Constantine. El demonio ya no es lo que era

“Dios le paga un sueldo a Satán” (Joaquín Sabina).

Un día, el demonio, que era el ángel predilecto de Dios, se levantó contra Él. Dios pudo haberlo destruido. Pero lo apartó a un lugar de fuego y azufre. Y comenzó un juego entre ambos que dura desde el principio de los tiempos. El juego es sencillo: “solo influencia. Nada de entrar en este mundo. Y a ver quién gana”.

Esa es, básicamente, la esencia de “Constantine“, película de 2005 que nos habla de que los ángeles y demonios están entre nosotros sin que los veamos. Pero es mentira: yo he visto muchos. Desgraciadamente, casi siempre han sido demonios. ¿Dónde se meten los buenos cuando los necesitamos?

Pero vamos con el tema. Leía recientemente que se desarrolla un sínodo de la iglesia sobre los ritos y métodos para exorcizar a poseídos. Al parecer la humanidad está abandonando a Dios, y el demonio aprovecha la ocasión para hacer su agosto con las almas de los desprevenidos ateos, que caen en sus tentaciones, y venden sus almas por una consola de videojuegos, una noche imaginaria con su estrella soñada, o un polvoriento ajuste de cuentas contra aquel individuo que nos traicionó el corazón.

El fuego del infierno es más dulce, y duele menos, cuando nuestra sed de venganza ha sido saciada.

Es increíble que, en pleno siglo XXI, estemos todavía peleando con la obsesión de Ángeles y demonios que controlan el mundo. Siendo la Tierra un simple planeta perdido en el medio de un vacío eterno y gigantesco, ¿qué necesidad tienen los Inmortales de molestarse por unas simples criaturas, cuya efímera existencia se pierde en un instante? Hombres, mujeres, y el mismo planeta, son solo un instante en la eternidad oscura del universo. Un Dios pestañea, y aparece la Tierra. Pestañea de nuevo, y la Tierra es polvo y fuego.

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Keanu Reeves y Rachel Weisz en una escena de “Constantine”

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Androides: los templos de acero y grafeno

Star Trek es la serie de la reflexión, de la filosofía llevada al espacio imaginario del siglo XXIII. Sin duda eso es lo que nos fascinó a muchos a finales de los años sesenta, cuando se inició la andadura de la famosa serie de televisión.

Luego, en 1979 se estrenó “Star Trek: The Motion Picture”, el primer largometraje de la larga serie de películas que irían llegando con el universo de Star Trek de fondo. En España se había conocido en los sesenta como “Viaje a las estrellas” y yo me quedaba pegado a la tele viendo todos y cada uno de los capítulos del valiente capitán James T. Kirk y su lógico y calculador compañero, el señor Spock. Además del resto del grupo, todos ellos increíbles. Incluida la teniente Uhura. Una mujer, y además negra, como oficial del puente. ¡Qué atrevimiento! ¡Qué osadía!

Recuerdo que salí impresionado del cine, y enamorado de la película. Muchos la critican por lenta, por enrevesada, por no tener un guión claro. Precisamente el guión me parece de los mejores de todas las películas y series, y sin duda guarda una pregunta fascinante: ¿es el ser humano el Creador?

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Cartel original de Star Trek: the Motion Picture

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Kepler, la frontera entre Dios y la ciencia

La historia del astrónomo Kepler es fascinante. Hombre atrapado entre sus ideas religiosas y su mente científica, intentó en vano cuadrar los cinco sólidos pitagóricos en las órbitas de los seis planetas conocidos entonces. Esa era la obra de Dios, y la obra de Dios ha de ser necesariamente perfecta.

Tras muchas pruebas e intentos, Kepler tuvo la valentia de reconocer que los hechos y las pruebas no pueden ser negadas. Y que si esos hechos y pruebas no eran acordes con la idea de la obra de Dios, cabía entonces imaginar que la obra de Dios no era perfecta. Y si la obra de Dios no era perfecta, cabía entonces pensar cuál era el papel de Dios en el universo.

Kepler rompió muchos de los mitos de su época, esos mitos que decían que no era necesario entender nada, porque la Biblia era el libro único y verdadero que lo explicaba todo. Kepler fue capaz de entender que el ser humano tiene el derecho, y el deber, de abandonar la ignorancia, y aceptar la verdad de los hechos, por mucho que esos hechos contradigan cualquier libro sagrado. Ese fue el gran éxito del también religioso Kepler.

Hoy vivimos una época en donde de nuevo nos quieren hacer olvidar que la verdad científica y empírica es la base de la ciencia y y el conocimiento. Hoy nos quieren convencer de que debemos ser ignorantes, y que los libros sagrados escritos hace miles de años por pastores son las leyes que debemos aceptar en la actualidad.

Siempre he sido y soy respetuoso con las ideas religiosas, y creo que cualquier religión que no acepte los hechos empíricos y las pruebas sólidas está abocada a mantener al ser humano en una oscura nube de olvido e ignorancia. Si alguien quiere creer en dioses, que lo haga. Pero quien niegue los hechos, estará lastrando el futuro de la humanidad.

Kepler nos enseñó sobre todo eso. Una lección que nunca deberemos olvidar.

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La confesión

Me bautizaron. Pero no hice la comunión, a pesar de la enorme presión que sufrí. Con siete años me planté, y no consiguieron doblegarme.

Nunca me he confesado, excepto a alguna dama oscura en alguna noche oscura de alguna habitación oscura.

Pero, si en cambio vosotros sí sois hombres y mujeres temerosos de Dios, podéis comenzar a confesaros, o conocer la historia de un hombre que se fue a confesar, por algo que no había hecho. Todavía.

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