Políticas de hechos consumados: tres casos

Uno de los aspectos de la política internacional que me parecen más interesantes es ese juego del gato y el ratón entre naciones, que usan sus recursos, legales e ilegales, a la luz de los taquígrafos, y en las sombras, para conseguir sus propósitos. Ayer, revisionando la excelente película “Trece días“, sobre la crisis de los misiles de Cuba, que estuvo a punto de desencadenar la tercera guerra mundial, me pregunté: ¿qué hubiese ocurrido si, en lugar de Kennedy, el presidente hubiese sido Donald Trump?

Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos una cosa: Kennedy, y su equipo, junto con el líder de la URSS, Nikita Khrushchev, evitaron lo que parecía una guerra inevitable. No voy a entrar en la clásica dialéctica de quién hizo bien qué, o mal qué, y quién fue culpable, porque hablar de buenos y malos en estos términos es una política reduccionista que no tiene sentido. Por supuesto que se pueden buscar los responsables de que casi comenzase una tercera guerra mundial, pero es mucho más importante, de cara a la historia, al historiador, y al analista político, delimitar los hechos que llevaron a evitar la confrontación.

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El New York Times informa sobre la crisis de los misiles en octubre de 1962

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Solo los muertos han visto el final de la guerra

Todos estamos de acuerdo en una cosa: la guerra es la peor creación que jamás pudo imaginar el ser humano. La mayor de las pesadillas, y la más terrible invención llevada nunca a cabo. Las guerras lo devoran todo, acaban con todo, y no dejan sino un dolor infinito, que dura generaciones.

Creo que cualquier ser humano estará de acuerdo en que cualquier medio para evitar una guerra es mejor que iniciarla. Porque las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca se saben cómo acaban.

De acuerdo. Entonces ¿por qué han muerto el doble de seres humanos desde 1945, cuando acabó la segunda guerra mundial, que en toda aquella guerra, incluidas las víctimas de las bombas atómicas? ¿Por qué las ventas de armas de todo tipo no dejan de crecer? ¿Por qué tenemos que ver a millones de refugiados huir de sus hogares por armas que fabrican nuestros propios países, y que vendemos a dictadores sin escrúpulos, llevándonos suculentos beneficios, para luego acusar a las víctimas provocadas por nuestras propias armas de ser los culpables de sus desgracias?

La respuesta es muy sencilla: hipocresía. Y avaricia. Y falta de cualquier atisbo de humanismo. Y geoestrategia, como ellos lo llaman eufemísticamente, cuando no se trata de geoestrategia: se trata del control, del poder, y de mantener el statu quo de los pueblos que, en cada momento de la historia, han sido los más poderosos, desde Sumeria hasta la actualidad.

Mucha gente, afortunadamente, no sabe lo que es la guerra. Y ojalá no lo sepan nunca. Pero son muchos, demasiados, los seres humanos indefensos que son brutalmente asesinados cada día en nombre de cualquier causa que solo esconde una verdad: que la única causa para provocar la guerra es alimentar al monstruo de la guerra. Y que la muerte de inocentes no tiene otra finalidad que seguir llenando los bolsillos de seres monstruosos cuya carencia de humanismo es solo comparable a la que podríamos encontrar en el mismo infierno.

La guerra es un monstruo que lo devora todo. Pero la guerra no existe por sí misma; se alimenta de la indiferencia y del ansia de poder.

Todos estamos de acuerdo en que la guerra es el peor monstruo de la humanidad. Pero todos vemos crecer nuevas guerras a nuestro alrededor. No se trata de llevar alimentos a un país o a otro, o de admitir a este o a aquel refugiado. Esa es una solución temporal. Lo que hay que llevar a todos los países del mundo es cultura, educación, formación, respeto, igualdad, y conocimiento.

Con ese caldo de cultivo, los pueblos podrán tener pan, agua, futuro, y una paz duradera. Recordemos que los muros siempre funcionan en ambas direcciones. Los de piedra, y, especialmente, los que se construyen en el corazón de los seres humanos. Porque esos, son, al final, los muros más difíciles de derribar. Y esos muros son los que construyen las armas que luego llevan el dolor a la humanidad. Derribemos esos muros; y tendremos, por fin, paz. Paz, y una justa y eterna libertad.

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China y la conquista del sistema solar

A lo largo de la historia, siempre ha existido un país, imperio, reino, o como queramos llamarlo, que ha dominado sobre los demás. Desde el fin de la segunda guerra mundial ese país dominador es Estados Unidos. Junto a la extinta Unión Soviética, ambos países dominaban gran parte del mundo en los aspectos económicos, políticos, sociales, y militares.

Actualmente Rusia, por mucho que insista el señor Putin, no es lo que fue. Precisamente Putin quiere volver a darle a su nación el poder que se perdió en los noventa, aunque de momento sus actuaciones se centran en hacer volar algunos aviones o barcos por Europa, causando un cierto temor es verdad, pero sin más consecuencias.

Sin embargo, el país que realmente aspira al trono del poder es China. Es ya la segunda potencia económica, y aunque lleva un tiempo sufriendo percances, su fuerza es tan grande que puede controlar esos problemas con relatividad facilidad. No olvidemos la inmensa deuda que China tiene comprada a Estados Unidos.

Pero claro, el poder económico no es suficiente. El poder militar marca diferencias, como bien sabían los romanos y otros imperios. ¿Cómo obtener ese poder? Y más importante: ¿dónde obtenerlo? La respuesta es rápida: en el espacio.

Efectivamente. China está lanzada a un programa militar enorme, pero también a un programa espacial, en una segunda carrera, en la que espera controlar el territorio de la Luna. Para ello, acaba de dar un salto enorme: el cohete C5, que tiene un peso aproximado al cohete más potente americano actual: el Delta IV Heavy. El cohete C5 es sin embargo un estadio intermedio a cohetes más potentes, que serán iguales o más potentes que el cohete Saturno V, que llevó al ser humano a la Luna.

Y un pequeño detalle: China no se va a conformar con plantar una bandera. Va a reclamar el territorio de la Luna como parte de su territorio. Sí, es cierto, hay un tratado internacional que el espacio es de todos ¿De verdad alguien se lo cree? Yo no. El espacio, y la Luna, es de quien tenga el poder económico y militar para reclamarla. Como ha sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad. Pretender que ahora todos vamos a ser hermanos y amigos en el espacio es no conocer bien al ser humano.

Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea, y Japón, y también la India, saben esto. Estos actores saben que hay que moverse, y hacerlo ya. De ahí el entusiasmo en Estados Unidos por ir a Marte. Sí, a Marte, pero pasando por la Luna, por supuesto.

Esta segunda carrera espacial no va a ser como la primera. Va a ser dura, va a ser larga, y va a cambiar el mapa geopolítico de la Tierra. Qué digo de la Tierra. Tendremos que irnos olvidando del mapa de la Tierra. El mapa ahora es el sistema solar. El juego de la conquista ha comenzado. Y el primero que llegue se llevará el premio. No hay premio para el segundo. Esto es algo que hemos visto, una y otra vez, a lo largo de la historia.

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