Cuando todo lo que queda son extremos

El mundo pasa por ciclos, eso es algo que la historia ha demostrado cientos de veces. Entre periodos de una cierta cordura y sensatez, se desarrollan épocas, alentadas por las crisis recurrentes, que llevan a personas, sociedades, naciones y pueblos a posturas extremistas y antagonistas. Es algo parecido a lo que hace el cuerpo humano cuando se siente amenazado: ataca los cuerpos que siente extraños, incluso si son beneficiosos para la salud. Un problema de enfermedad autoinmune de carácter social y político. Un lupus que se asienta sobre sociedades que viven en los extremos de la sinrazón y la ignorancia.

El pasado 24 de septiembre, las elecciones en Alemania han llevado al parlamento alemán, el Bundestag (y no el el Reichstag como mucha gente lo llama, por error o a conciencia), a 88 miembros de un partido de extrema derecha. Mucha gente los llama nazis, o neonazis. También en mi país, España, y en otros países, unos se llaman a otros nazis, sea la izquierda a la derecha, o la derecha a la izquierda, aunque en este caso el término “comunista amigo de Stalin” es muy común también.

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Solo puedo prometeros sangre, racismo y xenofobia

Las cosas se ponen difíciles para los extranjeros en Estados Unidos, y en Reino Unido una mujer holandesa, que lleva 22 años en Gran Bretaña, casada con un inglés, y con dos hijos ingleses, ha sido invitada a irse, tal como se indica en una parte de este texto.

Mientras, Donald Trump ataca a uno de los tres poderes, el sistema judicial en su país, olvidando que los tres poderes existen para tratar de equilibrar las fuerzas, de tal modo que ninguno de esos tres poderes pueda tener deseos de ir más allá de lo que debería esperarse de una persona que ejerce un cargo público. El lenguaje fácil de Trump anima a mucha gente a seguirle, porque hace sonar una flauta cuya música invita a caminar incluso hasta el precipicio más alto. En Francia Le Pen pone en aprietos a los políticos tradicionales, y en otros países también las fuerzas extremistas se preparan para tomar el poder. En Rusia, Putin sonríe ante la división de Europa y Estados Unidos, sabiendo que se acerca su momento: el de un occidente dividido, incapaz de tomar decisiones. Como siempre, la historia nos recuerda lo que estas actitudes populistas y demagógicas traen a los pueblos.

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El presidente Roosevelt anuncia el ataque a Pearl Harbor; aquello tuvo un aspecto positivo; hizo callar a los aislacionistas republicanos. Y un aspecto negativo: los campos de concentración de japoneses en suelo estadounidense; nunca imitar las monstruosidades del contrario te hará más efectivo ni mejor

En la primavera de 1940, mientras las tropas francesas e inglesas abandonaban Dunkerque, la Alemania nazi controlaba ya gran parte de Europa. El Reino Unido se encontraba solo frente a aquella máquina de guerra. Hitler pasaba unos días en París, haciendo demostraciones de fuerza con sus ejércitos y con la Luftwaffe de Hermann Goering.

Mientras tanto, en Estados Unidos, el gobierno republicano insistía en que esa guerra no le interesaba a Estados Unidos, y que Europa debería valerse sola y por sí misma, si quería recuperar la libertad. Franlin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos, apoyaba sin embargo al gobierno inglés. Sabía que, si Reino Unido caía, Estados Unidos estaría en grave peligro. Amenazados en el Atlántico por los submarinos de la fuerza naval alemana, laKriegsmarine, y en el pacífico por la Flota Combinada del Imperio japonés, esa pinza pondría en graves aprietos a un país cuyo ejército era relativamente moderno, pero pequeño y muy poco preparado. Su fuerza aérea era muy pequeña, y sus aviones obsoletos, aunque se empezaban a fabricar unas pocas unidades más avanzadas.

Entonces, el 10 de mayo, Winston Churchill pronunció el discurso más importante de su vida, y uno de los más importantes en la historia de las contiendas bélicas. Su frase “solo puedo prometeros sangre, sudor, y lágrimas”, no era un mensaje populista. No intentaba ganarse al pueblo. Ni engañarlo. Ni mentir. Era la pura y cruda realidad: Alemania pondría a Reino Unido de rodillas si cada británico no ponía de su parte para combatir una ofensiva que dio lugar a lo que se llamó “The battle of Britain” que en español se tradujo como “La batalla de Inglaterra”.

El Reino Unido pudo hacer frente a la invasión nazi, y detenerla, porque se había preparado física y mentalmente. Varios hombres clave comprendieron que era necesario explicar que al fascismo y al nazismo no se le derrotan con palabras, ni con argumentos fáciles de entender, ni con comentarios racistas o xenófobos, ni poniendo muros. Recordemos la gran cantidad de alemanes, polacos, franceses, belgas, holandeses, y de otras nacionalidades que fueron a Reino Unido y Estados Unidos, y que fueron fundamentales durante y después de la guerra para hacer grandes a esos dos países.

Solo un ejemplo puede ser claro: en 1940 se necesitaban pilotos. Cuando los pilotos extranjeros obtuvieron permiso para volar, La Fuerza Aérea británica, la RAF, tuvo en sus manos la capacidad de detener a los alemanes. Juntos, unidos, los pilotos ingleses, con los polacos, con los canadienses, los australianos, los franceses, y de muchas otras nacionalidades, juntos, repito, lucharon contra la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, y vencieron. Algo que parecía casi imposible se logró luchando juntos.

Churchill, que era un hombre muy conservador en muchos aspectos, no era sin embargo un demagogo vendedor de ilusiones, ni le decía a la gente palabras para tenerlos contentos. Les dijo siempre la verdad, y la verdad caló hondo en el pueblo británico.

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“Coraje es lo que se requiere para mantenerse de pie y hablar; coraje es también lo que se requiere para sentarse y escuchar” (W. Churchill).

Estados Unidos y Reino Unido terminaron la guerra como el eje angloamericano aliado que luchó contra la maquinaria nazi y venció. No eran perfectos, por supuesto, y se cometieron errores. Pero lucharon por un modelo de democracia y libertad que durante setenta años ha permitido desarrollar modelos democráticos de libertad y de justicia social y política.

Hoy, las tornas se han cambiado. Los británicos y los americanos se cierran en banda, y las libertades, tan duramente obtenidas, que tantas vidas y sacrificios supusieron, están en juego, precisamente por aquellos que las obtuvieron a base de mucho esfuerzo. Y los soldados de diversos países, que lucharon juntos sin preguntarse de dónde eran, se preguntarían qué está ocurriendo, y para qué dieron su vida.

La demagogia barata y el populismo envuelven a dos grandes países. Y la democracia y la libertad están en serio peligro. El odio a todo lo que sea distinto, o a todo lo que venga de otro país, es la antesala a las peores pesadillas de nacionalismos racistas y xenófobos, donde “lo mío es primero”. Recuerda al niño consentido que patalea porque no tiene lo que quiere cuando lo quiere. Un niño que ha sido educado en el rencor, en la avaricia, en el egoísmo, y en la intolerancia y falta de respeto a todo lo que no sea su voluntad.

Ese niño ha crecido. Y ahora no reclama sus juguetes y los de los demás. Ahora reclama convertirse en fiscal, juez y ejecutor, pasando por encima de cualquier poder, y, sobre todo, pasando por encima de las libertades tan duramente ganadas. Por eso, yo hoy, solo puedo prometeros sangre, racismo, y xenofobia. Como el viejo y cascarrabias de Churchill, no quiero jugar a verlo todo de color de rosa. La cosa pinta muy mal. Y las consecuencias serán una nueva batalla de Inglaterra. Una nueva batalla por la libertad.

Yo me apunto a esa batalla. No consentiré que la memoria de los que dieron su vida por la democracia sean ahora ultrajados y vendidos a cuatro oportunistas demagogos. No lo haré jamás.

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Figuras ocultas, cuando el sueño del futuro es de todos

El pasado 20 de marzo, mientras Donald Trump tomaba posesión de la Casa Blanca como 45 presidente de Estados Unidos, estuve contemplando una película sobre dos momentos que hicieron a América verdaderamente grande: el trabajo de un joven NASA por enviar al primer ser humano al espacio, y la lucha de una parte de la población estadounidense para liberarse de prejuicios y racismo.

Esa película es “Figuras ocultas” (Hidden figures), una verdadera obra maestra del cine histórico, y un mensaje muy claro: los países se hacen grandes cuando está unido y trabaja unido por una causa común, no cuando un grupo de hombres y mujeres son despreciados porque se da el caso de que su cantidad de melanina en piel es algo mayor que la de otros. ¿Puede la melanina de la piel afectar a la capacidad del cerebro para trabajar? Eso sería tanto como preguntarse si el color azul de los ojos es mejor para ser bueno en ciencias que el color verde o el castaño.

Nota: cuando hable de América me referiré a Estados Unidos. América es por supuesto mucho más que ese país.

La película.

“Figuras ocultas” se centra en tres de las mujeres que trabajaron en la NASA, siendo empleadas como verdaderas computadoras humanas, ya que en aquellos años los ordenadores eran una verdadera novedad, y la NASA, que había nacido en 1958, todavía no disponía de ninguno de aquellos primeros grandes monstruos, lentos pero ya mucho más capaces que un ser humano a la hora de procesar cálculos. El ordenador del que hablan, el IBM 9070, fue sin duda importante, ya que era el primero con transistores de estado sólido, dejando atrás por fin las caras y delicadas válvulas de vacío.

Pero, mientras ese ordenador se ponía a punto, los cálculos necesarios para el vuelo espacial eran desarrollados por estas mujeres, muchas de ellas verdaderas científicas de altísimo nivel, que eran sistemáticamente ignoradas por la NASA. Ellas eran en gran parte responsables de la seguridad y fiabilidad de las primeras cápsulas del proyecto Mercury, y ellas fueron denostadas y olvidadas. Hasta ahora.

En 1961, cuando los rusos ganaban claramente la incipiente carrera espacial que tenía como finalidad llevar a un ser humano a la Luna, el racismo era tan evidente en Estados Unidos que incluso los negros tenían sus propios lavabos en la NASA. Hoy, cuando leo críticas de esta grandísima película en diferentes medios, veo que muchos se siguen preguntando qué sitio tienen los negros en el mundo. Los derechos sociales y las leyes no bastan; hemos de enseñar a la población que el respeto a los derechos humanos aplica a todos los seres humanos sin excepción.

La película, basada en hechos reales tomados de las memorias de sus protagonistas, desarrolla un trabajo excelente en el proceso de visualizar cómo tres mujeres se abren camino, con enormes dificultades, en medio de una enorme desconfianza de los blancos hacia ellas. Un proceso en el que el mero hecho de ser negro significaba una pérdida de oportunidades. Algo así no puede hacer grande a un país. Porque no lo olvidemos: América no será grande por un pequeño grupo de líderes poderosos, sino por el esfuerzo conjunto de todos sus hombres y mujeres, con los mismos derechos, y los mismos deberes. Y por supuesto, con las mismas oportunidades.

Algunas críticas de la película destacan negativamente su ritmo pausado y su falta de enegía. Vamos a ver, estamos hablando de un relato de tres mujeres que viven una vida normal intentando salir adelante, no tres guerreras ninja luchando contra una horda de extraterrestres asesinos. Esta es una película de muy marcado corte histórico, que explica hechos históricos, pero la vida de tres personas en sus casas con sus hijos y sus sueños no va a ir acompañada de efectos especiales y destrucción de planetas. Naturalmente que es pausada, lo importante es el homenaje que rinde a esas personas que fueron injustamente olvidadas. Hasta ahora.

Ellas, como miles de mujeres, negras y por supuesto también blancas, han sido denostadas y olvidadas. Es hora de que eso termine. El otro día en un programa de televisión, “El hormiguero”, una niña de 15 años, Alyssa Carson, a la que sigo desde hace cuatro años en Facebook, con la que he compartido alguna conversación, y que trabaja en la NASA para ir a Marte, fue el centro de las risas de muchos “iluminados”, quizás por su sueño, quizás por sus orejas, quizás porque no hablaba perfectamente español (habla 5 idiomas). Esa niña es un portento y un ejemplo, pero la gente se ríe de ella por su aspecto físico. Esa es la raíz del problema, no hay que buscar más lejos. Esa joven, si todo va bien, irá a Marte, y abrirá nuevas fronteras a la humanidad. Una humanidad cada vez más obsesionada con el “nosotros primero”, con el aislacionismo, con la idea de que unos valen más en un país porque han nacido en ese país. Un error y una idea que tiene gravísimas consecuencias a todos los niveles siempre que se ha ejercido.

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Figuras ocultas

Por cierto, y aunque el tema del espacio sea secundario al tema principal de la película, para los que somos amantes de la astroáutica la película muestra las enormes dificultades que tuvo en todo momento la carrera espacial, en unos años donde literalmente se estaba construyendo la forma y manera de viajar al espacio. Un trabajo donde estas mujeres precisamente fueron fundamentales. Pero para mí personalmente lo más destacable de la película no es que ellas fueran grandes por sus capacidades matemáticas y de ingeniería. Eso es muy importante. Pero el hecho básico y diferencial estriba en cómo tuvieron que demostrar esas capacidades, luchando contra enormes prejuicios y racismo. Ese es el gran mérito de estas mujeres.

Avances, evidentes, pero insuficientes.

Hoy en día me tengo que preguntar: ¿se ha avanzado en derechos para los negros en Estados Unidos? Sí. ¿Es suficiente? Por supuesto que no. Vemos constantemente hechos y situaciones que dejan claro que la igualdad plena no se ha alcanzado. Si hay que hacer a América grande, deberá ser grande para todos. Por supuesto, no entro en el terreno de los hispanos, porque ahí entro yo y no quiero tocar ese tema hoy y ahora, podría decir cosas de las que luego me arrepentiría. Quizás lo haga algún día. Por cierto soy hispano, y no voy a ir a construir ningún muro, y espero que mis hermanos mexicanos no paguen ni un dólar por muro alguno.

Pero ese es otro tema, aunque tiene más relación con la película del que podría parecer. La américa racial de los años cincuenta y principios de los sesenta seguía teniendo leyes segregacionistas contra los negros, por el mero hecho de ser negros. Hoy las cosas son algo mejores, pero ni mucho menos se ha encontrado una solución al problema.

No quisiera terminar haciendo creer al lector que todo me parece mal en Estados Unidos, porque no es así, ni mucho menos. Mucha gente critica a Estados Unidos, yo también lo hago por esta y otras razones, y por supuesto ese es un país que ha hecho cosas mal y ha cometido errores, eso es algo evidente. Cuando un país se convierte en líder comete errores, y esto lo hemos visto a lo largo de toda la historia de la humanidad, y no seré yo quien lo niegue.

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Pero cuando me dicen que la alternativa es Rusia o China, entonces tengo que respirar hondo, tomar aliento, y contestar: prefiero comer hamburguesas, beber cocacola, ver películas de Hollywood, y vestirme con tejanos, y por supuesto luchar por los derechos de las minorías, que optar por Rusia o China”. Rusia y China, dos países que se frotan las manos de felicidad esperando que Donald Trump siga la política aislacionista de Estados Unidos en los años 30 del siglo XX, una política que dejó manos abiertas a otros para expandirse militarmente por el mundo sin freno alguno. Y la historia tiene una enorme capacidad de repetirse. Por supuesto, la nueva carrera espacial también es una gran oportunidad para China y Rusia. Ya hablé de eso en su momento.

Sé que hay racismo y xenofobia en todas partes, y es por eso que esta película nos quiere recordar que “el país de las libertades y las oportunidades” tiene muchos problemas que resolver. Precisamente hoy, en un momento crítico, y con el 45 presidente de Estados Unidos ya en el poder, creo que hace falta un revulsivo en América para volver a la senda de la cordura, la razón, y la ciencia, y dejarse de “América primero”.América será grande, pero no con palabras y amenazas, sino con un sueño conjunto y de todos de hacer que sea así.

Yo prefiero “los hombres y mujeres que hacen grande a este país primero”, sin importar si son americanos, afroamericanos, hispanos, o de cualquier otra raza, religión, sexo, o creencia. O somos todos iguales en oportunidades, o ninguno lo seremos. Porque, cuando un solo ser humano es apartado del resto, la humanidad entera es apartada. Y eso no hará grande a América. Ni a ningún país de la Tierra.

Vientos fríos recorren Europa

Dicen que el ser humano no puede viajar en el tiempo. Y es cierto, hoy por hoy es imposible, y quizás nunca podamos. Pero hay una entidad en la Tierra que sí puede viajar en el tiempo: las sociedades, o, en general, los países. Pongámonos en escena:

Te levantas por la mañana. Pones la tele, o te conectas a Internet, y entre sorbo y sorbo de café escuchas a la ministra del interior británica decir que quiere listas de extranjeros en las empresas de su país, y que hay que controlar los flujos de emigrantes para poder controlar la delincuencia, mientras quieren que el máximo porcentaje de trabajadores del país sean británicos, impidiendo la entrada a extranjeros, o eliminando a estos a favor de trabajadores británicos. Y empiezas a plantearte si están poniendo alguna película de ciencia ficción en lugar de las noticias.

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united kingdom exit from europe

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Todos somos refugiados

Vamos a hacer un pequeño ejercicio mental: vamos a navegar por la historia de nuestros antepasados. Cincuenta, cien, máximo doscientos años. La gran mayoría tendrá entre algunos de sus familiares, a alguien que pasó dificultades. Tuvo que viajar por necesidad, tuvo que sufrir las inclemencias de una guerra, o tuvo que luchar por su supervivencia.

El ser humano lleva provocando guerras y conflictos, y sufriéndolas, desde el principio de su historia. Los datos arqueológicos antiguos demuestran que los conflictos violentos son connaturales al ser humano. Y que la necesidad de huir, para conservar la vida, es algo que viene sucediendo desde hace muchos miles de años.

Pero eso no es todo. Sentados en la comodidad de nuestras casas, viendo la televisión, nos sentimos capaces de emitir juicios de valor sobre este o aquel, sobre aquellos o los otros, sobre países y civilizaciones. Sin darnos cuenta de que nuestra sociedad, que se vanagloria de su grandeza, se mide por el odio, el racismo, la xenofobia, y el deseo de sentirnos superiores a los demás. Nuestra cultura es la mejor, nuestra religión es la mejor, nuestra forma de vida es la mejor. Nosotros tenemos razón, ellos no. Nosotros sabemos la verdad, ellos no. Nosotros estamos bien, tenemos pan, agua y trabajo, porque es el orden natural de las cosas. Ellos no, por alguna razón que no nos importa, ni nos interesa.

Cuando llegan los refugiados, no vienen por necesidad, según ese criterio. Vienen a romper nuestro nivel de vida. Vienen a corromper nuestra cultura, nuestra lengua, nuestra raza. Vienen a quitarnos el trabajo, a robar, a violar, a asesinar. Y si alguien acusa a alguno de ellos de algún tipo de delito menor, incluso sin pruebas, todo un pueblo es acusado de querer destruir nuestra sacrosanta sociedad impoluta y perfecta.

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