El vacío que deja un libro

Aviso: este es un texto de carácter personal e introspectivo. No hablaré aquí de ciencia o de humanidades, sino de algunas sensaciones personales que recorren mi alma estos días. Este escritor no se hace responsable del dolor de cabeza que pueda sufrir al leer estas líneas, pero puede ofrecerle un gelocatil con agua si lo desea. Muchas gracias.

Ayer terminé de escribir la segunda parte de “Las entrañas de Nidavellir”, después de la revisión final. Queda ahora el proceso de retoques y ajustes, que llevará tres o cuatro días máximo, pero el trabajo está hecho. Luego, publicar el libro, y listo. Son, en total, 281.000 palabras, entre la primera y la segunda partes. Además, con este libro concluye lo que he denominado como “subsaga de Sandra”, que es esa señorita morena que suele aparecer en la parte superior del blog. Son, en total, ocho libros que explican su historia, y su búsqueda para recuperar a su padre, a lo largo de 700 años de su vida. Los libros no están escritos cronológicamente, y en este ella tiene 104 años.

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Soy de aquella generación

Soy de aquella generación que se mece entre el dolor de la generación del 98 y las vanas esperanzas de la generación del 27. Que vivió el sueño de libertad y solo fue eso, un sueño. Que nació tras una guerra cruenta que dividió al país, solo para recordarnos que las guerras no responden ante nadie excepto a la propia guerra.

Soy de aquellos que salieron a las calles cuando la democracia era incipiente, que fue acusado de hablar de libertad y de tener sangre de aquellos que dejaron su tierra por la libertad. Soy de los que soñaron que el hombre y la mujer eran realmente iguales, no porque lo diga un papel o una ley, sino porque nos han enseñado que la igualdad comienza cuando se le da el pecho al niño, y acaba cuando nadie es medido o juzgado por razón de sexo, como tampoco de color, de credo, de raza, o de nacimiento.

Soy de los que leía emocionado a Alberti, a Lorca, a Machado, y no porque me lo impusieran las normas, sino porque mi mente no podía dejar de navegar entre los sueños y anhelos de una generación rota por el sonido de las armas y los fusilamientos.

Soy de los que lloraba cuando leía a aquellos poetas, y viajaba con ellos por sus penas, por su dolor, por sus miserias, por su camino hacia una tierra que les era extraña, pero que de todas formas les acogió con amor y cariño. Que no los recibió como extraños, sino como hermanos. Que no les dio una migaja de pan para saciar el hambre, sino la oportunidad de poder construir otro sueño allende los mares.

Soy de los que miraba a lo lejos al horizonte, pensando en cuantos recuerdos flotan en las aguas de los mares del mundo, azotadas por una guerra que envolvió al mundo, y que enseñó que la lucha por la libertad tiene un alto precio, y que esa libertad se pierde al menor signo de rabia, de ira, y de xenofobia. Y cuando la libertad se ha perdido, ¿qué nos queda? Silencio. Dolor. Y muerte.

Soy un alma perdida en mis pensamientos. Ese soy yo. Un mar de recuerdos. Un mar que quiere recordar a aquellos que se fueron. Y eso hago ahora. Y eso haré siempre. Por ellos. Y por sus recuerdos, que son ahora nuestros.

Solo los muertos han visto el final de la guerra

Todos estamos de acuerdo en una cosa: la guerra es la peor creación que jamás pudo imaginar el ser humano. La mayor de las pesadillas, y la más terrible invención llevada nunca a cabo. Las guerras lo devoran todo, acaban con todo, y no dejan sino un dolor infinito, que dura generaciones.

Creo que cualquier ser humano estará de acuerdo en que cualquier medio para evitar una guerra es mejor que iniciarla. Porque las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca se saben cómo acaban.

De acuerdo. Entonces ¿por qué han muerto el doble de seres humanos desde 1945, cuando acabó la segunda guerra mundial, que en toda aquella guerra, incluidas las víctimas de las bombas atómicas? ¿Por qué las ventas de armas de todo tipo no dejan de crecer? ¿Por qué tenemos que ver a millones de refugiados huir de sus hogares por armas que fabrican nuestros propios países, y que vendemos a dictadores sin escrúpulos, llevándonos suculentos beneficios, para luego acusar a las víctimas provocadas por nuestras propias armas de ser los culpables de sus desgracias?

La respuesta es muy sencilla: hipocresía. Y avaricia. Y falta de cualquier atisbo de humanismo. Y geoestrategia, como ellos lo llaman eufemísticamente, cuando no se trata de geoestrategia: se trata del control, del poder, y de mantener el statu quo de los pueblos que, en cada momento de la historia, han sido los más poderosos, desde Sumeria hasta la actualidad.

Mucha gente, afortunadamente, no sabe lo que es la guerra. Y ojalá no lo sepan nunca. Pero son muchos, demasiados, los seres humanos indefensos que son brutalmente asesinados cada día en nombre de cualquier causa que solo esconde una verdad: que la única causa para provocar la guerra es alimentar al monstruo de la guerra. Y que la muerte de inocentes no tiene otra finalidad que seguir llenando los bolsillos de seres monstruosos cuya carencia de humanismo es solo comparable a la que podríamos encontrar en el mismo infierno.

La guerra es un monstruo que lo devora todo. Pero la guerra no existe por sí misma; se alimenta de la indiferencia y del ansia de poder.

Todos estamos de acuerdo en que la guerra es el peor monstruo de la humanidad. Pero todos vemos crecer nuevas guerras a nuestro alrededor. No se trata de llevar alimentos a un país o a otro, o de admitir a este o a aquel refugiado. Esa es una solución temporal. Lo que hay que llevar a todos los países del mundo es cultura, educación, formación, respeto, igualdad, y conocimiento.

Con ese caldo de cultivo, los pueblos podrán tener pan, agua, futuro, y una paz duradera. Recordemos que los muros siempre funcionan en ambas direcciones. Los de piedra, y, especialmente, los que se construyen en el corazón de los seres humanos. Porque esos, son, al final, los muros más difíciles de derribar. Y esos muros son los que construyen las armas que luego llevan el dolor a la humanidad. Derribemos esos muros; y tendremos, por fin, paz. Paz, y una justa y eterna libertad.

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“No quiero creer. Quiero saber” (C. Sagan)

La frase de la semana es de Carl Sagan, que ya he traído a La cocina de Sócrates en alguna ocasión. Refleja perfectamente el modo de trabajar de una mente científica: no creas nada, reflexiona todo, analiza los datos, y obtén conclusiones basadas en hechos empíricos.

Cuando nos dan información de algo, por ejemplo en Facebook, lo creemos inmediatamente. Constantemente llegan noticias falsas. Debemos ser analíticos y considerar si aquello o esto es cierto o falso.

Efectivamente, yo, como Sagan, no quiero creer. Quiero saber. Quiero entender. Quiero conocer los secretos del universo. No quiero que me los cuenten para que deba creerlos sin más. Quiero verlos por mí mismo. 

Quiero mirar a través del telescopio de la razón y el conocimiento y entender cómo y por qué existe el universo,su naturaleza, su pasado, y su futuro. Que no me vengan con historias imaginarias y que solo pretenden que deje de preguntarme una cosa: por qué.

Por ejemplo, una pregunta sencilla y trivial: ¿por qué existe el universo? ¿Podremos saberlo algún día? Con la ciencia, la reflexión, y el estudio, es posible. Con la ignorancia y el conformismo no lo sabremos nunca.Yo voto por la ciencia y por la reflexión. Ese es el objetivo de mi vida. Y a eso entrego mi esfuerzo cada día.

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Doña Sonrisa

Llega sonriente, como siempre. Sus espaldas cuentan algunos más de ochenta años. Yo la llamo Doña Sonrisa, porque siempre tiene un gesto amable, una sonrisa dulce, una mirada de cariño. Arrastra el carrito mientras entra en el supermercado, con cuidado, no sea que tropiece con algo. Lo deja en su sitio, y toma una bolsa de plástico.

No llena muchas cosas, porque ni el bolsillo ni los sueños están ya para sustos, ni mucho menos el cuerpo, que aguanta bien con unas ensaladas, unos tomates, quizás algunas manzanas, y, con un poco de suerte, alguna compañía con la que compartir el momento. Se arrastra por los pasillos mientras la observo, y mira detenidamente lo que necesita, porque sus gafas son casi inútiles para distinguir los textos.

Finalmente, se acerca a la caja. Extrae poco a poco los alimentos, y los deja sobre la mesa de acero. La cajera sonríe y saluda, y ella saluda de nuevo. La cajera le cuenta los pocos parabienes que se lleva a casa, y luego, la señora extrae poco a poco y con calma de su bolso el dinero.

La cajera lo cuenta; le da de más, como siempre. Le mete lo que sobra en el bolso, y le ayuda con las bolsas de plástico. La señora va a por su carrito, lo abre lentamente, y mete las bolsas dentro. Finalmente, con sumo cuidado, saca el carrito por la puerta, y se va como siempre, sonriente, colgada de algún sueño pasado, y soñando con que ese no sea su último invierno. Es hora de ver la tele, o de escuchar la radio, o de pasear con algún nieto quizás, si es que queda alguien que quiera pasar un momento con doña Sonrisa, la dama del corazón eterno.

Yo me voy también con lo mío. Pero ella estará, para siempre, en mis pensamientos.

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Del éxito al fracaso, pasando por la experiencia

La frase de la semana es de Niels Böhr, el padre de la mecánica cuántica en muchos sentidos (es una paternidad compartida en todo caso, donde él fue un elemento clave).

En un mundo donde parece que el fracaso no se admite, se persigue, y se critica duramente, y en donde nos exigen siempre lo mejor de lo mejor cada día, Böhr nos dice claramente que fracasar no solo es una opción; es además una necesidad. Fracasar nos permite valorar los errores, medirlos, cualificarlos y cuantificarlos, y someterlos a nuestra crítica personal, que ha de ser siempre la primera, la más dura, pero también la más abierta.

Por supuesto que nadie quiere fracasar. Pero el camino al éxito, si este llega, está plagado de fracasos que nos han ayudado a comprender qué pasos hemos de dar. Cuando alguien vive el éxito, mucha gente quiere imitar ese éxito; no saben que esa persona antes tuvo que pasar, casi siempre, un calvario de fracasos y de decepciones. Y, sin embargo, no cejó en su empeño.

Una cosa es importante: el fracaso no garantiza el éxito, por supuesto. Muchas veces no triunfaremos en ningún caso. Pero eso es también un triunfo, si comprendemos por qué ha ocurrido. Ahora bien, el éxito casi nunca está aislado del fracaso. Ambos van de la mano, y ambos se necesitan.

También es importante valorar qué es éxito y qué es fracaso. Si quieres vender mil unidades de algo y lo consigues, habrás triunfado. Si eran un millón, habrás fracasado. ¿Eras realista en tu cálculo? No pretendas crear imposibles. Sé realista.

Examina tus posibilidades. Escucha las críticas. Razona tus pensamientos, y sé extremadamente sincero contigo mismo. La jactancia, la presunción, la arrogancia, solo te harán fracasar hasta el infinito. Sé modesto, y sé claro, y puede que triunfes un día. Puede. No es seguro. Pero habrás iniciado el camino, eso sí puede garantizarse, sin ninguna duda.

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Extracto de “Las entrañas de Nidavellir I: la nave”

Una reflexión de Scott, sin duda uno de los personajes más controvertidos de la saga Aesir- Vanir. Scott es ese tipo de personajes del que los lectores te preguntan de qué va, quién es realmente, qué pretende, o cuáles son sus intenciones.

Sin duda, tiene un plan, y sin duda, es un personaje especial. En todo caso, será con la lectura de la saga que el lector podrá sacar sus propias conclusiones. Que no necesariamente tendrán que coincidir con las de los demás. Por eso, especialmente, se puede decir que Scott es, sin duda, un personaje controvertido.

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