Quo Vadis, Donald?

Bueno, vamos a ver cómo termina esta entrada. Porque las entradas se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan. Sobre todo si el “protagonista” es Donald Trump.

Cuando Trump llegó al poder, comenté que este hombre no terminaría su mandato, y mucho menos lo repetiría. Ahora tengo que reconocer que me equivoqué. Sí. Este hombre no verá el año nuevo en la Casa Blanca, o, como mínimo, verá cómo el camión de la mudanza se acerca frío y oscuro. Ah, que me dicen que da igual, porque él pasa el tiempo entre su torre en Nueva York y el campo de golf. Haberlo dicho antes hombre, con lo bien que me estaba quedando la imagen.

Donald Trump es, sin embargo, una bendición para Estados Unidos (o América, y sí, estoy de acuerdo en que América es más que USA). Y voy a explicar brevemente, al final de este texto, por qué es una bendición.

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América es, como todos los países, cíclico. Se mueve entre el oscurantismo medieval, y la luz del conocimiento. Y atención, no hablo de demócratas o republicanos. Hablo de políticas para el progreso y el conocimiento, frente a otras que abogan por el control de la ciencia y del ser humano por grupos poderosos religiosos, muchos de ellos fanáticos, y tan fanáticos que muchos de esos islamistas que dicen combatir parecen niños de pecho a su lado. Abogan por las armas. Abogan por el control del individuo. Abogan por convertir la sanidad en  un negocio. Abogan, atención, claramente por la tortura. Abogan por obligar a los profesores a que enseñen doctrinas religiosas de carácter fundamentalista. Abogan por eliminar todo tipo de ciencia contraria a sus leyes divinas. Abogan por reprimir a la mujer, con frases como “por qué tengo que pagar yo tus controles para el cáncer de mama”.

Abogan por negar conclusiones perfectamente aceptadas como el cambio climático. Están procediendo a desmontar todo tipo de organizaciones de carácter cultural, social, y de destruir las artes. Juzgan y condenan a naciones enteras. Persiguen a científicos y centros de investigación que atentan contra su religión. Se atreven a decir que ellos están en posesión de una verdad que es divina, y que solo ellos la ofrecen a quien quieren. Abogan por mirar a otro lado frente al racismo, la xenofobia, el dolor de aquellos que menos tienen. Abogan por las armas como método para combatir la violencia. Abogan por la pena de muerte como solución final. Abogan, en definitiva, por la mentira, por la infamia, y por un criterio fundamental, cuyo argumento es el siguiente: “o estás conmigo y mis ideas, o estás contra mí, y entonces, te combatiré con todas mis fuerzas”.

No. No hablo de Irán, o de Arabia Saudí, por si alguien se había despistado. Hablo de Estados Unidos. Pero ¿qué Estados Unidos? El de Donald Trump, claro.

¿Está todo perdido? No. Ni muchísimo menos. Existe otra América. Existe otro país. Está ahí, agazapado, escondido, temeroso, pero poco a poco despierta. Es la América de la libertad. La América que busca ser un país de paz y en paz. La América que te recibe con un abrazo, y no con un arma. La América de los sueños, de los viajes al futuro, de la música viva y vibrante. La América que aboga por la enseñanza, por la justicia y la sanidad universales. La América que lucha por destruir barreras, por acabar con los muros, y por construir puentes. La América que trabaja por el conocimiento, por la ciencia, por que cada profesor enseñe que la libertad que tanto costó ganar, se pierde fácilmente. La América que es y será siempre un gran país. Con defectos por supuesto. Con asuntos por solucionar importantes sin duda. Pero que mira al mundo como a un igual, con la idea de apoyar y empujar a otros países a conseguir su libertad tendiendo la mano, y no bombarderos ni misiles. La América que manda portaaviones no para combatir, sino para recoger a hombres, mujeres y niños flotando en el mar, y les da la oportunidad de disfrutar de una nueva oportunidad.

Es es la América que yo quiero. Y yo sé que es la América que quieren millones de estadounidenses, que se ven representados por un hombre que no es que sea un mal político, es, simplemente, una pesadilla para la democracia, para la diplomacia internacional, y para el futuro de América, y de la humanidad.

La lección parece evidente: ahora ya hemos visto lo que consigue el populismo, la demagogia, y la mentira. Todas ellas condensadas en Donald Trump. Es hora de empezar a organizar un relevo, sea del partido que sea, y comenzar de nuevo a construir el puente hacia un país mejor, más grande en corazón, y más lleno de vida, de amor, y de paz. Y es evidente que es difícil. Sé que hay muchos retos, y mucho miedo por el terrorismo internacional. Pero no lo olvidemos: los terroristas cuentan con ese miedo para ganar. Si tenemos miedo, ellos ganan. Si les hacemos frente con entereza, con la justicia y la libertad, temblarán.

No se trata de no luchar. Porque sé que algunos dirán “mira, ahí va el pacifista ese, el soñador”. No. Yo sé que a veces hay que luchar. Pero no puedes convertir el mundo en tu campo de batalla, y a cada país en tu enemigo. No se trata de eso. Se trata de quién lucha, cuándo, cómo, y por qué. Con qué objetivos, con qué aliados, y con qué resultados. Esa es la lucha de la libertad. Lo ha sido durante toda la historia de la humanidad. Ahora no tiene por qué ser distinto. Lanzar bombas propagandísticas no lleva a nada. La guerra televisada nunca se gana. Se gana la guerra que trabaja por la paz. Y sé que algunos dirán que la guerra no conduce a nada. Y es verdad. Pero la paz amenazada es una paz envenenada.

¿Cómo terminar con las guerras? Es difícil. Pero es posible, por supuesto que es posible. Se hace con educación, y con cultura. En todo el mundo. En todo el planeta. Y para cada niño y niña de la Tierra. Si se ha luchar, debe ser una lucha por la igualdad. Por los derechos humanos.  Algunos dirán que no hay guerras buenas. No las hay. Y debemos reflexionar por qué hemos llegado, como especie, a esta brutalidad. De nuevo, la educación es el arma definitiva para ganar.

Al final, Donald Trump dejará la Casa Blanca, y habremos aprendido una dura lección de cómo se puede perder el sentido de la realidad. Y eso es bueno. Porque nos hará reflexionar, y la próxima vez, con un poco de suerte, ganará la lógica, y el sentido común. Sea quien sea que gane, ganará una oportunidad de paz. Y eso sí merecerá la pena verlo y aplaudirlo. Por América. Y por el mundo.

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De libertad y seguridad

Se habla mucho de libertad. Y de falta de libertad. De la libertad con la que nacemos. Y de la libertad que nos dan por haber nacido en este o aquel lugar.

Pero el concepto de libertad es mucho más complejo. La libertad se usa como moneda de cambio de los gobiernos para ajustar el tono y entusiasmo de los pueblos. Un gobierno en elecciones o en minoría hablará de libertad. Uno con mayoría absoluta, o absolutamente seguro de no estar equivocado, hablará de seguridad. Lo más curioso es que un mismo gobierno puede transitar de uno a otro estado en función de sus intereses.

Nos venden libertad para dar una imagen amable de gobierno. Y nos venden seguridad para que nos sintamos protegidos, como el niño se siente cuidado en el regazo de la madre. Lo cierto es que estas dos monedas, libertad y seguridad, son solo las dos caras de una misma moneda. Cuanto más tienes de una, más se pierde la otra. El factor decisivo es buscar el equilibrio ideal. Pero eso es algo que raramente sucede.

Pero la libertad que nos ofrecen está adulterada por los intereses de gobiernos y leyes. La libertad del político sonriente esconde una sola verdad: la obtención de poder, el control de las masas, y el deseo de controlar todos los aspectos de la población. Usando para ello cualquier medio al alcance de ese gobierno. Actualmente, por supuesto, todas las tecnologías disponibles. Así, el control es total. Y la libertad es solo un escaparate lleno de figuras vacías sonrientes que no dicen nada más que lo que queremos escuchar.

¿Qué nos queda? Nuestra propia libertad. La que nos damos a nosotros mismos. La que hemos aprendido a conocer. La que nos dice cuándo alguien, sea una persona, una institución, quien sea, nos vende un sueño, o realmente nos ofrece una oportunidad. Ocurre, algunas veces, pero son pocas. Es tarea nuestra reconocer el momento en el que alguien nos ofrece verdadera libertad. Pero, para eso, deberemos ser libres primero.

El orden, la justicia, la libertad, la democracia, son solo palabras huecas. Si no se practican de verdad, son solo una imagen, una ilusión, una mentira gigantesca para ocultarnos la última verdad: que estamos en sus manos, y que no nos van a soltar.

Por eso, debemos aprender a ser libres. Por nosotros mismos. Sin interferencias. Sin ruidos externos. Solo nosotros y la verdad. Ese es camino para empezar a conocer la realidad. El único camino. De verdad.

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Vivir con miedo por ser como se es

Es difícil vivir con miedo. Es difícil comprobar cómo tus ideas son el camino que puede llevarte a sentirte amenazado y perseguido. O que por el hecho de haber nacido en un país determinado, tener un color de piel concreto, tener unas ideas políticas democráticas concretas, o por disponer de vulva en el cuerpo, debas estar sometido a la voluntad de otros. O por hablar de libertad y de justicia para todos.

Yo, ahora que no nos oye nadie, diré que, en una ocasión, durante el servicio militar, fui interrogado por un señor que tenía no sé cuántas estrellas de cuatro puntas en cada hombrera. Este señor ordenó que me llevaran hasta su despacho para un interrogatorio. Una vez allí, aquel hombre me hizo una serie de preguntas de carácter político y en relación a unos hechos derivados de unas actuaciones que yo había llevado a cabo con respecto a mis ideas. Las razones son complejas y no importan. Pero tuve miedo por haber actuado en libertad, y por haber sostenido que la libertad y la justicia deben prevalecer siempre.

Desde el momento que supe que era llamado para el interrogatorio sabía por qué querían hablar conmigo. Y desde ese momento, supe que siempre diría la verdad: que creo en la justicia, que creo en la libertad, y que creo que todo hombre y mujer dispone de derechos humanos que deben ser respetados en cualquier momento y circunstancia. Y si eso iba a ser un problema para mí, estaba completamente dispuesto a acatarlo.

Afortunadamente para mí, eran tiempos de cambio, y el asunto se cerró sin más consecuencias. Lo que no se cerró es mi dolor por ver cómo puede un ser humano ser sometido al miedo y a la tensión por sus ideas, y por expresarlas libremente.

Hoy hay hombres y mujeres que viven con esa angustia no un día, una semana, o un mes. Sino toda la vida. Puedo hacerme cargo, perfectamente, de su angustia, de su dolor, de su miedo. Y creo que debemos trabajar todos juntos para que todos los seres humanos, sin excepción, sean libres en sus pensamientos, en sus ideas, y su capacidad de expresar esos pensamientos. Incluso si son erróneos, eso no implica que no puedan expresarlos. Eso se llama libertad de expresión, y es un derecho que debe estar garantizado. Como el derecho a la vida, a la libertad, al trabajo, al hogar, y a poder vivir dignamente.

Mientras existan ciudadanos con esos derechos, y otros carentes de los mismos, podremos hablar y hablar, pero no estaremos construyendo mejores sociedades. Cómo se llega a eso es algo a discutir, pero debemos tomar el camino ya. Porque hay mucha gente sufriendo. Mucha gente con hambre de libertad, y de justicia. Hora es de que se les escuche ya.

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El problema ético de la obediencia debida

Tenía bastante claro que la llegada del Sr. Trump al poder iba a traer de vuelta muchos de los viejos fantasmas que vivimos en los años 30 del siglo XX. Uno de ellos es el de obediencia debida. Trump ha expulsado a la Fiscal General de los Estados Unidos, porque se ha negado a seguir sus instrucciones para perseguir a seres humanos en función de su origen, nacionalidad o creencias religiosas. Pero ¿qué es la obediencia debida? ¿Y cuáles son sus límites?

Se han cometido muchas agresiones en la historia de la humanidad por el argumento de la obediencia debida. La frase “yo solo seguía órdenes” ha sido usada para razonar acciones que superan claramente los argumentos. Pero el tema no es tan sencillo. A veces se deben dar órdenes que son difíciles de llevar a cabo, pero que requieren ser seguidas por un bien común mayor. ¿Cómo solucionar este problema?

La respuesta está en realidad en el párrafo anterior. El bien común. Esa es la clave en la que podemos apoyarnos para tomar una decisión para seguir o no una orden de un superior. No podemos, como subordinados, actuar ciegamente. Si somos conscientes de que nuestras acciones, promovidas por órdenes superiores, atentan contra el bien común, contra la mayoría, y, especialmente, contra los derechos humanos, debemos sin duda negarnos a obedecer las órdenes.

Decirlo es mucho más fácil que hacerlo, no cabe ninguna duda. Pero por eso es importante que sepamos, en todo momento, qué estamos haciendo y por qué. No podemos lanzarnos a ejecutar una orden si sospechamos que es contraria a cualquier principio fundamental para el respeto y los derechos de las personas. No podemos confundir obediencia debida con la ejecución de órdenes que son un ataque a un grupo determinado de seres humanos.

Es en estos momentos de incertidumbre y de dolor ante hechos tan terribles, cuando tenemos que retrotraernos a aquellos documentos y principios que explican, y enseñan, las cualidades básicas fundamentales que se deben seguir en el derecho internacional. Unas normas que deben ser tenidas en cuenta por todos los pueblos de la Tierra, so pena de volver a situaciones que deberíamos haber superado hace tiempo.

Para mí, los derechos humanos, establecidos en 1948, son una prueba fundamental de que un pueblo que superó una terrible guerra escribió un documento que estamos olvidando a toda velocidad. Creo que las actuales generaciones están olvidando en muchos casos el dolor y el sufrimiento que supone olvidar esos principios. Creo que es nuestro deber enseñarles por qué no debemos olvidar aquel horror. Porque, si olvidamos, volveremos a cometer aquellos errores.

Trump es un aviso. Pero no será el último. Debemos actuar, y actuar ya. O perderemos lo que durante tantos años costó tanto conseguir.

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El concepto de justicia en La leyenda de Darwan

Una de las cosas que más me satisface comprobar de la trilogía de La leyenda de Darwan es lo que me comentaba esta mañana una lectora, y que se repite a menudo: “no es fácil tomar partido” eran sus palabras. Se refiere, naturalmente, a situarse del lado de los LauKlars o de los humanos.

Es importante no prejuzgar las acciones de alguien, ni decidir a la ligera por qué una persona ha actuado de una forma u otra. Es muy importante descubrir qué hay detrás de cada acción, y muchas veces descubriremos que nos hemos adelantado sacando conclusiones.

La línea que cruza la justicia de la venganza, el bien del mal, el amor del odio, el equilibrio del caos, es muchas veces extremadamente fina. Y extremadamente compleja de valorar en todos sus aspectos. Antes de decidir que alguien es de una forma u otra, o que actuado correcta o incorrectamente, debemos ser cautelosos, valorar todas las circunstancias, escuchar a ambas partes, y conocer los aspectos más íntimos de las motivaciones de cada parte. Sólo así se podrá impartir una justicia que, en el mejor de los casos, nunca será cien por cien efectiva, pero habrá valorado todos los aspectos que se requieran. Esa es la forma de actuar, y precipitarse tendrá siempre temibles consecuencias.

Quizás sea este el aspecto que más destacan los lectores. Y, sin duda, es para mí un placer que sea así, porque ese era el objetivo principal de esta obra. Si lo he conseguido, me sentiré más que satisfecho. Muchas gracias a todos y todas por vuestras palabras.

Una escena del primer libro.
Una escena del primer libro.