Isabel Allende, cuando el proceso es el camino

La frase de la semana es de la grandísima Isabel Allende. Tuve la suerte de ver a la escritora chilena Isabel Allende en una firma de libros, hace ya muchos años. En ese momento la cola no era kilométrica, y quería regalar un libro dedicado por ella a una mujer muy especial para mí, de un país limítrofe al este de Chile. Cuando me puse frente a ella, me temblaron las piernas, el corazón, y el alma. Ella, por supuesto, se dio cuenta al instante. Sonrió, y me estampó su firma en el libro, tras lo cual salí de allí deprisa, porque temía que mi corazón iba a explotar en cualquier momento.

Siempre recordaré aquel momento, que para ella fue un instante entre cientos de admiradores, pero para mí fue el estar frente a una de las mejores escritoras de estas décadas, sobre todo por su profundidad, y porque, con sencillez, escribe del alma y de la vida con enorme habilidad. Pocos son los que pueden dominar la lengua escrita como ella.

En cuanto a la frase en sí que aquí he traído, qué voy a decir, excepto que estoy cien por cien de acuerdo. Es el proceso de la escritura el que llena de placer manos, ojos, y alma. El resultado es importante, sin duda, pero es el camino al fin de la obra el que realmente llena, y el que hace que merezca la pena repetir el proceso una y otra vez. Por eso, cuando se termina de escribir un libro, se siente uno feliz, pero también vacío. Se ha dejado atrás algo muy personal, algo que será eterno en nuestro interior, pero que ya ha crecido y nacido para tomar su propio camino.

Por eso tanta gente escribe. Dicen que hay demasiados escritores. No estoy de acuerdo. No hay demasiados escritores. Nunca puede haber demasiados escritores. Hay demasiadas armas. Demasiados soldados. Demasiadas luchas. Ojalá todos fuésemos escritores, porque entonces el mundo estaría lleno de historias de amor, de superación, de sueños, de luchas, de futuro, y de pasado, y habría menos desastres, dolor y guerras como las que nos envuelven cada día.

Quizás sea ese el camino. Cambiar un fusil por un libro, una bala por una palabra, y la pólvora por tinta. Entonces podríamos comenzar a pensar en un mundo nuevo, donde la palabra sea la que dirija nuestras vidas, y no la violencia y el odio. Donde se escriban los sueños en papel, para convertirlos en un mundo mejor para todos. No estaría mal. Sería un mundo nuevo, lleno de infinitas posibilidades. Porque infinitas son las historias que quedan por escribir. Espero leer todas esas historias. Algún día. En algún sueño.

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El demonio que vive en las letras

Una amiga se ha dirigido a mí recientemente, sorprendida y extrañada. Se supone que soy una persona tranquila, pacífica, relajada (se supone, la procesión va por dentro como suele decirse). Amante de los animales y de los niños, y abogando siempre por un mundo en paz y mejor para todos. ¿Cómo puede alguien así explicar la vida de un asesino psicópata que es, además, pagado por el gobierno de turno, para realizar operaciones de búsqueda y eliminación de individuos y de sus familias de forma cruel y sin compasión? ¿Cómo puede una persona normal explicar las monstruosidades de las que es capaz un ser humano, sin estar realmente perturbado y enfermo?

La paradoja entre escritor y su literatura es muy concurrente, y la veo en demasiadas ocasiones, no es la primera vez que me pasa que alguien me conoce y se sorprende de esa dualidad. O, al revés, leen la novela, y al conocerme quedan descolocados. La explicación: no somos lo que parecemos. Y la segunda explicación: somos muchas más cosas de las que aparentamos, muchas de ellas horribles; demonios que viven en nuestro interior. Cómo gestionar esos demonios es el tema a tratar aquí.

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Tus demonios son tus enemigos, pero puedes negociar con ellos un acuerdo

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Gestión de la tensión emocional; rompiendo mitos

Vamos a comenzar con una frase:

“Los libros son un puñado de emociones volcados en un papel, escondidos para sorprender a la primera mirada que se pose sobre ellos”.

Efectivamente, esa es una definición que podría darse por apta de lo que son los libros de ficción. Un libro, como todo elemento artístico, debe emocionar. Tiene que tener una estructura clara y concisa, y una estructura lógica, como ya comenté en otra entrada.

Pero, en esta entrada, me quiero concentrar en las emociones. Y, más concretamente, en la tensión emocional. Todo arte genera distintas emociones, no solo la literatura. Por ejemplo, un cuadro, aunque parezca una imagen única, está compuesta de un sinfín de elementos que, unidos, conforman una emoción.

Correcto, pero eso ocurre con una obra literaria también. Cuando terminamos un libro, tenemos una emoción general. Pero cuadro y libro tienen a su vez un sinfín de emociones medias, entrelazadas, que sumadas, generan la emoción final.

Vamos a verlo con Velázquez y el cuadro de la Venus del espejo. Que traiga este cuadro aquí no es casual; tiene que ver con la clase de historia del arte que nos dio el profesor de dicha materia cuando yo era estudiante, y no estaba perdiendo el tiempo en cualquier esquina (era muy raro de todas formas que me perdiese una clase de historia del arte). Ahora entraré a ello.

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Venus del espejo (Velázquez)
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