Lyra, destino final del Sistema Solar y de la humanidad

En las noches oscuras, y con un telescopio de potencia media, se puede contemplar la constelación de Lyra, un grupo de estrellas cuyo nombre se remonta a la antigüedad clásica de Grecia y Roma. Entre las estrellas, un objeto rojizo llamado M57, es un aviso sobre la aparente eternidad de la vida en la Tierra y el futuro de la humanidad. Nos recuerda, constantemente, que todo tiene un fin.

La nebulosa de Lyra, objeto Messier M57
La nebulosa de Lyra, objeto Messier M57

El último día de una lejana civilización

Una mañana, hace varios millones de años, una ciudad se despertaba para un día más de actividad. Una avanzada civilización postindustrial había conseguido evadir el problema de la guerra total y la autoaniquilación, y se había relajado en un desarrollo sostenible mediante energías limpias, procedentes sobre todo de su cálida estrella. Mediante estructuras en órbita, recogían la energía, y la concentraban en un rayo que permitía activar enormes generadores en la superficie. Una energía barata y abundante sin prácticamente efectos negativos.

Pero aquella mañana la estrella, muy parecida al Sol, comenzó a mostrar extraños síntomas. Su propia fuente de energía, el hidrógeno, había pasado a tener la masa crítica mínima para mantener el flujo de fusión, y ello conllevó un proceso de transformación. La estrella comenzó a hincharse, y a convertirse en una gigante roja. Los pacíficos habitantes del planeta vieron cómo su principal fuente de energía y vida se convertía, paradójicamente, en su mayor peligro. Las baterías se fueron agotando, pero además, la estrella comenzó a hacerse enorme en el cielo. Finalmente, la propia estrella engulló al planeta, y la tranquila civilización desapareció para siempre de la faz del universo. Su cultura, su historia, sus lenguas, sus sueños, desaparecieron. Sus logros, sus miedos y sus triunfos, quedaron enterrados para siempre en el olvido y en la nada.

Una historia que puede ser extremadamente real

Esta imaginaria historia pudo haber sucedido en alguna parte del universo. Por ejemplo, en Lyra M57. Con este nombre se conoce a los restos de lo que se denomina una “nebulosa planetaria”, aunque, en realidad, se trata de una estrella que ha llegado al fin de su vida. Las estrellas del tipo Sol, con una masa similar, tienen una larga vida, y cuando su combustible, el hidrógeno, se agota, se hinchan y se convierten en gigantes rojas. Finalmente, se deshinchan, y acaban sus vidas como enanas blancas.

En el caso de Lyra M57, lo que puede verse es la enana blanca en el centro, y alrededor, un halo dejado por las capas exteriores de la estrella, que se van esparciendo de forma circular, y que dan lugar a una de las más bellas visiones en el universo. Un anillo incandescente, que es el recuerdo final de lo que fue un sistema solar.

Pero tanta belleza contiene un mensaje: después de cinco mil millones de años, el Sol también se agotará.

El tiempo sí transcurre para todos

En nuestra sociedad, vivimos como esa antigua civilización imaginaria. Somos conscientes de que el tiempo es limitado, pero nos acomodamos y nos centramos en nuestras pequeñas vidas, sin mirar al frente y comprender la realidad; y esa realidad acaba apareciendo siempre, sin dilación y sistemáticamente, como una estrella que se apaga en nuestro interior, devorándonos para siempre.

Hay quienes tratan de rechazar esta idea, de convertirla en una herramienta para la depresión, o, simplemente, ignorarla. Hay quien se consuela pensando que, al fin y al cabo, tras ese final vendrá otra vida, eterna, donde el final no será más que una puerta a un nuevo principio. En todos esos casos, se ignora lo más importante: el hecho de que el suceso ha de ocurrir, como algo inevitable, y que, cuanto antes se enfrente cada individuo con su destino, antes podrá pactar con el mismo un acuerdo.

El acuerdo: sobrevivir a la mortalidad de nuestro destino

Existe un poder en cada ser humano inmenso. No tiene como origen ninguna capacidad extrasensorial, ni viene dada por dioses, magias, o artificios. El poder reside en la convicción de llevar una vida acorde con unos principios propios, que estén de acuerdo con la propia naturaleza del universo.

En ese sentido, el ser humano está capacitado para controlar cada aspecto de su vida cuando decide, en un acto de convicción con su propia naturaleza, que es un ser finito y mortal. Cuando decide que existe un fin, y cuando comprende que todo en el universo se relaciona entre sí, es cuando puede empezar a expandir su mente, y ponerla en contacto con la naturaleza.

El compromiso con la vida

Es entonces, cuando se comprende la realidad del ser, las limitaciones, la infinitesimal importancia de la humanidad en el universo, es entonces cuando se desarrolla todo el poder interior que siempre ha residido en todos y cada uno de los seres humanos sin excepción. La mortalidad define al ser humano, pero el reconocimiento de esa mortalidad y de la finitud de la existencia, son las que permiten los mayores logros. Quienes viven en la desidia de creerse inmortales, mueren sin haber existido. Son quienes viven realmente conscientes de su mortalidad, los que crean el futuro de la humanidad, y los que abren las puertas al futuro, porque viven la vida con verdadera intensidad.

Aquella civilización imaginaria pereció, y nunca sabremos nada de su cultura, de su historia, de su arte, de su ciencia. Es una tragedia de tales dimensiones que ha de hacer reflexionar a cada individuo sobre su propia existencia. Si una estrella puede morir, y llevarse una lejana y compleja civilización con ella, hora es de que empecemos a plantearnos un futuro fuera, lejos, entre las estrellas. Y, más importante, hora es también de plantearnos, que cada momento, y cada instante, cuenta.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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