Ahora no parece tan absurdo volver a la Luna

Durante una entrevista a los astronautas del Apollo XIII, preguntaron al comandante de la misión, Jim Lowell, por qué había que volver a la Luna. Si ya habían llegado dos naves, ¿qué sentido tenía seguir explorando el satélite de la Tierra? Lowell contestó algo obvio:

“Imagine que los primeros exploradores de África no hubiesen salido del continente. Imagine que los fenicios no hubiesen llevado su cultura y su ciencia por el Mediterráneo. Imagine que Colón no hubiese vuelto a América. Hoy, la humanidad no existiría. Sería solo una cantidad de fósiles, haciendo compañía a los dinosaurios”.

Otra frase que me encanta es aquella que le preguntaron a un famoso escalador. Cuando le preguntaron “¿por qué escalar esa montaña”? Él respondió: “porque está ahí”.

Es una respuesta simple, sencilla, y directa. El ser humano es un explorador. Pero la exploración no solo sacia la curiosidad. También abre nuevos caminos, nuevas fronteras, nuevas oportunidades.

Pero, de todas formas, alguien podría insistir en que sí, que todo eso está bien. Pero ¿la Luna? ¿Tiene algo de interés ese trozo de roca?

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El vacío que deja un libro

Aviso: este es un texto de carácter personal e introspectivo. No hablaré aquí de ciencia o de humanidades, sino de algunas sensaciones personales que recorren mi alma estos días. Este escritor no se hace responsable del dolor de cabeza que pueda sufrir al leer estas líneas, pero puede ofrecerle un gelocatil con agua si lo desea. Muchas gracias.

Ayer terminé de escribir la segunda parte de “Las entrañas de Nidavellir”, después de la revisión final. Queda ahora el proceso de retoques y ajustes, que llevará tres o cuatro días máximo, pero el trabajo está hecho. Luego, publicar el libro, y listo. Son, en total, 281.000 palabras, entre la primera y la segunda partes. Además, con este libro concluye lo que he denominado como “subsaga de Sandra”, que es esa señorita morena que suele aparecer en la parte superior del blog. Son, en total, ocho libros que explican su historia, y su búsqueda para recuperar a su padre, a lo largo de 700 años de su vida. Los libros no están escritos cronológicamente, y en este ella tiene 104 años.

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Quo Vadis, Donald?

Bueno, vamos a ver cómo termina esta entrada. Porque las entradas se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan. Sobre todo si el “protagonista” es Donald Trump.

Cuando Trump llegó al poder, comenté que este hombre no terminaría su mandato, y mucho menos lo repetiría. Ahora tengo que reconocer que me equivoqué. Sí. Este hombre no verá el año nuevo en la Casa Blanca, o, como mínimo, verá cómo el camión de la mudanza se acerca frío y oscuro. Ah, que me dicen que da igual, porque él pasa el tiempo entre su torre en Nueva York y el campo de golf. Haberlo dicho antes hombre, con lo bien que me estaba quedando la imagen.

Donald Trump es, sin embargo, una bendición para Estados Unidos (o América, y sí, estoy de acuerdo en que América es más que USA). Y voy a explicar brevemente, al final de este texto, por qué es una bendición.

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América es, como todos los países, cíclico. Se mueve entre el oscurantismo medieval, y la luz del conocimiento. Y atención, no hablo de demócratas o republicanos. Hablo de políticas para el progreso y el conocimiento, frente a otras que abogan por el control de la ciencia y del ser humano por grupos poderosos religiosos, muchos de ellos fanáticos, y tan fanáticos que muchos de esos islamistas que dicen combatir parecen niños de pecho a su lado. Abogan por las armas. Abogan por el control del individuo. Abogan por convertir la sanidad en  un negocio. Abogan, atención, claramente por la tortura. Abogan por obligar a los profesores a que enseñen doctrinas religiosas de carácter fundamentalista. Abogan por eliminar todo tipo de ciencia contraria a sus leyes divinas. Abogan por reprimir a la mujer, con frases como “por qué tengo que pagar yo tus controles para el cáncer de mama”.

Abogan por negar conclusiones perfectamente aceptadas como el cambio climático. Están procediendo a desmontar todo tipo de organizaciones de carácter cultural, social, y de destruir las artes. Juzgan y condenan a naciones enteras. Persiguen a científicos y centros de investigación que atentan contra su religión. Se atreven a decir que ellos están en posesión de una verdad que es divina, y que solo ellos la ofrecen a quien quieren. Abogan por mirar a otro lado frente al racismo, la xenofobia, el dolor de aquellos que menos tienen. Abogan por las armas como método para combatir la violencia. Abogan por la pena de muerte como solución final. Abogan, en definitiva, por la mentira, por la infamia, y por un criterio fundamental, cuyo argumento es el siguiente: “o estás conmigo y mis ideas, o estás contra mí, y entonces, te combatiré con todas mis fuerzas”.

No. No hablo de Irán, o de Arabia Saudí, por si alguien se había despistado. Hablo de Estados Unidos. Pero ¿qué Estados Unidos? El de Donald Trump, claro.

¿Está todo perdido? No. Ni muchísimo menos. Existe otra América. Existe otro país. Está ahí, agazapado, escondido, temeroso, pero poco a poco despierta. Es la América de la libertad. La América que busca ser un país de paz y en paz. La América que te recibe con un abrazo, y no con un arma. La América de los sueños, de los viajes al futuro, de la música viva y vibrante. La América que aboga por la enseñanza, por la justicia y la sanidad universales. La América que lucha por destruir barreras, por acabar con los muros, y por construir puentes. La América que trabaja por el conocimiento, por la ciencia, por que cada profesor enseñe que la libertad que tanto costó ganar, se pierde fácilmente. La América que es y será siempre un gran país. Con defectos por supuesto. Con asuntos por solucionar importantes sin duda. Pero que mira al mundo como a un igual, con la idea de apoyar y empujar a otros países a conseguir su libertad tendiendo la mano, y no bombarderos ni misiles. La América que manda portaaviones no para combatir, sino para recoger a hombres, mujeres y niños flotando en el mar, y les da la oportunidad de disfrutar de una nueva oportunidad.

Es es la América que yo quiero. Y yo sé que es la América que quieren millones de estadounidenses, que se ven representados por un hombre que no es que sea un mal político, es, simplemente, una pesadilla para la democracia, para la diplomacia internacional, y para el futuro de América, y de la humanidad.

La lección parece evidente: ahora ya hemos visto lo que consigue el populismo, la demagogia, y la mentira. Todas ellas condensadas en Donald Trump. Es hora de empezar a organizar un relevo, sea del partido que sea, y comenzar de nuevo a construir el puente hacia un país mejor, más grande en corazón, y más lleno de vida, de amor, y de paz. Y es evidente que es difícil. Sé que hay muchos retos, y mucho miedo por el terrorismo internacional. Pero no lo olvidemos: los terroristas cuentan con ese miedo para ganar. Si tenemos miedo, ellos ganan. Si les hacemos frente con entereza, con la justicia y la libertad, temblarán.

No se trata de no luchar. Porque sé que algunos dirán “mira, ahí va el pacifista ese, el soñador”. No. Yo sé que a veces hay que luchar. Pero no puedes convertir el mundo en tu campo de batalla, y a cada país en tu enemigo. No se trata de eso. Se trata de quién lucha, cuándo, cómo, y por qué. Con qué objetivos, con qué aliados, y con qué resultados. Esa es la lucha de la libertad. Lo ha sido durante toda la historia de la humanidad. Ahora no tiene por qué ser distinto. Lanzar bombas propagandísticas no lleva a nada. La guerra televisada nunca se gana. Se gana la guerra que trabaja por la paz. Y sé que algunos dirán que la guerra no conduce a nada. Y es verdad. Pero la paz amenazada es una paz envenenada.

¿Cómo terminar con las guerras? Es difícil. Pero es posible, por supuesto que es posible. Se hace con educación, y con cultura. En todo el mundo. En todo el planeta. Y para cada niño y niña de la Tierra. Si se ha luchar, debe ser una lucha por la igualdad. Por los derechos humanos.  Algunos dirán que no hay guerras buenas. No las hay. Y debemos reflexionar por qué hemos llegado, como especie, a esta brutalidad. De nuevo, la educación es el arma definitiva para ganar.

Al final, Donald Trump dejará la Casa Blanca, y habremos aprendido una dura lección de cómo se puede perder el sentido de la realidad. Y eso es bueno. Porque nos hará reflexionar, y la próxima vez, con un poco de suerte, ganará la lógica, y el sentido común. Sea quien sea que gane, ganará una oportunidad de paz. Y eso sí merecerá la pena verlo y aplaudirlo. Por América. Y por el mundo.

Una huella (literaria) en la red

Nota: para elucubraciones anteriores sobre cómo dar a luz un libro, pulse o piense en este enlace.

Seguimos, un capítulo más, con el trabajo de preparar y publicar nuestro libro. Y, en este caso, hablaremos de la promoción en las redes sociales. Ah, las redes sociales, ese amasijo de almas que van y vienen en una interminable espiral de sentimientos encontrados y conflictos humanos. Las redes sociales son algo nuevo que enseña lo mucho de viejo que viene teniendo la humanidad desde hace milenios: que todo cambia, para que todo siga exactamente igual. Pelearnos en las redes sociales no es tan distinto de pelearnos en la plaza del pueblo, o en el bar. Pero con más repercusión. Y ahí es donde empieza el interés.

Recientemente se han dirigido a mí dos jóvenes personas, llenas de entusiasmo con su primer libro, y ajenas a mi círculo personal (que es extremadamente pequeño, eso es cierto) preguntando sobre consejos en relación a “cómo publicar mi libro”, y he comprobado cómo se crean unas expectativas propias de la juventud que, sin duda, son maravillosas, pero que están muy lejos de la brutal realidad del mundo de la literatura. Y es que este mundo es duro, muy duro, con muchísimos escritores, algunos realmente buenos.

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Cuando el virus es la desidia

Yo suelo escribir de vez en cuando artículos diversos en este blog. E incluso me animo con algunos relatos de ciencia ficción. Ambas actividades son muy placenteras, y sin duda disfruto de ellas. Pero, a diferencia de esos rumores que corren por Internet, no soy un extraterrestre llegado para invadir el planeta, y ni mucho menos un androide al servicio de un poder oculto. Bueno sí lo soy, pero no voy a reconocerlo públicamente.

El caso es que tengo que ganarme la vida con algo, y aunque soy hombre de letras, me gano la vida con esa cosa llamada informática. De algo hay que vivir. Y, siendo como soy informático, y habiendo impartido formación sobre seguridad y control de datos en sistemas informáticos, puedo decir que el reciente desastre visto a nivel mundial, con un virus que secuestra los datos y pide dinero, es algo que no me sorprende. De hecho, lo que me llama la atención es que no haya pasado antes a esta escala.

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Soy culpable, y puedo vivir con ello

Me encantan los dilemas morales. Los adoro. Los dilemas morales nos enseñan cuán falsa pueden ser las concepciones primarias del ser humano. Concepciones sobre el bien y el mal, lo justo e injusto, lo correcto y lo incorrecto, o lo decente o indecentemente moral o ético.

Un ejemplo de gran nivel sobre este asunto es el capítulo 143 de la serie de televisión Espacio Profundo Nueve (Deep Space Nine), perteneciente a las series de la famosa saga de ciencia ficción de Star Trek. En este capítulo, el capitán Benjamin Sisko, de la estación espacial que comanda, nos habla directamente a cámara, explicando los sucesos que ha vivido durante las dos últimas semanas.

Sin querer alargarlo, el capitán se ve enfrentado a un dilema: están en una guerra, y la están perdiendo, contra una fuerza muy poderosa: los Dominions. Otra especie, los romulanos, tradicionales enemigos, asisten encantados a ver cómo ambos contendientes se destrozan mutuamente. El capitán Sisko tiene que conseguir que los romulanos se pongan de su parte. Sí, pero ¿cómo? Tras tratar de conseguirlo de forma ética, el capitán comienza una huida hacia adelante: engañará a los romulanos, haciéndoles creer que ellos serán los próximos en ser atacados.

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La estación espacial donde se desarrolla la acción

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Con lectores así, ¿quién quiere editores?

Justo fue la entrada anterior a esta la que hablaba sobre lectores y crítica literaria. Y ahí puse de ejemplo de portada la de la tercera parte de “La leyenda de Darwan”, diseño creado y desarrollado por el dibujante Antonio Rodríguez Cano, un viejo amigo que se ofreció a dibujar las portadas a cambio de que no le contara más chistes por Facebook. La casualidad ha querido que, al día siguiente, me llegue uno de los comentarios más bonitos que he recibido nunca de un lector, que es además autor de su propia saga de ciencia ficción.

La verdad es que, tal como comentaba recientemente, uno siempre espera recibir comentarios de todo tipo. Agradeces los positivos, y analizas los negativos, pero todos los comentarios, o digamos casi todos, son útiles y aportan un valor añadido al escritor. Pero a veces llegan comentarios que son tremendamente estimulantes, y que te dan alas para seguir escribiendo. Son gotas de fuerza y aliento que te dan las energías para ese difícil siguiente paso que siempre hemos de dar para no quedarnos quietos. Porque el movimiento es vida, quedarse quieto es morir al instante.

He intentado por supuesto publicar con varias editoriales la trilogía, pero ha sido un fracaso tras otro. Sin embargo, la autopublicación y el boca a boca están funcionando muy bien. Porque de eso se trata: de llegar al lector. De una forma u otra, pero llegar. No voy a compararme con nadie, ni a intentar superar a nadie. Me propongo superarme a mí mismo cada día. Ese es un reto realmente apasionante, y que seguiré cultivando hasta el último día de mi vida.

Agradecer al amable lector sus palabras, tal como le he hecho saber ya, en la idea de que, como decía recientemente, es el lector el que tiene la última palabra. Siempre. Y con lectores así, poco más se le puede pedir a la vida. Muchas gracias.

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