El imperfecto mundo perfecto tras el cristal

Hace tiempo que lo vengo notando. Que lo vengo sintiendo. Que siento esa vibración que me avisa de que algo se ha roto. Por fin. Esa cadena de acero que me ataba a la realidad. Se ha roto. Y, en mi locura, te he vuelto a encontrar. Ese era el secreto: volverme loco era el camino seguro y directo para volverte a amar.

Todo empezó cuando llegué y crecí en este mundo. Este mundo que ha cambiado. Y me ha cambiado. Se ha hecho mayor. Ha perdido originalidad. Y frescura. Un programa llamado autotuning afina la voz de los cantantes si desafinan. Un efecto de Photoshop borra todos los fallos de esa imagen o vídeo, creando hombres y mujeres perfectos.

Las empresas sonríen con puestos de trabajo asombrosos donde todos trabajan sanos y felices. Los coches ya  no contaminan, sino que son contenedores de cinco sonrisas perfectas que viajan en su interior, y que contribuyen al bienestar del mundo. Los amigos ya no necesitan discutir entre ellos, basta con bloquearlos, mientras enseñan esas fotos perfectas de sus familias perfectas. Y los viajes son paradisiacos, a sitios increíbles, donde ocurren cosas increíbles que vemos con nuestros hijos increíbles y nuestra pareja increíble. Todo metido en una pantalla rectangular de cristal. Todo el mundo se ha concentrado en una pantalla de cristal…

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Sueño contigo

Dejo mis sueños en mi camino,
y en polvo los torna el tiempo.

Dejo de soñar contigo,
y te vas yendo , flotando en el viento.

El viento de la noche me trajo tu mirada,
y me abracé a ella con todo mi ser,
y ahora que ha llegado la mañana,
quisiera que no volviese a amanecer.

Son tantas las estrellas condenadas,
a brillar mucho en pocos días,
y a transformarse luego en nadas.

Son tantas las batallas por ti ganadas,
pero fue aquello que más querías,
lo que jamás en verdad imaginabas.

El barro cubre hoy mi sangrienta senda,
y me lleva perdido a la noche fría,
y estoy solo en el vacío de tu ausencia,
por perder a la mujer que tanto y tanto quería.

El inmortal nombre que forjaste en tu alma,
es sólo un recuerdo de lo que fue antaño,
bañado en tu mirada que tanto me calma,
parezco perderme ayer, hoy, año tras año.

Y tú, que cubriste para siempre mi sueño,
de esperanza, amor, anhelo,
sé para siempre la voz, mi sendero.

Y tú, que diste fe a este mortal perecedero,
dame tu mano y llévame presto
a encontrar el sueño que fue nuestro amor eterno.

Fuimos dos, fuimos camino,
fuimos uno en la tierra y el cielo.

Camina ahora, búscame entre tus miedos,
entre tus esperanzas y sueños necios,
y llévame a casa, donde curar pueda,
el dolor que tanto sufro y siento.

Fuimos sólo un sueño.
Mas fuimos, en verdad, sueño eterno.

I. Campomanes. Diciembre 1986.

(Del libro “Círculo eterno y otros relatos cortos”. Portada diseñada por A.R. Cano).

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El blog cuando ya no existe bloguero: destino y final

Vivimos en una sociedad que nos enseña desde pequeños, demasiadas veces, que somos inmortales. Que no hay peligro, que todo está bien, y que todo va a ser eterno. Pasamos muchas veces nuestra juventud pensando que no va a acabar nunca, aunque sepamos que así es, y vivimos incluso los cuarenta y cincuenta con aquello de “persona de edad media”.

Pero la realidad se impone, y hemos de entender que, en cualquier momento, podemos dejar este mundo. Ese es un tema que se trata poco, o nada, en las sociedades occidentales actuales. Es un tabú, y se esconde como si fuese algo malo, algo a evitar.

Cuando llega un momento en el que tenemos que enfrentarnos a esa realidad, muchos no están preparados, y vienen entonces los nervios, la tensión, el sufrimiento. Porque morir siempre es desagradable, siempre es terrible, pero siempre estará ahí ese momento, que llegará tarde o temprano. Aceptarlo o no es algo secundario ante la realidad. Entonces, ¿qué hacer con nuestro legado? ¿Con nuestro trabajo literario, con nuestros ensayos y escritos?

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Fenrir, el monstruo-lobo que devorará el universo en el Ragnarok; hasta los vikingos eran conscientes de que todo tiene un final.

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Cuando los recuerdos son cadenas de hielo y acero

Hoy voy a atreverme a hacer algo especial y muy personal. Algo que no he hecho más que en alguna ocasión. Pero hoy tengo la necesidad espiritual de traer de nuevo un texto al blog que publiqué hace un tiempo. ¿Por qué? 

Todo empezó ayer. Estaba trabajando como siempre en el ordenador, con un programa que no acababa de funcionar por algún problema oculto, diseñado para que mi cabeza explotara intentando encontrar el fallo.

De pronto, se me ocurrió poner un disco que no escuchaba hacía demasiado tiempo: “Wish you were here” del grupo británico Pink Floyd. 

Y, de pronto, me vi sumergido en una cadencia creciente de recuerdos y pensamientos. La música del disco me trajo a la memoria a viejos amigos, viejos sueños, viejos amores, y viejas aventuras de juventud que habían quedado borradas de mi memoria largo tiempo atrás. Me vi a mí mismo tarareando la canción que da nombre al disco, “wish you were here” (Ojalá estuvieses aquí). Y apareció en mi mente una figura de una joven mujer morena que perdí demasiado pronto, y que me miraba con sus ojos azules como dos estrellas en el firmamento.

Una cosa llevó a la otra, y a este relato que nació inspirada en su recuerdo, como tantos otros relatos y pensamientos. Así que, con su permiso, quiero traer de nuevo ese texto. Y disculpen mi atrevimiento. A veces solo nos queda la noche, una vieja canción, y unos cuantos recuerdos. Nacemos desnudos de cuerpo, y morimos desnudos de un alma que se rompe con el tiempo.

Es la vida, dicen. Sí. Es la vida. Pero puede ser un tormento. Por eso, nada como una vieja melodía para curar el alma de tantos recuerdos. Muchas gracias.

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Literatura y arte: definiendo la relatividad del éxito

Hoy vengo con una nueva reflexión que se ha ido acumulando en mi mente estos días pasados, y que tiene que ver con ese mundo absurdo y loco en el que vivimos, donde el presente continuo es el tiempo verbal preferido por millones de seres humanos. Decía Groucho Marx:

“Paren el mundo que me bajo”.

Yo les invito a bajar, y reflexionar, sobre la condición humana, y eso que llamamos éxito.

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Vamos a ser como Neo, y a parar el tiempo de este mundo absurdo que se mueve a la velocidad de la luz, para reflexionar, aprender, y razonar.

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Mundos de ayer y de hoy

Nota: este texto es una introspección personal.

Uno de los signos más claros de que estoy en la etapa final de mi vida es el comportamiento de la gente a mi alrededor. En el tren, o en el metro, la gente se ofrece amablemente a cederme su asiento. Dos veces me ha ocurrido recientemente, y en la segunda han insistido tanto que casi me he visto obligado a aceptar.

Han pasado los años, y eso se ve y se nota, y quizás yo tenga una parte de responsabilidad, por haber vivido tantos años. Si me hubiese muerto, digamos, con cuarenta años, no habría tenido que pasar por esta situación de ver cómo me ceden el asiento. Pero no me morí con cuarenta años, y ahora estoy terminado y decrépito. Las veces que he pasado por el hospital y las tres ocasiones en las que casi dejé este mundo no ayudan, es evidente.

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Las estrellas son el camino para encontrarnos con nosotros mismos, mirarlas es mirar nuestro pasado, y nuestro futuro

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Solo cenizas lanzadas por el viento al cosmos

Es miércoles musical, que llevaba tiempo sin atender esta meta.

Si algo aprendí de la generación del 98, y de libros como “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja, o “San Manuel bueno, mártir” de Miguel de Unamuno, es que la religión puede explicarme lo que quiera, y prometerme lo que quiera. Sin embargo, fue el existencialismo, más que cualquier materia científica, el que me ayudó a comprender que somos un momento en la historia del universo. Y me enseñó a aceptarlo, con todas sus consecuencias. Ese es el primer paso, que no el último, para alcanzar la sabiduría.

Porque entender nuestro sitio en el universo, y nuestra naturaleza real, es la base para luego poder comprender todo lo demás. Si empezamos por no aceptar nuestro sitio en el universo, difícilmente podremos aceptar el sitio que ocupan los demás elementos de la vida, de la naturaleza, de la galaxia, y de todo cuanto nos rodea.

A veces bromeo con mi hermana, diciéndole que, el día que me jubile, buscaré la motosierra más potente, y partiré el maldito ordenador en mil trozos, para lanzarlos a un contenedor, viendo cómo se lo lleva el camión de la basura. Llevo demasiados años delante de una pantalla.

Pero eso es solo una fantasía.

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Escritores, maremotos constantes de tensión, pasión, depresión y tormento, sueños y pesadillas de las que nacen nuestras leyendas, nuestros textos

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