Doña Sonrisa

La vida es un cúmulo de detalles, de pequeños gestos. De sonrisas. Y aquellos que han vivido una larga vida suelen tomar dos caminos: uno es el de la sonrisa, otros optan por la añoranza. Muchos se balancean entre ambos extremos. Pero es, sin duda, la sonrisa, la que abre las puertas a la esperanza.

Y eso es lo que veo cuando voy a comprar al supermercado, cerca de mi casa. Suelo bajar con el portátil para escribir unas líneas en la cafetería, cada vez menos, es cierto. Pero todavía con la esperanza, precisamente, de sonreír ante mi último texto. Luego puedo ir al super. Siempre hace falta algo para la nevera. Y cuando veo que Doña Sonrisa aparece, me pregunto qué derecho tengo a destruir mis sueños, cuando los sueños son los que nos sostiene al mundo, y nos hace sentir vivos.

Eso es lo que veo cuando la veo entrar en ese pequeño supermercado.

Llega sonriente, como siempre. Sus espaldas cuentan algunos más de ochenta años. Yo la llamo Doña Sonrisa, porque siempre tiene un gesto amable, una sonrisa dulce, una mirada de cariño. Arrastra el carrito mientras entra en el supermercado, con cuidado, no sea que tropiece con algo. Lo deja en su sitio, y toma una cesta de plástico.

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