Sigo adelante, a pesar de todo

Advertencia para el lector: esta es una nota de reflexión personal, sin contenido más allá de mis pensamientos e ideas sobre el blog y sobre la vida.

Falta poco para que este blog llegue a los seiscientos artículos, y a las 30.000 visitas. También puedo constatar que el número de visitantes ha ido creciendo paulatinamente, y de hecho a finales de julio había tenido tantas visitas como todo el año 2016.

Muchos de los que vienen son turistas ocasionales, navegantes de Internet que visitan la página para una sola lectura, y ya no vuelven. Pero otros muchos, cada vez más, veo que se animan a leer otros artículos relacionados con el tema que les interesa. Otros son lectores habituales, que gustan de pasarse por aquí de vez en cuando. Todos ellos contribuyen a que la existencia de este blog merezca la pena, y me animan a seguir escribiendo. Por todo ello, y a todos ellos, solo puedo decir dos palabras: muchas gracias.

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“Nunca interrumpas a alguien que está haciendo lo que dijiste no era posible” Amelia Earhart.

Soy consciente también de que la variedad de temas puedan confundir a unos, porque tan pronto hablo de cómo escribir una novela como de física cuántica. Esta dualidad sobre temas no la he adquirido yo, por supuesto. Se la debo a alguien. Concretamente, a mi padre espiritual y mi guía como ser humano. Ese alguien es Isaac Asimov, un hombre que gustaba de tocar todo tipo de temas, y que tiene varios miles de artículos de todo tipo. Por no hablar de sus impresionantes logros como escritor de ciencia ficción.

Yo no le llego ni a la suela del zapato, pero eso no significa que no me esmere en seguir su camino, su senda, sus enseñanzas, su estilo. Creando mi modelo, por supuesto, pero inspirándome siempre en mi gran maestro, en el hombre que hizo que dejara un mundo perdido en la nada, y me llevara por el camino del aprendizaje, y del conocimiento.

Porque yo era, como se dice popularmente, un “bala perdida” de joven. Sin destino, sin metas, fui al ejército como voluntario, firmé unos papeles para una unidad especial en la que me dijeron que me convertiría en un héroe y que viviría grandes aventuras, y yo me lo creí, porque no tenía criterio para reflexionar ni para pensar. Aquello me llevó a sucesos que marcaron mi vida, y salí de allí, también como se dice popularmente, “escaldado” y salvándome de tener problemas muy graves “por los pelos”.

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Este blog, y estos libros que he escrito, y esta saga que espero terminar, son mi vida. Sí, tengo un trabajo, incluso un proyecto personal dentro de mi terreno, la informática, que es de lo que vivo. Pero este blog, estos escritos, estos libros, y estos lectores, son mi vida. A ellos me debo, y ellos son el motivo último de mi existencia. Por eso, porque están ahí esos lectores, yo me siento realizado, como escritor, y como persona.

He estado a punto de perder la vida tres veces, por circunstancias completamente distintas en cada caso. Sin embargo, parece que en ninguno de esos casos era mi hora. Algunos me dicen que es por decisión divina, que yo me iré cuando me toque. Yo no tengo esa fe, pero tampoco me voy a quejar de seguir en este mundo. Espero poder terminar los cuatro libros que me quedan, y dejar la saga completada y terminada. Ese es mi sueño, que espero poder completar.

Otro elemento fundamental de mi vida es la aviación. No soy piloto, pero sí vuelo en simuladores de vuelo avanzados, y he tenido el honor de poder enseñar a algunos pilotos a aprender a amar la aviación. Pero ese tiempo pasó, y ahora la aviación sigue siendo mi pasión, pero de un modo más tranquilo y personal. Eso sí, una vez pude probar las mieles de lo que es volar en un reactor, pero eso es algo que explicaré otro día si a alguien le puede interesar. No es algo de lo que me guste hablar, no por el hecho en sí, sino por las circunstancias que rodeaban aquellos tiempos difíciles, en los que dejé una parte importante de mi vida, y perdí lo que daba sentido a esa vida. En aquellos tiempos me pusieron un mote curioso, que luego usé durante unos años, pero que prefiero no recordar ahora.

Por lo demás, se acercan las navidades, y tengo una pequeña broma pensada para el 28 de diciembre, precisamente relacionada con la aviación. Algo inocente y divertido, y que esconderá una crítica a ciertas ideas de ciertas personas que quieren ver conspiraciones en todas partes. Algo relacionado con los “chemtrails”. Espero que sirva para sacar una sonrisa al lector.

Y por cierto, aunque les felicitaré la navidad como se merecen, ya de entrada espero que este 2018 sea un gran año para todos. Para mí lo ha sido este 2017. Sobre todo porque sigo vivo. Y cuando la vida es lo que te queda por perder, uno aprende a valorarla como se merece.

Viva. Vivamos. Seamos conscientes de que estamos vivos. Y vivamos esa vida plenamente. Ese es el motivo que debe movernos hoy, mañana, en 2018, y durante toda nuestra vida. Luego podemos buscar otros argumentos. Pero no olvidemos ese primero. Merece la pena. Se lo aseguro.

Muchas gracias a todos, y un abrazo.

 

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Mi país es el infinito

Mi país es el infinito. Y mi momento es ahora. No porto banderas ni estandartes. No creo en dioses que ocultan el miedo del ser humano al futuro y a su confianza en sí mismo.

Mi único compromiso es con la verdad y el conocimiento. Mi único enemigo, la ignorancia y la arrogancia. Y mi camino es un océano infinito donde no existen las fronteras.  Puedo caminar junto a miles, o puedo caminar solo. Pero nadie adoctrinará mis pensamientos, ni mis ideas.

Cuando marches, no andes el camino; sé tú mismo el camino. Abre nuevas rutas por ti mismo, y verás cosas que nadie ha visto. Ese es mi sueño. Esa es mi meta.

Mi frontera es simple: romper fronteras.

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Vamos a compartir cromos, y un futuro mejor para todos

Cuando era pequeño, los chavales coleccionábamos cromos, algo que también se hace ahora, aunque ahora son casi siempre digitales. Aquellos eran de papel, y se pegaban con pegamento en pequeños libros, donde había que ir coleccionando cada uno de ellos, hasta completar el álbum.

En el autobús, de camino al colegio, o en el patio, intercambiábamos cromos. Pero atención, no todos los cromos valían lo mismo. La empresa que los fabricaba sabía y conocía la ley de la oferta y la demanda, y fabricaba más de unos tipos, y menos de otros. Finalmente, algunos eran muy difíciles de encontrar, y podíamos dejarnos una buena cantidad de dinero comprando sobres, hasta dar con el preciado cromo casi imposible. Si alguien lo tenía repetido, tenía un tesoro en sus manos. Podíamos darle hasta tres o cuatro canicas, pero no cualquier canica, de las de cristal con dibujos dentro, todo un tesoro del que nos desprendíamos para conseguir el preciado cromo.

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El mundo se mueve así. Todo es intercambio, y hay más recursos de un tipo que de otro, y cuantos más chicos interveníamos en ese intercambio, mayor cantidad de posibilidades de que todos acabásemos con nuestros libros de cromos completos. Un tesoro de un valor incalculable. Con aquello aprendimos que terminar una obra lleva tiempo, cuesta dinero, cuesta un esfuerzo, y requiere el intercambio de cuantos más coleccionistas mejor. En definitiva, aprendimos que, cuanto mayor es un mercado, y cuanto más dinámico es, mayores posibilidades de obtener triunfos. Además, aprendíamos en el camino. Había una colección llamada “El por qué de las cosas” que explicaba cosas curiosísimas, como que Marte era un planeta, o que el Sol era realmente una estrella. ¡Maravilloso! En muchos nacía el interés por la ciencia y la naturaleza.

Hoy en día, al parecer, los países quieren coleccionar sus álbumes encerrados en ellos mismos. Quieren comprar sus cromos ellos solos, no compartirlos, y no admitir los cromos de otros, aunque en muchas ocasiones, esos otros tengan los cromos que nos faltan. Pero esos países no admiten esos cromos, porque vienen de fuera. Son “extranjeros”, y aunque les demuestres que tus cromos son tan válidos para terminar el álbum como los cromos del otro, muchos países han decidido dejar de compartir cromos. Creen, en una falacia absurda, que tiene más valor terminar de rellenar el álbum sin ayuda. No saben que las posibilidades de rellenar el álbum sin ayuda de otros compañeros es muy difícil, y que, si se consigue, el coste va a ser enorme.

Compartir riqueza, conocimientos, e ideas, entre pueblos de todo el mundo, permite a cada país crecer de forma armónica y constante. Tender puentes entre pueblos ayuda a desarrollar nuevas ideas, porque cada parte aporta su visión concreta de un problema, y, entre todos, un problema determinado se soluciona antes, en menos tiempo, con menores costes, y con mejores resultados.

¿Por qué no se hace así, entonces? Porque los niños-países se han vuelto egoístas y egocéntricos. Les han explicado que los cromos auténticos son los suyos, y los otros, imitaciones sin valor, simplemente, porque vienen de fuera. Les han explicado que hay que hacer las cosas solos, sin ayuda, sin compartir nada, sin buscar una mano de fuera que pueda aportar lo que nos hace falta.

Tenemos que cambiar eso. Tenemos que convencer a esos niños-países que intercambiar cromos es una buena idea. Que los álbumes se han de rellenar con el menor esfuerzo posible, y el menor coste posible. Y eso solo se consigue hablando con los demás, y viendo sus cromos, y mostrando los nuestros. Entonces, todos tendremos nuestros álbumes terminados, y podremos disfrutar de una obra construida entre todos.

Volvamos a los cromos compartidos. Y construiremos un mundo mejor para todos. Dejemos los muros y las alambradas. Tendamos puentes de intercambio de ideas y sentimientos. Ganaremos todos. No perderá nadie. Y mostraremos nuestro álbum de cromos con orgullo.

No creo que sea tan difícil. Lo hacen difícil, pero no es así. Nos quieren engañar con que compartir no es bueno. Con que hay que ser autosuficiente. Mentira. Somos más cuando más somos. Somos más cuando más abrimos nuestras ideas y nuestros sueños a otros, y otros hacen lo mismo con nosotros. En un mundo unido que comparte un futuro común y mejor para todos.

Vamos a compartir cromos. En el patio. En el autobús. Y en la vida. Ese es mi sueño.

Un mundo azul perdido en la inmensidad

Esta imagen que hoy traigo es una imagen real del sistema Tierra-Luna visto desde Marte. La imagen está tomada desde una sonda que orbita el planeta rojo.

En la imagen, es evidente, no se ven fronteras, ni banderas, ni países. Solo un mundo azul pálido que flota en una inmensidad casi infinita. Un mundo delicado, precioso, único, lleno de belleza, y de vida. Un mundo que es el hogar de millones de especies, y de una especie en concreto que se ha autoproclamado, con gran orgullo y jactancia, como la cumbre de la evolución. Una especie que lucha por unos pedacitos de terrenos en inútiles afrentas eternas que siegan miles de vidas inocentes.

Todo ese dolor debe acabar. Tiene que acabar. Somos mucho más. Debemos ser mucho más que un mundo dividido por diferencias absurdas. Somos un solo pueblo, somos una única expresión de la vida, con miles de expresiones, de formas,de lenguas, y de historia, todas ellas maravillosas. Todas ellas increíbles. Y todas ellas merecedoras de ser cuidadas. Pero solo unidos, juntos, mano a mano, podremos construir un mañana mejor para todos.

O permanecemos unidos para crear un mundo mejor, o nos extinguimos por separado, y dejamos paso a una nueva especie que pueda encontrar una oportunidad para liderar un futuro mejor para la Tierra. Es nuestra decisión. Y el tiempo no es infinito.

Demos una oportunidad a la paz. Demos una oportunidad a la vida. Demos una oportunidad al futuro de la humanidad. Merece la pena. El futuro se escribe en este mundo azul, y se proyecta hacia las estrellas.

Demos una oportunidad a la paz. Solo se pide eso. No se pide nada más.

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La Tierra y Luna desde Marte

El vacío que deja un libro

Aviso: este es un texto de carácter personal e introspectivo. No hablaré aquí de ciencia o de humanidades, sino de algunas sensaciones personales que recorren mi alma estos días. Este escritor no se hace responsable del dolor de cabeza que pueda sufrir al leer estas líneas, pero puede ofrecerle un gelocatil con agua si lo desea. Muchas gracias.

Ayer terminé de escribir la segunda parte de “Las entrañas de Nidavellir”, después de la revisión final. Queda ahora el proceso de retoques y ajustes, que llevará tres o cuatro días máximo, pero el trabajo está hecho. Luego, publicar el libro, y listo. Son, en total, 281.000 palabras, entre la primera y la segunda partes. Además, con este libro concluye lo que he denominado como “subsaga de Sandra”, que es esa señorita morena que suele aparecer en la parte superior del blog. Son, en total, ocho libros que explican su historia, y su búsqueda para recuperar a su padre, a lo largo de 700 años de su vida. Los libros no están escritos cronológicamente, y en este ella tiene 104 años.

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Soy de aquella generación

Soy de aquella generación que se mece entre el dolor de la generación del 98 y las vanas esperanzas de la generación del 27. Que vivió el sueño de libertad y solo fue eso, un sueño. Que nació tras una guerra cruenta que dividió al país, solo para recordarnos que las guerras no responden ante nadie excepto a la propia guerra.

Soy de aquellos que salieron a las calles cuando la democracia era incipiente, que fue acusado de hablar de libertad y de tener sangre de aquellos que dejaron su tierra por la libertad. Soy de los que soñaron que el hombre y la mujer eran realmente iguales, no porque lo diga un papel o una ley, sino porque nos han enseñado que la igualdad comienza cuando se le da el pecho al niño, y acaba cuando nadie es medido o juzgado por razón de sexo, como tampoco de color, de credo, de raza, o de nacimiento.

Soy de los que leía emocionado a Alberti, a Lorca, a Machado, y no porque me lo impusieran las normas, sino porque mi mente no podía dejar de navegar entre los sueños y anhelos de una generación rota por el sonido de las armas y los fusilamientos.

Soy de los que lloraba cuando leía a aquellos poetas, y viajaba con ellos por sus penas, por su dolor, por sus miserias, por su camino hacia una tierra que les era extraña, pero que de todas formas les acogió con amor y cariño. Que no los recibió como extraños, sino como hermanos. Que no les dio una migaja de pan para saciar el hambre, sino la oportunidad de poder construir otro sueño allende los mares.

Soy de los que miraba a lo lejos al horizonte, pensando en cuantos recuerdos flotan en las aguas de los mares del mundo, azotadas por una guerra que envolvió al mundo, y que enseñó que la lucha por la libertad tiene un alto precio, y que esa libertad se pierde al menor signo de rabia, de ira, y de xenofobia. Y cuando la libertad se ha perdido, ¿qué nos queda? Silencio. Dolor. Y muerte.

Soy un alma perdida en mis pensamientos. Ese soy yo. Un mar de recuerdos. Un mar que quiere recordar a aquellos que se fueron. Y eso hago ahora. Y eso haré siempre. Por ellos. Y por sus recuerdos, que son ahora nuestros.

Solo los muertos han visto el final de la guerra

Todos estamos de acuerdo en una cosa: la guerra es la peor creación que jamás pudo imaginar el ser humano. La mayor de las pesadillas, y la más terrible invención llevada nunca a cabo. Las guerras lo devoran todo, acaban con todo, y no dejan sino un dolor infinito, que dura generaciones.

Creo que cualquier ser humano estará de acuerdo en que cualquier medio para evitar una guerra es mejor que iniciarla. Porque las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca se saben cómo acaban.

De acuerdo. Entonces ¿por qué han muerto el doble de seres humanos desde 1945, cuando acabó la segunda guerra mundial, que en toda aquella guerra, incluidas las víctimas de las bombas atómicas? ¿Por qué las ventas de armas de todo tipo no dejan de crecer? ¿Por qué tenemos que ver a millones de refugiados huir de sus hogares por armas que fabrican nuestros propios países, y que vendemos a dictadores sin escrúpulos, llevándonos suculentos beneficios, para luego acusar a las víctimas provocadas por nuestras propias armas de ser los culpables de sus desgracias?

La respuesta es muy sencilla: hipocresía. Y avaricia. Y falta de cualquier atisbo de humanismo. Y geoestrategia, como ellos lo llaman eufemísticamente, cuando no se trata de geoestrategia: se trata del control, del poder, y de mantener el statu quo de los pueblos que, en cada momento de la historia, han sido los más poderosos, desde Sumeria hasta la actualidad.

Mucha gente, afortunadamente, no sabe lo que es la guerra. Y ojalá no lo sepan nunca. Pero son muchos, demasiados, los seres humanos indefensos que son brutalmente asesinados cada día en nombre de cualquier causa que solo esconde una verdad: que la única causa para provocar la guerra es alimentar al monstruo de la guerra. Y que la muerte de inocentes no tiene otra finalidad que seguir llenando los bolsillos de seres monstruosos cuya carencia de humanismo es solo comparable a la que podríamos encontrar en el mismo infierno.

La guerra es un monstruo que lo devora todo. Pero la guerra no existe por sí misma; se alimenta de la indiferencia y del ansia de poder.

Todos estamos de acuerdo en que la guerra es el peor monstruo de la humanidad. Pero todos vemos crecer nuevas guerras a nuestro alrededor. No se trata de llevar alimentos a un país o a otro, o de admitir a este o a aquel refugiado. Esa es una solución temporal. Lo que hay que llevar a todos los países del mundo es cultura, educación, formación, respeto, igualdad, y conocimiento.

Con ese caldo de cultivo, los pueblos podrán tener pan, agua, futuro, y una paz duradera. Recordemos que los muros siempre funcionan en ambas direcciones. Los de piedra, y, especialmente, los que se construyen en el corazón de los seres humanos. Porque esos, son, al final, los muros más difíciles de derribar. Y esos muros son los que construyen las armas que luego llevan el dolor a la humanidad. Derribemos esos muros; y tendremos, por fin, paz. Paz, y una justa y eterna libertad.

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