Gestión de la tensión emocional; rompiendo mitos

Vamos a comenzar con una frase:

“Los libros son un puñado de emociones volcados en un papel, escondidos para sorprender a la primera mirada que se pose sobre ellos”.

Efectivamente, esa es una definición que podría darse por apta de lo que son los libros de ficción. Un libro, como todo elemento artístico, debe emocionar. Tiene que tener una estructura clara y concisa, y una estructura lógica, como ya comenté en otra entrada.

Pero, en esta entrada, me quiero concentrar en las emociones. Y, más concretamente, en la tensión emocional. Todo arte genera distintas emociones, no solo la literatura. Por ejemplo, un cuadro, aunque parezca una imagen única, está compuesta de un sinfín de elementos que, unidos, conforman una emoción.

Correcto, pero eso ocurre con una obra literaria también. Cuando terminamos un libro, tenemos una emoción general. Pero cuadro y libro tienen a su vez un sinfín de emociones medias, entrelazadas, que sumadas, generan la emoción final.

Vamos a verlo con Velázquez y el cuadro de la Venus del espejo. Que traiga este cuadro aquí no es casual; tiene que ver con la clase de historia del arte que nos dio el profesor de dicha materia cuando yo era estudiante, y no estaba perdiendo el tiempo en cualquier esquina (era muy raro de todas formas que me perdiese una clase de historia del arte). Ahora entraré a ello.

Diego_Velaquez,_Venus_del_espejo
Venus del espejo (Velázquez)

Mucha gente podría pensar que este cuadro es una imagen. Nada más lejos de la realidad. Este cuadro está formado por un conjunto muy distinto de imágenes, que se componen en una unidad mayor, que da forma a una idea, que es la belleza de la mujer, la diosa Venus, tumbada en ese lecho. De acuerdo, hasta aquí todo perfecto. Tenemos el querubín, el espejo, que refleja una mirada muy especial de la Venus, y tenemos el fondo dividido en tres zonas: la roja, que denota fuerza. La verde oscura, que da profundidad a la imagen y resalta a la diosa, y el lecho, que recorre la parte inferior en dos colores suaves que contrastan perfectamente con el rojo y el verde. Y tenemos a la propia Venus, con esa postura suave y natural, pero que tiene algo especial. Un detalle importante. El profesor nos lo advirtió, y nos preguntó: ¿qué es?

Nadie contestó. Pero la respuesta es, una vez conocida, evidente. El elemento fundamental del cuadro, por el que gira todo, es el trasero de la diosa Venus.

Sí, estimados y estimadas lectores y lectoras. El trasero. Ese es el elemento fundamental del cuadro, y la base sobre la que se da soporte a todo lo demás. ¿Hilarante? ¿Vergonzoso? ¿Pecaminoso? ¿Divertido? Da igual, cada cual le pondrá el calificativo que quiera. Pero lo cierto es que Velázquez, con esa belleza, está realizando una provocación. No, no una simple provocación sexual, no algo tan sencillo, ni tan vulgar. Velázquez nos está invitando a mirar el trasero de esa señora. Precisamente lo que nadie va a comentar. Lo que nadie va a detallar. Lo que todo el mundo va a ocultar por una moral consolidada en una cultura que reniega precisamente de la belleza desnuda.

En definitiva: Velázquez, en el transcurrir de los siglos, se está riendo de nosotros. Efectivamente; se está riendo de nuestra moral cristiana católica apostólica y romana. Nos está diciendo: mirad el trasero, y no os atormentéis tanto por ello. Es bello. Es natural. Es atractivo. Miradlo, y disfrutadlo. ¿Por qué os ponéis a hablar del querubín? ¿Por qué comentáis la imagen del espejo? ¿Por qué habláis de los ropajes? Es la belleza desnuda de esa Venus sensual, y específicamente su trasero, lo que os llama la atención. Pero os calláis, y volvéis a casa pensando en esa imagen, y en ese trasero. Y en que el cuadro os ha atrapado. Es bello. Es brutal. Es eterno. Y la causa es… un trasero.

Reconozco que cuando escuché el comentario del profesor me quedé perplejo. Pero tenía razón. Aquel hombre, todo un apasionado del arte, un loco de la locura humana por la creatividad, nos había descubierto algo: el arte puede esconder grandes secretos, y transportar enormes emociones. Emociones que incluso no sabemos que estamos expresando. Emociones que las grandes obras de arte, como la Venus del espejo, nos dan a lo largo de los siglos.

¿Qué tiene que ver la Venus del espejo con una obra literaria? Absolutamente todo. Como escritor, el deber de plasmar en su obra emociones y sentimientos debe llevar a una finalidad: impactar en el lector. Pero el tejido que lo hace posible se escribe página a página. Dicho de otro modo: ¿ese capítulo primero es de introducción a la historia? Eso está bien. ¿Forma parte del cuadro? ¿No? Pues quítalo. Quítalo ya. ¿Por qué estás poniendo al cuadro un añadido que no se conjuga con el resto? ¿Tiene el cuadro de Velázquez algo que sobre? No, por supuesto que no. Velázquez ha dejado en cada centímetro cuadrado del lienzo una emoción, un contraste, una forma. Un mensaje. ¿Por qué tú, como escritor, estás poniendo en ese cuadro, que es tu libro, una mancha que no aporta nada? Quítalo. Quita ese capítulo. Si no aporta nada, bórralo ya. Lo mismo es factible para personajes, situaciones, o cualquier elemento que no conjugue con la obra. Quítalo ya. Inmediatamente.

Un personaje secundario. El querubín. ¿Por qué Velázquez pone un querubín? Conforma la antítesis de la diosa Venus. Se puede observar que tiene la pierna derecha adelantada, evitando que se vean sus genitales, si es que los tiene. Porque es un ángel al fin y al cabo. ¿Tiene o no genitales? ¡No lo sé! No lo veo. Velázquez vuelve a jugar con nosotros. Nos pone un querubín desnudo, pero no sabemos su naturaleza sexual. Sabe que está jugando con nosotros al dibujarlo así. Y se ríe, otra vez, de nuestras dudas.

En un libro, el querubín es el misterio. Ese personaje que el lector quiere conocer. Le enseñas algo al lector. Un poquito. Luego otro poco. Lo suficiente para que el lector se muerda las uñas pensando en quién es. Por qué hace eso. Por qué está ahí. Enseña. Muestra. Parcialmente. Juega con el lector. Llévalo al cielo primero, luego al infierno, y luego dale un estallido final de placer cuando acaba la obra, y haces que todo encaje perfectamente.

O no. Deja algo. No lo cierres todo perfectamente. Deja que cierre el libro y sufra un poco. ¿Por qué este personaje hizo esto? ¿Qué intenciones reales tenía aquel otro? ¿Qué quería decir cuando dijo esto o aquello? Retales. Retales de dudas. Esas dudas que carcomen y vuelven loco al lector cuando ha terminado el libro. Muchas de esas respuestas están escondidas, aunque bien visibles, como el trasero de la Venus. Otras imposibles de ver, como el sexo del querubín. Otras insinuantes, como el rostro en el espejo. ¿Me invita a que la mire? ¿O está disfrutando de su belleza mientras me ignora? ¿Quiere algo de mí? ¿O se ríe viendo que ella nunca será mía?

De eso trata el arte. Del compromiso con la belleza, pero también de jugar con las emociones, y de llevar al lector donde quieras llevarlo.

Si la estructura de tu libro es el edificio y el armazón, la gestión de las emociones es el alma. Si tu libro es estructuralmente perfecto, pero no tiene alma, será un libro vacío, sin vida. Los pintores saben que han de romper las líneas, para que produzca emociones. El escritor debe romper la historia que narran, para que sorprenda constantemente al lector con nuevas emociones.

Ese es el secreto. Decirlo es fácil. Conseguirlo… eso es ya trabajo de los dioses. Y pocos dioses de carne y hueso ha visto este mundo. Muy pocos dioses. Solo aquellos que se atrevieron a romper las normas, pero creando más belleza de toda la que se vio antes. Uno de ellos fue Velázquez, sin ninguna duda. Si eso no es un milagro, si eso no es arte, no veo qué otra cosa lo sea.

 

 

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1 comentario en “Gestión de la tensión emocional; rompiendo mitos”

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