Nos lo arrebataron todo. Excepto los sueños

suenos

No tenemos destino. No tenemos futuro. No tenemos caminos que recorrer. Pero tenemos sueños.

No tenemos dinero. Ni tenemos transporte. Ni tenemos zapatos. Pisamos el asfalto ardiente con la piel.

Pero tenemos sueños.

No tenemos hipotecas. No tenemos cuenta corriente. No tenemos VISA. No tenemos moto de mil caballos. Ni tenemos una pensión asegurada.

Pero tenemos sueños.

No tenemos acciones. Ni tenemos rentas. Ni tenemos inmuebles valorados en el dolor de aquellos que no pueden habitarlos, porque no se han ganado un sitio en el cielo materialista de un mundo que solo vive del dinero.

Pero tenemos sueños.

No tenemos lágrimas. Las dejamos atrás cuando forzaron nuestros cuerpos y nuestras almas. No tenemos sangre en las venas. La dejamos en las guerras que otros organizaron para llevar la victoria a sus bolsillos y sus bancos.

Pero tenemos sueños.

No tenemos futuro. Nos han robado incluso el tiempo que se halla frente a nosotros, y nuestros relojes se paran en una miseria eterna que nos ahoga y nos mata. Vivimos tras el muro del dolor, de la guerra y la mezquindad, acusados de haber nacido en el lugar donde no debíamos nacer, y tener la lengua, la cultura, y la vida que ofende a otros.

Pero tenemos sueños.

No tenemos nada que ocultar. Y no tenemos la oportunidad que otros tendrán. Pero nos tenemos el uno al otro. Y tenemos nuestras manos, para unirlas en un último esfuerzo de encontrar en nuestros corazones la paz que nos han robado y esquilmado tanto tiempo atrás.

No tenemos más que llagas, heridas, hambre y dolor. Pero tenemos sueños. Y con los sueños dejaremos atrás todas las pesadillas, y crearemos un mundo nuevo. Un mundo para nosotros. Un mundo de paz. Un mundo de libertad. Donde seamos libres. Donde la justicia no sea aleatoria. Donde el ser humano tenga una oportunidad.

Ellos lo tienen todo. Pero ellos no tienen sueños. Los sueños los tenemos nosotros. Y con sueños volaremos de nuevo. Lo haremos. Juntos. Porque nos lo arrebataron todo. Excepto los sueños. Y lo sueños serán el futuro para los dos. Te juro, por mi vida, que así será. Porque te quiero. Y quiero tu libertad.

 

La caída del Imperio Romano, segunda parte

Es curioso observar cómo un gigantesco y poderoso país como Estados Unidos, que ha sido el motor de la industria, la ciencia y la tecnología, se hunde poco a poco en su ostracismo, su abandono de todo aquello que la ha convertido en una gran potencia, y se dirige como un viejo barco sin control a los arrecifes de la costa.

Hay mucha gente que odia a Estados Unidos por su naturaleza de potencia mundial. Sin embargo, desean fervientemente que países como Rusia o China alcancen el poder y el control. Es evidente que algo falla. O se está por una convivencia pacífica entre todos los países, sin que unos dirijan a otros, o se elige un país, el que sea, y se desea que controle el mundo. No se puede jugar a ambos juegos a la vez. Pero los seres humanos suelen terminar decidiendo que es mejor controlar a los demás, que no permitir que el mundo sea orgánico y equilibrado en su poder. La idea de un mundo justo e igualitario es fantástica, pero no parece factible hoy por hoy. Ojalá eso cambie algún día. El sueño de Star Trek, de un mundo unido en una causa única, el bien de la humanidad, parece todavía lejano.

Mientras tanto, una ola de extremismo recorre el mundo. Se cierran puertas, se levantan muros, se establecen fronteras armadas hasta los dientes, y se recrimina a aquellos que han nacido bajo el fuego de las bombas que han construido los mismos que niegan a esos exiliados cualquier oportunidad de vivir.

No, el mundo no funciona. La gente ha olvidado la guerra. Se ha olvidado lo que ocurrió entre 1914 y 1918, y luego entre 1939 y 1945. Se ha olvidado lo que fueron las persecuciones, las masacres, los genocidios. Se ha olvidado que la chispa del odio, del racismo y la xenofobia crecen y se expanden rápidamente, y luego es muy difícil de detener.

Siento tristeza por Estados Unidos. Siento que esos argumentos fáciles, demagogos y populistas hayan llevado a un nefasto ignorante al poder. Y siento que ese hombre esté arrasando con la ciencia y la tecnología, con la cultura y el arte. Y, lo que más siento, es que se ataque la dignidad de las personas inocentes, sospechosas de terrorismo porque hablan algún idioma concreto, o procesan alguna religión determinada.

La chispa que hoy se enciende será el fuego donde arderán todos, los que encendieron la mecha, y los que eran el objetivo de la misma. El fuego no entiende de capas. Ningún muro detiene el odio y la rabia, la sinrazón y la muerte.

Por supuesto, no está todo perdido. Después de la insidia y la destrucción que hombres como Donald Trump suponen, otros vendrán para reparar ese daño. No me importa si son republicanos o demócratas. Me importará que sean políticos razonables y entendendores de que gobernar un país no supone criminalizar al mundo, ni levantar odios y pasiones viscerales es el camino para conseguir una convivencia mejor entre todos. Ese es mi deseo. Espero que el daño no sea demasiado grande. Eso espero.

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Buscando la civilización perfecta

El racismo y la xenofobia han sido una constante en la historia de la humanidad. Han existido en la creencia de que, en un momento dado de la historia, un pueblo, con una cultura, una lengua, una religión, y unas costumbres, han considerado que eran una forma “pura” de civilización, y que cualquier “contaminación” de esa cultura destruiría tan preciado tesoro.

Lo cierto es que la historia está llena de estos pueblos perfectos y estas culturas puras, pero, mucho me temo, las cosas no funcionan así. Todos los pueblos de la historia de la Tierra han sido producto de mezclas constantes de distintas civilizaciones, que han dado lugar a otras civilizaciones, desde el devenir de los tiempos. Los griegos, por ejemplo, eran un conglomerado muy diverso de pueblos. Por no hablar de Estados Unidos en la actualidad, verdadera mezcla de pueblos de todo el mundo, lo cual ha sido fundamental en su desarrollo y prosperidad como nación.

Recientemente una cofradía española del centro de España se quejaba del uso de expresiones andaluzas que “contaminan” su forma de hablar. Es otro ejemplo más de la constante lucha que se mantiene por mantener las tradiciones “puras”. No se dan cuenta de que ellos mismos son producto de miles de mezclas de cientos de pueblos. España por ejemplo tiene enormes influencias del mundo árabe, y el español tiene un gran substrato del árabe en palabras, por mucho que duela a algunos. Un ejemplo: “ojalá” viene del árabe لو شاء الله , pronunciado law sha’a Allah; que significa «si ALÁ quisiera».

Dicho de otro modo: cada vez que digas “ojalá”, estás pidiéndole indirectamente a Alá un favor. Es otra “contaminación”, pero lleva tanto tiempo que ya forma parte de la cultura y de la lengua. Ojalá algún día podamos comprender esto en su justa medida, seremos mejores, como individuos, y como pueblos.

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Solo los muertos han visto el final de la guerra

Todos estamos de acuerdo en una cosa: la guerra es la peor creación que jamás pudo imaginar el ser humano. La mayor de las pesadillas, y la más terrible invención llevada nunca a cabo. Las guerras lo devoran todo, acaban con todo, y no dejan sino un dolor infinito, que dura generaciones.

Creo que cualquier ser humano estará de acuerdo en que cualquier medio para evitar una guerra es mejor que iniciarla. Porque las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca se saben cómo acaban.

De acuerdo. Entonces ¿por qué han muerto el doble de seres humanos desde 1945, cuando acabó la segunda guerra mundial, que en toda aquella guerra, incluidas las víctimas de las bombas atómicas? ¿Por qué las ventas de armas de todo tipo no dejan de crecer? ¿Por qué tenemos que ver a millones de refugiados huir de sus hogares por armas que fabrican nuestros propios países, y que vendemos a dictadores sin escrúpulos, llevándonos suculentos beneficios, para luego acusar a las víctimas provocadas por nuestras propias armas de ser los culpables de sus desgracias?

La respuesta es muy sencilla: hipocresía. Y avaricia. Y falta de cualquier atisbo de humanismo. Y geoestrategia, como ellos lo llaman eufemísticamente, cuando no se trata de geoestrategia: se trata del control, del poder, y de mantener el statu quo de los pueblos que, en cada momento de la historia, han sido los más poderosos, desde Sumeria hasta la actualidad.

Mucha gente, afortunadamente, no sabe lo que es la guerra. Y ojalá no lo sepan nunca. Pero son muchos, demasiados, los seres humanos indefensos que son brutalmente asesinados cada día en nombre de cualquier causa que solo esconde una verdad: que la única causa para provocar la guerra es alimentar al monstruo de la guerra. Y que la muerte de inocentes no tiene otra finalidad que seguir llenando los bolsillos de seres monstruosos cuya carencia de humanismo es solo comparable a la que podríamos encontrar en el mismo infierno.

La guerra es un monstruo que lo devora todo. Pero la guerra no existe por sí misma; se alimenta de la indiferencia y del ansia de poder.

Todos estamos de acuerdo en que la guerra es el peor monstruo de la humanidad. Pero todos vemos crecer nuevas guerras a nuestro alrededor. No se trata de llevar alimentos a un país o a otro, o de admitir a este o a aquel refugiado. Esa es una solución temporal. Lo que hay que llevar a todos los países del mundo es cultura, educación, formación, respeto, igualdad, y conocimiento.

Con ese caldo de cultivo, los pueblos podrán tener pan, agua, futuro, y una paz duradera. Recordemos que los muros siempre funcionan en ambas direcciones. Los de piedra, y, especialmente, los que se construyen en el corazón de los seres humanos. Porque esos, son, al final, los muros más difíciles de derribar. Y esos muros son los que construyen las armas que luego llevan el dolor a la humanidad. Derribemos esos muros; y tendremos, por fin, paz. Paz, y una justa y eterna libertad.

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Todos somos refugiados

Vamos a hacer un pequeño ejercicio mental: vamos a navegar por la historia de nuestros antepasados. Cincuenta, cien, máximo doscientos años. La gran mayoría tendrá entre algunos de sus familiares, a alguien que pasó dificultades. Tuvo que viajar por necesidad, tuvo que sufrir las inclemencias de una guerra, o tuvo que luchar por su supervivencia.

El ser humano lleva provocando guerras y conflictos, y sufriéndolas, desde el principio de su historia. Los datos arqueológicos antiguos demuestran que los conflictos violentos son connaturales al ser humano. Y que la necesidad de huir, para conservar la vida, es algo que viene sucediendo desde hace muchos miles de años.

Pero eso no es todo. Sentados en la comodidad de nuestras casas, viendo la televisión, nos sentimos capaces de emitir juicios de valor sobre este o aquel, sobre aquellos o los otros, sobre países y civilizaciones. Sin darnos cuenta de que nuestra sociedad, que se vanagloria de su grandeza, se mide por el odio, el racismo, la xenofobia, y el deseo de sentirnos superiores a los demás. Nuestra cultura es la mejor, nuestra religión es la mejor, nuestra forma de vida es la mejor. Nosotros tenemos razón, ellos no. Nosotros sabemos la verdad, ellos no. Nosotros estamos bien, tenemos pan, agua y trabajo, porque es el orden natural de las cosas. Ellos no, por alguna razón que no nos importa, ni nos interesa.

Cuando llegan los refugiados, no vienen por necesidad, según ese criterio. Vienen a romper nuestro nivel de vida. Vienen a corromper nuestra cultura, nuestra lengua, nuestra raza. Vienen a quitarnos el trabajo, a robar, a violar, a asesinar. Y si alguien acusa a alguno de ellos de algún tipo de delito menor, incluso sin pruebas, todo un pueblo es acusado de querer destruir nuestra sacrosanta sociedad impoluta y perfecta.

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