Brexit: el plácido camino hacia el suicidio

Sigo hablando del Brexit, porque sigue el Brexit. Pensábamos que el 29 de marzo explotaba todo ya, pero vamos por el tercer retraso. Ahora la fecha definitiva parece el 31 de octubre, precisamente el día de las brujas y Halloween, qué casualidad. Pero merece la pena hablar de este fenómeno llamado Brexit, sobre todo desde el punto de vista sociológico, que es el que más me interesa.

De pronto, un país decide lanzarse a un precipicio del que no se ve el fondo. Organizan una serie de mentiras, que están probadas y verificadas, y cuando uno de sus máximos mentirosos y embusteros, el señor Boris Johnson, propone ser primer ministro, todos aplauden y felicitan al gran héroe de un proceso que está destruyendo a Reino Unido desde dentro, y de una manera que nunca pude imaginar. Un héroe que ha mentido a las masas, pero la memoria de la ignorancia es tan corta como los hilos que mueven la política populista de ciertas fuerzas y naciones.

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La caída a los infiernos de la NASA

Seguimos en esta nueva entrada en la Luna. Bueno, al menos es donde parecen estar algunos, cuando hablan de viajar a nuestro satélite natural para 2024. Una idea del todo descabellada y absurda, de la que ya he hablado, y lo seguiré haciendo en un tono crítico, hasta que se recupere el sentido común.

Porque parece que últimamente algunos responsables andan soñando con fantasías de ciencia ficción, y no quieren ver la dura y terca realidad de lo que supone un proyecto de esta envergadura. Vamos pues con una nueva entrada, donde veremos cómo ese maravilloso plan para ir a la Luna en 2024 empieza a desmoronarse, y lo hace además más pronto de lo que hubiese imaginado.

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Starship Troopers y el devenir de Donald Trump

La ciencia ficción es un género denostado e ignorado en muchas ocasiones, debido a la falsa creencia de que trata sobre héroes galácticos, bellas princesas en ropa interior, y poderosos malvados con poderes oscuros. Pero esos elementos, tal cual se describen, no pertenecen única y exclusivamente al género de la ciencia ficción. Esos elementos los hemos visto innumerables veces en películas de fantasía, en viejas películas del oeste americano, y en otras muchas situaciones. Un guión se puede adaptar a un contexto y a una época, pero eso no define la obra literaria o la película; solo define el guión.

Más allá de arquetipos, y para demostrar que la ciencia ficción es un género grandioso, impresionante, y capaz de hablarnos del presente y futuro de la humanidad, les invito a leer las obras de escritores como Arthur C. Clarke, Ray Bradbury, Isaac Asimov (mi padre intelectual), y muchos otros, aquí puede ver una pequeña muestra.

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Los protagonistas de “Starship Troopers”

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Conciertos de instituto, sueños y rock and roll

Hoy, miércoles musical, me va a permitir el lector que me ponga un tanto nostálgico y melancólico, y espero que me perdonen. El caso es que hoy me han dado una sorpresa en forma de esas fotos traidoras del pasado, que aparecen después de décadas, y despiden miles de recuerdos del pasado. Muchos recuerdos y miles de sentimientos. Pero termino esta entrada con música de calidad, así que espero que esta entrada, después de todo, tenga algún valor añadido.

Hoy traigo una foto que me ha hecho mucha ilusión ver después de tantos siglos. Se trata de una imagen que tenía mi hermano (qué diablos hace mi hermano con esta foto), y que corresponde a un concierto que dimos en el instituto donde estudiaba. En aquella época aún tocaba con mi primer bajo eléctrico, que tengo todavía guardado en su funda, y cuya calidad y sonido no eran precisamente los mejores del mundo. Pero era el primero, y para mí era un sueño poder siquiera tenerlo.

¿Cómo se llamaba ese grupo? Tuve el honor de ponerle el nombre. Ahí es donde les voy a pedir que se sienten, respiren hondo, y comprendan la edad que tenía. El grupo se llamaba SS-20. Por supuesto, la “SS” no tiene nada que ver con la infame organización nazi. No. SS-20 era el nombre de unos misiles de alcance medio soviéticos que apuntaban a distintas ciudades de Europa, entre ellas una ciudad que se encontraba muy cerca de donde yo vivía.

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Concierto en el instituto, yo soy el del colgante y el chalequito

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Cuando la realidad supera a la ciencia ficción

Suele decirse, por parte del algunos lectores que no han leído ciencia ficción, que este género trata de naves espaciales, rayos poderosos, planetas que explotan, y héroes guapos con tecnologías muy modernas que rescatan a atractivas chicas jóvenes y desvalidas, que curiosamente casi siempre van en ropa interior.

Afortunadamente, aunque pueda haber un subgénero en la ciencia ficción con esa temática, lo cierto es que algunas de las más grandes obras que ha dado la literatura, y el cine, son del género de ciencia ficción. Pongo un ejemplo muy rápido: 2001. Pongo otro: Solaris. Pongo una saga: la trilogía de La Fundación de Asimov. Entre muchísimas otras.

Desde Julio Verne, pasando por Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, y muchos otros, la ciencia ficción es un camino de exploración del pasado, presente, y futuro de la humanidad. Esa exploración del ser humano, y de las sociedades humanas, se traslada a mundos y civilizaciones imaginarios, donde se resumen los conflictos del ser humano, se analizan, y se proyectan. Son muchos los libros de ciencia ficción, y también el cine, que nos han traído un futuro que luego se ha hecho presente.

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Terra Prime, organización racista y xenófoba, con un mensaje calcado al de Donald Trump

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El eje angloamericano y su apoyo a Europa

Antes de nada, he de decir que no tengo nada en contra de Reino Unido y de Estados Unidos. Al contrario, son dos grandes países, y personalmente creo que hay muchos aspectos admirables en su historia y su cultura. Pero parece que últimamente han decidido que deben dejar de lado ciertos aspectos de su pasado como grandes países, y aislarse del mundo tras murallas de piedra y de ideas. Son libres de hacerlo, por supuesto. Pero no deberían olvidar que el aislamiento significa precisamente dar la espalda al mundo. Si ellos creen que solos van a ser y a vivir mejor, adelante. Pero la historia, que es tozuda, nos explica otras cosas. Este documento habla de gobiernos. Nunca de los pueblos que sufren esos gobiernos. Vamos a verlo.

Quién iba a decirlo. La vieja Europa, siempre renqueante desde que perdió el vigor de la juventud, desangrándose en incontables guerras, especialmente muy cruentas en los siglos XVIII a XX, ha visto cómo los demás eran los que manejaban sus hilos políticos y económicos. Desde antes de la segunda guerra mundial, Europa se ha ido arrastrando pidiendo una limosna a quien pudiera dársela, con el fin de recuperar un orgullo que perdió no sabe cómo. Tuvo que reinventarse dos veces, y la segunda vez, en 1945, necesitó de una vía de dinero fresco y constante de allende los mares para poder al menos rehacer la cabeza.

Europa ha sido desde entonces una comparsa mundial. Aunque dos países europeos, Reino Unido y Francia, tienen derecho de veto en las siempre inútiles negociaciones de las Naciones Unidas, ambas han bailado, especialmente Reino Unido, al ritmo de la mano que le dio de comer, y le procuró un sustento, para poder sostener el orgullo patrio. Especialmente Reino Unido, que sigue creyendo que su Imperio sigue vigente, y sueña con aquella grandeza que perdió hace ya tantas y tantas décadas.

Desde la creación de la Comunidad Económica Europa (CEE), y luego de la Unión Europea (UE), que no son lo mismo aunque se confunda muchas veces, el Reino Unido ha sido una astilla en las políticas del continente europeo. Dirigida su mano por el hermano americano, el trabajo de Reino Unido ha sido siempre el de torpedear las políticas europeas en todos los frentes, especialmente en el económico y social.

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Quo Vadis, Donald?

Bueno, vamos a ver cómo termina esta entrada. Porque las entradas se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan. Sobre todo si el “protagonista” es Donald Trump.

Cuando Trump llegó al poder, comenté que este hombre no terminaría su mandato, y mucho menos lo repetiría. Ahora tengo que reconocer que me equivoqué. Sí. Este hombre no verá el año nuevo en la Casa Blanca, o, como mínimo, verá cómo el camión de la mudanza se acerca frío y oscuro. Ah, que me dicen que da igual, porque él pasa el tiempo entre su torre en Nueva York y el campo de golf. Haberlo dicho antes hombre, con lo bien que me estaba quedando la imagen.

Donald Trump es, sin embargo, una bendición para Estados Unidos (o América, y sí, estoy de acuerdo en que América es más que USA). Y voy a explicar brevemente, al final de este texto, por qué es una bendición.

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América es, como todos los países, cíclico. Se mueve entre el oscurantismo medieval, y la luz del conocimiento. Y atención, no hablo de demócratas o republicanos. Hablo de políticas para el progreso y el conocimiento, frente a otras que abogan por el control de la ciencia y del ser humano por grupos poderosos religiosos, muchos de ellos fanáticos, y tan fanáticos que muchos de esos islamistas que dicen combatir parecen niños de pecho a su lado. Abogan por las armas. Abogan por el control del individuo. Abogan por convertir la sanidad en  un negocio. Abogan, atención, claramente por la tortura. Abogan por obligar a los profesores a que enseñen doctrinas religiosas de carácter fundamentalista. Abogan por eliminar todo tipo de ciencia contraria a sus leyes divinas. Abogan por reprimir a la mujer, con frases como “por qué tengo que pagar yo tus controles para el cáncer de mama”.

Abogan por negar conclusiones perfectamente aceptadas como el cambio climático. Están procediendo a desmontar todo tipo de organizaciones de carácter cultural, social, y de destruir las artes. Juzgan y condenan a naciones enteras. Persiguen a científicos y centros de investigación que atentan contra su religión. Se atreven a decir que ellos están en posesión de una verdad que es divina, y que solo ellos la ofrecen a quien quieren. Abogan por mirar a otro lado frente al racismo, la xenofobia, el dolor de aquellos que menos tienen. Abogan por las armas como método para combatir la violencia. Abogan por la pena de muerte como solución final. Abogan, en definitiva, por la mentira, por la infamia, y por un criterio fundamental, cuyo argumento es el siguiente: “o estás conmigo y mis ideas, o estás contra mí, y entonces, te combatiré con todas mis fuerzas”.

No. No hablo de Irán, o de Arabia Saudí, por si alguien se había despistado. Hablo de Estados Unidos. Pero ¿qué Estados Unidos? El de Donald Trump, claro.

¿Está todo perdido? No. Ni muchísimo menos. Existe otra América. Existe otro país. Está ahí, agazapado, escondido, temeroso, pero poco a poco despierta. Es la América de la libertad. La América que busca ser un país de paz y en paz. La América que te recibe con un abrazo, y no con un arma. La América de los sueños, de los viajes al futuro, de la música viva y vibrante. La América que aboga por la enseñanza, por la justicia y la sanidad universales. La América que lucha por destruir barreras, por acabar con los muros, y por construir puentes. La América que trabaja por el conocimiento, por la ciencia, por que cada profesor enseñe que la libertad que tanto costó ganar, se pierde fácilmente. La América que es y será siempre un gran país. Con defectos por supuesto. Con asuntos por solucionar importantes sin duda. Pero que mira al mundo como a un igual, con la idea de apoyar y empujar a otros países a conseguir su libertad tendiendo la mano, y no bombarderos ni misiles. La América que manda portaaviones no para combatir, sino para recoger a hombres, mujeres y niños flotando en el mar, y les da la oportunidad de disfrutar de una nueva oportunidad.

Es es la América que yo quiero. Y yo sé que es la América que quieren millones de estadounidenses, que se ven representados por un hombre que no es que sea un mal político, es, simplemente, una pesadilla para la democracia, para la diplomacia internacional, y para el futuro de América, y de la humanidad.

La lección parece evidente: ahora ya hemos visto lo que consigue el populismo, la demagogia, y la mentira. Todas ellas condensadas en Donald Trump. Es hora de empezar a organizar un relevo, sea del partido que sea, y comenzar de nuevo a construir el puente hacia un país mejor, más grande en corazón, y más lleno de vida, de amor, y de paz. Y es evidente que es difícil. Sé que hay muchos retos, y mucho miedo por el terrorismo internacional. Pero no lo olvidemos: los terroristas cuentan con ese miedo para ganar. Si tenemos miedo, ellos ganan. Si les hacemos frente con entereza, con la justicia y la libertad, temblarán.

No se trata de no luchar. Porque sé que algunos dirán “mira, ahí va el pacifista ese, el soñador”. No. Yo sé que a veces hay que luchar. Pero no puedes convertir el mundo en tu campo de batalla, y a cada país en tu enemigo. No se trata de eso. Se trata de quién lucha, cuándo, cómo, y por qué. Con qué objetivos, con qué aliados, y con qué resultados. Esa es la lucha de la libertad. Lo ha sido durante toda la historia de la humanidad. Ahora no tiene por qué ser distinto. Lanzar bombas propagandísticas no lleva a nada. La guerra televisada nunca se gana. Se gana la guerra que trabaja por la paz. Y sé que algunos dirán que la guerra no conduce a nada. Y es verdad. Pero la paz amenazada es una paz envenenada.

¿Cómo terminar con las guerras? Es difícil. Pero es posible, por supuesto que es posible. Se hace con educación, y con cultura. En todo el mundo. En todo el planeta. Y para cada niño y niña de la Tierra. Si se ha luchar, debe ser una lucha por la igualdad. Por los derechos humanos.  Algunos dirán que no hay guerras buenas. No las hay. Y debemos reflexionar por qué hemos llegado, como especie, a esta brutalidad. De nuevo, la educación es el arma definitiva para ganar.

Al final, Donald Trump dejará la Casa Blanca, y habremos aprendido una dura lección de cómo se puede perder el sentido de la realidad. Y eso es bueno. Porque nos hará reflexionar, y la próxima vez, con un poco de suerte, ganará la lógica, y el sentido común. Sea quien sea que gane, ganará una oportunidad de paz. Y eso sí merecerá la pena verlo y aplaudirlo. Por América. Y por el mundo.