Cambiemos la ira y el odio por toneladas de amor

Cuando escribo estas líneas, han pasado unos días desde el terrible atentado del 17 de agosto de 2017 en Barcelona y luego en Cambrils. Ambas poblaciones forman parte de mi hogar. Por Barcelona paso cada día por temas profesionales, y Cambrils conforma los recuerdos de muchos años de mi juventud en el camping, y por donde aún suelo ir a pasear por sus preciosas calles y paseo marítimo.

Naturalmente, todos los que tenemos algo de sensibilidad nos preguntamos por qué suceden estas cosas tan terribles. Cómo pueden realizarse crímenes a sangre fría de un modo tan brutal y monstruoso. Las respuestas son complejas, y yo no estoy capacitado para hacer un análisis pormenorizado de los motivos y parámetros que convierten a un ser humano en una especie de loco asesino adoctrinado.

Me basta con entender que debemos analizar cuidadosamente por qué se llega a estas situaciones, y cómo evitarlas, cómo evitar que se reproduzcan en el futuro. E insisto, no voy a dar lecciones de moral ni de ética, ni de conducta, ni voy a dar una clase magistral sobre humanidades, porque no soy quién. Solo diré que estoy con las víctimas, que estoy con el dolor de las familias, y que condeno de la forma más enérgica cualquier forma de violencia, siendo el terrorismo, junto con la guerra, las expresiones más oscuras del comportamiento humano.

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Concursos públicos, o cómo jugar con las expectativas

El asunto de los concursos públicos, básicamente esas ofertas en las que una institución pública debe desplegar un conjunto de documentos que conforman un requerimiento para cubrir un servicio o un sistema, es sin duda un tema de debate serio y complejo. En España, donde vivo, es habitual ver muchas de estas convocatorias, entre otras cosas porque son de obligado cumplimiento, en muchos casos, para ofrecer alternativas a diferentes empresas, que pueden de este modo competir de igual a igual por ganar el concurso y hacerse cargo del servicio.

Todo esto es muy bonito y democrático, pero, desgraciadamente y como sucede a menudo, muchos de estos concursos son sospechosos de no contar con todas las garantías de igualdad de oportunidades que deberían ser su naturaleza primordial.

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Teléfono rojo: cuando el cine nos muestra el futuro

Stanley Kubrick es sin duda uno de mis directores favoritos. Ya comenté cómo su película “2001: una odisea del espacio” me cambió la vida cuando la vi en aquel ya lejano verano de 1970. Pero hoy, cuando todo el mundo habla del 72 aniversario de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, y cuando Corea del Norte y Donald Trump se comportan como niños de colegio amenazando con apocalipsis nucleares, es bueno recordar una de las obras maestras de Kubrick: “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú”, cuyo título original en inglés es “Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb” (Dr. AmorExtraño, o cómo dejé de preocuparme y amar la bomba).

Rodada en 1964, esta película, que tiene en Peter Sellers a su mejor estrella haciendo tres papeles distintos, sin olvidar la impagable genialidad de George Scott (que luego sería el protagonista de “Patton”), nos lleva a una época de plena guerra fría con la Unión Soviética. En aquel tiempo, Estados Unidos mantenía, siete días a la semana y veinticuatro horas al día, una flota de bombarderos B-52 constantemente en el aire, cargados con bombas nucleares. El objetivo era claro: la disuasión.

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Peter Sellers en uno de los tres magníficos papeles que interpreta en el film

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Nueva colaboración con El Club de la Fábula

Vuelvo del Hades, por cierto un lugar encantador lleno de gente interesante, para informar de que la revista y web de ciencia ficción “El Club de la Fábula” ha tenido la amabilidad de publicar una segunda colaboración relacionada con mis trabajos. En este caso, se trata de la conferencia que di en las instalaciones de la Escuela de Ingeniería Aeronáutica y del Espacio, en Madrid, dentro del evento del “Madrid Airsim Meeting” de marzo de 2016.

Esta conferencia fue grabada por la revista aeronáutica “Motor y al aire” que la subió al popular servicio de podcasts de Ivoox. En la charla planteo las posibilidades futuras que podrían permitir al ser humano viajar a las estrellas, siempre desde un punto de vista de los conocimientos de la física actual y las últimas teorías desarrolladas. Naturalmente la especulación es un elemento fundamental en la charla, pero soy de los que cree que el ser humano es capaz de superar retos que otros consideran imposibles, tal como ha demostrado la historia en incontables ocasiones.

Para poder escuchar el podcast pulse en la imagen. Y, para cualquier duda o consulta, aquí estamos.

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Políticas de hechos consumados: tres casos

Uno de los aspectos de la política internacional que me parecen más interesantes es ese juego del gato y el ratón entre naciones, que usan sus recursos, legales e ilegales, a la luz de los taquígrafos, y en las sombras, para conseguir sus propósitos. Ayer, revisionando la excelente película “Trece días“, sobre la crisis de los misiles de Cuba, que estuvo a punto de desencadenar la tercera guerra mundial, me pregunté: ¿qué hubiese ocurrido si, en lugar de Kennedy, el presidente hubiese sido Donald Trump?

Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos una cosa: Kennedy, y su equipo, junto con el líder de la URSS, Nikita Khrushchev, evitaron lo que parecía una guerra inevitable. No voy a entrar en la clásica dialéctica de quién hizo bien qué, o mal qué, y quién fue culpable, porque hablar de buenos y malos en estos términos es una política reduccionista que no tiene sentido. Por supuesto que se pueden buscar los responsables de que casi comenzase una tercera guerra mundial, pero es mucho más importante, de cara a la historia, al historiador, y al analista político, delimitar los hechos que llevaron a evitar la confrontación.

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El New York Times informa sobre la crisis de los misiles en octubre de 1962

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Los paladines del verdadero periodismo

Curioso e interesante el panfleto publicitario que me ha enviado hoy un autodenominado grupo de periodistas libres y demócratas, de cuyo nombre no quiero acordarme, verdaderos defensores de la libertad y la pluralidad. Frente a los periódicos y medios tradicionales, que siempre dicen lo mismo (ojalá fuese así, cada uno dice lo que le da la gana), ellos van a traernos la Luz de la Verdad y el Conocimiento a todos. Aleluya hermanos.

Ante tan generosa oferta de enseñarnos la verdad y mostrarnos cómo son las cosas realmente en el mundo, y ante tanta devoción por el deber de informar rigurosamente a la población, no he podido por menos que salir al paso. Pero primero veamos unos preceptos básicos sobre periodismo e información, que se estudian el primer día de carrera, antes incluso de sentar las posaderas en la silla.

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Quino

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De cuando la música era analógica. Y vibraba

Que soy viejo lo puede verificar cualquiera, incluyendo las piedras de la pirámide de Keops, que me vieron dar mis primeros pasos cuando los obreros egipcios hacían su parada para descansar antes de seguir colocando piedras (con ayuda de los extraterrestres por supuesto).

Por eso, como la desaparecida página que tenía en Facebook ha muerto, debido a exigencias de la propia Facebook a los que no les gusto (ni me gustan), pienso que puedo trasladar aquí algunas de mis recomendaciones musicales. Y esa recomendación primera es, cómo no, Sheryl Crow.

Esta cantante estadounidense es también de la vieja escuela, y una de las artistas más auténticas que quedan. ¿Qué quiero decir por auténtica? Bien, es muy sencillo, en realidad: su música es pura, es directa, y es auténtica. Nada de electrónica, más allá de algún teclado. Nada de ordenadores. Nada de efectos especiales. Nada de trucos. Solo música. Guitarras, bajos, baterías, y teclados con amplificadores de válvulas (efectivamente, se siguen construyendo gracias al sonido que dan). Guitarras Fender y Gibson, y amplis Marshall. Todo auténtico. Y solo ella, y su banda. Nada más. Y nada menos.

En unos tiempos donde la música suena a producto envasado, Sheryl Crow sigue tocando en directo con sus compañeros, armada de su guitarra, su bajo, su teclado, y su voz, y dándolo todo. Ante 50.000 espectadores, o ante una pequeña sesión con no más de 50, Sheryl Crow es música. Venerable, completa, y auténtica música. Lo que suena es lo que es. Puede tocar rock, pop, folk, country, y lo que se le ponga. No se corta con nada, y lo domina todo.

Son muchos, muchísimos, los músicos actuales que no se atreven al directo, y si lo hacen, es para llevar un sistema de ordenadores tan sofisticado que mientras tocan podrían resolver varios problemas matemáticos complejos, calcular los tres primeros millones de cifras de pi, y obtener las órbitas de doscientas sondas espaciales.

No. Sheryl es solo ella, y nada más. Y de esto queda ya muy poco. Sheryl es la razón por la que sigo escuchando música del siglo XXI. Y espero seguir con ella unos cuantos siglos más. Por lo menos. Gracias, Sheryl, por tu música. Y por ser tan auténtica.