Ahora no parece tan absurdo volver a la Luna

Durante una entrevista a los astronautas del Apollo XIII, preguntaron al comandante de la misión, Jim Lowell, por qué había que volver a la Luna. Si ya habían llegado dos naves, ¿qué sentido tenía seguir explorando el satélite de la Tierra? Lowell contestó algo obvio:

“Imagine que los primeros exploradores de África no hubiesen salido del continente. Imagine que los fenicios no hubiesen llevado su cultura y su ciencia por el Mediterráneo. Imagine que Colón no hubiese vuelto a América. Hoy, la humanidad no existiría. Sería solo una cantidad de fósiles, haciendo compañía a los dinosaurios”.

Otra frase que me encanta es aquella que le preguntaron a un famoso escalador. Cuando le preguntaron “¿por qué escalar esa montaña”? Él respondió: “porque está ahí”.

Es una respuesta simple, sencilla, y directa. El ser humano es un explorador. Pero la exploración no solo sacia la curiosidad. También abre nuevos caminos, nuevas fronteras, nuevas oportunidades.

Pero, de todas formas, alguien podría insistir en que sí, que todo eso está bien. Pero ¿la Luna? ¿Tiene algo de interés ese trozo de roca?

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A veces, el sueño del progreso produce monstruos

Este es el artículo quinientos (500) en La leyenda de Darwan. La verdad es que creí que el contador estaba mal, pero no. ¿Tanto tiempo pierdo escribiendo? Ahora entiendo por qué no tengo amigos, y las mujeres salen huyendo de mi lado.

Quinientos artículos en este perdido blog de la selva de Internet, pero donde ahí seguimos, fieles a la ciencia y a las humanidades, intentando explorar los conceptos más diversos sobre el ser humano, la vida, y el universo. He hecho de todo en esta vida, algunas de ellas inconfesables. Pero este blog es sin duda un proyecto que ha merecido la pena. No es perfecto por supuesto, ni será merecedor de mención o premio alguno ni así pasen mil años. Pero algo sí es seguro: es sincero. Y el mejor premio es el lector que pueda disfrutar con su lectura, y, sobre todo, y con un poco de suerte, terminar cualquier lectura de cualquiera de las entradas aquí expuestas, pensando que ha merecido la pena.

Ese es premio. El único premio en realidad. El resto, monumentos al ego que todos tenemos, yo también por supuesto. De hecho, es uno de mis mayores defectos. Pero, ¿cómo escribir si no se posee un gran ego? Tiene que ser grande, para que quepan todos los personajes de los universos que llevamos dentro, y que volcamos en el papel de nuestros sueños.

Para celebrarlo, vamos a hablar de Albert Einstein. Ese señor que aparece en las fotos con la lengua fuera, con el pelo blanco, y que es el paradigma del clásico científico algo loco, algo despistado, y que cada mañana descubría algún nuevo hecho científico digno del premio Nobel. Las cosas, por supuesto, nunca son tan sencillas. O casi nunca.

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Cuando la IA se hizo la tonta

Ya he comentado, en alguna ocasion, que soy un gran fan de Isaac Asimov. Sus libros de ciencia ficción, pero también los de divulgación científica, fueron de gran ayuda para mí. Los primeros, para descubrirme un universo casi infinito de posibilidades literarias. los segundos, para que descubriese que incluso yo soy capaz de entender conceptos generales de ciencia, si estos se explican con el suficiente entusiasmo y claridad.

Pero hay una cosa en la que discrepo, y que me disculpe el lector por poner en duda a un genio que lo fue durante gran parte del siglo XX. Esa discrepancia está relacionada con la inteligencia artificial, conocida popularmente como IA (o AI en inglés). Asimov creía que no veía factible poder crear una inteligencia artificial como la humana, o que, en todo caso, no era necesario. La razón era muy sencilla: ya tenemos la inteligencia humana. ¿Para qué queremos otra? Mejor sería crear otro tipo de inteligencia, que complemente a la humana, para así unir ambas en el desarrollo y búsqueda de nuevos conceptos de conocimiento compartido.

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Cuando el futuro se escribe en las estrellas

Siempre he creído que el orgullo de un ser humano crece cuando mira abajo, y se extingue conforme levanta la vista. Y, cuando se mira a las estrellas, el poco orgullo que le pudiese quedar a un individuo, se convierte en humildad, y la jactancia, en asombro. La arrogancia en recogimiento, y la ignorancia en conocimiento y poder. Naturalmente, es vital que ese ser humano no mire con la vista, sino con lo que algunos llaman el alma, o espíritu, o luz interior, llámelo como quiera. Y, para eso, se ha de poseer ese alma, algo que no todo el mundo está dispuesto a conservar a lo largo de sus vidas.

Pero aquellos que miran las estrellas, y que han conservado algo de humanidad, son convertidos por ellas. Las estrellas nos enseñan algo muy importante: nuestra soberbia, nuestros libros sagrados, nuestra arrogancia, nuestra seguridad, no son nada por sí mismos. Somos un planeta perdido entre millones de estrellas. Una civilización más, que es una chispa de racionalidad en medio de la nada. Y que, como ha aparecido, se extinguirá en la nada.

¿O no? ¿Tiene la humanidad alguna oportunidad? Hoy he estado viendo un reportaje nuevo de la NASA sobre los jóvenes que se entrenan para ir a Marte. “La generación de Marte” se titula. Fantástico reportaje de los sueños e ilusiones de un grupo de jóvenes por alcanzar nuevos mundos y nuevas estrellas. ¿Por qué ir allá? ¿Por qué ir a Marte? Ah sí, la clásica pregunta.

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Imagen del Hubble, que muestra miles de galaxias, cada una de ellas con millones de estrellas
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La gran mentira de la naturaleza sabia y en equilibrio

Describo un caso real de hace unas semanas. Un día cualquiera, en un parque. Varios niños observan, junto a sus padres sonrientes, unos pelícanos junto a otras aves menores, quizás palomas. De pronto, frente a esos críos felices, uno de los pelícanos se come un ave menor. Todos los niños se quedan horrorizados, y los padres gritan y se llevan las manos a la cabeza. El pelícano deglute felizmente a la pequeña ave, y sigue en sus cosas indiferente al mundo, a los niños, y a sus gritos.

El sueño de la naturaleza sabia, en armonía y bondadosa, se ha roto en un instante, y para siempre, entre esos críos. ¿Habrá que llevarlos al psicólogo, para que les explique que, en realidad, el mundo no es así?

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¡Es la hora del bocata!

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Una visita a la vida y costumbres de Marte

Bienvenidos a Marte, amigos y amigas. Estamos en 2153, y Marte ha sido colonizado por seres humanos. ¿Le apetece una visita a la montaña más alta del sistema solar, el monte Olimpo, con 27 kilómetros de altura? ¿Una visita al Cañón del Valles Marineris, con 3000 kilómetros de longitud, y 8 kilómetros de profundidad? Deja al Cañón del Colorado como una simple muesca en el suelo. ¿Qué tal pasear por la nieve de los polos, que no está compuesta de nieve, sino de hielo seco, es decir, dióxido de carbono? ¿Qué tal volar un rato, con una aeronave que requiere de alas diez veces más grandes que las de la Tierra, debido a la poca densidad de la atmósfera? Esta semana tenemos una oferta al 50% de descuento para usted y su familia. ¡No la desaproveche!

Marte es un planeta fascinante, sin duda. Pero, además, es el nuevo hogar de la humanidad, solo que muchos todavía no se han enterado de ello. Pero lo harán. No ellos probablemente, pero sí sus hijos, o sus nietos. Ahora mismo se preparan los primeros viajes para ir a Marte, aunque el único plan serio y científico en este momento es el de la NASA y el proyecto Orión. Lo de SpaceX y Elon Musk, como ya he comentado, de momento es un circo mediático, como muchas de las cosas que hace este hombre últimamente. Pero Marte es mucho más que espectáculo: es el lugar donde vivirán una parte de los descendientes de los seres humanos de la Tierra: los marcianos.

Los pasos, a grandes rasgos, son los siguientes:

This computer-generated view depicts part of Mars at the boundary between darkness and daylight, with an area including Gale Crater beginning to catch morning light

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Los nuevos dioses

Helen Parker murió cuando se acercaba a los treinta años. Una joven normal, con una vida, normal, y nada destacable en su día a día. Excepto que un cáncer repentino terminó con su futuro. Pero algo ocurrió: alguien hizo una copia de su ADN y ARN, y de sus engramas de memoria, es decir, de sus recuerdos y experiencias.

Años más tarde, su cuerpo es regenerado, y sus recuerdos integrados en el nuevo cerebro. Helen es básicamente la misma persona. No es un clon, porque su memoria es la misma. Y porque el ADN y ARN empleado ha regenerado el mismo organismo con la misma edad que tenía cuando murió.

De hecho, Helen podría volver a usar este procedimiento de forma indefinida. Y sería, desde ese momento, inmortal.

Este caso es una ficción de un libro, nada más. Pero la pregunta que subyace tras esta situación es: ¿será posible llevar a cabo alguna vez un proceso así? Y, si eso es posible, ¿qué hacemos con esos que nos esperan en el cielo?

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