Sheryl, desde la noche eterna hasta la luz infinita

¿Había hablado alguna vez de Sheryl Crow en estos miércoles musicales? Claro que sí. Y lo que me queda. Al fin y al cabo, Sheryl es la música que me acompaña en los mejores momentos de mi vida, que no son muchos, y en los peores, que son más frecuentes, pero lo son menos cuando conecto el iPod y ella empieza a sonar por los auriculares.

Si en otras ocasiones he descubierto a la Sheryl dura, la guerrera, la fortaleza, la que demuestra el poder, hoy traigo a la Sheryl dulce, serena, blanca, eterna. Es tal su poder de poder convocar la tormenta en una canción, y luego la calma y la brisa fresca en otra, que no me explico cómo puede conseguirlo. Supongo que los dioses a veces no tienen escrúpulos en dotar a un ser humano de sus poderes y su templanza.

Pero lo consigue. Consigue pasar desde la noche eterna hasta la luz infinita con una sola mirada. Y solo los grandes artistas son capaces de lidiar con los demonios de la noche un día, y con los ángeles de la mañana después.

Esa es Sheryl Crow. La luz de la música hecha voz. Y no diré más, porque no hay palabras para describirla. Dejemos que sea ella la que hable del amor. Porque ella es, ante todo amor.

Señoras y señores, con ustedes: Sheryl Crow.

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Nacidos para perder, cuando todo lo que queda es nada

Una de las canciones con la que me siento más identificado en la discografía de Joaquín Sabina es “Nacidos para perder”. Es una maravillosa composición literaria honesta, profunda, y directa, que nos lleva a recordar esos tiempos donde todo lo que teníamos eran sueños de juventud, demasiada inocencia, y ganas de soñar en sueños que nunca se harían realidad.

Ahí estaba yo, en clase de latín, con mi guitarra, cantando en latín unos versos de Ovidio. ¿Qué diablos hacía yo cantando a Ovidio en clase de latín? Había musicado unos poemas del famoso poeta romano, y se lo comenté al profesor de latín, que entonces trabajaba en su doctorado. El hombre no solo se sorprendió, sino que me pidió que de inmediato le hiciese una demostración. Y así fue; allá, en medio de la clase, saqué mi guitarra, y me puse a cantar en latín.

Ni qué decir tiene que el profesor estaba encantado de que alguien musicara esos versos latinos después de dos mil años escritos en las arenas de la historia, y los compañeros estaban encantados de no tener que soportar al profesor y sus explicaciones sobre la tercera declinación. Así pasamos aquella hora, con música en latín, unos versos antiguos, y un poco de diversión. Creo que Ovidio se asomó un momento por la puerta, para salir huyendo de nuevo hacia su descanso eterno.

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Ovidio escuchando aterrado uno de sus poemas musicados

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Decir adiós es un camino de aprendizaje

Hoy no es miércoles musical, pero no importa; si algo he aprendido en la vida, es a romper las reglas. Sobre todo las que uno se impone a sí mismo. Y hoy traigo a Cecilia, que nos enseñará a decir adiós con paz, y sin miedo.

Siempre es un buen momento para decir adiós. Es fácil sonreír en el encuentro, en la dicha, en la felicidad. Pero el alma se templa como el acero al rojo cuando hemos de decir adiós. Cuando hemos de dejar a aquel ser que tanto amamos, y que tanto nos amó. Las razones son muy diversas, pero llega un momento en el que decir adiós es lo único que queda de un amor que se tornaba eterno hasta el difícil final.

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Cecilia

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Moody Blues y el síndrome P.A.

Miércoles, así que toca música. De la entrada musical de la semana pasada, en la que hablaba de amores rotos, alguien podría quizás deducir que el autor de estas líneas pueda ser poco romántico, y que no creo en las relaciones sentimentales.

Es verdad que valoro la amistad por encima de todo, pero eso no significa que no haya un rincón en mí para la sensibilidad y los sentimientos, aunque es evidente que los años tamizan el corazón y transforman las almas a través de la vida. Y la música ha sido durante toda mi vida un canal de comunicación con mis sentimientos, que he proyectado hacia personas que han sido importantes para mí, por un motivo u otro. La música es la fuerza más directa y poderosa del universo, cuando se trata de arrancar una sonrisa o una lágrima a un ser humano.

Lo cierto es que todos tenemos esa canción que nos recuerda algún amor pasado, algún momento importante con alguna persona que era especial. Aquellos amores de juventud, que se caracterizan sobre todo por la pasión, la fuerza, y una alta dosis de locura. Ese amor puro, sincero, y juvenil, que te hace creer que eres el primer ser humano del planeta elegido para algo especial.

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Ahí estoy, con 16 años, y mi primera guitarra, que me habían regalado de novena mano, y que duraba afinada unos 30 segundos. El soporte del micro son dos palos de escoba.

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Piano man, el alma que buscaba soñar

Siempre me han gustado los ambientes decadentes. Y los mundos decadentes. Las vidas de las almas perdidas, de aquellos que buscaron el amor y la fortuna, y solo encontraron ignorancia y soledad, rechazo y olvido.

Los ambientes oscuros, cargados de olor a alcohol y a tabaco, y a lágrimas que lo envuelven todo, y que se pueden tocar manando de la pared. En un oscuro bar, de una ciudad oscura, un grupo de almas oscuras buscan refugio al calor de una noche, en la que pueden compartir sexo y abrazos, en una sucia cama donde olvidar, por un instante, que son mortales expulsados de un paraíso que no encontrarán jamás.

De eso trata este tema musical de 1973 que acompaña a esta entrada. “Piano man”, de Billy Joel, nos cuenta la historia de un grupo de almas en pena, con un pianista que vive los sueños de gran concertista que nunca llegarán, ahogado en su piano y en su cerveza, y rodeado de seres a los que alimenta con un sonido lento y monótono, pero lleno de vida. Una interpretación magistral, que tuvo una versión en español por parte de Ana Belén, que personalmente me parece de un nivel netamente inferior a la pieza original.

De algún modo, yo en una época pasada visitaba un lugar así, en mi antigua ciudad. El pianista era real, el inagotable Cristóbal, siempre vestido al estilo victoriano, y no exagero, con su cabello en cola, su larga gabardina, y su reloj de bolsillo. Era un pianista impresionante, profesor de piano, y un gran maestro. Nos deleitaba con piezas clásicas compuestas por él mismo, y yo me preguntaba dónde diablos habían huido los dioses, para dejar escapar tanto talento como rezumaba aquel hombre. También había conciertos de vez en cuando, y un ambiente en el que todos sabíamos que la revolución estaba cerca, y el mundo caería en pos de una sociedad mejor y más justa, donde se reconocieran nuestros sueños, y podríamos hacer realidad nuestros anhelos.

Luego abrimos la puerta, y la realidad lo inundó todo, ahogándonos para siempre en la desidia y el tedio.

Pero fueron buenos tiempos. Y pasé buenos momentos allá. Son esos recuerdos los que merecen la pena. Los grandes recuerdos de victorias que no fueron, y de almas perdidas que no volverán. Señoras y señores, con ustedes, Piano man. El hombre del piano.

El líder de la banda, un recuerdo a Dan Fogelberg

Hoy vamos a ponernos nostálgicos con Dan Fogelberg, un cantante y compositor de origen estadounidense que tuvo mucho éxito entre los años setenta a noventa, y que tiene un sonido puro y natural, con canciones profundas y muy cálidas.

Su muerte en 2007 me impactó sobremanera, porque me había acompañado muchos años cuando era joven, y siempre me reconfortaba escuchar su música y sus canciones. Su guitarra y sus melodías hablan de cosas sencillas, de gente sencilla, y de una vida cercana y en la que todos nos podemos ver reflejados de alguna manera.

Para esta entrada he elegido uno de sus temas más emblemáticos, “leader of the band” (líder de la banda) en la que recuerda a su padre. Ciertamente me siento muy identificado con esta canción, y mis recuerdos de mi padre se acercan mucho a lo que dice esta letra. Música de calidad, como siempre me gusta, sencilla y sin estridencias, cálida y directa al corazón. Con ustedes, Dan Fogelberg.

Leader of the band – Dan Fogelberg.

An only child
Alone and wild
A cabinet maker’s son
His hands were meant
For different work
And his heart was known to none

He left his home
And went his lone
And solitary way
And he gave to me
A gift I know I never can repay

A quiet man of music
Denied a simpler fate
He tried to be a soldier once
But his music wouldn’t wait
He earned his love
Through discipline
A thundering, velvet hand
His gentle means of sculpting souls
Took me years to understand

[Chorus:]
The leader of the band is tired
And his eyes are growing old
But his blood runs through my instrument
And his song is in my soul
My life has been a poor attempt
To imitate the man
I’m just a living legacy
To the leader of the band

My brothers’ lives were different
For they heard another call
One went to Chicago
And the other to St. Paul
And I’m in Colorado
When I’m not in some hotel
Living out this life I’ve chose
And come to know so well

Music break

I thank you for the music
And your stories of the road
I thank you for the freedom
When it came my time to go
I thank you for the kindness
And the times when you got tough
And, papa, I don’t think I
Said ‘i love you’ near enough

[Chorus:]

I am a living legacy to the leader of the band

Beverley Craven, cuando la dulzura es música

Hoy es martes, así que toca música. Bueno, era los miércoles, pero mañana ando ocupado con alguna reunión importante frente a la consola. Y, hablando de música, dentro de la música ligera, pocos artistas con la sensibilidad, la dulzura, y la pasión por la calidad se pueden encontrar como Beverley Craven, una compositora, pianista, y cantante británica, que obtuvo un gran éxito con su composición “Mollie’s Song”, dedicada a su hija.

Este vídeo no tiene mucha calidad, es antiguo, pero igualmente deja claro que Beverley Craven es una artista de gran nivel, con una música que personalmente me ayuda mucho cuando estoy escribiendo. Y es que un sonido así inspira y hace vivir y vibrar. Hace muchos años ya que la descubrí, y sigue pareciéndome una de las mejores intérpretes que ha dado Reino Unido. Merece la pena, sin ninguna duda.