Doña Sonrisa

La vida es un cúmulo de detalles, de pequeños gestos. De sonrisas. Y aquellos que han vivido una larga vida suelen tomar dos caminos: uno es el de la sonrisa, otros optan por la añoranza. Muchos se balancean entre ambos extremos. Pero es, sin duda, la sonrisa, la que abre las puertas a la esperanza.

Y eso es lo que veo cuando voy a comprar al supermercado, cerca de mi casa. Suelo bajar con el portátil para escribir unas líneas en la cafetería, cada vez menos, es cierto. Pero todavía con la esperanza, precisamente, de sonreír ante mi último texto. Luego puedo ir al super. Siempre hace falta algo para la nevera. Y cuando veo que Doña Sonrisa aparece, me pregunto qué derecho tengo a destruir mis sueños, cuando los sueños son los que nos sostiene al mundo, y nos hace sentir vivos.

Eso es lo que veo cuando la veo entrar en ese pequeño supermercado.

Llega sonriente, como siempre. Sus espaldas cuentan algunos más de ochenta años. Yo la llamo Doña Sonrisa, porque siempre tiene un gesto amable, una sonrisa dulce, una mirada de cariño. Arrastra el carrito mientras entra en el supermercado, con cuidado, no sea que tropiece con algo. Lo deja en su sitio, y toma una cesta de plástico.

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No llena muchas cosas, porque ni el bolsillo ni los sueños están ya para sustos, ni mucho menos el cuerpo, que aguanta bien con unas ensaladas, unos tomates, quizás algunas manzanas, y, con un poco de suerte, alguna compañía con la que compartir el momento. Se arrastra por los pasillos mientras la observo, y mira detenidamente lo que necesita, porque sus gafas son casi inútiles para distinguir los textos.

Finalmente, se acerca a la caja. Extrae poco a poco los alimentos, y los deja sobre la mesa de acero. La cajera sonríe y saluda, y ella saluda de nuevo. La cajera le cuenta los pocos parabienes que se lleva a casa, y luego, la señora extrae poco a poco y con calma de su bolso el dinero.

La cajera lo cuenta; le da de más, como siempre. Le mete lo que sobra en el bolso, y le ayuda con las bolsas. La señora va a por su carrito, lo abre lentamente, y mete las bolsas dentro.

Finalmente, con sumo cuidado, saca el carrito por la puerta, y se va, como siempre, sonriente, colgada de algún sueño pasado, y soñando con que ese no sea su último invierno, o su último verano. Es hora de ver la tele, o de escuchar la radio, o de pasear con algún nieto quizás, si es que queda alguien que quiera pasar un momento con doña Sonrisa, la dama del corazón eterno.

Yo me voy también con lo mío. Yo también voy a escribir los pocos sueños que aún conservo.

Pero ella y su sonrisa estarán, sin duda, y para siempre, en mis pensamientos.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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