Brexit: el mensaje del miedo

Hablé del Brexit hace poco, en relación a la necesidad de que dicha operación sea en su versión “dura”. La razón de apostar por el Brexit “duro” no es que yo esté esperando el mayor de los males con el Reino Unido, y también con la Unión Europea. Mi razón es de carácter estratégico: un Brexit duro demostrará fehacientemente quién estaba equivocado y en qué. Pondrá las cartas sobre la mesa, y dejará claro si la estrategias del individualismo y de los muros, físicos y mentales, son lo mejor para avanzar como sociedades modernas.

Yo por supuesto apuesto por la unidad de todos los pueblos de la Tierra. Pero como eso solo es una utopía irrealizable y alguien me va a tildar de soñador loco, me conformaré con pretender la unión de los pueblos de Europa. También utópico, pero un escalón por debajo de la utopía total.

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Receta para una buena manipulación política

Esta mañana leía en el New York Times un interesante editorial, en el que se analiza el desarrollo de la implicación rusa en la política de Estados Unidos, y las consecuencias que de esa actuación se han derivado, especialmente con la intoxicación de la información y la manipulación de la opinión pública. Luego, cada cual deberá sacar sus conclusiones. Que básicamente se extienden en tres posibilidades:

  • Primera posibilidad: no creo  nada de lo que dicen, los rusos no han intervenido en las elecciones, y la victoria de Donald Trump es limpia y completamente legal. Toda esa parafernalia de contactos con los rusos es pura propaganda.
  • Segunda posibilidad: lo  que dice el New York Times es cierto pero solo hasta cierto punto. En realidad, hubo contactos con los rusos, pero no han marcado diferencias, o han sido mínimas.
  • Tercera posibilidad: realmente Rusia ha influido marcadamente en la desinformación e intoxicación de los canales americanos para que ganara Donald Trump, llenando de información falsa las noticias para obtener una gran victoria.

¿Cuál de las tres posibilidades es la real? Por increíble que parezca, la realidad se encuentra, casi con total seguridad, repartida entre las tres opciones. Aunque parezca un sinsentido y contradictorio, en estos juegos de poder y de desinformación cada cual juega sus cartas lo mejor que puede y sabe, y las víctimas son responsables tanto como los causantes, porque ambos son, a la vez, culpables e inocentes.

En estos juegos de poder, nada es lo que parece, nadie es quien dice ser, y toda la información que se maneja es susceptible de haber sido manipulada y distorsionada. Entonces, si no podemos estar seguros de nada, ¿qué nos queda?

No nos queda casi nada. Estamos a merced de la manipulación. Pero solo hasta cierto punto. Podemos ir acumulando datos sobre un hecho o caso concreto, sobre una serie de datos que se vayan suministrando sobre un aspecto de la política de un país o sobre una persona influyente de ese país, y podemos ir advirtiendo un patrón. Esencialmente, lo que podemos hacer es analizar la fuente de información, el origen de las fuentes que emplea (si es que emplea alguna, ese es otro tema), su estilo, y sus objetivos logrados. Tras el estudio de varias de esas entradas, presumiblemente manipuladoras, podremos establecer el patrón que nos dice hasta qué punto se está intentando tergiversar una persona, nación o gobierno, y también qué objetivos se quieren cubrir. Derrocar a ese gobierno, o esa persona, desestabilizar un país, manipular unos hechos para ocultar otros, imponer en la población una serie de ideas que apoyan directa o indirectamente nuestros intereses, o una combinación de las anteriores.

Lo importante, por lo tanto, es el estudio de patrones. Si una radio o un periódico o una web, o incluso una persona influyente y con gran atracción, dispone de un patrón que marcadamente muestra una tendencia, y si vemos que los datos e informes que maneja esa persona siempre son de dudosa procedencia, o incluso no existen, o son pruebas circunstanciales las que se presentan en el mejor de los casos, podremos concluir, con bastante exactitud, que esa persona o medio está intentando influir en algún aspecto de la sociedad, con algún objetivo concreto. A veces aparente. Otras veces no tanto. Pero siempre tergiversando la realidad, cuando no inventándola, para conseguir su propósito.

La tarea no es fácil. Engañar a una parte de la población es fácil. Aquellos que solo quieren escuchar la parte que les interesa, que solo quieren reconocer las noticias que ello quieren creer como correctas, esos ya están listos y son parte de la trama. Y ellos servirán para expandir las tergiversaciones y mentiras de una forma disciplinada y entusiasta.

Por otro lado, aquellos que de ningún modo quieren moverse en la línea de pensamiento que se esté proyectando. A esos debemos darlos por perdidos. ¿Por qué insistir en grupos ideológicos, sean webs, grupos de Facebook, que claramente están en el otro lado?

Queda entonces un enorme grupo que se va a dejar influenciar por la forma de las noticias. Esos son el objetivo fundamental. La parte de la población que no sabe lo que quiere oír, pero que se verá atrapada por un tipo de noticia que le condicione a seguir esa idea. Y eso se consigue haciéndoles escuchar lo que quiere oír. El mensaje ha de ser claro, conciso, y sencillo. Sin adornos. Directo. Fácil y corto. Y que esté directamente implicado en mejorar su estilo de vida, su filosofía, su forma de ver las cosas. Tiene que sonar familiar, cercano, y amistoso. Y tiene que parecer que elegir la idea proyectada es el camino a un mundo mejor.

A todo eso se le llama populismo, y debe usarse con cuidado. Muy poco populismo y no tendremos apoyos e incluso rechazo. Demasiado y la estrategia se estará haciendo evidente. Un equilibrio adecuado es fundamental. Los fanáticos seguirán cualquier idea que se les proponga una vez están del lado que interesa. Pero la masa media necesitará algo más.

Evidentemente, llevar a cabo este tipo de tareas requiere de tiempo, recursos, contactos, y mucho dinero. Hay que gestionar la expansión de la desinformación de forma coordinada y precisa, y comprar a aquellos que puedan ser elementos clave para apoyar la estrategia, y su perfil psicológico especifique que son propicios a venderse. Eso se consigue estudiando su vida, sus costumbres, sus vicios, su personalidad en general. Es un riesgo, pero, si se opone, siempre se le puede convencer por otros medios.

Todo esto está sucediendo aquí, y ahora. Y lleva sucediendo desde el principio de los tiempos. Pero ahora, con Internet, y con el control de las personas tan exacto y dirigido, las cosas son más fáciles en ciertos aspectos. También se puede perder el control con más facilidad. De nuevo, es un juego donde, en general, la trama será descubierta, pero no antes de que haya surtido efecto, y luego será rápidamente olvidada. Y se habrá tenido éxito.

Claro que debemos contar que, acabadas unas mentiras y manipulaciones, comenzarán otras. Esa es la esencia de la política internacional entre los países del mundo. Un juego mortal en el que se puede entrar. Pero del que casi nunca se puede salir. Al menos, en las condiciones en las que se entró.

Pero esa, como se suele decir, es otra historia.

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La ciencia del ciclo y la victoria de Donald Trump

Contra todo pronóstico, Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos. Tal como ocurrió este mismo año de 2016 con el Brexit y con el voto por la paz de las FARC en Colombia, ha ganado la opción que no era candidata al éxito. Pero vamos a concentrarnos en Trump. ¿Por qué ha ganado? ¿Y qué consecuencias tendrá a largo plazo?

Trump ha ganado por un término bien conocido: populismo. El mensaje fácil y directo a una masa que entiende poco o nada de ciencia, de política, y de geoestrategia. Y que lo único que quiere es luchar contra el “establishment”, es decir, contra los poderes ocultos que gobiernan el mundo. Para ello, votan a un hombre sin formación, sin educación, y que solo sabe usar bien el lenguaje del miedo y del nacionalismo, de la ira y de la confrontación. A los que ya tenemos ciertas edades ese lenguaje no nos es desconocido; lo hemos escuchado ya en Europa, y no una vez, sino varias.

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