Fragmento de “La leyenda de Darwan”

Cuando publiqué la trilogía original de La leyenda de Darwan lo hice en una web de literatura llamada Entreescritores. Allí los tres libros quedaron en las tres primeras posiciones absolutas durante casi un año, con decenas de comentarios positivos. El primer libro todavía se encuentra allí junto a los comentarios.

El primer libro era el más corto de los tres. Una editorial dijo interesarse por publicar el libro, pero me pidió que lo ampliara. Yo lo hice encantado, entre otras cosas porque ya tenía la intención de ampliar ese primer libro. Luego la editorial se echó para atrás, pero el primer libro ya estaba ampliado.

Este que traigo aquí es uno de los capítulos adicionales de “La leyenda de Darwan I: Ragnarok”. Helen, una de las dos protagonistas de la saga junto a Sandra, una joven mujer de algo menos de treinta años, se encuentra en su despacho, tras encontrarse su ADN y sus recuerdos almacenados durante millones de años en un sistema informático muy sofisticado y no creado por humanos.

Otros miles de humanos han renacido mediante el mismo procedimiento, y ahora luchan por sobrevivir en un universo muy distinto. Son humanos normales, gente corriente que, no sabe por qué, fueron elegidos para ser salvaguardados en un futuro lejano…

El primer libro se puede descargar de forma gratuita de Lektu.

El mapa de la Galaxia durante los hechos de “La leyenda de Darwan”.

Reencuentros.

La nave estelar Neretva era una variante mejorada de las naves estelares de la clase Leena, construida poco antes de terminar la Era Anterior.  Junto con la Fenrir, eran bastante más rápidas y ágiles en espacio estándar, y de un mayor rango. Esta era la segunda nave recuperada tras la propia Fenrir, al mando de Vasyl Pavlov.

Ahora, la Neretva era el cuartel general temporal de Helen, mientras su propia nave era recuperada y puesta a punto, junto a su tripulación. Todo era provisional en aquella sala donde se había habilitado una mesa, una terminal de computadora, y una máquina de café, junto a un viejo tocadiscos que se había podido recuperar de un almacén. Un viejo LP de vinilo daba vueltas a 33 revoluciones por minuto a través de un vetusto sistema analógico de almacenamiento de información, emanando algo de música de un tal Steve Hackett.

Helen se encontraba detrás de la vieja mesa. Una antigua mesa con un aspecto que imitaba la madera de nogal. Estaba sentada, o casi se podría decir que extendida, sobre una desvencijada silla estándar de cuatro patas, que una vez tuvieron ruedas. La silla gravitatoria que debía ocupar ese puesto requería unos ajustes, y no se encontraba operativa. En el sórdido silencio de la estancia, intensificado por el gran ventanal que mostraba las pocas estrellas del borde de la Galaxia, Helen miraba el giro constante del disco, con los ojos perdidos en recuerdos de un tiempo que hacía demasiado había dejado de existir.

Un doble golpe en la puerta la sacó del éxtasis en el que se encontraba. La señal de audio de la misma tampoco funcionaba.

­—¡Adelante! —gritó sin convicción. Una mujer asomó la cabeza, entró, cerró la puerta,  y se dirigió hacia la mesa. Su tez era más bien morena, y su figura delgada y menuda, no muy alta. De ojos grandes y oscuros, tenía el pelo recogido en un moño clásico. Observó unos instantes a Helen antes de hablar.

—Señora, me ha llamado… ­­­—Helen giró la cabeza, y sonrió amablemente.

—¡Yolande Le Brun! mi estimada Le Brun, cómo me alegro de verte sana y salva. Tienes buen aspecto.

—Gracias, señora. Los regeneradores de ADN están plenamente operativos. He tenido suerte.

—¿Suerte? Sin duda. Poder contar contigo en esta nueva Era es una gran ventaja para todos.

—Gracias, señora.

—No seas modesta, Le Brun. Te has ganado el respeto y la admiración de todos. Y de verdad que estás muy bien. A mí, sin embargo, mira qué cara me han dejado esos pollos gigantes… —Helen se tocó la cara con ambas manos—. Estoy horrible, parezco un monstruo.

—La señora no parece un monstruo —negó Le Brun—. Tiene buen aspecto. Pero, si me lo permite, debería animarse un poco. —Helen arqueó las cejas levemente.

—¿Animarme, Le Brun? ¿Por qué? ¿Hay algún motivo en especial para ello? ¿Te das cuenta de dónde estamos? ¿Y, sobre todo, de cómo estamos?

—Bueno… Yo creo que sí… Para empezar, estamos vivos, gracias a Dios. Y a la fortuna. —Helen se levantó de la silla y suspiró.

—Dios no tiene nada que ver en esto, Le Brun. Y la fortuna, bueno… Ya lo has visto.

—¿Ver el qué, señora?

—El tiempo. El tiempo que ha pasado aquí. En este universo. Tres mil millones de años…

—Sí, señora. Pero estamos aquí, ahora. Las posibilidades de sobrevivir eran…

—Escasas, sí —cortó Helen—. Y ni rastro de los Xarwen. A saber qué pasó con ellos. Hay que revisar detalladamente las bases de datos que hemos robado, y ver qué información contienen. Ahora estamos solos, Le Brun. Completamente solos. Un puñado de humanos perdidos en un universo que vio el fin de la humanidad hace una eternidad de tiempo. Más de lo que tardó la vida en nacer y evolucionar hasta el ser humano en la Tierra. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? Ya no va a ser como en la Era Anterior. Esta vez las cosas se van a poner realmente difíciles.

—Señora, si me lo permite: lucharemos. Como hicimos antes.

—¿Luchar? Sin duda. Pero ¿contra qué luchamos?

—Pues… Contra los LauKlars, señora.

—Sí, sí, está claro, los LauKlars… Pero ¿Qué LauKlars, Le Brun? Estos no son los que dejamos en el pasado. Han cambiado. Son distintos. Parecen… Más confiados. Incluso pacíficos.

—No me creo ese pacifismo que parecen tener, señora.

—Por supuesto. Pero han caído en la trampa, y ahora somos libres. Podrían habernos destrozado, y no lo han hecho. Me pregunto por qué.

—Tiene que haber una razón muy poderosa, señora. Y eso me preocupa.

—Estoy totalmente de acuerdo, Le Brun.

—Acabaremos con ellos de todas formas, señora. De un modo u otro.

—Bueno, esa es la idea. Les llevamos una ventaja primordial. Se someterán, o desaparecerán.

—Sí, señora.

—¿Qué se sabe de los procesos para la recuperación del personal y material? ¿Sabes algo de Pavlov?

—La recuperación va bien, según lo establecido. Pavlov está con la Fenrir.

—¿Has hablado con él?

—Sí, señora.

—¿Y qué te ha dicho?

—¿Aparte de un montón de expresiones y calificativos obscenos y completamente irrepetibles, señora? —Helen rió.

—Sí, ya me lo imagino. Aparte de eso… Kim ¿dónde estás? —gritó Helen por el intercomunicador.

—Estoy ayudando al ingeniero jefe para reiniciar todos los sistemas y el motor principal, señora —contestó Kim, el ayudante personal de Helen, a través del auricular integrado en el oído.

—Tráeme una botella de agua cuando puedas. El sistema hídrico de la nave todavía no está operativo. ¿Hay algo que funcione en esta lata?

—Me encargaré de ello enseguida, señora. Y debe comer algo. —confirmó Kim.

—¡Claro, Kim, una gran idea! ¡Comer algo, por supuesto!… Y, si es posible, que sea pollo, y no esa basura de nutrientes.

—Me alegra ver que la señora está recuperando el sentido del humor — contestó Kim a través del comunicador.

—No tengas tantas esperanzas, Kim —respondió Helen cortando la comunicación. Luego se dirigió de nuevo a Le Brun.

—¿Dónde estábamos? —preguntó Helen desorientada.

—Estábamos con el hombre capaz de acabar con la paciencia de cualquier ser humano, señora —contestó Le Brun con convicción.

—¡Ah sí, Pavlov! No tuve oportunidad de hablar con él muy a menudo. Siempre estaba salvando el trasero de alguien con la Fenrir. Le debemos mucho. Fue uno de los artífices del, bueno, tú lo llamarías “milagro”.

—Fue un milagro, señora. Pero la señora fue la artífice principal.

—Bueno, lo llamemos como lo llamemos, aquello sirvió para salvar la piel. No me voy a quejar por ello, Le Brun. Puede que Pavlov tenga métodos expeditivos y directos para hacer las cosas, pero son métodos sin duda eficaces.

—De eso no cabe ninguna duda, señora. —Helen miró de reojo a Le Brun.

—Creo que hay algo más que orgullo en tus palabras cuando hablas de Pavlov, Le Brun. —Le Brun se estremeció levemente.

—Señora, no me fijaría en un hombre así aunque fuese el último en el universo.

—¿No? ¿Estás segura de eso?

—No, no estoy segura, señora. Y mentir no me va a servir de nada. —Helen asintió sonriente.

—Bueno, vamos a dejar eso ahora. Transmítele dos órdenes. La primera: que no abra demasiado las líneas. Quiero que ataque y destruya varias naves LauKlars más antes del contacto con ese… Presidente que tienen. Que haga todo el daño posible. Pero que vigile cualquier acción sospechosa de los LauKlars, y, sobre todo, que no arriesgue las naves por nada del mundo. Tenemos que estar agrupados en estos primeros pasos. La segunda: que, por una vez en su vida, aprenda a seguir mis órdenes sin discutirlas, ni mascullar, ni bramar como un elefante en estampida. ¿Se lo dejarás claro?

—Estaré encantado de hacerlo, señora. —Helen se recostó sobre la silla. Casi se hundió en ella. Suspiró profundamente.

—¿Cómo lo ves, Le Brun?

—¿El qué, señora?

—Esta locura.

—Debemos ser precavidos, señora. Tenemos una ventaja técnica. Pero…

—Eso mismo pienso yo… En fin, hay que reorganizar todo de nuevo. Yo… —La puerta sonó de nuevo.

—¡Entre! ¡Entre! —gritó Helen. La puerta se abrió levemente, y apareció el rostro de un hombre de unos treinta y tantos años, de aspecto algo dejado, con unos pantalones tejanos medio rotos, zapatillas deportivas de un estilo cercano a finales del siglo XX, y una camisa de un viejo grupo de rock.

—¿Se puede?

—¿Quieres hacer el favor de pasar, Scott? Le Brun, eso es todo. Déjame aquí con el hombre de los mil misterios.

—Sí, señora. —Le Brun hizo una leve reverencia, y salió. Miró de reojo a Scott, que la miró de reojo a ella. Helen se levantó y se acercó a él.

—Creí que me libraría de ti después de tres mil millones de años metida en una botella. Pero parece que mi condena es ciertamente eterna. —Scott se mantuvo quieto, como congelado, rígido, e incapaz de mirarla. Ella prosiguió mientras se apoyaba en la mesa:

—Míralo, ahí, impávido, el hombre de hielo, el corazón distante… ¿Quieres hacer el favor de relajarte un poco? No estás ante la diosa Freyja, aunque sigáis con la manía de llamarme así. Soy Helen, no un tiranosaurio. ¡Maldita sea! Quién me mandaría a mí meterme en… —Helen balbuceó algo ininteligible mientras se tocaba la cabeza con las manos en un gesto de dolor. Luego, de pronto, se quedó quieta, se alzó, y giró sobre sí misma, a una velocidad que desafiaba toda lógica física, mientras miraba directamente a Scott.

—¡Está bien, suéltalo ya! ¿Qué ocurre ahora, Scott?

—Debes calmarte. Por favor. Se acercan tiempos difíciles. Lo que pasamos en el pasado poco tendrá que ver con lo que vamos a vivir.

—¿Te das cuenta, Scott? ¿No lo ves? Estamos otra vez con lo mismo. ¿Cuántas veces tuvimos esta conversación en el pasado?

—Demasiadas veces.

—Demasiadas veces, sí… Helen se sentó en la silla. Parecía agotada.

—¿Crees que estamos enfermos, Scott? ¿Crees que ha merecido la pena dormir durante tres mil millones de años, sólo para despertarnos con el fin de convertir los sueños de miles de especies en una pesadilla interminable? ¿Crees que, después de tanto tiempo esperando el Ragnarok, el apocalipsis, o como quieras llamarlo, seamos, finalmente nosotros el ángel que toca la trompeta, o el Fenrir que desata su furia ante los LauKlars y miles de otras especies? —Karl se mantuvo pensativo unos instantes. Alzó la vista levemente, miró a Helen, y contestó:

—Creo que tú eres Freyja. Tú eres la respuesta. Eres la senda que la humanidad debe recorrer. Contigo no tendremos miedo. Porque confiamos en ti. Todos. Si alguna vez fracasas tú, la humanidad habrá fracasado. Y si alguna vez triunfas tú, la humanidad habrá encontrado por fin el reposo, y un nuevo futuro.

Helen se levantó y se acercó al tocadiscos, que daba vueltas con el plato girando libremente. Levantó el brazo de la aguja, y lo colocó en su sitio. Luego se giró lentamente, y miró con semblante oscuro a Scott:

—¿Te das cuenta, Scott, que estáis apostando de nuevo la humanidad a una mujer que no llega a los treinta años y sin experiencia? ¿Una mujer que no fue nada en la Tierra? ¿Que sólo tuvo tiempo para perder el tiempo? ¿Por qué me hacéis esto?… Dímelo. ¿Por qué?

—Ya te lo he dicho: porque tú eres Freyja.

—¡Maldita sea! —gritó dando una patada a la mesa. —¡Yo no soy una diosa, Scott!

—Tú eres lo que la humanidad quiera que seas. Y ahora, ha querido que seas Freyja. Ese es tu papel. Y tendrás que aceptarlo. O ver cómo la humanidad muere, y se extingue. Y esta vez, para siempre.

—Odio todo esto, Scott. Lo odio. —Helen se acercó las manos a la cara. Un esbozo de lágrima rodaba por su rostro.

—Lo sé. Y lo entiendo. No será fácil. Todos te apoyaremos. Pero el dolor, el sufrimiento, la angustia, y el miedo, serán solo tuyos. Ese es tu destino. Desde que naciste. Y hasta que mueras.

—¿Y si nunca muero?

—Entonces, nunca habrá paz para la humanidad.

—Menudo consuelo, Scott. Al menos, te tengo a mi lado. —Scott la miró. Y ella entendió que ni siquiera ese deseo podría verse cumplido.

—Voy a tener que retirarme, Freyja.

—¿Retirarte?

—No podré ser tu segundo en esta nueva Era. Elige a otro. Pavlov, por ejemplo.

_¿De qué estás hablando, Scott? Tu mente y tu capacidad son vitales para el progreso de esta operación. Te necesitamos. —Scott bajó levemente los ojos.

—Lo sé, y me debo a todos. Pero lo que tengo que hacer ahora, lo debo hacer solo. Necesito una sala, un laboratorio, y mucha tranquilidad. —Helen lo miró con el ceño fruncido y la mano en la barbilla durante un momento. Finalmente, contestó:

—Siempre igual, Scott. Siempre tus misterios y tus palabras vueltas del revés… En fin, está bien. Irás a la Enterprise, o a la Charles de Gaulle. Creo que ambas naves han sido recuperadas ya, y cualquiera de las dos tiene equipamiento suficiente para cualquier clase de experimentos… ¿Y no vas a decirme de qué se trata? —Scott miró levemente a Helen.

—Sólo voy a decirte que… —Scott dudó unos instantes.

—¿Qué?

—Que te iré informando de mis progresos. —Helen se recostó de nuevo sobre la mesa mientras soplaba sonoramente, y gesticulaba dando a entender una sensación de derrota.

—Está bien. Está bien. Lárgate ya. Y cuídate. Te necesitamos.

—Sí, Freyja.

—Mi nombre es Helen. —Scott no dijo nada. Hizo una sencilla reverencia, y salió de la sala. Helen se sentó en la silla. La computadora mostraba los datos robados a Ronta. Afortunadamente había sido fácil descifrar la base de datos LauKlar. La imagen de la pantalla tridimensional mostraba cómo se habían extendido de un lado a otro de la Galaxia. Miles y miles de mundos habitados.

—Menuda fiesta se avecina  —susurró.

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

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