La caída del Imperio Romano, segunda parte

Es curioso observar cómo un gigantesco y poderoso país como Estados Unidos, que ha sido el motor de la industria, la ciencia y la tecnología, se hunde poco a poco en su ostracismo, su abandono de todo aquello que la ha convertido en una gran potencia, y se dirige como un viejo barco sin control a los arrecifes de la costa.

Hay mucha gente que odia a Estados Unidos por su naturaleza de potencia mundial. Sin embargo, desean fervientemente que países como Rusia o China alcancen el poder y el control. Es evidente que algo falla. O se está por una convivencia pacífica entre todos los países, sin que unos dirijan a otros, o se elige un país, el que sea, y se desea que controle el mundo. No se puede jugar a ambos juegos a la vez. Pero los seres humanos suelen terminar decidiendo que es mejor controlar a los demás, que no permitir que el mundo sea orgánico y equilibrado en su poder. La idea de un mundo justo e igualitario es fantástica, pero no parece factible hoy por hoy. Ojalá eso cambie algún día. El sueño de Star Trek, de un mundo unido en una causa única, el bien de la humanidad, parece todavía lejano.

Mientras tanto, una ola de extremismo recorre el mundo. Se cierran puertas, se levantan muros, se establecen fronteras armadas hasta los dientes, y se recrimina a aquellos que han nacido bajo el fuego de las bombas que han construido los mismos que niegan a esos exiliados cualquier oportunidad de vivir.

No, el mundo no funciona. La gente ha olvidado la guerra. Se ha olvidado lo que ocurrió entre 1914 y 1918, y luego entre 1939 y 1945. Se ha olvidado lo que fueron las persecuciones, las masacres, los genocidios. Se ha olvidado que la chispa del odio, del racismo y la xenofobia crecen y se expanden rápidamente, y luego es muy difícil de detener.

Siento tristeza por Estados Unidos. Siento que esos argumentos fáciles, demagogos y populistas hayan llevado a un nefasto ignorante al poder. Y siento que ese hombre esté arrasando con la ciencia y la tecnología, con la cultura y el arte. Y, lo que más siento, es que se ataque la dignidad de las personas inocentes, sospechosas de terrorismo porque hablan algún idioma concreto, o procesan alguna religión determinada.

La chispa que hoy se enciende será el fuego donde arderán todos, los que encendieron la mecha, y los que eran el objetivo de la misma. El fuego no entiende de capas. Ningún muro detiene el odio y la rabia, la sinrazón y la muerte.

Por supuesto, no está todo perdido. Después de la insidia y la destrucción que hombres como Donald Trump suponen, otros vendrán para reparar ese daño. No me importa si son republicanos o demócratas. Me importará que sean políticos razonables y entendendores de que gobernar un país no supone criminalizar al mundo, ni levantar odios y pasiones viscerales es el camino para conseguir una convivencia mejor entre todos. Ese es mi deseo. Espero que el daño no sea demasiado grande. Eso espero.

estatualibertad

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Derribando los muros interiores

Existen dos tipos de muros: los de piedra, cemento o madera, y los que construyen los seres humanos en su interior. Ambos son difíciles de superar, pero los primeros pueden ser derribados por las ideas de solidaridad y humanismo. Los segundos, esos son mucho más difíciles de derribar, porque están construidos con el odio y el resentimiento hacia lo que es distinto de lo que hemos conocido y entendido como nuestro.

Hemos de dejar de creer que en la Tierra no hay sitio para todos. Quienes dicen eso sospechosamente no suelen incluirse en la lista de “sobrantes”. Hemos de dejar de creer que hay seres humanos que deben tener oportunidades frente a otros a los que se les debe negar. Y hemos de hacerlo porque, un día, alguien puede decidir que somos nosotros los que no nos merecemos esa oportunidad.

Hemos de dejar de hablar de refugiados. Todos somos refugiados. Mientras un solo ser humano esté desamparado, el problema es de todos. Eso se llama solidaridad. ¿Vamos a construir mejores sociedades plantando enormes muros? ¿Vamos a ser mejores anteponiendo nuestros intereses a los de los demás, en lugar de negociar lo que es el interés general de todos los pueblos de la Tierra?

No soy tan tonto como para no creer que hay que defenderse de ciertas fuerzas y poderes que intentan socavar lo conseguido. Apoyo disponer de sistemas de defensa y de seguridad bien equipados y preparados para cualquier eventualidad. Pero no podemos, repito, no podemos convertir en objetivos a pueblos enteros, en base a su lugar de origen o sus creencias. Hemos de perseguir a quienes intentan dañar la libertad, y a nadie más. No podemos convertir a millones de seres humanos en sospechosos. Como dijo Benjamin Franklin, no podemos cambiar libertad por seguridad, porque perderemos ambas.

Nos llamamos seres libres. No es verdad. No lo somos. No mientras consideremos que debemos coartar la libertad de otros. Seremos libres de verdad cuando consideremos una obligación moral y ética, como personas y como pueblos, el que todo ser humano tenga derecho.a la misma libertad que nosotros disfrutamos. Seremos libres cuando tendamos una mano amiga a quien la necesita.

Luego alguien podría reírse de mí, y llamarme soñador y utópico. Pero los sueños de libertad y de un futuro mejor para la humanidad se consiguieron con utopías de hombres que soñaron con un mundo mejor y más justo. Ese es mi camino. Y creo, honradamente, que es el camino. El único camino para un mundo mejor y de mayor libertad.

Derribemos todos los muros. Construyamos un mundo de oportunidades para todos los pueblos sin excepciones. Y veremos cómo no necesitan huir millones de refugiados de sus casas. Hoy son ellos. Mañana podríamos ser nosotros. Es una lección que la historia ha explicado mil veces. Hora es de aprender esa lección ya.

nelson-mandela