Para mis nobles Patricios de la Eterna Roma

Tarraco, Hispania. Tercer año del Emperador Tiberio.

Salve, nobles patricios de Roma. Os traigo nuevas de nuestra amada Roma, y de nuestro poderoso Emperador Tiberio. Serán breves palabras, pero importantes para el futuro de nuestro Imperio.

En nombre de nuestro Emperador Tiberio, y en el nombre del Imperio, me dirijo hoy a los presentes, grandes patricios y nobles romanos, para dar cuenta de las últimas novedades con respecto las nuevas que traigo de Roma, y a contestar a la pregunta que algunos nobles patricios han llevado a cabo en relación a asuntos diversos de nuestro amado Imperio y nuestro Divino Emperador Tiberio, a quien los dioses guarden muchos años.

Quieran Júpiter y Minerva darle la fuerza y la sabiduría para que su gobierno sea fructífero, feliz, y lleno de lo que hemos dado en llamar la Pax Romana. Una paz construida con la sangre y el esfuezo de nuestros antepasados.

Nuestro Imperio es fuerte, y sus fronteras se amplían. Todos, en nuestro amor al Emperador y a nuestra Roma gloriosa, deseamos servir y luchar en las legiones victoriosas, para dar cobijo a una cada vez mayor realidad de tierras y siervos que puedan satisfacer las necesidades del Imperio. Un Imperio que no conocerá fin, porque nuestro eterno Imperio se asienta sobre el poder de los dioses, nuestros grandes antepasados, y nuestro Divino Emperador, que con mano firme y segura nos guía a un futuro lleno de posibilidades infinitas.

Mas no querría yo caer en la jactancia y la soberbia de aquellos que se creen inmortales, por cuanto solo los dioses eternos lo son. También he de recordar que nuestro Imperio tuvo su origen en las leyendas y los mitos, y se forjó a fuego y sangre durante siglos. Así tenemos un Imperio fuerte y poderoso, pero, ¿eterno?

Son muchas las fuerzas que hoy se hallan controladas en nuestras fronteras al norte, el este, el sur y el oeste del Imperio. Y son esas fuerzas, esos bárbaros de lenguas extrañas y extrañas costumbres, los que son retenidos por nuestras legiones victoriosas. Mas, ¿qué nos hace pensar que esta condición pueda ser eterna?

Hoy me dirijo a todos vosotros, nobles patricios y romanos, y garantes de nuestro gran Imperio, para deciros que hemos visto, nosotros mismos, caer a otros imperios, otros reyes y emperadores, otras grandes naciones, antaño poderosas y orgullosas. Sus muros cayeron, sus lenguas desaparecieron, sus costumbres fueron borradas, y su historia es solo un conjunto de textos en antiguos libros de sabios griegos y romanos.

¿Acaso no hemos de sentir que podamos ser los próximos en padecer tal futuro incierto? ¿No hemos visto guerras civiles terribles entre hermanos de nuestra amada Roma? No, no os alcéis en voces, mis estimados y nobles patricios. Pues no es traición amar al Imperio y hablar de sus peligros, sino acostarse cada noche con la seguridad de una eternidad de nuestro Imperio, que se antoja infinito y sin límites.

Hoy me dirijo a todos, en nombre del Emperador y del Senado de Roma, para que estemos atentos a las desavenencias que, ya en el pasado, pusieron en peligro al Imperio. Recordad, nobles patricios, que un solo hombre, Espartaco, significó un gran peligro para nuestra amada Roma, y su leyenda y sus actos aún se reflejan de muchas formas y maneras en nuestras costumbres con nuestros esclavos.

Recordad también que las revoluciones se inician de forma que son ignoradas, hasta que el fuego de la rebeldía se proyecta por el Imperio, y destruye nuestros modos de vida, nuestras sagradas costumbres, y nuestros templos, cuyos dioses, enojados, toman terribles consecuencias, destrozando nuestras cosechas, e insuflando temor a nuestra soldadesca.

Nada más diré hoy, mis muy estimados nobles patricios, solo una cosa: solo los dioses son eternos. Evitemos la jactancia. Evitemos el conformismo. Evitemos creernos nosotros mismos dioses inmortales. Seamos partícipes de las tribulaciones y preocupaciones de nuestro amado Emperador Tiberio, que está en estos momentos tomando duras y difíciles decisiones para que nuestro Imperio sea seguro y pacífico durante miles de años.

Mi corazón se encoge cuando, en nuestra jactancia y nuestro orgullo, nos atrevemos a compararnos con los dioses inmortales. Quieran los dioses perdonarnos tales ofensas, y quieran estos nobles patricios entender el sentido de mis palabras.

Com sabéis, mañana el Emperador ha organizado unos nuevos juegos, con grandes eventos, luchas de gladiadores, combates con animales, y otras grandes maravillas que nuestro Emperador nos ofrece. Disfrutemos de nuestros momentos de gloria.

Pero seamos cautos: el peligro se encuentra en cada esquina, y en cada enemigo de Roma. Seamos consecuentes, y recordemos una cosa por encima de otra:

Vitam regit fortuna, non sapientia.

El destino dirige la vida, no la sabiduría. Fueron palabras del gran Cicerón. Seamos sabios pues. Pero seamos consecuentes con las cartas que el destino nos da. Porque la sabiduría podemos adquirirla.

Pero el destino solo nos lo da el paso del tiempo, incierto en hechos y en palabras. Y a ese destino nos debemos.

Guarden los dioses a nuestro Emperador muchos años, y a este divino Imperio.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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