Siete formas de hacer realidad el Apocalipsis (más bonus)

El fin del mundo se acerca. ¡Arrepentíos, pecadores! Cada seis meses surge en Internet la enésima profecía del fin del mundo. Algunas han sido hasta televisadas. Y luego, claro, queda en nada, hasta la siguiente.

Todas las mitologías tienen algunos puntos en común, y uno de ellos es que siempre definen un fin para el mundo, aquel en el que se desarrollaron claro. Los libros sagrados son esencialmente el resultado de los miedos, los sueños, y las pesadillas de los pueblos que los escribieron. Cada mitología nace del pueblo que le dio forma, y cada mitología se adapta a la cultura que la sigue y adora. Los dioses son el reflejo de las ambiciones humanas que nunca podrá alcanzar.

Ese fin del mundo se define como un final para todo cuando existe. Se producirá algún tipo de situación límite, sea un juicio, sea simplemente que el lobo-monstruo Fenrir se libera de sus cadenas, para comenzar una cadena de acontecimientos que den fin al universo como lo conocemos. Luego, también según cada mitología, se produce el fin de todo, o un nuevo ciclo, como el universo de Idafeld de la mitología escandinava, donde dioses y mortales vivirán en paz y armonía. En otras religiones los fines son los que soñaron aquellos hombres y mujeres de sus tiempos y formas de entender la vida.

Pero tenemos que entender que sí puede haber un final, y que, de hecho, el final es inevitable. Hemos visto sociedades muy poderosas caer en el pasado, y nosotros no tenemos nada en especial que nos haga diferente. Creemos, como creyeron aquellos pueblos del pasado, que nunca dejaremos de existir. Pero las civilizaciones, como los mortales, ceden a su caos final, y desaparecen para siempre. Luego llega una nueva sociedad, hasta que llegue la última. ¿Cómo sucederá? Aquí hablaremos de eso. Pero sin mitos ni dioses.

tierra_fuego El Apocalipsis de San Juan es el libro que describe el final del mundo, en un texto muy complejo, lleno de metáforas y símbolos que he querido reflejar en esta composición

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Efectos del transporte eléctrico en el siglo XXI

Cuando escribo esto se ha anunciado que, para 2040, se prohibirá la venta de cualquier tipo de vehículo con motor de explosión interna que utilice como combustible energías fósiles. Habrá que ver si se cumple o no, pero, en todo caso, será demasiado tarde para la Tierra, y demasiado tarde para la humanidad. Y, de todas formas, no podrá eliminarse el efecto del cambio climático. Eso sí; la eliminación del motor de explosión con las décadas tendrá un efecto positivo. El daño está hecho, y lo sufrirán las generaciones que ahora mismo comienzan a dar sus primeros pasos, así como sus hijos y nietos. Pero quizás pueda amortiguarse algo el problema, lo cual ya es mucho.

Aquí en España se ha abierto un debate enorme sobre este asunto, porque una parte importante del PIB se basa en la industria del automóvil, y porque da empleo directo e indirecto a cientos de miles de personas. Es normal que haya preocupación, son muchos puestos de trabajo. Lo que no es excusa para buscar nuevas alternativas energéticas por supuesto. La idea es combinar los nuevos avances con el traspaso de ese personal a las nuevas tecnologías. La famosa “reconversión” industrial, palabra que trae muy malos recuerdos a mucha gente. También a mí, mi familia se vio afectada directamente por una de esas reconversiones cuando yo era joven.

Pero no podemos detenernos. El debate, además, ocurre cada vez que una nueva tecnología se impone sobre otra. Expongo ahora dos ejemplos rápidos del siglo XIX y principios del XX.

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Vehículo eléctrico Tesla. Qué bonitos son y qué pobre soy yo, maldita sea

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La vida en el mar, una tarea de todos

Hoy estoy contento porque he llegado a un acuerdo de apoyo mutuo con una revista dedicada en exclusiva al cuidado y control de la vida en los mares. Todo nace de un proyecto que comencé hace un tiempo, y cuya finalidad es concienciar a jóvenes y mayores de la necesidad de cuidar la naturaleza, y por supuesto los mares y océanos de la Tierra. Ese proyecto está ya finalizado y listo para ser presentado.

Ahora, esa revista se ha interesado por mi trabajo, y estamos organizando cómo llevar a cabo una actividad de apoyo que nos beneficie a ambas partes. Pero, más allá de eso, la ilusión viene por poder llevar un mensaje al mundo: todavía no es tarde para salvar este bello planeta. Todavía no es tarde para devolver a las especies marinas la libertad que les está siendo arrebatada. Todavía no es tarde para buscar nuevas fórmulas de progreso científico, social y ecológico que permitan que todos los seres vivos de la Tierra puedan desarrollarse como debe ser: según la naturaleza ha dispuesto en los últimos cuatro mil millones de años.

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La caída del Imperio Romano, segunda parte

Es curioso observar cómo un gigantesco y poderoso país como Estados Unidos, que ha sido el motor de la industria, la ciencia y la tecnología, se hunde poco a poco en su ostracismo, su abandono de todo aquello que la ha convertido en una gran potencia, y se dirige como un viejo barco sin control a los arrecifes de la costa.

Hay mucha gente que odia a Estados Unidos por su naturaleza de potencia mundial. Sin embargo, desean fervientemente que países como Rusia o China alcancen el poder y el control. Es evidente que algo falla. O se está por una convivencia pacífica entre todos los países, sin que unos dirijan a otros, o se elige un país, el que sea, y se desea que controle el mundo. No se puede jugar a ambos juegos a la vez. Pero los seres humanos suelen terminar decidiendo que es mejor controlar a los demás, que no permitir que el mundo sea orgánico y equilibrado en su poder. La idea de un mundo justo e igualitario es fantástica, pero no parece factible hoy por hoy. Ojalá eso cambie algún día. El sueño de Star Trek, de un mundo unido en una causa única, el bien de la humanidad, parece todavía lejano.

Mientras tanto, una ola de extremismo recorre el mundo. Se cierran puertas, se levantan muros, se establecen fronteras armadas hasta los dientes, y se recrimina a aquellos que han nacido bajo el fuego de las bombas que han construido los mismos que niegan a esos exiliados cualquier oportunidad de vivir.

No, el mundo no funciona. La gente ha olvidado la guerra. Se ha olvidado lo que ocurrió entre 1914 y 1918, y luego entre 1939 y 1945. Se ha olvidado lo que fueron las persecuciones, las masacres, los genocidios. Se ha olvidado que la chispa del odio, del racismo y la xenofobia crecen y se expanden rápidamente, y luego es muy difícil de detener.

Siento tristeza por Estados Unidos. Siento que esos argumentos fáciles, demagogos y populistas hayan llevado a un nefasto ignorante al poder. Y siento que ese hombre esté arrasando con la ciencia y la tecnología, con la cultura y el arte. Y, lo que más siento, es que se ataque la dignidad de las personas inocentes, sospechosas de terrorismo porque hablan algún idioma concreto, o procesan alguna religión determinada.

La chispa que hoy se enciende será el fuego donde arderán todos, los que encendieron la mecha, y los que eran el objetivo de la misma. El fuego no entiende de capas. Ningún muro detiene el odio y la rabia, la sinrazón y la muerte.

Por supuesto, no está todo perdido. Después de la insidia y la destrucción que hombres como Donald Trump suponen, otros vendrán para reparar ese daño. No me importa si son republicanos o demócratas. Me importará que sean políticos razonables y entendendores de que gobernar un país no supone criminalizar al mundo, ni levantar odios y pasiones viscerales es el camino para conseguir una convivencia mejor entre todos. Ese es mi deseo. Espero que el daño no sea demasiado grande. Eso espero.

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