Cuando los recuerdos son cadenas de hielo y acero

Hoy voy a atreverme a hacer algo especial y muy personal. Algo que no he hecho más que en alguna ocasión. Pero hoy tengo la necesidad espiritual de traer de nuevo un texto al blog que publiqué hace un tiempo. ¿Por qué? 

Todo empezó ayer. Estaba trabajando como siempre en el ordenador, con un programa que no acababa de funcionar por algún problema oculto, diseñado para que mi cabeza explotara intentando encontrar el fallo.

De pronto, se me ocurrió poner un disco que no escuchaba hacía demasiado tiempo: “Wish you were here” del grupo británico Pink Floyd. 

Y, de pronto, me vi sumergido en una cadencia creciente de recuerdos y pensamientos. La música del disco me trajo a la memoria a viejos amigos, viejos sueños, viejos amores, y viejas aventuras de juventud que habían quedado borradas de mi memoria largo tiempo atrás. Me vi a mí mismo tarareando la canción que da nombre al disco, “wish you were here” (Ojalá estuvieses aquí). Y apareció en mi mente una figura de una joven mujer morena que perdí demasiado pronto, y que me miraba con sus ojos azules como dos estrellas en el firmamento.

Una cosa llevó a la otra, y a este relato que nació inspirada en su recuerdo, como tantos otros relatos y pensamientos. Así que, con su permiso, quiero traer de nuevo ese texto. Y disculpen mi atrevimiento. A veces solo nos queda la noche, una vieja canción, y unos cuantos recuerdos. Nacemos desnudos de cuerpo, y morimos desnudos de un alma que se rompe con el tiempo.

Es la vida, dicen. Sí. Es la vida. Pero puede ser un tormento. Por eso, nada como una vieja melodía para curar el alma de tantos recuerdos. Muchas gracias.

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Literatura y arte: definiendo la relatividad del éxito

Hoy vengo con una nueva reflexión que se ha ido acumulando en mi mente estos días pasados, y que tiene que ver con ese mundo absurdo y loco en el que vivimos, donde el presente continuo es el tiempo verbal preferido por millones de seres humanos. Decía Groucho Marx:

“Paren el mundo que me bajo”.

Yo les invito a bajar, y reflexionar, sobre la condición humana, y eso que llamamos éxito.

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Vamos a ser como Neo, y a parar el tiempo de este mundo absurdo que se mueve a la velocidad de la luz, para reflexionar, aprender, y razonar.

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Mundos de ayer y de hoy

Nota: este texto es una introspección personal.

Uno de los signos más claros de que estoy en la etapa final de mi vida es el comportamiento de la gente a mi alrededor. En el tren, o en el metro, la gente se ofrece amablemente a cederme su asiento. Dos veces me ha ocurrido recientemente, y en la segunda han insistido tanto que casi me he visto obligado a aceptar.

Han pasado los años, y eso se ve y se nota, y quizás yo tenga una parte de responsabilidad, por haber vivido tantos años. Si me hubiese muerto, digamos, con cuarenta años, no habría tenido que pasar por esta situación de ver cómo me ceden el asiento. Pero no me morí con cuarenta años, y ahora estoy terminado y decrépito. Las veces que he pasado por el hospital y las tres ocasiones en las que casi dejé este mundo no ayudan, es evidente.

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Las estrellas son el camino para encontrarnos con nosotros mismos, mirarlas es mirar nuestro pasado, y nuestro futuro

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Solo cenizas lanzadas por el viento al cosmos

Es miércoles musical, que llevaba tiempo sin atender esta meta.

Si algo aprendí de la generación del 98, y de libros como “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja, o “San Manuel bueno, mártir” de Miguel de Unamuno, es que la religión puede explicarme lo que quiera, y prometerme lo que quiera. Sin embargo, fue el existencialismo, más que cualquier materia científica, el que me ayudó a comprender que somos un momento en la historia del universo. Y me enseñó a aceptarlo, con todas sus consecuencias. Ese es el primer paso, que no el último, para alcanzar la sabiduría.

Porque entender nuestro sitio en el universo, y nuestra naturaleza real, es la base para luego poder comprender todo lo demás. Si empezamos por no aceptar nuestro sitio en el universo, difícilmente podremos aceptar el sitio que ocupan los demás elementos de la vida, de la naturaleza, de la galaxia, y de todo cuanto nos rodea.

A veces bromeo con mi hermana, diciéndole que, el día que me jubile, buscaré la motosierra más potente, y partiré el maldito ordenador en mil trozos, para lanzarlos a un contenedor, viendo cómo se lo lleva el camión de la basura. Llevo demasiados años delante de una pantalla.

Pero eso es solo una fantasía.

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Escritores, maremotos constantes de tensión, pasión, depresión y tormento, sueños y pesadillas de las que nacen nuestras leyendas, nuestros textos

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Nadie leerá nuestros libros cuando hayamos muerto

Estaba esta mañana pensando en los detalles finales del nuevo artículo que preparo para el blog, y que incorpora un vídeo que estoy terminando, cuando de pronto suena el aviso de un correo nuevo. Recibo bastantes al día, así que uno más no es más que una cuestión de prestarle tres segundos de atención. Quién sabe; quizás sea alguien anónimo que me ha dejado su fortuna para que pueda seguir escribiendo sin cortapisas ni estrecheces. O quizás sea el FBI, que piensa arrestarme por aquellos cuadros que robé de aquel museo en Los Ángeles. Juro que no fui yo, señor juez, fue mi vecino. O quizás podría ser un recuerdo del pasado, que acude cuando menos se le espera.

Pero no; es de una web de literatura. Hace unos tres años les mandé un texto, un pequeño relato que había escrito, y que envié por si fuese de su interés publicar. Como ocurre siempre, no obtuve respuesta. Ahora, sin embargo, tras tres años, me llega un correo de ellos, diciéndome que lo van a publicar. Tres años. 

Y lo he leído. Es un texto que escribí cuando todavía estaba sumergido en los mares de Facebook, en varios grupos de literatura, y veía cada día a cientos de escritores tratando de que alguien se fijara en su último relato, en su última novela, en su última poesía. En su último grito de desesperado para que alguien escuche su palabra. Tengo algún texto con la misma temática más reciente. Pero este nació directamente por la influencia de ese caos de Facebook.

Aquello me inspiró para escribir este texto. Una simple reflexión, que he pensado en rescatar, por una vez, porque ya me libré de Facebook y de aquella locura. Ahora sigo estando loco, pero comparto conmigo a solas, y en este blog, ese mal que tanto miedo da, y que tanto nos da como escritores.

Así que ahí va, por si quiere usted leerlo. Lo rescato de nuevo. Para todos ustedes. Y para todos esos escritores y escritoras de Facebook, que probablemente sigan soñando con la libertad de las letras reconocidas por sus semejantes. Ahí va.

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De mi deber con la literatura y las letras

La revista de literatura de ciencia ficción y fantasía “El Club de la Fábula” ha publicado una entrada sobre “Mensajero del Nastrond I: Omega”, Libro XIV de la saga Aesir-Vanir. Pero, antes de que deje de leer pensando que esto es publicidad, permítame indicarle que no es así. Si quiere seguir leyendo, verá que no voy a hablar de mi trabajo en este medio siglo soñando con las letras; voy a hablar de mi experiencia personal como resultado de ese trabajo. Y voy a hablar de la revista que El Club de la Fábula publica. Porque lo merecen. Y mucho.

Sí, vengo a hablar de “El Club de la Fábula”. Y no, no vengo a marearle con mis libros, cuyos datos están en portada para quien quiera verlos. Ya he dicho muchas veces que me es indiferente la publicidad de los libros, me es indiferente que me publiquen editoriales, y me es indiferente que en cinco años no se haya hecho una reseña de ninguno de los libros de la saga. Y no, no es una ira escondida, soy infantil pero no tanto; es algo más elaborado que una rabieta de niño enfadado y caprichoso. Ya tengo una edad para esas cosas.

De eso quiero hablar hoy. De mi deber con la literatura.

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Un pequeño agradecimiento de este autor

Recientemente este blog de literatura, ciencias físicas y ciencias sociales (supongo que podríamos denominarlo así) ha superado los 200 seguidores. Quiero agradecer de todo corazón a todos aquellos que han elegido seguir esta página y mis pensamientos, y espero en la medida de lo posible corresponder con material que pueda tener una calidad e interés, que sirvan para acreditar esa confianza.

No siempre lo conseguiré, porque hablo de temas variados, y hay asuntos que interesan más a unos, y otros que interesan más a otros. Pero siempre intento dar un punto de vista personal y propio a cada tema. De hecho, los blogs son eso en muchos aspectos: opinión, puntos de vista, criterios personales.

Este blog nace y vive por y para las letras y la ciencia. Dentro de mis límites, una cosa sí encontrará el lector: sinceridad. Lo que digo es lo que pienso, y procuro pensar lo que digo, repasando los textos varias veces antes de publicarlos. Siempre intentando que tengan la forma y el fondo adecuados.

Pero mi vida, y mi pasión, es la saga Aesir-Vanir. A ella me debo, y es el trabajo de mi vida. He hecho de todo en esta vida, pero mi eje central siempre han sido las letras, y espero que siga siendo así hasta el final.

En cuanto a la saga, estará completa cuando termine el Libro XIII, supongo que a fin de año o principios de 2019, pero este blog seguirá adelante mientras pueda. Luego qué haré no lo sé, pero este blog y mis reflexiones seguirán mientras tenga fuerzas para escribir. Y con el honor de poder contar con ustedes.

Muchas gracias.

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La imagen deja claro los años que hace que me hicieron esta foto, Julio César era cabo primero