Once de abril de 1983

Once de abril de 1983. Era un lunes. Sobre las nueve y media de la noche. Estábamos sentados, hablando de sueños, y de esperanzas. De miedos, y temores. De futuros prometedores que conquistaríamos con nuestros corazones. De ser los dos guerreros perfectamente preparados para luchar contra las peores inclemencias, contra nuestros miedos, y contra nuestras frustraciones.

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Minas en el corazón: el dolor no es el final

Aviso: esta es una entrada introspectiva y personal sobre el mundo de los sentimientos y los recuerdos. Lea bajo su propia responsabilidad. Muchas gracias.

Los seres humanos tenemos una alta capacidad para sufrir. Creamos un mundo propio en nuestro interior que muchas veces parece más un campo de minas. Ese campo es el mundo de nuestros recuerdos, y cada recuerdo es una mina que pisamos cada vez que pasamos por esas vivencias del pasado.

Y, lo más increíble es que, a pesar de caer varias veces en la misma mina, en el mismo lugar, volvemos, tiempo después, a atravesar esa zona, para que la mina explote de nuevo, llevándose por delante una parte de nuestro corazón.

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Literatura: sin principio no hay historia

Nota: este texto (y vídeo) son una mirada introspectiva y personal a mi pasado. Y no fui nunca un superhéroe, así que no espere grandes emociones. Sí muchos recuerdos y sentimientos enterrados en el ayer. Muchas gracias.

Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los lectores que se van sumando a La leyenda de Darwan, y a los que siguen por aquí pasando por el blog. A fecha de fin de junio de 2020 las lecturas ya son 3/4 del total de lo que fue todo 2019. Es realmente impresionante, con 35.000 visitas en lo que va de año. Muchas gracias.

Estaba hace poco trasteando en el infinito e inagotable manantial de cajas de libros y revistas que conservo, buscando este o aquel material que en ese momento había pasado por mi mente. Es increíble cómo podemos llegar a llenar tanto espacio con sueños en forma de papel.

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Música: despedidas y caminos de soledad

Recientemente hemos terminado de vivir un confinamiento, una cuarentena, que nos ha mantenido a muchos en casa. Pero hemos podido seguir en contacto con nuestras familias, amigos, trabajos, gracias a las telecomunicaciones, a los ordenadores, teléfonos y tablets. Y a una gigantesca infraestructura muy compleja que ha permitido dar soporte a los cientos de miles de conexiones en toda España, y en todo el planeta, que yo por ejemplo tengo familia en Argentina, y seguir las incidencias de allá es un tema de prioridad absoluta.

Antes las cosas no eran así. Antes, cuando te distanciabas, tenías el teléfono. Pero, ¿y antes? En el siglo XX mis padres y abuelos fueron testigos de muchos seres queridos y amigos que se iban a otros países, especialmente a lugares como México, Argentina, Venezuela, Brasil, y cualquier otro lugar donde se pudiera encontrar un nuevo futuro. Pero entonces no había Internet. Las despedidas eran eso: despedidas. Aparte de las cartas, no había otra forma de contactar. Luego llegaron los teléfonos y las “conferencias”, pero eran carísimas, y tardaron en ser un medio de comunicación de acceso para muchas familias con pocos recursos.

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El imperfecto mundo perfecto tras el cristal

Hace tiempo que lo vengo notando. Que lo vengo sintiendo. Que siento esa vibración que me avisa de que algo se ha roto. Por fin. Esa cadena de acero que me ataba a la realidad. Se ha roto. Y, en mi locura, te he vuelto a encontrar. Ese era el secreto: volverme loco era el camino seguro y directo para volverte a amar.

Todo empezó cuando llegué y crecí en este mundo. Este mundo que ha cambiado. Y me ha cambiado. Se ha hecho mayor. Ha perdido originalidad. Y frescura. Un programa llamado autotuning afina la voz de los cantantes si desafinan. Un efecto de Photoshop borra todos los fallos de esa imagen o vídeo, creando hombres y mujeres perfectos.

Las empresas sonríen con puestos de trabajo asombrosos donde todos trabajan sanos y felices. Los coches ya  no contaminan, sino que son contenedores de cinco sonrisas perfectas que viajan en su interior, y que contribuyen al bienestar del mundo. Los amigos ya no necesitan discutir entre ellos, basta con bloquearlos, mientras enseñan esas fotos perfectas de sus familias perfectas. Y los viajes son paradisiacos, a sitios increíbles, donde ocurren cosas increíbles que vemos con nuestros hijos increíbles y nuestra pareja increíble. Todo metido en una pantalla rectangular de cristal. Todo el mundo se ha concentrado en una pantalla de cristal…

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Sueño contigo

Dejo mis sueños en mi camino,
y en polvo los torna el tiempo.

Dejo de soñar contigo,
y te vas yendo , flotando en el viento.

El viento de la noche me trajo tu mirada,
y me abracé a ella con todo mi ser,
y ahora que ha llegado la mañana,
quisiera que no volviese a amanecer.

Son tantas las estrellas condenadas,
a brillar mucho en pocos días,
y a transformarse luego en nadas.

Son tantas las batallas por ti ganadas,
pero fue aquello que más querías,
lo que jamás en verdad imaginabas.

El barro cubre hoy mi sangrienta senda,
y me lleva perdido a la noche fría,
y estoy solo en el vacío de tu ausencia,
por perder a la mujer que tanto y tanto quería.

El inmortal nombre que forjaste en tu alma,
es sólo un recuerdo de lo que fue antaño,
bañado en tu mirada que tanto me calma,
parezco perderme ayer, hoy, año tras año.

Y tú, que cubriste para siempre mi sueño,
de esperanza, amor, anhelo,
sé para siempre la voz, mi sendero.

Y tú, que diste fe a este mortal perecedero,
dame tu mano y llévame presto
a encontrar el sueño que fue nuestro amor eterno.

Fuimos dos, fuimos camino,
fuimos uno en la tierra y el cielo.

Camina ahora, búscame entre tus miedos,
entre tus esperanzas y sueños necios,
y llévame a casa, donde curar pueda,
el dolor que tanto sufro y siento.

Fuimos sólo un sueño.
Mas fuimos, en verdad, sueño eterno.

I. Campomanes. Diciembre 1986.

(Del libro “Círculo eterno y otros relatos cortos”. Portada diseñada por A.R. Cano).

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Dónde están los héroes y los sueños del siglo XX

Hace muchos, muchos años, y esto no es un cuento, escribí una canción con mi guitarra que se titulaba “Trovador de siglo XX”. Aún anda la partitura por algún lado. El caso es que es cierto. Ahora, escuchando el disco “I Robot” (Yo Robot) de Alan Parsons, inspirado en el libro del mismo nombre del Maestro Isaac Asimov, me pregunto: ¿dónde ha quedado mi época? ¿Qué hago en este siglo XXI que ni entiendo ni puedo asimilar?

El siglo XX pasó, y las nuevas generaciones no conocen aquellos tiempos. Hablando hace poco con un chico que ahora acaba de cumplir 26 años, me daba cuenta de que le hablaba de grupos, de escritores, de sucesos, que ni conoce, ni probablemente le importan en su mayor parte.

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Cuando un amigo es un puente para la eterna amistad

Cuando se acumulan los años, se acumulan los recuerdos que hemos vivido durante tantos y tantos momentos de nuestras vidas. No nos mata la vejez; tampoco nos mata la muerte; nos mata el peso de las memorias que transportamos en nuestras desvencijadas almas.

Dicen que la vejez es sabiduría; es posible que ocurra así, a veces. No siempre. Pero la vejez es una fuente de poder inmensa para quien la sabe gestionar, tratar, y convertir en equilibrio, paz, y concentración para poder disfrutar cada momento del día y la noche.

Los recuerdos pueden envenenarnos, hasta convertir nuestra mente en una perfecta locura. Tenemos que domar nuestro pasado para poder construir nuestro futuro.

Mientras los años se acumulan en nuestra piel, tenemos que aprender que lo que perdemos en vigor físico lo ganamos en vigor mental. Y que no es el cuerpo el que mueve el universo, sino la mente. Por lo tanto, la vejez es un camino al poder, al conocimiento, y a la búsqueda de La Verdad, sea esta Dios, el Universo, la Ciencia, o cualquier otra combinación que cada uno se quiera crear en su interior.

Y, en ese camino, recordamos, con cariño, a aquellos amigos que quedaron atrás. Que se fueron, que nos lo dieron todo, y que no volverán. Pero que llevamos en nuestras almas con orgullo, y con una sonrisa que nunca terminará.

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Cuando los recuerdos son cadenas de hielo y acero

Hoy voy a atreverme a hacer algo especial y muy personal. Algo que no he hecho más que en alguna ocasión. Pero hoy tengo la necesidad espiritual de traer de nuevo un texto al blog que publiqué hace un tiempo. ¿Por qué? 

Todo empezó ayer. Estaba trabajando como siempre en el ordenador, con un programa que no acababa de funcionar por algún problema oculto, diseñado para que mi cabeza explotara intentando encontrar el fallo.

De pronto, se me ocurrió poner un disco que no escuchaba hacía demasiado tiempo: “Wish you were here” del grupo británico Pink Floyd. 

Y, de pronto, me vi sumergido en una cadencia creciente de recuerdos y pensamientos. La música del disco me trajo a la memoria a viejos amigos, viejos sueños, viejos amores, y viejas aventuras de juventud que habían quedado borradas de mi memoria largo tiempo atrás. Me vi a mí mismo tarareando la canción que da nombre al disco, “wish you were here” (Ojalá estuvieses aquí). Y apareció en mi mente una figura de una joven mujer morena que perdí demasiado pronto, y que me miraba con sus ojos azules como dos estrellas en el firmamento.

Una cosa llevó a la otra, y a este relato que nació inspirada en su recuerdo, como tantos otros relatos y pensamientos. Así que, con su permiso, quiero traer de nuevo ese texto. Y disculpen mi atrevimiento. A veces solo nos queda la noche, una vieja canción, y unos cuantos recuerdos. Nacemos desnudos de cuerpo, y morimos desnudos de un alma que se rompe con el tiempo.

Es la vida, dicen. Sí. Es la vida. Pero puede ser un tormento. Por eso, nada como una vieja melodía para curar el alma de tantos recuerdos. Muchas gracias.

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El hombre del sombrero de ala ancha

Tiene usted setenta años. Afortunadamente se encuentra bien, fuerte, con energía. Pero tiene usted setenta años. ¿Cuántos le quedan de vida? ¿Cinco? ¿Veinte? Es evidente que no mucho más, en la mayoría de los casos.

Usted tiene dinero, el suficiente para vivir bien, incluso con algunos lujos.

Un día llaman a la puerta. Alguien aparece. Es un hombre de unos cincuenta años, con un traje que no se ajusta bien, una corbata ridícula, y un sombrero de ala ancha totalmente fuera de lugar. Pero sonríe, y le dice que no vende seguros.

Vende futuro. Un futuro para usted. Y para su pareja, si es que la tiene.

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