El abogado del diablo, fragmentos de mi juventud

¿Deprimido por el confinamiento y la cuarentena? ¿Frustrado? ¿Rastros de ansiedad? No se preocupe; según muchos psicólogos, más de diez días de cuarentena comienzan a tener mella en muchas personas. Así vemos a una legión de terapeutas tratando casos de gente con dificultades para adaptarse a esta situación. Por no hablar de aquellos que tienen niños. Y sin entrar en los durísimos casos que muchas familias están viviendo con familiares enfermos.

Para mí el virus es nuevo. El aislamiento, la frustración, la soledad, no lo son. Y he creído interesante traer aquí un texto de mi juventud, cuando tenía algo más de treinta años. Es un texto corto, sencillo, que da una idea de lo que es vivir en un eterno momento de frustración ante la certidumbre de que estás atrapado, controlado, incluso, poseído.

Es un texto de mi juventud en clave de humor, pero que fue resultado de la frustración de ver cómo la humanidad cae siempre, una y otra vez, en los mismos errores, y en los mismos horrores. Y, como siempre digo, la literatura no muestra ficciones inventadas, sino ficciones que nacen de la realidad de sus autores. Y que son convertidas en escenarios, personajes, y guiones. Hasta el texto de ficción más descabellado nace de una pesadilla real y vivida por el autor. Puede que no lo sepa, porque está en su subconsciente. Pero nada se crea de la nada. Todo tiene un origen. Hasta el cielo y el infierno tuvieron su forma real una vez.

Eso se refleja en este texto, al que di en llamar “El abogado del diablo”. Espero que les guste. Muchas gracias.

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Un mundo nuevo

Vuestras guerras, nuestros muertos.
Vuestras victorias, nuestras derrotas.

Vuestras medallas, nuestras tumbas.
Vuestros discursos, nuestros epitafios.

Vuestras balas, nuestra carne.
Vuestros dioses, nuestros demonios.

La senda está llena del dolor de nuestros antepasados,
de la sangre de nuestro presente que muere,
y de un futuro incierto que todo el mundo llora y teme.

Pero nos alzaremos con la fuerza
que nace de nuestros sueños,
y reclamaremos lo que es nuestro.

Un lugar donde encontrar esperanza
y donde crear un mundo nuevo
partiendo de cero.

Un mundo nuevo, un mundo bueno,
un mundo donde todos tengan cabida.
Porque mientras un solo ser humano sea esclavo
todos seremos esclavos.

Y, mientras un solo ser padezca sed de justicia
todos viviremos ahogados en el frío del odio.

Un mundo nuevo. Un mundo bueno.
Un mundo de paz eterno.

Vuestros odios, nuestros lamentos.
Vuestro cielos. Nuestro infierno.

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El blog cuando ya no existe bloguero: destino y final

Vivimos en una sociedad que nos enseña desde pequeños, demasiadas veces, que somos inmortales. Que no hay peligro, que todo está bien, y que todo va a ser eterno. Pasamos muchas veces nuestra juventud pensando que no va a acabar nunca, aunque sepamos que así es, y vivimos incluso los cuarenta y cincuenta con aquello de “persona de edad media”.

Pero la realidad se impone, y hemos de entender que, en cualquier momento, podemos dejar este mundo. Ese es un tema que se trata poco, o nada, en las sociedades occidentales actuales. Es un tabú, y se esconde como si fuese algo malo, algo a evitar.

Cuando llega un momento en el que tenemos que enfrentarnos a esa realidad, muchos no están preparados, y vienen entonces los nervios, la tensión, el sufrimiento. Porque morir siempre es desagradable, siempre es terrible, pero siempre estará ahí ese momento, que llegará tarde o temprano. Aceptarlo o no es algo secundario ante la realidad. Entonces, ¿qué hacer con nuestro legado? ¿Con nuestro trabajo literario, con nuestros ensayos y escritos?

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Fenrir, el monstruo-lobo que devorará el universo en el Ragnarok; hasta los vikingos eran conscientes de que todo tiene un final.

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Literatura y arte: definiendo la relatividad del éxito

Hoy vengo con una nueva reflexión que se ha ido acumulando en mi mente estos días pasados, y que tiene que ver con ese mundo absurdo y loco en el que vivimos, donde el presente continuo es el tiempo verbal preferido por millones de seres humanos. Decía Groucho Marx:

“Paren el mundo que me bajo”.

Yo les invito a bajar, y reflexionar, sobre la condición humana, y eso que llamamos éxito.

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Vamos a ser como Neo, y a parar el tiempo de este mundo absurdo que se mueve a la velocidad de la luz, para reflexionar, aprender, y razonar.

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Mundos de ayer y de hoy

Nota: este texto es una introspección personal.

Uno de los signos más claros de que estoy en la etapa final de mi vida es el comportamiento de la gente a mi alrededor. En el tren, o en el metro, la gente se ofrece amablemente a cederme su asiento. Dos veces me ha ocurrido recientemente, y en la segunda han insistido tanto que casi me he visto obligado a aceptar.

Han pasado los años, y eso se ve y se nota, y quizás yo tenga una parte de responsabilidad, por haber vivido tantos años. Si me hubiese muerto, digamos, con cuarenta años, no habría tenido que pasar por esta situación de ver cómo me ceden el asiento. Pero no me morí con cuarenta años, y ahora estoy terminado y decrépito. Las veces que he pasado por el hospital y las tres ocasiones en las que casi dejé este mundo no ayudan, es evidente.

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Las estrellas son el camino para encontrarnos con nosotros mismos, mirarlas es mirar nuestro pasado, y nuestro futuro

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Solo cenizas lanzadas por el viento al cosmos

Es miércoles musical, que llevaba tiempo sin atender esta meta.

Si algo aprendí de la generación del 98, y de libros como “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja, o “San Manuel bueno, mártir” de Miguel de Unamuno, es que la religión puede explicarme lo que quiera, y prometerme lo que quiera. Sin embargo, fue el existencialismo, más que cualquier materia científica, el que me ayudó a comprender que somos un momento en la historia del universo. Y me enseñó a aceptarlo, con todas sus consecuencias. Ese es el primer paso, que no el último, para alcanzar la sabiduría.

Porque entender nuestro sitio en el universo, y nuestra naturaleza real, es la base para luego poder comprender todo lo demás. Si empezamos por no aceptar nuestro sitio en el universo, difícilmente podremos aceptar el sitio que ocupan los demás elementos de la vida, de la naturaleza, de la galaxia, y de todo cuanto nos rodea.

A veces bromeo con mi hermana, diciéndole que, el día que me jubile, buscaré la motosierra más potente, y partiré el maldito ordenador en mil trozos, para lanzarlos a un contenedor, viendo cómo se lo lleva el camión de la basura. Llevo demasiados años delante de una pantalla.

Pero eso es solo una fantasía.

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Escritores, maremotos constantes de tensión, pasión, depresión y tormento, sueños y pesadillas de las que nacen nuestras leyendas, nuestros textos

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Razones para seguir creyendo en la democracia

Cuando escribo estas líneas falta un día para una votación en España que es peculiar en diversos aspectos. Aparte de la aparición de nuevos partidos, el hecho de que se presente con fuerza un partido de extrema derecha ha trastocado todos los planes de las estrategias llevadas a cabo por los dirigentes políticos.

Yo siempre he sido muy respetuoso con toda idea política, de derechas o de izquierdas, y exijo a los líderes políticos de todos los partidos que, igualmente, sean respetuosos con los adversarios en las votaciones. Lo exijo porque democracia es diferencia. Y, como dijo Winston Churchill:

“La democracia es la menos mala de las formas de gobierno”.

Y tenía razón. La democracia no es perfecta, y podemos ver también las palabras de un antiguo senador de Roma del siglo I a.C.:

“Prefiero la más corrupta de las democracias a la más perfecta de las dictaduras”.

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Votar es opcional en España, pero no votar es la opción que nos dice que nos hemos rendido al sistema. Y cuando el sistema sabe que nos hemos rendido, el sistema toma las decisiones que nosotros no hemos tomado

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