Cuando todo lo que queda son extremos

El mundo pasa por ciclos, eso es algo que la historia ha demostrado cientos de veces. Entre periodos de una cierta cordura y sensatez, se desarrollan épocas, alentadas por las crisis recurrentes, que llevan a personas, sociedades, naciones y pueblos a posturas extremistas y antagonistas. Es algo parecido a lo que hace el cuerpo humano cuando se siente amenazado: ataca los cuerpos que siente extraños, incluso si son beneficiosos para la salud. Un problema de enfermedad autoinmune de carácter social y político. Un lupus que se asienta sobre sociedades que viven en los extremos de la sinrazón y la ignorancia.

El pasado 24 de septiembre, las elecciones en Alemania han llevado al parlamento alemán, el Bundestag (y no el el Reichstag como mucha gente lo llama, por error o a conciencia), a 88 miembros de un partido de extrema derecha. Mucha gente los llama nazis, o neonazis. También en mi país, España, y en otros países, unos se llaman a otros nazis, sea la izquierda a la derecha, o la derecha a la izquierda, aunque en este caso el término “comunista amigo de Stalin” es muy común también.

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Extremos, eso es lo que vemos. Quisiera aclarar por ello varias cosas:

Primera: casi nadie tiene ni idea de lo que fueron los nazis. Ni siquiera ese grupo de alemanes que van a ir al parlamento a representar a su país. Sí, las ideas se parecen. Son extremistas alentados por votos de gente desesperada, que ganan escaños a base de un discurso del miedo, la xenofobia, y la intolerancia. Pero, ¿saben realmente qué es el nazismo? ¿Saben, aquellos que tachan a otros de nazis, lo que fue realmente el nazismo?

No. En la mayoría de los casos, al menos. Puede haber casos de personas informadas. Pero acusar de “nazi” a otros se ha vuelto una costumbre que conlleva que la palabra pierda su valor original. Por otro lado, estos extremistas de Alemania, y de otros países, son meras comparsas de lo que fue el nazismo. Nunca han tenido, ni por su propia ignorancia tendrán, una oportunidad de comprender la monstruosidad que significó el nazismo. La barbarie que arrasó Europa destrozando muchos millones de vidas para siempre.

Como decía, y dice, el maravilloso dúo cómico Faemino y Cansado, “vamos a ver si nos aclaramos”: el nazismo fue una maquinaria de guerra, destrucción, y genocidio perfectamente diseñada y entrenada para destruir millones de vidas humanas inocentes de las formas más crueles y atroces. Segundo punto: la rusia de Stalin, que llevó a la muerte a millones de compatriotas por inanición, torturas, y otras atrocidades, fue otra maquinaria de guerra perfectamente diseñada para implantar un régimen de terror que no tiene nada que envidiar al régimen nazi.

Ambos hombres, Hitler y Stalin, fueron los seres más monstruosos, abominables, temibles, y crueles, que haya podido ver nunca la historia de la humanidad, y esperemos que nunca, nunca, se repita. Por supuesto, no son las únicas atrocidades, hemos visto muchas otras desde entonces llevadas a cabo por países que muchas veces se llaman a sí mismos garantes de la democracia, pero la idea es por supuesto eliminar, para siempre, cualquier posibilidad de volver a vivir unos horrores como aquellos.

La guerra en el este que enfrentó a Hitler con Stalin desde 1941 a 1945 no fue solo una guerra cruenta como lo son todas; fue una barbarie de sangre y horror que es mejor no querer empezar ni a imaginar. Las barbaridades extremas que se sucedieron en esos años, tanto en los campos de batalla, como en los pueblos,  ciudades, y por supuesto, en los campos de exterminio, de ambos bandos, fueron de un extremo que puede volver loco de horror a cualquier persona mínimamente sensata.

No. La gente, hoy en día, no sabe qué fue el nazismo. Ni el estalinismo. En Europa llevamos setenta años de paz, y las generaciones que vivieron esos horrores, y que construyeron una europa nueva basada en el respeto a la vida y a la democracia, han dejado paso a nuevas generaciones que no tuvieron esas experiencias. Aquellas generaciones no crearon una europea perfecta, claro que no. Ni la vida ha sido sencilla, por supuesto. Pero, ¿comparar la situación actual con la de aquellos regímenes?

Alguien podría pensar que defiendo el actual statu quo. No, no se trata de eso. Yo sé perfectamente los muchos y variados problemas en los que vivimos. Pero no debemos olvidar algo: vivimos en paz. Vivimos con derechos civiles reconocidos. Y vivimos en un mundo, en Europa, donde podemos expresarnos con libertad. Por supuesto que hay abusos, en todos los países. Por supuesto que hay gobiernos corruptos. Por supuesto que la corrupción es un problema grave. Y por supuesto que es difícil pensar que, mientras cualquier puesto de trabajo de alto nivel requiere mil títulos, para ser presidente no se exige nada. Todo eso es cierto, y es un problema grave a considerar. Y por supuesto que gobiernos demócratas realizan abusos. Pero, como dijo un antiguo senador de la República de Roma en el siglo I antes de Cristo, cuando vio que la República peligraba: “prefiero la más corrupta de las democracias, a la más perfecta de las dictaduras”.

No perdamos el norte. Nadie, en su sano juicio y con una gota de sentido de la democracia y la justicia, cambiaría ni por un instante la europa actual por la de los años 1939 a 1945, o las purgas estalinistas de los años 30 del siglo XX, o la opresión de los países del telón de acero de los años cincuenta a ochenta, o la represión del dictador Franco durante cuarenta años, o el gobierno del dictador Mussolini en los años veinte a cuarenta del siglo XX. O tantas y tantas dictaduras vistas y sufridas en todo el mundo.

¿Qué nos pasa? Es muy simple: que hemos olvidado. Que no somos aquellas generaciones que vivieron y sufrieron las guerras cruentas que asolaron Europa y el mundo. Que hemos vivido entre algodones, donde podíamos expresarnos libremente, y donde nos hemos creído con derecho a decir cualquier cosa y a expresar cualquier cosa, como si todo fuese admisible o permisible. El derecho a dar una opinión es válido, pero usarlo para denostar y atacar de forma cruenta a los que no piensan como nosotros nos lleva, cada vez más, a posiciones extremas, y cada vez más enconadas.

La solución: la de siempre: moderación, respeto, y, sobre todo y muy especialmente, equilibrio. Y, por supuesto, mucha educación, pero no la de aprender un idioma o una carrera, sino la de respetar a aquellos que no piensan como nosotros.

¿Es toda opinión respetable? Por supuesto, pero siempre dentro de los valores de democracia y justicia. La carta de los derechos humanos de las Naciones Unidas lo deja bien claro, pero, lamentablemente, son papel mojado. Las posturas extremas nunca, repito, nunca podrán ser respetables. Deberán ser corregidas. ¿Cómo? Nunca con violencia. Nunca. Trabajando para que las nuevas generaciones aprendan los valores de respeto y derecho a respetar los valores de otros.

Esto es más fácil de decir que de hacer, por supuesto. Hay una frase muy buena que lo define perfectamente: “el pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla”. Y nosotros hemos olvidado casi por completo aquello por lo que pasamos.

Solo es necesario darse una vuelta por las redes sociales para ver los comentarios extremos de miles de personas. Todo el mundo opina y ataca sin ningún tipo de pudor, con una agresividad que a veces da verdadero miedo. Y ese hombre, o esa mujer, votan. Y votan a partidos extremistas, sin darse cuenta que ese voto es un voto de destrucción, miedo, y muerte. ¿Qué medicinas curan ese problema? Dos: la educación, y la cultura. Ah, y leer mucho, sería tremendamente aconsejable.

Hace un tiempo a mí mismo me acusaron, otra vez, de ser proetarra y de apoyar el terrorismo islámico. Las razones: soy vasco, y defiendo a los refugiados que huyen de la guerra de Siria, y pido para esos refugiados un poco de humanidad. Solo eso: un poco de humanidad. ¿Es tanto pedir, como para que se me compare con un defensor del terrorismo? Por cierto, quien me lo dijo va armado con un arma semiautomática, y no es policía ni tiene ningún tipo de cargo que justifique su uso. Lo sé porque yo mismo he visto esa arma y la he tenido en mis manos. Eso sí es terrible: que la gente vaya armada y use la seguridad que les da esas armas para lanzar injurias contra todos los que disienten de sus ideas extremas. Eso es lo que más miedo me da.

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Por último, me duelen las guerras de banderas. Me duelen las guerras por un trozo de tierra en un perdido planeta de un perdido sistema solar, de una perdida galaxia entre miles de millones. Me duele ver cómo pueblos se enzarzan en absurdas disputas que, en el fondo, tienen siempre un alto contenido de carácter geopolítico y de control. Me duele que estemos constantemente viviendo en el conflicto entre ideas y pueblos, construyendo muros para distanciarnos, en lugar de puentes para acercar posturas.

Porque amar la tierra de uno, su cultura, su historia, su lengua, es tan importante como respetar la tierra, la cultura, la historia, y la lengua, de los demás. Si no jugamos todos con las mismas cartas y las mismas reglas, tendremos que romper la baraja, y volver, de nuevo, a dirimir nuestras diferencias con sangre y guerras. Y eso es lo último que queremos, para nosotros, para nuestras familias, y para nuestros pueblos.

Siento ponerme tan melodramático, se supone que este es un blog de ciencia y literatura. Pero la ciencia y la literatura también se defienden luchando por los derechos de hombres y mujeres a poder alcanzar ambas. O nacemos bajo el paraguas de la cultura, la educación, y el respeto, o no podremos construir un mundo mejor.

Y un mundo mejor es, al fin y al cabo, lo que queremos para nuestros hijos. Vamos a intentarlo. De una vez, y por todas.

 

 

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