Minas en el corazón: el dolor no es el final

Aviso: esta es una entrada introspectiva y personal sobre el mundo de los sentimientos y los recuerdos. Lea bajo su propia responsabilidad. Muchas gracias.

Los seres humanos tenemos una alta capacidad para sufrir. Creamos un mundo propio en nuestro interior que muchas veces parece más un campo de minas. Ese campo es el mundo de nuestros recuerdos, y cada recuerdo es una mina que pisamos cada vez que pasamos por esas vivencias del pasado.

Y, lo más increíble es que, a pesar de caer varias veces en la misma mina, en el mismo lugar, volvemos, tiempo después, a atravesar esa zona, para que la mina explote de nuevo, llevándose por delante una parte de nuestro corazón.

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Una de esas minas explosivas se enterró en mi mente y mi corazón el diez de abril de 1987, aproximadamente a las diez de la mañana. Era un viernes. Yo caminaba para ver una nueva guitarra de un amigo, cuando comencé a sentir un extraño dolor en la espalda, en el lado izquierdo. No le di más importancia: un mal gesto, algún golpe de alguna mala caída que había tenido recientemente, algo así.

Pero el dolor empezó a crecer, y a crecer. Y, de repente, comencé a tener problemas para respirar. Mientras tanto, el dolor creció tanto que, finalmente, parecía que me hubiesen clavado una lanza en la espalda. Por suerte estaba bastante cerca de un hospital por el que pasaba camino de la casa de mi amigo. Y fui para el hospital, llegando como pude y en un lamentable estado.

Rápidamente y jadeando les expliqué el dolor que tenía. Y rápidamente me tumbaron en un box y me hicieron unas placas del pecho. Rápidamente un médico miró las placas. Llamó a otro. Y luego a otro. Dos doctores y una doctora comentaban las placas entre ellos mientras uno de ellos señalaba unas zonas de la parte superior del pulmón izquierdo con el dedo. “Mala señal”, pensé.

Finalmente, uno de los doctores se acercó a mí y me dijo: “tranquilo, estás estabilizado, pero te tenemos que operar de urgencia. Ya estamos preparando un quirófano”.

Qué bien. Estoy perfecto, solo que me tienen que operar de urgencia. Claro que sí. Es un día cualquiera más en mi larga carrera de mala suerte.

Lo que tenía era y se conoce en el mundo de la medicina como un neumotórax espontáneo. Y era grande, habiendo perdido una parte importante de la capacidad respiratoria. Tenían que ponerme un drenaje de aire.

Me permitieron hacer dos llamadas. La primera fue a mi hermano. Mis padres estaban de viaje. Yo de todas formas no vivía con mis padres, vivía solo, a la espera de casarme con una joven morena de la que llevaba tres años enamorado, y con la que había hecho grandes planes para los dos.

El problema es que aquella maravillosa morena me había dejado un par de meses atrás. Pero la llamé. Quería decirle que estaba allá. No esperaba que contestase, o, si contestaba, no esperaba que reaccionase.

Me equivoqué. En menos de veinte minutos ella apareció. Se acercó al box. Le expliqué lo que me pasaba. Y le dije que aún la quería con todo mi corazón. No la había llamado para usar aquella emergencia como un gancho o algo parecido. La había llamado porque sentía que se me iba la vida, y quería verla, una vez más.

Ella me miró. Y, para mi sorpresa, me besó. Nos besamos en un largo beso que aún siento. Que aún recuerdo perfectamente. Porque aún siento sus labios, su mirada, sus ojos fijos en mí. Fue un momento que se clavó en mi corazón atravesándome, como el agujero que tenía en el pulmón.

Nos apretamos las manos unos segundos en silencio. Luego, dio media vuelta y se marchó. Mi hermano se cruzó con ella en la salida. Me dijo: “he visto a tu novia; salía llorando del hospital”.

Esa fue otra lanza más clavada en el corazón. Eran tres lanzas ya: la física del pulmón, la del beso, y la del llanto.

Me operaron, y no hubo más problemas. El pulmón se fue recuperando, y el doctor Cuesta, que así se apellidaba mi médico especialista que me atendió tras subir a planta, por cierto un médico con una gran reputación en su área en aquel tiempo,  me trató excelentemente.

Eso sí: de la extracción del tubo me quedó un problema, que todavía tengo: en ocasiones parece que un nervio que quedó mal situado me da un latigazo. Pero no pasa de ahí.

El verdadero dolor fue verla marchar a ella por última vez. Nunca la volví a ver. Luego me hundí en mi vida, viviendo casi como un vagabundo durante un tiempo.

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Fueron tiempos difíciles. Y yo me pregunto: ¿por qué las minas de la mente estallan de nuevo, tras tantos años, con tanta fuerza que recordamos aquellos hechos como si acabasen de ocurrir ayer? No lo sé.

Sí sé una cosa: lo que nos hace fuertes, lo que nos hace humanos, lo que nos hace seguir, son esas minas diseminadas por nuestra mente. Nos hacen caer en el dolor una y otra vez. Pero también son esas minas las que nos enseñan a no desfallecer. A seguir adelante. A seguir la lucha por la vida. Por la existencia. Y por un motivo, aunque solo sea uno, por vivir y sobrevivir.

Al final, ese recuerdo amargo, con los años, ha ido madurando. Y sigue intacto en mi mente. Recuerdo las horas, los minutos, las miradas, las voces. Como si fuese ayer. Supongo que el impacto de algo así deja un registro en la mente clavado a fuego y sangre difícil de borrar ni en un millón de años.

Todos tenemos esas minas de tiempo en nuestras mentes. Usted está recordando probablemente ahora alguna. No se lo censure; no sufra, y no tema recordarlo: es humano pisar esa mina. Lo inhumano es que estalle y no nos afecte.

Porque, al fin y al cabo, esas minas nos hacen ser mejores. Por increíble que parezca, esas minas están cargadas de recuerdos, de llanto, pero también de amor. Y ese amor es el que nos da fuerzas para seguir.

La vida es un campo de minas, sin duda. Pero también esas minas nos lanzan a un futuro mejor, con más experiencia, y con más sueños. No las tema. Son catapultas para mejorar. Úselas sin miedo. Y podrá encontrar la paz que tanto ansiamos todos.

Merece la pena luchar por ello.

Se lo dice alguien que tuvo tres lanzas clavadas. Una en el pecho, y dos en el corazón. Y sobrevivió para contarlo.

Muchas gracias.


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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