Constantine. El demonio ya no es lo que era

“Dios le paga un sueldo a Satán” (Joaquín Sabina).

Un día, el demonio, que era el ángel predilecto de Dios, se levantó contra Él. Dios pudo haberlo destruido. Pero lo apartó a un lugar de fuego y azufre. Y comenzó un juego entre ambos que dura desde el principio de los tiempos. El juego es sencillo: “solo influencia. Nada de entrar en este mundo. Y a ver quién gana”.

Esa es, básicamente, la esencia de “Constantine“, película de 2005 que nos habla de que los ángeles y demonios están entre nosotros sin que los veamos. Pero es mentira: yo he visto muchos. Desgraciadamente, casi siempre han sido demonios. ¿Dónde se meten los buenos cuando los necesitamos?

Pero vamos con el tema. Leía recientemente que se desarrolla un sínodo de la iglesia sobre los ritos y métodos para exorcizar a poseídos. Al parecer la humanidad está abandonando a Dios, y el demonio aprovecha la ocasión para hacer su agosto con las almas de los desprevenidos ateos, que caen en sus tentaciones, y venden sus almas por una consola de videojuegos, una noche imaginaria con su estrella soñada, o un polvoriento ajuste de cuentas contra aquel individuo que nos traicionó el corazón.

El fuego del infierno es más dulce, y duele menos, cuando nuestra sed de venganza ha sido saciada.

Es increíble que, en pleno siglo XXI, estemos todavía peleando con la obsesión de Ángeles y demonios que controlan el mundo. Siendo la Tierra un simple planeta perdido en el medio de un vacío eterno y gigantesco, ¿qué necesidad tienen los Inmortales de molestarse por unas simples criaturas, cuya efímera existencia se pierde en un instante? Hombres, mujeres, y el mismo planeta, son solo un instante en la eternidad oscura del universo. Un Dios pestañea, y aparece la Tierra. Pestañea de nuevo, y la Tierra es polvo y fuego.

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Keanu Reeves y Rachel Weisz en una escena de “Constantine”

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El demonio que vive en las letras

Una amiga se ha dirigido a mí recientemente, sorprendida y extrañada. Se supone que soy una persona tranquila, pacífica, relajada (se supone, la procesión va por dentro como suele decirse). Amante de los animales y de los niños, y abogando siempre por un mundo en paz y mejor para todos. ¿Cómo puede alguien así explicar la vida de un asesino psicópata que es, además, pagado por el gobierno de turno, para realizar operaciones de búsqueda y eliminación de individuos y de sus familias de forma cruel y sin compasión? ¿Cómo puede una persona normal explicar las monstruosidades de las que es capaz un ser humano, sin estar realmente perturbado y enfermo?

La paradoja entre escritor y su literatura es muy concurrente, y la veo en demasiadas ocasiones, no es la primera vez que me pasa que alguien me conoce y se sorprende de esa dualidad. O, al revés, leen la novela, y al conocerme quedan descolocados. La explicación: no somos lo que parecemos. Y la segunda explicación: somos muchas más cosas de las que aparentamos, muchas de ellas horribles; demonios que viven en nuestro interior. Cómo gestionar esos demonios es el tema a tratar aquí.

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Tus demonios son tus enemigos, pero puedes negociar con ellos un acuerdo

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Sobre ángeles y demonios

Estaba hoy repasando ciertas noticias, cuando me he encontrado con un vídeo de una niña que parece sacada de la película del exorcista, y con una madre en peor estado mental y comportamiento. Siendo que el vídeo es real, y que la niña tortura e insulta a una muñeca de una forma cruel y monstruosa, mientras la madre le acompaña divertida, he pensado en tocar el siempre clásico y complejo tema sobre cómo los seres humanos se convierten en ángeles o en demonios, y cómo pueden pasar de un estado al otro en un instante.

De todas formas, si alguna duda me quedaba, luego me he cruzado con un viejo vídeo sobre los campos de concentración nazi, y la documentación escrita y visual que recopilaron los ejércitos aliados al llegar a los diferentes lugares donde se cometieron crímenes contra la humanidad que dejan claro que, como especie, solo deberíamos tener un destino: la extinción. Luego, ya más calmado, he pensado, afortunadamente, en la mucha gente de bien que existe en este mundo, y que las distintas sociedades quizás puedan tener una oportunidad. Como ser humano, es mi deseo. Pero a veces, lo confieso, se me hace muy, muy difícil.

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Niños, judíos o no, mostrando su código de identificación en un campo de concentración

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