Ser quien eres, y no quien serás (Kafka)

La frase de la semana es de Kafka, ese extraño y oscuro personaje con el que me siento plenamente identificado. En este principio de siglo XXI, estamos constantemente planificando llegar a ser ese sueño que los demás quieren que seamos, y las redes sociales son un medio de cultivo perfecto para ello. A través de Facebook, Instagram, y otras redes sociales, nos vemos empujados a dar una imagen de perfección, con sonrisas perfectas, familias perfectas, viajes perfectos, y sueños perfectos. Todo es de algodón de azúcar, y las sonrisas aparecen por todas partes. Hijos maravillosos, parejas encantadoras, y fotos arrebatadoras.

Frente a ese mundo de perfección, donde estamos constantemente planificando nuestra próxima entrada en la red social de turno para conseguir “me gustas” y “compartir”, debemos reivindicar una manera de ver la vida que se acerque a la realidad. Y la realidad es tan sencilla como una cafetería, un grupo de amigos, unas sonrisas sinceras, y, sobre todo, nuestras imperfecciones ante ellos. Imperfecciones reales, para un mundo real.

Debemos comenzar a admitir que somos seres reales, no entradas en el Facebook, y cambiar los “me gustas” por sonrisas y besos, los “compartir” por abrazos, y las fotos perfectas por lágrimas sinceras de impotencia, cuando ese amigo nos tiende la mano por algún dolor que nos acecha.

Esa es la esencia de la vida. Reír, por supuesto. Pero debemos dejar un tiempo y un espacio al dolor. A las lágrimas. Al llanto. Quien solo ríe no tiene nada de qué reír. La vida son sonrisas, pero son también lágrimas. Quien quiera eliminar estas, dejará huecas y vacías aquellas.

Yo quiero volver a reír con amigos de verdad, no con muros de redes sociales. Quiero gente a mi lado a la que pueda tocar, a la que pueda besar, a la que pueda abrazar. Quiero seres humanos, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Con sus imperfecciones y sus miedos, para que los compartamos juntos. Quiero una mirada sincera, una sonrisa, y una lágrima que nos una para siempre.

Volvamos a ser seres realmente sociales. Y a ser lo que somos. No lo que debemos ser.

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Isabel Allende, cuando el proceso es el camino

La frase de la semana es de la grandísima Isabel Allende. Tuve la suerte de ver a la escritora chilena Isabel Allende en una firma de libros, hace ya muchos años. En ese momento la cola no era kilométrica, y quería regalar un libro dedicado por ella a una mujer muy especial para mí, de un país limítrofe al este de Chile. Cuando me puse frente a ella, me temblaron las piernas, el corazón, y el alma. Ella, por supuesto, se dio cuenta al instante. Sonrió, y me estampó su firma en el libro, tras lo cual salí de allí deprisa, porque temía que mi corazón iba a explotar en cualquier momento.

Siempre recordaré aquel momento, que para ella fue un instante entre cientos de admiradores, pero para mí fue el estar frente a una de las mejores escritoras de estas décadas, sobre todo por su profundidad, y porque, con sencillez, escribe del alma y de la vida con enorme habilidad. Pocos son los que pueden dominar la lengua escrita como ella.

En cuanto a la frase en sí que aquí he traído, qué voy a decir, excepto que estoy cien por cien de acuerdo. Es el proceso de la escritura el que llena de placer manos, ojos, y alma. El resultado es importante, sin duda, pero es el camino al fin de la obra el que realmente llena, y el que hace que merezca la pena repetir el proceso una y otra vez. Por eso, cuando se termina de escribir un libro, se siente uno feliz, pero también vacío. Se ha dejado atrás algo muy personal, algo que será eterno en nuestro interior, pero que ya ha crecido y nacido para tomar su propio camino.

Por eso tanta gente escribe. Dicen que hay demasiados escritores. No estoy de acuerdo. No hay demasiados escritores. Nunca puede haber demasiados escritores. Hay demasiadas armas. Demasiados soldados. Demasiadas luchas. Ojalá todos fuésemos escritores, porque entonces el mundo estaría lleno de historias de amor, de superación, de sueños, de luchas, de futuro, y de pasado, y habría menos desastres, dolor y guerras como las que nos envuelven cada día.

Quizás sea ese el camino. Cambiar un fusil por un libro, una bala por una palabra, y la pólvora por tinta. Entonces podríamos comenzar a pensar en un mundo nuevo, donde la palabra sea la que dirija nuestras vidas, y no la violencia y el odio. Donde se escriban los sueños en papel, para convertirlos en un mundo mejor para todos. No estaría mal. Sería un mundo nuevo, lleno de infinitas posibilidades. Porque infinitas son las historias que quedan por escribir. Espero leer todas esas historias. Algún día. En algún sueño.

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Joan Baez y un camino de libertad

Joan Baez es una cantante y activista por la paz estadounidense, famosa por sus canciones de contenido político y social, que tuvo un papel destacado en las protestas contra la guerra de Vietnam. En un mundo donde se vuelve a hablar de violencia nuclear, donde las amenazas no solo no han disminuido, sino que han aumentado exponencialmente, gente como Joan Baez es más necesaria que nunca.

La protesta en favor de la paz suele considerarse, cada vez más, un acto de guerra. Y, como tal, cualquier activista por la paz corre el peligro de ser condenado a prisión. Y cuando las voces y la música a favor de la paz se hayan callado, solo quedará el ruido y la lógica de la guerra. Pero no lo olvidemos: una guerra nuclear será la última.

Por otro lado, se suele decir que, desde el fin de la segunda guerra mundial, el mundo ha visto una paz prolongada e ilimitada. Es cierto, pero solo para ciertos países. Recordemos que las muertes en guerras desde 1945 son más del doble de todos los que murieron en la segunda guerra mundial, incluidas las víctimas de las dos bombas de Hiroshima y Nagasaki.

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Cuando un activista por la paz es señalado con el dedo, acusado, condenado, y olvidado, estamos destruyendo nuestro futuro. Cuando se acaba con las personas que buscan tender puentes y derribar muros, y con aquellos que quieren dar voz a los desesperados, a las víctimas, a los que no tienen sitio en este mundo porque alguien así lo ha considerado, entonces estamos destruyendo este mundo. Porque una sociedad no solo se destruye con bombas; también se destruye con la falta de voluntad por construir la paz.

Las armas que construyen los países ricos se emplean en los países pobres, que crean refugiados que vienen desesperados a los países ricos. Y algunos se preguntan por qué vienen esos refugiados huyendo de las bombas que ellos mismos han vendido. Una doble moral que acaba con la vida de cientos de miles de personas.

Dejo pues aquí la frase de Joan Baez, y una de las canciones que compuso para la película “Naves misteriosas” (Silent running) que se estrenó en 1972, y que es un alegato de ciencia ficción por la paz, en un mundo que ha perdido toda su naturaleza, que solo ha quedado confinada en unas naves alrededor de Saturno. Una naturaleza que, por orden ejecutiva, deben ser destruida, para usar las naves con otros fines. Recuerdo que lloré cuando vi la película. Y todavía lo hago.

Marie Curie, cuando la perseverancia es futuro

La frase de la semana es de la eterna y maravillosa Marie Curie. Una mujer que no solo ganó el premio Nobel. Además, ganó dos. Y los mereció sobradamente, porque la suya fue una vida llena de trabajo, de esfuerzo, de sacrificios, y de lucha por el conocimiento.

Curie era una anomalía en su época. Una mujer en un mundo dominado de forma absoluta por hombres, supo sin embargo ganarse el respeto y la admiración de la comunidad científica. Y lo hizo como ocurre tantas veces: demostrando que una mujer puede hacer el trabajo con un nivel y calidad extremadamente altos.

Actualmente, en un mundo donde la situación de la mujer en la vida laboral ha mejorado ligeramente, pero donde la diferencias son todavía muy evidentes, y los prejuicios enormes, son muchos los que reclaman que el puesto de las mujeres es en casa, cuidando los niños, y en la cocina. Y achacan muchos de los problemas de la sociedad precisamente a la revolución de la mujer, cuando, si una sociedad ha de sobrevivir y mejorar, deberá, en primer lugar, hablar de igualdad. A todos los niveles, y también, igualando al hombre y a la mujer.

A veces dicen algunos: “es que el hombre y la mujer no son iguales”. Es cierto. No somos iguales. Hay diferencias anatómicas, psicológicas, evolutivas, de desarrollo, e intelectuales. Pero esas diferencias también se dan entre diferentes grupos de humanos, y entre cada ser humano. Yo soy distinto a cualquier otro ser humano, y cada mujer es también distinta a todas las demás, exactamente como ocurre con todos los hombres.

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Conferencia Solvay de 1911, con Curie sentada en la mesa. El segundo por la derecha es un joven Albert Einstein, aparte de otros muchos grandes de la época

Al final, las diferencias son la excusa que algunos dan para querer imponer criterios ajenos al progreso social, cuando, en realidad, son esas diferencias las que enriquecen las sociedades a todos los niveles. Si todos fuésemos clones, entonces ¿merecería la pena valorar la vida humana, en su infinita inmensidad de posibilidades? Que cada ser humano sea distinto es, precisamente, el germen del que surge la capacidad de crear cosas nuevas, cosas importantes, nuevas teorías, nuevas creaciones artísticas, y de abrir nuevos caminos.

Si todos fuésemos iguales, todos crearíamos lo mismo, y el mundo sería gris y oscuro. Y aburrido. Ser distintos nos da la oportunidad de ser mejores, aportando cada uno su punto de vista al progreso de la humanidad.

La frase de Curie en cuestión, que puede leerse abajo, nos deja bien claro que es el trabajo, el esfuerzo, la dedicación, la paciencia, la disciplina, y el coraje de perseverar, es el que crea nuevos mundos, nuevas posibilidades, nuevas metas. El camino rápido y fácil no lleva a ningún lado. Las grandes obras, los grandes logros científicos, la apertura de nuevos caminos, solo se hará mediante un trabajo serio y disciplinado, muchas veces de años, cuando no décadas. Ese es el secreto para el éxito. Todo lo demás son atajos que se disuelven en los dedos.

Y, en este mundo donde todo ha de ser instantáneo, mentes como Curie no tendrían cabida. Y eso es muy, muy peligroso. Porque si ignoramos y rechazamos el trabajo disciplinado y riguroso, estaremos sentando las bases para el desastre como sociedad y como especie. Y eso nunca debería ocurrir. Solo que está ocurriendo. Aquí, y ahora.

Marie-Curie