Cuando el dolor alcanza a los más inocentes

Estoy harto. Harto de tanto odio, de tanta guerra, de tanta injusticia, y de tanto enfrentamiento constante. En mi país, y fuera de mi país. En todo el mundo, mires donde mires, la barbarie y el odio copan los espacios públicos. Muchos se arrogan el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de los demás, sentados en sus cómodas butacas, fumando un cigarro, y viendo el partido. Y me entran ganas de vomitar ante tanto desprecio por la vida. Por la vida de tantos y tantos inocentes.
Mi padre decía: “nada como una buena guerra para aprender lo que es el dolor y la muerte, y para recibir la más importante lección de vida”. No, por supuesto que no promocionaba la guerra. Su mensaje era por supuesto el contrario. Mi padre huyó de la guerra civil a Bélgica, y cuando ya estaba instalado allí, entraron los nazis, y tuvo que huir de nuevo. Vivió dos guerras. Sabía de lo que hablaba.
Precisamente el haber vivido entre algodones lleva a muchos a comportarse de forma absurda y grotesca, hablando de nazis, de enemigos, y de luchas sin saber en absoluto de qué hablan.
Cada vez tengo menos amigos, pero no lo eran, porque gente que apoya cualquier tipo de violencia no tendrá nunca un lugar a mi lado. Nunca. Aunque me quede solo, nadie que apoye cualquier atisbo de violencia tendrá de mí más que desprecio y olvido.
Es divertido, porque tengo fama de raro y difícil, y me lo dice gente que apoya la masacre de gente inocente por motivos políticos. Me encanta entonces ser raro y difícil, y espero no dejar de serlo nunca. He visto demasiado miedo, demasiado odio, demasiado dolor, demasiada sangre en esta vida como para no conmoverme con el sufrimiento de inocentes. Ni un alma más en pena. Ni un solo ser inocente atormentado. Ni uno más. Nunca. Jamás.
Perdone el lector mis palabras si son duras o ásperas. Pero digo lo que siento, y siento lo que digo. Y el dolor ajeno me conmueve y me hace hervir la sangre de rabia ante tanta intransigencia y tanto desprecio por la vida. Tendré mejores días. Pero siempre llevaré en mi corazón a cada alma inocente que sufra una injusticia. Siempre.
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Cuando todo lo que queda son extremos

El mundo pasa por ciclos, eso es algo que la historia ha demostrado cientos de veces. Entre periodos de una cierta cordura y sensatez, se desarrollan épocas, alentadas por las crisis recurrentes, que llevan a personas, sociedades, naciones y pueblos a posturas extremistas y antagonistas. Es algo parecido a lo que hace el cuerpo humano cuando se siente amenazado: ataca los cuerpos que siente extraños, incluso si son beneficiosos para la salud. Un problema de enfermedad autoinmune de carácter social y político. Un lupus que se asienta sobre sociedades que viven en los extremos de la sinrazón y la ignorancia.

El pasado 24 de septiembre, las elecciones en Alemania han llevado al parlamento alemán, el Bundestag (y no el el Reichstag como mucha gente lo llama, por error o a conciencia), a 88 miembros de un partido de extrema derecha. Mucha gente los llama nazis, o neonazis. También en mi país, España, y en otros países, unos se llaman a otros nazis, sea la izquierda a la derecha, o la derecha a la izquierda, aunque en este caso el término “comunista amigo de Stalin” es muy común también.

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Vivir con miedo por ser como se es

Es difícil vivir con miedo. Es difícil comprobar cómo tus ideas son el camino que puede llevarte a sentirte amenazado y perseguido. O que por el hecho de haber nacido en un país determinado, tener un color de piel concreto, tener unas ideas políticas democráticas concretas, o por disponer de vulva en el cuerpo, debas estar sometido a la voluntad de otros. O por hablar de libertad y de justicia para todos.

Yo, ahora que no nos oye nadie, diré que, en una ocasión, durante el servicio militar, fui interrogado por un señor que tenía no sé cuántas estrellas de cuatro puntas en cada hombrera. Este señor ordenó que me llevaran hasta su despacho para un interrogatorio. Una vez allí, aquel hombre me hizo una serie de preguntas de carácter político y en relación a unos hechos derivados de unas actuaciones que yo había llevado a cabo con respecto a mis ideas. Las razones son complejas y no importan. Pero tuve miedo por haber actuado en libertad, y por haber sostenido que la libertad y la justicia deben prevalecer siempre.

Desde el momento que supe que era llamado para el interrogatorio sabía por qué querían hablar conmigo. Y desde ese momento, supe que siempre diría la verdad: que creo en la justicia, que creo en la libertad, y que creo que todo hombre y mujer dispone de derechos humanos que deben ser respetados en cualquier momento y circunstancia. Y si eso iba a ser un problema para mí, estaba completamente dispuesto a acatarlo.

Afortunadamente para mí, eran tiempos de cambio, y el asunto se cerró sin más consecuencias. Lo que no se cerró es mi dolor por ver cómo puede un ser humano ser sometido al miedo y a la tensión por sus ideas, y por expresarlas libremente.

Hoy hay hombres y mujeres que viven con esa angustia no un día, una semana, o un mes. Sino toda la vida. Puedo hacerme cargo, perfectamente, de su angustia, de su dolor, de su miedo. Y creo que debemos trabajar todos juntos para que todos los seres humanos, sin excepción, sean libres en sus pensamientos, en sus ideas, y su capacidad de expresar esos pensamientos. Incluso si son erróneos, eso no implica que no puedan expresarlos. Eso se llama libertad de expresión, y es un derecho que debe estar garantizado. Como el derecho a la vida, a la libertad, al trabajo, al hogar, y a poder vivir dignamente.

Mientras existan ciudadanos con esos derechos, y otros carentes de los mismos, podremos hablar y hablar, pero no estaremos construyendo mejores sociedades. Cómo se llega a eso es algo a discutir, pero debemos tomar el camino ya. Porque hay mucha gente sufriendo. Mucha gente con hambre de libertad, y de justicia. Hora es de que se les escuche ya.

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