Reflexión final sobre “Away” (Audio)

Hace unos días comenté mis impresiones sobre los dos primeros capítulos de la primera temporada de “Away”, la nueva serie de Netflix que explica un futuro viaje a Marte por parte de una misión tripulada conjunta y representada por cinco países.

En aquella reflexión ya señalé algunos aspectos interesantes, y ahora que he terminado de ver la serie, he creído oportuno e interesante transmitir mis sentimientos personales sobre esta serie, que ya adelanto me ha gustado mucho. Sí, no es perfecta y tiene aspectos criticables, pero sin duda me ha impresionado muy por encima de ese maremagnum de series que constantemente se estrenan en las principales empresas de streaming.

Estas reflexiones no son escritas. Hoy he querido cambiar, y las he grabado en audio, en algo parecido a un “podcast”. No es un “podcast” realmente, simplemente es una grabación hecha tras ver el capítulo diez. Y en esta grabación exploro los aspectos que me han parecido más interesantes de esta serie.

Sin más, les dejo con el audio. Muchas gracias.

Demostración audio: El progreso no es lineal

Vamos hoy con una demostración: la línea que indica el progreso de la humanidad no es, como muchos creen, una línea ascendente continua. A pesar de toda la tecnología, muchas veces damos pasos atrás, con el fin de acomodarnos, de rebajar costes, o de ambas cosas. El problema de ese salto atrás es que estamos perdiendo calidad. Y perder calidad no es progresar.

Todas las sociedades de la historia han creído, con pocas excepciones, en la idea de que vivían en la cresta de la ola tecnológica y del conocimiento. Que su momento, que su generación, son la cumbre del desarrollo moral, ético, social, cultural, y político.

Esto, sin duda, no es así, y pruebas en la historia ha habido de forma clara y concisa. Por poner un ejemplo, este principio del siglo XXI carece de pensadores, filósofos, y en general hombres y mujeres que destaquen por encima del ruido general que siempre se vive en toda sociedad. Y que no se me malinterprete: no digo que no haya pensadores y filósofos; digo que son los que tienen que esconderse, mientras se esconde la cultura y el pensamiento, y mientras se da pávulo a una cultura de la superficialidad y la ignorancia.

Podemos discutir horas y horas sobre este asunto, que es realmente interesante y complejo. Sin embargo, hoy voy a poner sobre la mesa una demostración empírica, que nos permitirá ver cómo el llamado progreso lineal y ascendente es solo una ilusión. Y lo voy a hacer con algo tan popular y común como es el sonido. Y, más concretamente, con la música.

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Pink Floyd, viajando a la cara oculta de la Luna

Dentro de lo que, cuando yo era joven, llamábamos “Rock sinfónico” y ahora llaman “Rock progresivo”, sin duda ha habido grupos realmente importantes y con discos sobresalientes. Pero es Pink Floyd, sin ninguna duda, uno de los iconos más importantes, sino el más importante, de ese estilo musical.

Un periodo musical que fue bastante corto: empezó más o menos a finales de los sesenta, y se diluyó rápidamente a principios de los ochenta. Observe que los discos de los grupos consagrados de esa época, Camel, Genesis, Yes, Supertramp, Alan Parsons, y otros, se habían ido convirtiendo en música más comercial, alejándose del modelo experimental que el Rock sinfónico tenía como base principal. Todos, menos Pink Floyd.

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Aram Khachaturian: Lullaby

En mi constante afán por traer piezas musicales poco conocidas a este blog, pero que me parecen dignas de ser escuchadas y disfrutadas, hace un tiempo traje, del compositor armenio Aram Khatchaturian, el Ballet Suite de Gayane (que se interpreta en la escena de la nave que va a Júpiter en la película “2001: una odisea del espacio”).

Hoy quisiera mostrarles otra magnífica obra de Aram Khachaturian, cuyo nombre ha quedado enterrado en los flecos de la historia de la antigua Unión Soviética, y no son muchos los que conocen sus trabajos, aunque en Armenia sea sin duda un nombre muy popular.

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Música: despedidas y caminos de soledad

Recientemente hemos terminado de vivir un confinamiento, una cuarentena, que nos ha mantenido a muchos en casa. Pero hemos podido seguir en contacto con nuestras familias, amigos, trabajos, gracias a las telecomunicaciones, a los ordenadores, teléfonos y tablets. Y a una gigantesca infraestructura muy compleja que ha permitido dar soporte a los cientos de miles de conexiones en toda España, y en todo el planeta, que yo por ejemplo tengo familia en Argentina, y seguir las incidencias de allá es un tema de prioridad absoluta.

Antes las cosas no eran así. Antes, cuando te distanciabas, tenías el teléfono. Pero, ¿y antes? En el siglo XX mis padres y abuelos fueron testigos de muchos seres queridos y amigos que se iban a otros países, especialmente a lugares como México, Argentina, Venezuela, Brasil, y cualquier otro lugar donde se pudiera encontrar un nuevo futuro. Pero entonces no había Internet. Las despedidas eran eso: despedidas. Aparte de las cartas, no había otra forma de contactar. Luego llegaron los teléfonos y las “conferencias”, pero eran carísimas, y tardaron en ser un medio de comunicación de acceso para muchas familias con pocos recursos.

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Camel y el camino del Rock Sinfónico

En España lo llamamos “Rock progresivo” aunque fuera se conocía como “Rock sinfónico” en sus muchas variantes. El Jazz rock era una variante del rock sinfónico, con un componente altamente experimental.

Pero, al final, de lo que se trataba era de llevar al límite una palabra:

Virtuosismo.

Un estilo musical que llegó y se fue demasiado rápido, porque comercialmente no era viable, y fue ahogado por nuevos sonidos mucho más directos y accesibles en los años ochenta. Pero los que vivimos esa época quedamos impregnados de ese sonido magistral y perfeccionista, y aún hoy sigue sonando en nuestras mentes. Un sonido que no usaba computadoras ni trucos ni caminos directos; solo unos intérpretes, unas composiciones, y una sola búsqueda: la de la perfección.

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Barclay James Harvest y el muro de Berlín

Vamos con una entrada que no hable del Covid-19… Qué paradoja, intentando no hablar del Covid-19 ya lo he mencionado. Pero bueno, la vida sigue, y seguirá, y no podemos dejarnos vencer por el tedio, o el dolor, por duro que sea.

En esta entrada musical hablaré de un grupo musical muy importante para mí por razones diversas. Ya he comentado que la saga de libros que acabo de terminar, y cuya celebración he tenido que posponer como tantas otras cosas, se influenció sobre todo por la película “2001” y por el libro “La odisea” de Homero. Pero también la música tuvo un importante papel. Y una influencia muy importante fue un grupo británico llamado “Barclay James Harvest“, que tuvo su vida sobre todo entre los setenta y los noventa.

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El concierto de Berlín de la Barclay James Harvest.

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The Cranberries, imaginación al poder

Hace mucho tiempo que no traigo a este blog un poco de música. Normalmente suele ser el miércoles, pero, ¿qué día no es bueno para la música?

Siguiendo mi línea de locura con el libro y su finalización, hoy quiero recordar a un grupo irlandés maravilloso de los noventa, The Cranberries, que tenía en Dolores O’Riordan su voz y su personalidad. Con “Zombies” lograron un éxito inusitado, en un vídeo que trata el doloroso y terrible tema del grupo terrorista IRA y la lucha en Irlanda del Norte. Una lucha que acabó con los acuerdos de Viernes Santo, y que amenaza con volver por el Brexit.

Pero en estos tiempos difíciles de coronavirus y problemas complejos, quisiera traer un tema mucho más tranquilo, que habla de la imaginación, y de cómo esta nos transporta a todo tipo de mundos insospechados. Para los amantes del arte y la literatura la imaginación es nuestro barco eterno al infinito. Y, por ello, creo que esta canción nos cuenta algo muy importante: usemos la imaginación para crear mundos increíbles, maravillosos a veces, otras veces muy duros, pero siempre apoyados por nuestros sueños.

A mediados de los noventa monté un dúo con una cantante y guitarrista, y cuya voz era sin duda muy semejante a la de Dolores O’Riordan. Enamorada de Cranberries, me transmitió su amor por este grupo. Yo le di algunas clases de inglés y de acento para que perfeccionara ese estilo tan personal de la cantante de Cranberries, muy típico de su ciudad. Lograba parecer realmente la cantante de Cranberries, era increíble lo bien que lo hacía.

Tengo un CD con alguna maqueta de estudio de grabación por ahí con algunas composiciones que hicimos juntos. A ver si un día lo busco y lo pongo aquí. Siempre le agradeceré que me transportara al mundo de Cranberries. Eso, y los buenos momentos que pasamos durante interminables ensayos y conciertos. Me encantaba cómo conducía; salir vivo de su coche era toda una experiencia.

En fin, muchos recuerdos, mejor les dejo con la música. Señoras y señores: con ustedes, The Cranberries.

“Te esperaré al anochecer” disponible en Lektu

Tengo que decirte que mi vida ha cambiado completamente desde que nos vimos aquella noche mágica. Sí, sé que suena a tópico, a lo de siempre. Sé que estuve casado antes, y que mi vida fue un completo tedio, más aburrido que encender la televisión esperando que algo, o alguien, te cambie la vida de algún modo.

Pero tu aparición logró eso, y mucho más. Aquel viernes mágico, riendo, hablando, mirando las estrellas con mi viejo telescopio, y jugando con las olas del mar, comprendí que la magia no es esperar que ocurra un milagro; la magia es dejarse llevar por el milagro de tu mirada azul y limpia, como el mar que besaste aquella noche.

Esta noche te esperaré otra vez. Te esperaré al anochecer. Porque quiero volver a compartir contigo las estrellas. La vida comienza para muchos cuando sale el Sol. Para mí empieza cuando se pone. Porque es entonces, y solo entonces, cuando siento que estás cerca.

Vuelve. Seamos, de nuevo, un corazón en busca de estrellas…

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E.L.P. y el advenimiento del Minimoog

Los años sesenta supusieron una revolución en la música como no se había visto desde la llegada de Mozart al panorama de la composición. Pero, a finales de aquella década, los modelos y patrones para nuevos sonidos se habían agotado. Bajo, batería, guitarra, piano, y órgano (el famoso Hammond, wah wah wah…), eran ya demasiado recurrentes. Algo de trompeta, de saxo, o trombón por supuesto, en el jazz y otras corrientes. Pero el sonido en el rock no acostumbraba a tener viento metal.

Sin embargo, en aquellos años aparecía una nueva dimensión del sonido, propulsada por la llegada de la electrónica. La analógica por supuesto. Lo digital aún quedaba lejos. Con esa tecnología se construyeron los primeros sintetizadores, instrumentos programables con cables conectados a placas para crear sonidos increíbles, profundos y espesos.

Pero esos teclados eran carísimos y pesados. Solo unos pocos podían permitírselo. Así que, visto el panorama, a alguien se le ocurrió una brillante idea: crear un teclado sintetizador bueno, bonito, barato, y portátil, capaz de ir a conciertos. ¿Estás loco amigo? le dijeron. A ese hombre, un tal Robert Moog, no le preocupaban las críticas. Se puso manos a la obra, y creó el Minimoog. El primer sintetizador con un precio accesible.

Minimoog
El Minimoog original, una maravilla de los setenta.

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