Moody Blues y el síndrome P.A.

Miércoles, así que toca música. De la entrada musical de la semana pasada, en la que hablaba de amores rotos, alguien podría quizás deducir que el autor de estas líneas pueda ser poco romántico, y que no creo en las relaciones sentimentales.

Es verdad que valoro la amistad por encima de todo, pero eso no significa que no haya un rincón en mí para la sensibilidad y los sentimientos, aunque es evidente que los años tamizan el corazón y transforman las almas a través de la vida. Y la música ha sido durante toda mi vida un canal de comunicación con mis sentimientos, que he proyectado hacia personas que han sido importantes para mí, por un motivo u otro. La música es la fuerza más directa y poderosa del universo, cuando se trata de arrancar una sonrisa o una lágrima a un ser humano.

Lo cierto es que todos tenemos esa canción que nos recuerda algún amor pasado, algún momento importante con alguna persona que era especial. Aquellos amores de juventud, que se caracterizan sobre todo por la pasión, la fuerza, y una alta dosis de locura. Ese amor puro, sincero, y juvenil, que te hace creer que eres el primer ser humano del planeta elegido para algo especial.

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Ahí estoy, con 16 años, y mi primera guitarra, que me habían regalado de novena mano, y que duraba afinada unos 30 segundos. El soporte del micro son dos palos de escoba.

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Linda Ronstadt, cuando la voz es el origen

Miércoles, y en esta ocasión volvemos con la música. Cuando tenía diecisiete años, y una vida que era el preludio de un caos que se avecinaba, entré a formar parte de un grupo de música, centrado en el folk–rock-country americano. Éramos seis: una joven cantante con mucho talento, dos guitarras, bajo, que era mi instrumento, batería, y una chica de veinticinco años al piano, que era por supuesto muy vieja desde mi juvenil punto de vista.

En ese grupo se interpretaban canciones de diferentes artistas y grupos, y así fue cómo llegué a conocer a Linda Ronstadt, artista de cuyo repertorio interpretábamos varias piezas. Puede que el nombre de Linda Ronstadt no sea muy popular en Europa y en España, pero si le digo que tiene trece Grammys, fue nominada a otros veinte Grammys, aparte de una lista de otros premios interminable, creo que quedará claro que esta mujer es un referente de la música americana del siglo XX.

Esta artista, nacida en 1946 en Tucson, Arizona, ha inspirado a varias generaciones de músicos y cantantes posteriores, y está actualmente considerada un icono musical y artístico, y su obra se ha dispuesto para preservación junto a la de otros grandes artistas.

Naturalmente, su sonido queda ya alejado de las tecnologías y efectos especiales de hoy en día, con un sabor añejo y, como se dice ahora, “vintage”. Y menos mal, porque así podemos disfrutar de la artista en su estado puro, y no de una elaboración informática que muchos llaman música, pero que tiene menos alma que una piedra.

Linda Ronstadt siempre quedará en mi recuerdo por el impacto que me produjo conocer, e interpretar, sus canciones en directo, y por la profundidad y cualidades sobresalientes de una voz irrepetible.

Rock this country, cuando la música es poder

Dos cosas me asombran de los americanos (estadounidenses): su falta del sentido del ridículo, y su capacidad para montar shows impresionantes, para bien o para mal, pero siempre increíbles. Y lo digo con el mayor de los respetos y admiración.

En cuanto al sentido del ridículo, últimamente por motivos de trabajo vuelvo a tener contacto con estadounidenses, y todos los correos son ¡Wow! ¡Yeah! ¡Genial! ¡A tope! ¡Increíble! ‘Me encanta! ¡Alucinante!  Si no escribes alguna de estas palabras cada dos líneas creen que estás deprimido, o que no merece la pena mantener una conversación contigo.

Solo hay que ver cómo son los empresarios americanos, que muchas veces parecen más estrellas del rock, ahí está el propio Elon Musk, que en realidad es un inmigrante, ¿lo sabía usted, señor Donald Trump? que ha creado miles de puestos de trabajo. Montan espectáculos llenos de luces, colores, y todo tipo de parafernalia. Si no pasan unos cuantos cazas de combate por encima durante el show aquello parece que no funciona.

En esa línea, cuando Hillary Clinton se presentó a presidenta por primera vez, compitiendo con Obama, eligió una canción de la cantante canadiense Shania Twain titulada “Rock this country” (algo así como “enróllate con tu país”), una canción destinada a entusiasmar a los oyentes por el amor a Estados Unidos. Shania Twain cedió los derechos de la canción a Hillary Clinton, aunque al parecer no sirvió de mucho. Siendo como es canadiense, sin embargo se hace claro que su estilo es cien por cien estadounidense.

Shania Twain es la única cantante femenina con  tres discos de diamante en Estados Unidos, y segunda cantante con más discos vendidos tras Celine Dion. Sin duda un éxito impresionante, en una carrera en la que prima el espectáculo visual y la fuerza sonora sobre todo.

Hoy me ha parecido interesante traer “Rock this country” y ver cómo la gente disfruta de estos espectáculos impresionantes que montan los americanos en sus shows. Se les puede criticar lo que se quiera, pero a la hora de hacer saltar a la gente de sus sillas no tienen parangón, y Shania Twain es sin duda una muestra evidente de ello.

Una música muy alejada de mi querida Sheryl Crow, pero no niego que en un directo con esta música hasta yo sería capaz de contagiarme de ese entusiasmo, e incluso hasta podría llegar a sonreír. Sin duda, un show cien por cien “country”, como la música de Shania Twain. Directo y al corazón, de eso no cabe ninguna duda.

 

Requiem: cuando Dios llama a nuestra puerta

Hay muchos directores de orquesta. Y hay muchos compositores. Pero cuando mezclas a Karl Böhm con Mozart, el resultado simplemente requiere de un nuevo concepto de lo que es musicalidad. Böhm fue un director de orquesta que supo llevar hasta el paroxismo cada nota que manaba de las partituras de Mozart, como si el gran compositor austriaco le susurrara al oído cada compás, cada tempo, cada momento de inspiración.

Esa es la grandeza de los grandes directores. Esta versión que traigo del Requiem de Mozart, y concretamente del “Confutatis” / “Lacrimosa”, denota una interpretación sublime, pero es el tempo, especialmente, el que se debe destacar. Si se oye esta pieza dirigida por otros directores, el tempo es algo más adelantado siempre. Böhm rebaja ligeramente ese tempo, y lo dota de más fuerza, de más tensión, de un poder inigualable. Hace que la grandeza de Requiem sea aún mayor.

Yo no sé si existe Dios, y no creo que nadie lo sepa a ciencia cierta. Dios es para mí un argumento al que nos afianzamos desesperadamente, para sostener nuestras vidas y nuestros miedos. Pero es cierto que, si Dios existe, creó a Mozart para que creara el Requiem, que es la música de Dios llevada al ser humano desde las puertas del tiempo y del espacio, de donde nacen los sueños de la humanidad. Y si Dios no existe, no existe ser capaz de llegar a contemplar la inmensa obra de Mozart, porque no hay ser humano que pueda abarcar cada nota, cada sentimiento, cada vibración de la música de Mozart. Y, especialmente, de su Requiem, la obra que define la música del universo.

Señoras y señores, con ustedes, un fragmento increíble del Requiem de Mozart. Suban volumen, cierren los ojos, y viajen por un momento al reino de Dios y de las estrellas. Merece la pena.

Qué original eres, Sheryl

Es miércoles, y esta entrada, que era para la semana pasada, quedó a la espera de mejor momento.  Ahí va.

Lo cierto es que Sheryl Crow puede darnos conciertos intimistas, suaves, de aquellos que notas cómo respiras el mismo aire que los músicos, en un ambiente cercano. Y luego, de pronto, Sheryl nos trae conciertos multitudinarios, llenos de luces y de fuerza. Espectáculo puro para miles de entusiastas que disfrutan en las sombras del poder de su música. Uno sale de este tipo de conciertos multitudinarios caminando sobre las nubes, y esa noche no toca dormir, toca irse con los amigos a un pub, a terminar la velada jugando al billar, hasta ver el Sol amanecer. Qué noches aquellas en las que no pisaba mi cuarto y me iba a trabajar directamente, para escándalo de mi madre.

Bueno, que me estoy desviando. El tema que traigo, “You’re an original” (Eres muy original), nos trae la esencia más pura de Sheryl Crow, con su sonido más clásico, pura fuerza y energía. El tema tiene un elemento fundamental, que es el rift de la guitarra, acompañado por el bajo, que se va repitiendo hasta llegar a los chorus. Ese rift dota al tema de una verdadera personalidad, siendo como parece muy sencillo, pero, como siempre, lo aparentemente sencillo guarda un secreto, que es la implicación que el oyente tiene nada más comenzar los primeros compases.

Un diez para el montaje del vídeo, muy adecuado, y muy bueno para ir contemplando detalles de los músicos, bien combinados con los planos generales. Rock del puro, del de ayer, del de hoy, del de siempre. Solo los grandes músicos saben hacer grande el directo. Y Sheryl reina como nadie en el directo.

Señoras y señores, con ustedes, Sheryl Crow.

“Horizons”, la maestría de Steve Hackett

 

Una de las piezas que acostumbran a aprender los estudiantes de guitarra es “Horizons”, de Steve Hackett. Formaba parte del primer corte de la cara B del disco “Foxtrot” del grupo de rock progresivo “Genesis”. Este disco lanzó sin ninguna duda al grupo a finales de 1972, comenzando una carrera de grandes éxitos.

Los alumnos aprenden esta pieza cuando ya tienen una maestría relativamente alta con la guitarra, ya que su interpretación requiere de una destreza y una habilidad que van más allá de los clásicos ejemplos con los que se suele iniciar el alumno.

Más allá de eso, “Horizons” es un portento de armonía, en el que la combinación de acordes y su desarrollo provocan un sonido completo y muy rico, con un tono claramente influenciado por piezas de música clásica, con inspiración en una pieza de Johann Sebastian Bach, concretamente la suite para violonchelo No. 1.

Al ser una pieza típica de aprendizaje en conservatorio, podemos encontrar innumerables interpretaciones de esta gran obra en Youtube. Yo he puesto la pieza original, y una de una artista que me ha parecido muy interesante. Cada cual dota a la obra de su propio espíritu y estilo, de eso no cabe ninguna duda. En el caso de la estudiante, se hace evidente alguna indefinición y problemas con el tempo, pero nada que la práctica no solucione.

Por lo demás, una pieza corta, que fue un éxito inmediato y que seguirá sonando durante mucho tiempo.

Versión Steve Hackett

Versión estudiante nivel medio

C’est La Vie, el sonido puro de Emerson, Lake & Palmer

Dentro de lo que se conoce como rock progresivo de los años setenta, uno de los grupos más rompedores y avanzados fue sin duda Emerson, Lake & Palmer (ELP). Con su sonido contundente, especialmente con el de aquellos maravillosos sintetizadores analógicos, ELP consiguieron un sonido nuevo y directo, con una energía que solo aquella tecnología podía dar.

Famosos fueron los teclados como el Mini Moog, que era monofónico, y que no tenía ni un solo chip digital en su interior. Todo el sonido nacía de la circuitería analógica, que generaba osciladores de onda que luego eran pasados por filtros analógicos, para conseguir aquel sonido tan especial y fantástico. Yo pude ver alguno en mis tiempos de juventud. Actualmente son un tesoro del coleccionismo.

Esta pieza que traigo aquí, “C’est La Vie” (es la vida), desde luego es especial, con una profundidad que, de nuevo, se consigue gracias a aquel sonido analógico. Ahora existen simuladores del Mini Moog, pero por supuesto, no es el sonido que daban aquellos cacharros llenos de una tecnología superada, es cierto, pero que marcó época, y abrió puertas a nuevas formas de expresión musical. Fantástico Keith Emerson en esta pieza, que nos dejó en 2016, al igual que Greg Lake, que también falleció en 2016, pero que vivirán siempre en la historia de la música.

Una obra maestra, que merece la pena escucharse en silencio y con calma.