menor. Todos los niños se quedan horrorizados, y los padres gritan y se llevan las manos a la cabeza. El pelícano deglute felizmente a la pequeña ave, y sigue en sus cosas indiferente al mundo, a los niños, y a sus gritos.

El sueño de la naturaleza sabia, en armonía y bondadosa, se ha roto en un instante, y para siempre, entre esos críos. ¿Habrá que llevarlos al psicólogo, para que les explique que, en realidad, el mundo no es así?

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¡Es la hora del bocata!

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Cuando descubres que escribir vale la pena

El oficio de escritor tiene fama de ser solitario y frío. Quizás por eso exista esa necesidad imperiosa por parte de los escritores de darse a conocer en cualquier lado, de cualquier forma, a cualquier desafortunado que se te cruce por delante, y tenga que aguantar una charla sobre tu último libro, antes de escabullirse por alguna esquina pidiendo socorro. Por eso, precisamente, suelo hablar muy pocas veces de mi trabajo literario. De hecho, solo para anuncios de salidas de libros y poco más.

Sin embargo, este fin de semana me he llevado una gran alegría ante el comentario de una lectora, que se ha atrevido a leer uno de mis últimos trabajos. Esta lectora es además una persona experta en el mundo de la literatura, con amplia experiencia como lectora, y con una muy buena reputación en la materia. Independientemente de que se deba valorar cada opinión por igual, cuando recibí el mensaje y vi que era ella, me temí lo peor; iba a despellejarme vivo y a usarme para decorar su ensalada.

Pero no. La sorpresa vino al leer el comentario, y sin duda, este texto es una de esas ocasiones donde sientes que el trabajo ha merecido la pena. Cosas así son las que le animan a uno a seguir adelante en este mundo parco y complejo de las letras. Porque las letras son mi vida, y sin ellas no soy nada. Muchas gracias a Maria del Carmen por sus palabras. Es una bonita forma de acabar el mes, sin ninguna duda.

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Corrección política y literatura

Bien, vamos a ver, creo que lo tengo todo dispuesto: el ordenador, el teclado preferido, una música adecuada, varios litros de café, y lo más importante: mi dosis diaria de corrección política. Vamos a plantear la nueva novela.

Para escribir una nueva novela, necesitará estos ingredientes:

  • Una historia que contar.
  • Unos personajes que den vida a la historia.
  • Una trama que sea interesante.
  • Un final que impacte.
  • Un blanco.
  • Un negro.
  • Un asiático.
  • Un gay.
  • Una lesbiana.
  • Un transexual.
  • Un vegano.
  • Un religioso.
  • Una feminista.
  • Un amante de la paz mundial.

Bien, una vez tiene estos ingredientes, no olvide ninguno, pasemos a la cocción.

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