Acosadores literarios, cómo acabar con ellos

Pongámonos en situación. Estoy en casa, concentrado en algo importante y crítico, por ejemplo, la Playstation. Y, de repente, recibo un curioso mensaje por correo. Pongo el juego en pausa, miro el misterioso correo, y, ¡vaya! Es un acosador literario, que me dice que, si no adquiero ahora su libro en oferta en Amazon, es porque estoy completamente loco. Entonces suspiro, miro con odio la foto del autor y de su libro, y decido que tengo que hacer algo. ¿Es delito acabar con los acosadores literarios? Espero que no, porque tengo varios cuerpos en la despensa.

Bueno, hablando en serio: ¿cómo acabar con los acosadores literarios? Vamos a hablar de acosadores literarios, y vamos a ver dos ejemplos de blogs que no han necesitado para nada acosar a nadie para convertirse en un éxito. Lo cual demuestra que se puede brillar con luz propia si el trabajo es duro, honesto, y riguroso. Es decir, el secreto de toda la vida, pero aplicado al siglo XXI. Nada más, y nada menos.

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Endorfinas y síndrome de abstinencia literario

Hoy vamos a dar otro paseo por el mundo de las letras. Hace ya un tiempo que inicié un listado de artículos sobre el apasionante, desquiciante, y abrumador mundo de la palabra escrita, y de cómo atrapa las mentes de los escritores, y luego de los lectores, de una forma sutil y compacta, hasta que nos vemos arrastrados a escribir, y a leer, hasta sucumbir por el sueño, el cansacio, y el agotamiento. Nunca por el tedio, excepto si se lee “Cincuenta sombras de Grey” claro. Siempre hay excepciones.

¿Y a qué se debe esa pasión desatada por las letras? Son las traicioneras endorfinas. El mayor invento de la historia, y origen de muchos de los pecados de la humanidad. Pero pecados que merece la pena cometer de vez en cuando. Vamos a verlo.

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Blogs y balance de cinco años de sueños

A punto de llegar a los 900 artículos, con 65.000 visitas al blog, y superados los 350 seguidores, es hora de hacer balance de estos cinco años que se cumplen de La leyenda de Darwan en Internet. Cinco años que han sido intensos, donde he escrito más de lo que podré escribir en cien vidas, y en donde me ha pasado de todo, y donde ha pasado de todo.

Hay que decir que una parte de esos números tienen que ver con los artículos de ciencia, que son con diferencia los más leídos. Con la excepción de tres artículos sobre filosofía, que tienen también muchas lecturas. Los artículos sobre humanidades tienen menos lectores, y los artículos sobre los libros de la saga Aesir-Vanir son los que tienen menos lecturas, pero son también los que tienen los seguidores más fieles.

Es decir, y como ocurre de una forma lógica, los artículos de divulgación tienen muchas lecturas pero de lectores ocasionales, y los artículos sobre los libros tienen lecturas muy concretas, pero de un grupo de lectores determinado. Esto es algo perfectamente normal, en este blog y en otros. Aquí vienen básicamente dos tipos de lectores: los que pasan una vez por un artículo divulgativo, y los que se interesan por la saga, que van siguiendo las novedades.

Evidentemente, como responsable del blog, quiero agradecer a unos y otros su interés en los contenidos que aquí se ofrecen. Hoy, tras cinco años, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones y conclusiones sobre todo este mundo de blogs y letras con ocasión de este quinto aniversario.

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Nadie leerá nuestros libros cuando hayamos muerto

Estaba esta mañana pensando en los detalles finales del nuevo artículo que preparo para el blog, y que incorpora un vídeo que estoy terminando, cuando de pronto suena el aviso de un correo nuevo. Recibo bastantes al día, así que uno más no es más que una cuestión de prestarle tres segundos de atención. Quién sabe; quizás sea alguien anónimo que me ha dejado su fortuna para que pueda seguir escribiendo sin cortapisas ni estrecheces. O quizás sea el FBI, que piensa arrestarme por aquellos cuadros que robé de aquel museo en Los Ángeles. Juro que no fui yo, señor juez, fue mi vecino. O quizás podría ser un recuerdo del pasado, que acude cuando menos se le espera.

Pero no; es de una web de literatura. Hace unos tres años les mandé un texto, un pequeño relato que había escrito, y que envié por si fuese de su interés publicar. Como ocurre siempre, no obtuve respuesta. Ahora, sin embargo, tras tres años, me llega un correo de ellos, diciéndome que lo van a publicar. Tres años. 

Y lo he leído. Es un texto que escribí cuando todavía estaba sumergido en los mares de Facebook, en varios grupos de literatura, y veía cada día a cientos de escritores tratando de que alguien se fijara en su último relato, en su última novela, en su última poesía. En su último grito de desesperado para que alguien escuche su palabra. Tengo algún texto con la misma temática más reciente. Pero este nació directamente por la influencia de ese caos de Facebook.

Aquello me inspiró para escribir este texto. Una simple reflexión, que he pensado en rescatar, por una vez, porque ya me libré de Facebook y de aquella locura. Ahora sigo estando loco, pero comparto conmigo a solas, y en este blog, ese mal que tanto miedo da, y que tanto nos da como escritores.

Así que ahí va, por si quiere usted leerlo. Lo rescato de nuevo. Para todos ustedes. Y para todos esos escritores y escritoras de Facebook, que probablemente sigan soñando con la libertad de las letras reconocidas por sus semejantes. Ahí va.

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La Máquina de Inspiración Divina

Llegué a casa a no sé qué hora de la noche, después de otra jornada de lo que yo denomino del tipo “blanca-nada”. Blanca por el color de la ginebra de aquel tugurio, y nada por lo que había obtenido gracias a ella. Esas noches en las que hasta la Luna decide bajar de su palacio un momento para burlarse de la suerte de uno. En estos casos solo queda agachar la cabeza, virar ciento ochenta grados, y poner proa al segundo tugurio más importante de mi vida tras aquel bar: mi viejo apartamento. Aquella hora a la que llegué era  tan nocturna que todavía no se había inventado una posición en la aguja del reloj para representarla.

Saqué la máquina de escribir portátil de mi viejo Volkswagen, abrí la puerta de casa, y tiré la máquina al sofá, mientras balbucía algunas palabras muy poco cristianas, y me servía un nuevo gin-tonic, continuación de esa saga de gin-tonics que había tomado en el peor tugurio de la ciudad, intentando olvidar aquellos ojos de fuego que aún me miraban con falsa ternura.

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Mueren las librerías, no los libros que viven en ellas

Las sorpresas que depara la vida son a veces grandes, y a veces, son pequeños detalles que impresionan, y que dejan una profunda huella en el alma. A veces, los detalles más pequeños y más nimios se convierten en los ejes centrales de nuestras vidas. Una mirada. Una sonrisa. O una perdida librería.

Iba yo recientemente por la Gran Vía de Barcelona, caminando taciturno como siempre, cuando de pronto me encontré con una imagen, la cual pueden ver adjunta en esta entrada. Tomé la foto, porque la imagen hablaba por sí misma. Y decía:

Un libro: 3 euros. Dos libros: 5 euros. Cinco libros: 10 euros.

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Literatura: trabajando dos finales (o tres)

Vamos con una nueva entrada sobre literatura, en la que de nuevo intento reflejar mis experiencias y mis pensamientos, los cuales quizás puedan servir a algunos para sus trabajos y sus obras. Si es así, me sentiré plenamente satisfecho. Porque el hecho literario no se basa solo en la obra, sino, de forma mucho más abierta, en todo lo que rodea a la obra. Un libro es mucho más que palabras; es todo el mundo que se encierra en ellas.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que mis últimas semanas literarias han sido bastante complicadas, por decirlo de una forma suave. También en lo personal, pero eso queda para mi testamento y mi libro de memorias.

El caso es que estoy terminando el Libro XIV, “Mensajero del Nastrond”, y me he encontrado en una tesitura que me ha dejado completamente bloqueado. Se trata del final de la novela. ¿Y por qué he llegado a esta situación? Ese será el motivo de esta nueva entrada en la lista de “recetas literarias” que he ido cocinando en estos tiempos. Vamos a ello.

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Si es que a guapo no me gana nadie

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